La última luna 20
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Nil

Antes de cada incursión, el traje debe ser revisado y calibrado por el saqueador.

Esto incluye la purga de filtros, verificación de sellos térmicos, ajuste de servomotores y sincronización del sistema respiratorio.

El más mínimo fallo puede comprometer la misión o la vida del portador.

No se permite la entrada en zona extrema sin validación completa.

También debe revisarse tras una tormenta de hielo seco, combate o cualquier otra anomalía.

Fragmento del Manual del Saqueador Lunar

No es solo que su cuerpo se haya amoldado al mío con tanta naturalidad o que su contacto no me haya parecido todo lo desagradable que debería, sino que su brazo no es normal.

Me he fijado antes en ello, pero no puedo olvidar cómo se agarraba al fragmento, con una fuerza inhumana.

Igual que cuando ha evitado que me despeñe.

Tiene dones imposibles. La observo de reojo mientras recorremos una llanura en silencio.

Mis ojos acostumbrados a la oscuridad ven las sombras a lo lejos, los montes y la poca vegetación capaz de sobrevivir en este lugar.

Todo salpicado de una luz antinatural, reflejos en el hielo, en las hojas de los árboles de escarcha.

Y el resplandor suave de las estrellas sobre nuestras cabezas.

Y en algún punto perdido en la distancia, brillos violáceos que palpitan, como si el Desierto Polar tuviera corazón o algo que se le pareciera.

Izz se detiene. Consulto el holograma de mi ordenador de muñeca y doy un respingo. De nuevo, las cosas no están como deberían. El equipo Aquila está aún demasiado lejos, cosa que tiene sentido teniendo en cuenta que también se están moviendo.

—¿Qué te pasó en el brazo?

Ella chasquea la lengua y no me pasa desapercibido lo fuerte que lo oigo, lo que quiere decir que ha activado el canal aunque solo sea para que note su fastidio.

¿Tendrá que ver con sus poderes? ¿O será una especie de...

malformación de nacimiento? Muchos rebeldes provienen del núcleo, donde bastantes niños nacen con mutaciones particulares.

Hay quien dice que es por la pobreza, la mala calidad del agua o el hecho de que la energía escasea.

¿Quién sabe? Yo mismo nací allí y conocía niños con algunas particularidades, pero ninguna convertía a ninguno de mis amigos en superhombres.

No había brazos grises superfuertes, ni capacidad de duplicarse de esa forma tan particular.

Solo cierta resistencia a algunas enfermedades, algún que otro albino, mechones blancos en una cabellera oscura o muertes súbitas, más habituales entre los bebés.

Pero ella no parece del núcleo. No sé si lo pienso porque la veo sofisticada; una estirada en toda regla, como si hubiera sido criada en el maldito quinto anillo y no en algún suburbio como yo.

—En serio, ¿qué te pasó?

—No te importa.

—En realidad, sí; ya que voy a llevarte ante el Alto Comisionado...

—Eso habrá que verlo, saqueador.

—Estoy siendo muy permisivo contigo, no he vuelto a ponerte las esposas, pero es algo que puedo remediar enseguida.

Izz se pone frente a mí con los brazos en jarras.

—Y yo te he vuelto a salvar la vida.

—Igual que he hecho yo, pese a que no tengo por qué mantenerte con vida.

Me guardo de añadir nada. No la dejaría morir, pero es la mejor baza que tengo contra ella.

Pienso llevarla viva ante Arno, sin embargo, no puedo olvidar quién es.

Como tampoco puedo perder de vista que es una delincuente.

Y peligrosa. Y, aunque me estoy arriesgando al no volver a esposarla, debo reconocer que sin mi equipo es mi único apoyo contra los peligros del desierto.

Miro hacia atrás, a todo el camino que hemos dejado a nuestra espalda. Las huellas solitarias que marcan nuestras botas son un recordatorio amargo de que soy lo único que queda del equipo Centauri.

Seguimos caminando hasta que se detiene y alza una mano. Me acerco ignorándola, con el arma en alto, al ver la tensión en sus hombros. Sea lo que sea parece preocupada. También voy alerta, no sea que pretenda tenderme una trampa y todo esto sea para llevarme ante algún equipo de rebeldes aliados.

Nada de eso. Lo único que veo frente a mí es una roca anodina, salvo por un detalle.

Tiene algo tallado en su superficie. Parece una...

¿planta carnívora? No sabría definirlo mejor.

Es una gran boca repleta de dientes de diferentes tamaños.

La bestia representada parece un demonio, sin ojos ni cuerpo bien diferenciado.

—¿Qué cojones es eso?

—Algo que no nos conviene ignorar.

Es críptica y eso me enfurece, así que la agarro con fuerza del brazo con mi mano libre y la obligo a encararse a mí.

—Si es una trampa te aseguro que...

—No es una trampa. Al menos, no una mía.

—No quiero jueguecitos.

Parece nerviosa y resoplo con impaciencia.

—Está bien —masculla con desgana—. Según lo que sé quiere decir que hay carnívoros de la tundra cerca.

Parpadeo atónito. ¿Me está tomando el pelo? Miro a nuestro alrededor por acto reflejo, pero salvo troncos de árboles que todavía se mantienen en pie y alguna columna de hielo, no hay nada.

—¿Qué puñetas es eso? ¿Pretendes reírte de mí o algo así?

—No, saqueador, solo advertirte. Hay bestias que no aparecen en los manuales de la academia.

—Ahora resulta que eres una entendida.

—Cállate de una vez y préstame atención. Esas cosas se mimetizan a la perfección con su entorno. Te integraría en su sistema digestivo antes de que pudieras reaccionar.

—¿Que me inte... qué? ¿Dónde?

La rebelde pone los ojos en blanco con visible hastío.

—Te comería de un bocado antes de que pudieras reac...

—Sí, sí, te he entendido. —Muevo la mano rápidamente. No hace falta que me lo explique como si fuera imbécil. A veces usa un lenguaje que me recuerda a una mezcla irritante entre Mía y el teniente Stravic.

Ella me da la espalda y camina airada alejándose de mí. Consulto el mapa holográfico antes de seguirla. Advierto que, justo donde marca el símbolo, hay miembros del equipo Aquila.

—¡Eh! —grito para llamar su atención, pero como ya esperaba me ignora obligándome a correr y cerrarle el paso—. Es por ahí.

—Adelante, ve entonces.

—Creo que no has entendido la situación. —Acorto la distancia con ella y la apunto con el arma—. Eres mi prisionera.

—Me parece que el que no ha comprendido la situación eres tú. Carnívoros de la tundra. Si vamos por ahí, despídete de tu prisionera .

Por alguna razón absurda esas palabras en sus labios despiertan una parte de mí que provoca un calor por todo mi cuerpo.

Me aclaro la garganta, notando de pronto la boca seca.

Tiene una postura altiva que Mía solía adoptar mucho y que me sacaba de quicio, pero en ella resulta...

atractiva. Obligo a mi cuerpo y a mi mente a centrarse, porque parece que el primero ha decidido ir por libre.

—Tenemos que llegar hasta el equipo de saqueadores.

—¿Y prefieres hacerlo vivo o descomponiéndote en el estómago de una de esas mutaciones?

Antes de que pueda replicar, su expresión cambia por una de terror y, a pesar del casco, puedo afirmar que se ha puesto pálida.

—¿Qué...?

No me da tiempo de terminar la pregunta. Escucho unos pasos demasiado rápidos a mi espalda y un chasquido.

Me giro y ante mí se alzan unas fauces que, sin darme oportunidad de reaccionar, me engullen con un solo movimiento.