La última luna 19
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Izz

El clima en las zonas extremas es inestable. Se investiga que algunas de las condiciones las propicien los fragmentos. Además de mutaciones en las formas de vida existentes, ¿son capaces de cambiar el entorno?

Su cuerpo se escurre, se aleja unos centímetros de mí.

Nil no me suelta, pero es cuestión de tiempo que el viento le arrastre y ruede a través de la montaña o que quede desmadejado como una muñeca de trapo.

Me aferro al pedazo de fragmento que todavía queda en pie y, si bien no nos protege de la tormenta, sí es un punto de apoyo... si no se derrumba.

Siento un tirón mucho más fuerte y a punto estoy de soltarme.

Nil ha caído y aunque hace esfuerzos por mantenerse, el viento está consiguiendo su objetivo: llevarlo consigo.

Examino mis opciones. Si no tuviera su peso, podría agarrarme mejor a la roca y rezar para que la tormenta no sea duradera y acabe con mis fuerzas.

Pero con el peso de Nil... Le miro. Sería muy fácil soltar la cuerda y dejarle a merced del Desierto Polar para salvarme yo.

Además, eso me liberaría de él. Una vocecilla me repite que sería tan fácil...

Solo tengo que soltar el mosquete que nos une; puedo hacerlo.

Sigo dándole vueltas a ese pensamiento. Oscuro y amargo. Inhumano y cruel.

Como Arno.

Trago saliva con dificultad.

Ato la cuerda que posee mi propio traje —y que no sé si es de fiar— a un saliente —que tampoco sé si es de fiar, mas o me arriesgo o nada— del fragmento y me centro en el saqueador.

Sostengo la cuerda con firmeza, lo que le permite levantarse por fin.

Logra mantener el equilibrio y afianzar los pies haciendo uso de una de las ventajas del uniforme.

Si le sorprende la fuerza con que consigo retenerle, lo oculta bien.

Se limita a adoptar una posición de seguridad.

Da un paso tras otro, apoyando con firmeza las plantas de los pies en el suelo y me fijo de forma fugaz en la forma en que sus ojos se han endurecido al otro lado del casco.

No puedo ver mucho más, la ventisca impide la visibilidad, pese a estar tan cerca el uno del otro.

Sus manos se agarran a las mías, que seguían rodeando la cuerda que nos une.

No le miro, sino que me concentro en la dirección de los vientos y en pensar una solución.

Un crac me advierte de que mi cuerda está a punto de perder su apoyo.

El fragmento ya no es una opción, como tampoco lo es bajar de aquí.

—¡El viento nos va a lanzar por los aires! —dice con voz amortiguada. Se fija en mis pies, apreciando el esfuerzo que debo hacer por mantenerme estable, a diferencia de él—. ¡Mi traje no podrá mantenernos a los dos!

«Pero cuento con mi brazo».

Tenemos que descender, quizá... encontrar otro refugio y desear que todo este hielo no nos sepulte en medio de la nada. Sin embargo, no hay refugios cerca, como indicaban nuestros mapas. Así que sí, el fragmento es nuestra mejor opción ahora mismo.

—¡Agáchate! —me ordena.

Por un momento estoy tentada de ignorarle.

Agacharnos facilitaría perder el agarre que hemos conseguido, pero mi cuerpo actúa por instinto y le obedece antes siquiera de que sea consciente.

Algo pasa volando sobre nuestras cabezas.

No logro ver qué es, se pierde en la oscuridad y el hielo en cuestión de segundos.

Al levantarnos, siento que el viento me sacude y me aferro a Nil con fuerza, tanta que casi le hago perder la sujeción que le proporcionan sus botas. No he calculado bien y él se sorprende.

La voz de antes vuelve a mí con insistencia, exigiéndome que me suelte del saqueador si quiero sobrevivir a la tormenta de hielo. Sería muy fácil y nadie se enteraría.

No. No puedo permitirme pensar de forma tan fría. Aunque Nil quiera llevarme ante el Alto Comisionado de la nación.

«Viva o muerta», me recuerda la voz.

Y en este momento, con la imagen del gobernador de Iberion convertido en un monstruo, pierdo la concentración y la ráfaga me sacude con una violencia inesperada, rompiendo definitivamente el saliente que sostenía mi cuerda.

Doy un traspiés, caigo hacia atrás y veo el horror reflejado en los ojos de Nil, que tira de mí con fuerza impidiendo que toque el suelo, activando una clavija de su traje. Ese simple chasquido hace que la cuerda que nos une se haga minúscula y quedemos muy cerca el uno del otro.

Jadea. No sé si por la cercanía o por el esfuerzo que hace para sostenerme pegada a él.

Su brazo alrededor de mi cintura, el otro aferrándose a un pedazo de fragmento y su mandíbula tensa, que ahora veo a la perfección a través de su visor.

Me extraña que nuestros trajes no hayan sufrido daño con el impacto.

Quizá solo me haya parecido a mí tan fuerte.

Me ha salvado, sin embargo, recuerdo que soy un trofeo en sus manos. ¿Qué les habrá prometido Arno por capturar a la rebelde más buscada de Iberion? ¿Habrá una recompensa extra por llevarme viva a su presencia?

Una nueva ráfaga nos azota y esta vez soy yo la que le rodea el cuello con los brazos, con la única intención de llegar con mi brazo mutado al fragmento y aferrarme a él mientras mantengo a Nil aprisionado entre mi cuerpo y la roca.

Le pillo desprevenido, mas no dice nada. Sus ojos se encuentran con los míos y, aunque no quiero hacerlo, le mantengo la mirada. Un azul oscuro insondable me recorre el rostro como si..., ¿qué? ¿Cómo si pudiera ver más allá?

Trago saliva y mantengo mi posición, concentrada en el agarre de mi brazo y no en sus ojos que me taladran.

Pensando en el tacto duro del fragmento entre mis dedos y no en la cercanía de su cuerpo.

En el pensamiento fugaz de cómo sería sentirle sin traje de por medio.

Calor humano. El sabor de esos labios gruesos.

«¿Se puede saber por qué estoy pensando en esos labios en medio de una tormenta de hielo letal?».

Evito sacudir la cabeza y vuelvo a centrarme. En el repiqueteo del hielo en nuestros trajes. En su brazo alrededor de mi cintura, agarrándome con fuerza. En la presión de la cuerda que nos une y que nos mantiene todo lo pegados que es posible. En la fuerza que debo ejercer para mantenernos a salvo.

—¿Crees que esto durará mucho? —escapa de mis labios.

—Las tormentas de hielo son impredecibles.

—De no ser porque su voz suena dentro de mi casco, pensaría que ese susurro puedo sentirlo en la piel como una caricia.

Mira hacia arriba antes de bajar la mirada hacia mí de nuevo—.

La más larga que se ha registrado llegó a durar cuarenta y ocho horas.

—«¡Cuarenta y ocho horas! Por muy fuerte que sea mi brazo, no aguantaré tanto».

Debe percibir mis miedos, porque se apresura a decir, sin desviar su mirada azul—: Pero lo normal es que no alcancen la hora de duración.

—Eso espero.

Porque ni siquiera sé si aguantaré toda una hora.

Mi cuerpo arde, pero intento mantener el hielo en mi voz. El esfuerzo me entumece el hombro y siento el impulso de soltarme, descansar unos segundos, mas no lo hago.

Las ráfagas se intensifican y jadeo.

«Aguanta», me animo. Y, por un momento, no sé si he sido yo o ha sido él quien ha hablado.

El entumecimiento me sube en forma de calambre por el brazo y, sin poder evitarlo, me suelto.

No sirve de nada que él intente sujetarse por los dos, porque en este instante el mundo empieza a girar.

O, más bien, nosotros, entrelazados, resbalamos colina abajo en un lío de brazos y piernas, lejos del fragmento.

El viento amaina poco a poco mientras caemos. Si no hubiera sido por la cuerda, nos hubiéramos separado colina abajo.

Cuando nos detenemos, el peso de su cuerpo sobre el mío y la oscuridad a nuestro alrededor, salpicada de la iridiscencia del hielo, es en lo único que puedo pensar.

Tardamos un rato en recuperarnos. Yo estoy aturdida y un dolor me recorre el brazo mutado.

Me centro en abrir y cerrar la mano, mover los dedos y comprobar que está bien.

Aunque no estoy del todo segura de qué debería sentir.

Al ser consciente de que ya no hay tormenta y no corremos peligro por el viento, él se da cuenta de que está sobre mí.

Se apresura a incorporarse y me tiende una mano para ayudarme.

No la acepto, sino que me levanto sola, evaluando los posibles daños en mi cuerpo e ignorando no solo su expresión de confusión, sino el frío repentino que siento cuando su cuerpo se separa del mío.