18
Nil
Cuando se aproxima una tormenta de hielo seco, el entorno se transforma en una trampa silenciosa.
Las partículas de dióxido de carbono congelado descienden como ceniza blanca, acumulándose en depresiones del terreno y desplazando el oxígeno disponible.
La visibilidad se reduce a escasos metros, y las temperaturas pueden alcanzar niveles letales en cuestión de minutos.
Aunque el traje de saqueador está diseñado para resistir condiciones extremas, se han documentado fallos mecánicos en sus sistemas de movilidad y respiración, especialmente durante exposiciones prolongadas.
La cristalización del dióxido de carbono puede obstruir los filtros.
Fragmento del Manual del Saqueador Lunar
No me he enfrentado a una tormenta jamás.
En las zonas de prácticas no llegan esas inclemencias metereológicas, y aunque he vivido simulacros, no se compara a lo que se eleva a nuestro alrededor.
Sin embargo, estoy bien preparado para esto.
Me llevo la mano al pecho en un acto reflejo; deseando que me dé suerte. O consuelo. Quizá un poco de ambas.
Al principio parece una brisa gélida. He estudiado suficiente como para saber que solo es el preludio del caos y aprieto los labios intentando leer en el cielo algo más de información.
No la encuentro y en apenas unos segundos la bruma de ceniza blanca está por todas partes. Demasiado tarde para buscar refugio.
—Activa la función de filtro de tu traje —ordeno a Izz alzando la voz.
Acciono rápidamente la función con un gesto y un zumbido suave acompañado de las letras rojas en mi visor me indican que está todo listo.
La miro de soslayo; su traje es un modelo más antiguo, pero hasta los más precarios cuentan con esa función.
Un sonido diferente al de mi traje me indica que también lo ha activado.
No podemos quedarnos quietos o el temporal nos sepultará sin piedad, así que me obligo a caminar.
Sin embargo, solo doy un paso. Observo a mi acompañante.
Mi prisionera. Con las esposas iónicas parece indefensa.
Está indefensa. Me acerco a ella y con un rápido movimiento del ordenador de muñeca la libero.
Alza la cabeza, sorprendida. A continuación, saco de mi traje una cuerda de carbono que se anuda a él, se la tiendo y ella se queda quieta.
—Es por seguridad —le digo con gravedad.
—¿La tuya o la mía?
No respondo, porque el tiempo apremia y le pongo el mosquetón en la anilla designada para ello. Sí, es por seguridad, la de ambos, pero también porque no quiero dejar ningún cabo suelto. No se me puede escapar. La tengo que llevar ante Arno.
Una vez estamos enganchados seguimos avanzando, viento a través.
Mi ordenador de muñeca emite una vibración y el holograma del mapa tiembla antes de estabilizarse.
Tampoco es que pueda verlo demasiado bien.
Miro al cielo. Nada. Hielo seco que por ahora es como aguijonazos en el traje.
Suaves, con un repiqueteo constante que hace que el pulso se me acelere.
Las estrellas no me ayudarán con el camino, así que saco la brújula.
La observo atónito: las manecillas giran sin control.
Oryonse sabría qué hacer. En estos momentos me maldigo por no haberle prestado toda mi atención cuando hablaba de orientación en situaciones complicadas.
Izz me la arrebata y por un momento temo que la lance a la nada, pero se la guarda a toda prisa.
—Eso no te va a servir de nada, saqueadorucho insignificante .
—Devuélvemela ahora mismo.
—Tenemos que encontrar un punto elevado.
Tiene razón. Claro que sí. Y no sé qué me molesta más, que esté diciendo algo obvio o que yo no haya empezado precisamente por eso. Ahora mismo lo importante no es el camino, sino sobrevivir.
Lo único elevado que hemos dejado atrás son las dunas, pero con este temporal serían una trampa mortal, así que las descarto de inmediato.
La visibilidad se vuelve imposible y nos guiamos por los pitidos del mapa, que nos advierte de los obstáculos.
Esquivamos rocas, pero el azote del viento cada vez es más extremo.
Ascendemos por una colina, siguiendo a duras penas las indicaciones del mapa holográfico.
Ignoro el hecho de que nos estamos alejando de la posición del equipo Aquila; no tengo tiempo para eso.
Lo que sí veo con claridad es un punto violáceo que indica la presencia de un fragmento.
El viento me empuja hacia atrás, al cuerpo de Izz, que me detiene, y por un momento nos quedamos así.
Pegados, azotados por una ráfaga tan fuerte que, de no llevar el filtro, me estaría asfixiando.
Los cristalitos golpean una y otra vez el visor y el traje que resiste por fortuna.
No esperaba otra cosa, es tecnología muy superior, pero en cuanto al de ella...
Aguantará. No tiene sentido que no lo haga. Sin embargo, un instinto de protección me hace permanecer con ella detrás de mí, con su traje y el mío pegados hasta el punto de que siento un agradable calor en el centro de mi espalda.
La firmeza con la que me empuja cuando la tormenta nos da una pequeña tregua me saca de ese pensamiento y ambos nos arrastramos por la nieve hasta llegar a un punto oscuro. Nos dejamos caer, al abrigo del fragmento.
Es como estar en una cueva, pero con un espacio mucho más reducido. Capto matices relucientes que se me han pasado por alto al entrar. El fragmento de luna está desgastado y tiene el aspecto de haber sufrido diversas extracciones. Varios puntos están agujereados, con marcas de cortes y arañazos.
Respiro hondo, asumiendo mi situación: he perdido a todo mi equipo y he perdido el contacto con mis superiores; me hallo lejos de cualquier equipo o estación, refugiado con la delincuente más buscada a escasos centímetros de mí.
Tan cerca que veo su rostro al otro lado del visor y puedo apreciar con más nitidez sus rasgos bajo la tenue luz que proyecta el fragmento.
Sus ojos rasgados se clavan en los míos con intensidad.
En su mirada hay miedo, pero también una determinación indomable.
Nada en ella cede. Es peligrosa, una rebelde que parece arrancada de una historia antigua, alguien cuyos planes ignoro y que, como en los libros que me formaron, podría ser mi salvación o mi ruina.
—¿Por qué te dan miedo las libélulas? —pregunto con un tono suave.
No quiero que piense que me burlo de ella. Es verdad que quiero saberlo.
Ella no responde, tampoco veo en su expresión nada que denote qué está sintiendo en este momento.
Hasta que algo crispa su expresión. Es fugaz, apenas un segundo en el que veo, tanto en su mirada como en su boca, cuya genuina forma de corazón se convierte en un círculo perfecto en un instante, que está alerta.
Después, todo pasa muy deprisa. Me rodea el cuello con ambas manos y tira de mí con fuerza, antes de que parte del fragmento se derrumbe allí donde estaba yo unos segundos antes.
La roca se derrumba como si fuera un castillo de naipes y, envueltos el uno en el otro, volvemos a quedar a merced de la tormenta.