17
Izz
La caída de la luna trajo efectos inesperados sobre la superficie terrestre y nuevos accidentes geográficos aparecieron. Algunos tan letales como lo son las ondas que liberan los fragmentos, otros... parecen de otro mundo.
Me he fijado en las coordenadas de su UTP y coinciden con mi siguiente objetivo.
Lo primero es conseguir que me quite las esposas.
Es una deliciosa coincidencia que tengamos que seguir la misma dirección.
Por eso me he dejado llevar. Está claro que no puedo sobrevivir aquí sola y que él tiene mucho que enseñarme.
Ya veré cómo huyo cuando llegue el momento.
Y sin tener que enfrentarme a un equipo de saqueadores lunares.
Me mantiene a su lado mientras caminamos. No permite que me quede atrás y no me pierde de vista. ¿Qué les habrá contado Arno de mí? La intriga me ahoga. Mas también la rabia, que me hace respirar hondo para contenerla.
Repaso la fórmula del antídoto en mi cabeza para intentar desviar la atención de las esposas iónicas.
La voltraxita, en un treinta y cinco por ciento, estabiliza el sistema nervioso alterado por el suero lunar del Proyecto Selene.
Imagino el brillo rosado del ingrediente, que reacciona a la luz.
Quelante de ferrioxina, en un veinticinco por ciento, limpia los residuos en sangre y evita la mutación.
También visualizo su aspecto, como de tierra húmeda, y su olor penetrante a hojas de pino.
Un elemento habitual en cualquier laboratorio.
Y, por último, el que no tengo y debo conseguir.
Nexenol estabilizado, en un cuarenta por ciento, el que realmente apaga el suero.
El más importante y el componente más inestable con el que no he llegado a trabajar.
Tóxico si no se trabaja bien. Letal si me paso en las proporciones.
Solo de pensar en ello me tiemblan las manos y desvío la vista a mi brazo mutado, oculto bajo el traje.
Estoy tan sumida en mis pensamientos que no soy consciente del momento en que el terreno se hunde bajo mis pies y caigo de culo antes de resbalar pendiente abajo.
Intento agarrarme a algún saliente para evitar el descenso, pero las esposas iónicas me impiden parar la caída que culmina en una postura irrisoria.
Enrojezco por completo cuando escucho la risa del saqueadorucho y la rabia es lo que me impulsa a incorporarme de la forma más digna que encuentro.
—Interesante técnica de descenso. Muy... creativa —ironiza bajando con más elegancia que yo y situándose más cerca de lo que me gustaría.
—Pues espera a ver mi técnica para ponerte en tu sitio sin despeinarme. —Alzo la barbilla, desafiante.
—¿Tú y cuántas más? Y no me valen esas gemelas de polvo.
—Me gustaría verte a ti teniendo que caminar por un lugar así con las esposas iónicas.
—Basta con que mires por dónde vas.
—¿Eres consciente de que si aparece otro coloso de hielo no voy a poder hacer nada? —Alzo las muñecas frente a su cara y el brillo de las esposas se refleja en su cristal.
—¿Tirándote al suelo?
—Te recuerdo, otra vez, que gracias a mí estás vivo.
El saqueador se queda en silencio y su mirada se pierde más allá de mí.
Me muerdo el labio, sopesando mis palabras.
Acaba de perder a todo su equipo y yo lo único que hago es meter el dedo en la llaga.
Porque no puedo olvidar que él cree que murieron por mi culpa.
Como Nyelith. Por mi culpa entró en el Proyecto Selene.
Por mi culpa se convirtió en un monstruo sin atisbo de humanidad y murió.
Agacho la cabeza y sigo caminando, y él no tarda en seguirme sin añadir nada. Por un momento guardo la esperanza de que va a concederme mi petición, mas no muestra señal alguna de liberarme pronto. Tampoco insisto, dándole el tiempo que necesite. Y que yo también necesito.
Atravesamos una pequeña zona de dunas afiladas de nieve compactada.
Se elevan entre nosotros como cuchillas blancas.
Nos permiten avanzar sin problemas a través de la brisa nevada que ha invadido el Desierto Polar, aunque debemos tener cuidado no solo por los filos, sino por lo resbaladizas que son, como he podido comprobar de primera mano.
Por mucho que haya estudiado este lugar —todos lo hacemos desde pequeños, aunque no como lo hacen los saqueadores—, no deja de ser sorprendente y aterrador a la vez. De una belleza perturbadora. No sabes qué te vas a encontrar y eso es lo que más miedo me da.
—Me llamo Nil —rompe el silencio.
«Nil», repito en mi interior. No quería saber su nombre. No quiero compartir ningún tipo de lazo con él, basta con que ahora debamos seguir el mismo camino y tenga que soportar su compañía.
Le ignoro. Que piense que la conexión falla.
—Me llamo Nil.
Lo repite con más fuerza y mis tímpanos se quejan ante su voz grave.
—No es necesario que grites —contesto tras un carraspeo incómodo.
Silencio. Espera una respuesta que no le va a llegar.
—¿Cómo debo llamarte?
Es persistente.
—¿Arno no os dijo mi nombre?
—Siempre se refirió a ti como «la rebelde»... —Hace una pausa, supongo que tratando de recordar si en algún momento se mencionó mi nombre—. Solo eso.
—¿Y vosotros cómo me llamáis?
—Delincuente, asesina...
—¿Asesina? —Me detengo, ofendida, y le encaro—. ¿Arno os dijo que he matado?
Me estudia, confuso por mi reacción. No me muevo hasta que no vuelve a hablar:
—No, él no. Pero siendo una rebelde... Eso te consideran muchos. ¿No es lo que hacéis los rebeldes?
—Creo que no te has parado a pensar el significado de rebelión, Nil.
Continúo a grandes zancadas, dejándole bien atrás aposta, hasta que reacciona y corre tras de mí, volviendo a situarse a mi lado.
—Es ir contra la ley.
—Y ello no siempre es malo, cuando un gobierno abusa de su poder..., ¿cómo se le debe derrocar?
Tarda unos segundos en responder, mientras se acaricia el pecho a través del traje, un gesto que me llama la atención.
—De forma legal.
Sin embargo, percibo debilidad en su voz y ello me hace sonreír. Es posible que no esté tan convencido como creía. Es posible que los saqueadores lunares...
Saboreo esta pequeña victoria mientras la quietud nos envuelve. En mi mente aparece el tablero de ajedrez y retomo la última partida que había empezado conmigo misma. Me ayudará a estar más centrada mientras vigilo dónde pongo los pies.
—Destructora de colosos de hielo.
«¿Es que no sabe estar calladito?».
Se ha aprendido el nombre del monstruo. Capto el matiz irónico en su voz y me niego a caer en su jueguecito. Mantiene una voz firme, a pesar de todo. Está probando mis límites. Y eso me exaspera.
Me centro en un leve brillo que nos saluda desde el horizonte.
Nil revisa el mapa y enseguida reconozco a qué se debe: al mar de Lúmina.
Conforme avanzamos, va quedando a nuestra izquierda.
Por un momento me sorprende que mi ineludible compañero de viaje no insista con su verborrea.
Intento mirarle de reojo, pero debo girar un poco la cabeza para poder verle.
Camina con la seguridad propia de un soldado, con la mano sobre su arma, preparado para sacarla y usarla si es necesario.
Me fijo más de lo necesario en la forma de sus brazos.
Tiene unos músculos definidos, aunque no estoy segura de si es por el uniforme.
Me miro mi propio cuerpo, pero no aprecio en mí más que mis brazos delgados bajo la tela ajustada.
Vuelvo a dirigir la vista hacia él, estudiando cada detalle de su figura.
Él tiene la cabeza medio girada hacia su izquierda, hacia el lado contrario en el que estoy, contemplando, supongo, el mar de Lúmina.
Se detiene de repente y paro en seco, examinando los alrededores, buscando qué le ha hecho detenerse.
—Debemos estar atentos.
Vuelvo a mirar en derredor sin éxito.
—No sé qué enseñarán en tu academia, pero a mí me enseñaron que siempre hay que estar atenta en las zonas extremas.
—En mi academia —me mira mientras habla con retintín— me enseñan también que hay ciertas zonas donde hay que prestar especial atención.
Esta es una de ellas. —Recorre con los ojos la extensión lumínica que da nombre al mar de Lúmina.
Es un mar subglacial cuya luz proviene de radiación lunar atrapada bajo la capa de hielo—.
El «exceso» de luminosidad que hay aquí facilita a los animales aprovecharse de la oscuridad.
Ahora mismo, somos presas demasiado fáciles.
Tengo que darle la razón, no me había parado a pensarlo. He estudiado los desiertos, aunque no cómo enfrentarme a ellos.
Retomamos la marcha bordeando la fantasmagórica luz entre blanca y azul eléctrico que despide el mar. Hago caso de su advertencia y pongo los cinco sentidos —y mi percepción amplificada, con la que él no cuenta— en el entorno, pero estamos solos.
De momento.
Le escucho intentar contactar con un superior, sin embargo, no recibe respuesta, lo que me hace suspirar aliviada. Podría ser un problema más que lo lograra y le dieran otras órdenes al saber que «tiene a la rebelde».
Nil no me mira, sigue intentando contactar hasta que se detiene en seco.
Unos brillos verdosos le rodean, y cuando soy consciente de qué son, ahogo un grito.
Reconozco enseguida los ojos enormes, los cuerpos desmesuradamente largos y las patas pegajosas que, aun teniéndolas lejos, me aterran.
Doy un paso hacia atrás contemplando con horror a Nil, que sostiene a una de esas libélulas monstruosas en el dedo índice y la observa como si fuera un cachorrillo.
Intento en vano tragarme el pánico al ver que un grupo de esos insectos revolotea hacia mí.
Son grandes como mi puño y me quedo paralizada cuando tres de ellas zumban a mi alrededor.
Una se posa sobre mi antebrazo y no puedo evitar dar un traspiés y un tirón de mis ataduras que hace que una corriente eléctrica se extienda de mis muñecas a la espalda, dejándome sin aliento.
—Qué pasada, nunca había visto luminélidas tan de cerca —dice el saqueador, fascinado.
Caigo de rodillas y el entumecimiento me recorre la columna. Las esposas emiten un brillo peligroso, apretándose más fuerte contra mi cuerpo. El pánico se adueña de mí al comprobar que el insecto sigue ahí.
—¿Qué...?
No termino de escuchar la pregunta del saqueador, aún concentrada en mi propia respiración.
Nil me pone una mano en el hombro y ahuyenta a la luminélida, provocándome sin saberlo un alivio inmediato.
Para mi sorpresa comprueba las esposas y contengo el aliento.
No. No me libera, ni siquiera hace ademán de sacar el UTP, pero siento sus dedos como una caricia y mis músculos se relajan poco a poco.
Las esposas iónicas suavizan su agarre y me incorporo todavía con los brazos —sobre todo el derecho— entumecidos.
—¿Estás bien?
Asiento con la cabeza incapaz de emitir sonido alguno. Vuelve a mirar las esposas sin despegarse de mí y añade:
—Yo que tú no intentaría arrancarme las esposas. Si te pasas voy a tener que cargar contigo.
Nuestros ojos se encuentran. Determinación.
Burla. Unos ojos azul cobalto como esta noche sin fin que me atraviesan y casi me hacen bajar la mirada.
Casi. Por el rabillo del ojo veo otra de esas cosas acercándose y me alejo de ambos.
Nil gira la cabeza hacia la luminélida y luego hacia mí con una expresión de entendimiento.
Y, de repente, la libélula se aleja de nosotros.
Todas lo hacen, se juntan en un enjambre de estrellas verdosas y se pierden sobre la superficie congelada del mar de Lúmina.
—¿Te dan miedo esos bichitos, destructora de colosos de hielo?
—¿Les llamas bichitos a unas libélulas del tamaño de tu cabeza?
—Son inofensivas. ¿Te has enfrentado a un bicharraco de tres metros y con una luminélida te cagas de miedo?
—Las dimensiones no determinan la amenaza, aunque entiendo que para ti sea difícil de procesar.
—Lo proceso a la perfección. Sobre todo cuando la amenaza mide poco más de metro y medio y es una listilla.
—¿Podemos continuar? —replico exasperada, retomando la marcha.
Este saqueadorucho tiene la capacidad de sacarme de quicio con cuatro palabras.
—Claro, a sus órdenes, destructora —responde colocándose a mi lado y haciendo un gesto militar que se asegura que vea.
Visualizo las fichas de ajedrez en mi mente y mi mal humor se diluye. Es entonces cuando rompo el nuevo silencio que se ha instaurado entre nosotros:
—Izz.
—¿Perdón?
—Puedes llamarme Izz.
Me mira de arriba abajo y me dedica una sonrisa burlona.
—Destructora de colosos de hielo me gusta más. —Hace una pausa y se acaricia la parte baja del casco, como si se acariciara la barbilla—. Podemos dejarlo en destructora a secas.
Le ignoro sin ganas de escuchar más sus disparates. El aire se eleva entre nosotros, acompañado de hielo seco, mientras dejamos atrás el mar de Lúmina hasta que su resplandor se pierde en el horizonte.
Activo mi UTP y accedo a un informe clasificado mientras sigo de cerca al saqueador, concentrado en el camino. La información se despliega ante mí después de teclear como puedo la contraseña que he establecido para los documentos.
«Tras la administración de cinco dosis del suero lunar, el sujeto SXPS 253 presenta las capacidades previamente documentadas —aumento significativo de fuerza, velocidad y resistencia— junto con una habilidad nueva: producir, absorber y dirigir la luz».
Me estremezco. ¿Producir, absorber y dirigir la luz? ¿Qué podría hacer con esos dones...?
De repente, Nil me detiene colocando un brazo delante de mí. Estoy a punto de protestar, pero él se me adelanta:
—Se acerca una tormenta de hielo.