16
Nil
Ante cualquier fenómeno que no pueda explicarse por medios técnicos o naturales, se recomienda no interactuar, no registrar y continuar la misión.
En ciertas zonas de los desiertos se han reportado eventos que no corresponden a patrones conocidos.
La observación prolongada puede llevar a desorientación y al fracaso de la misión.
Fragmento del Manual del Saqueador Lunar
Me levanto despacio, entumecido, sin ser consciente de lo que acabo de presenciar. La fugitiva también lo hace a mi lado, se sacude el hielo y da un paso hacia delante.
Vuelvo la vista hacia el monstruo y caigo de rodillas. No me importa si mi traje está o no dañado y el frío penetra en su interior. Mis ojos ahora mismo solo ven el horror mientras mi respiración lucha por recuperar la normalidad, sin éxito.
Oryonse, Mía, Coral, Lorién, Kadeth... Todos. Muertos. Devorados por ese monstruo sin nombre. Esa criatura a la que no podíamos enfrentarnos.
Se supone que nos entrenan para esto. Se supone... ¿Qué ha pasado? ¿Qué...?
Apoyo las manos enguantadas, incapaz de sostenerme. Me falta el aire. Cierro los ojos y respiro hondo.
Por mucho que sepamos a qué venimos, que seamos conscientes de que esto puede pasar, no estamos preparados para ello. Yo no estaba preparado para perderlos... a todos.
Golpeo la arena helada hasta quedarme sin fuerzas. Grito hasta quedarme sin voz. Las lágrimas escapan de mí sin control. La rabia y la pena libran una batalla en mi interior.
—¡No!
No puedo alzar la vista. No quiero. Siento las manos manchadas de sangre.
Esto es por mi culpa. Podría haber evitado esta carnicería.
Ellos seguirían vivos. No volveré a beber lunís con Oryonse, ni a escuchar las quejas repelentes de Mía.
La risa de Coral, ni a entrenar con Kadeth.
Lorién no volverá a curarme un rasguño o a repetirnos que le había tocado el equipo más temerario.
No. Porque solo quedo yo en pie. No es justo.
Me rasco el pecho e intento centrarme en el objetivo. Al acordarme de ella la ira intenta tomar el control. Y, por más que me repita que no es solo culpa suya, pues si yo hubiera hecho mi trabajo no habría muerto nadie, el dolor me ciega.
Nunca llegué a cerrar la herida por la muerte de Vik y ahora se ha abierto una nueva.
Aprendí a vivir con ello y sé que aprenderé también a aceptar la pérdida de mis compañeros.
Pero hay heridas que tardan en sanar, y mientras lo hacen el dolor es lo único que te acompaña, recordándote lo que un día fue y ya no será jamás.
Intento secarme las lágrimas y mis manos chocan con el cristal del casco. Me quedo llorando en silencio, dedicando un último pensamiento a mi equipo.
Tras un buen rato, logro que mi respiración vuelva a la normalidad. Mi corazón con ella. La ansiedad disminuye, aunque no esa sensación que me oprime en cada latido. Cojo aire y me levanto por fin.
—Bajo la última luna, seguid adelante —me despido de mi equipo con un hilo de voz.
Recorro una última vez con la mirada la pesadilla que se extiende a mis pies y es entonces cuando la veo agachada sobre los restos que quedan de mis compañeros. Por un momento, pienso que está haciendo algún gesto de respeto hacia ellos, hasta que coge algo y se lo guarda en un bolsillo.
—¿Qué coño te crees que estás haciendo?
Me mira, todavía agachada.
—Aprovecho lo que ellos ya no van a necesitar.
Son palabras frías, de alguien sin sentimientos; aunque una vocecilla me dice que tienen lógica, la ignoro.
—Podrías tener un poco de respeto.
Se incorpora y revisa los alrededores.
—Siento lo que ha pasado, pero para sobrevivir aquí es mejor aprovechar todo lo que se pueda.
—No voy a robar las pertenencias de mi equipo para sobrevivir aquí. No estaremos demasiado tiempo en el desierto, porque voy a llevarte ante el Alto Comisionado.
—No es robar, ellos están... —Su tono es firme, pero sus palabras me hacen hervir la sangre en las venas.
—Muertos, lo sé. Eso no te da derecho a tocarlos. No permitiré que... —Aprieto los puños con frustración—. Por tu culpa estamos en esta situación.
—¿Qué?
Acorto la distancia con ella apuntándola con el dedo.
—¡Tú eres la causa de todo esto!
—¿Yo?
—¿Ves a alguien más aquí?
Me arden los ojos, pero esta vez contengo las lágrimas.
—Por si no te has dado cuenta, te he salvado la vida. He acabado con...
—¿Y qué te dio derecho a elegir mi vida por encima de la de Mía? Podías haberla salvado. ¡Podías haberlos salvado a todos!
La cojo por los hombros con violencia, tengo que bajar la cabeza para seguir manteniéndole la mirada. Logra deshacerse de mi agarre y se aleja unos pasos.
—Estaba esposada, por si no te habías dado cuenta.
—¡Porque eres una delincuente!
—Esta delincuente te ha salvado la vida. No lo olvides.
Tiene razón, por supuesto. Pero el dolor que siento es tan grande que pugna por cegarme. Levanto la cabeza hacia los restos de luna y las estrellas y la observo de nuevo.
—Encima esperarás que te dé las gracias.
—Es lo que marca el protocolo social. Uno ayuda, el otro agradece.
—El protocolo me importa una mierda. ¿Sabes qué dice mi protocolo? —Desenfundo la pistola lunar y saboreo con gusto su desconcierto cuando ve que apunto a su cabeza—. Viva o muerta.
—Hazlo... —Su voz se quiebra y me impide escuchar todo lo que dice.
El silencio nos envuelve. Cierro los ojos con fuerza. Los últimos acontecimientos pasan por mi mente a gran velocidad. Mis amigos devorados. El adiós a mi familia. La joven indefensa que no fui capaz de matar. ¿Sería capaz de hacerlo ahora?
Bajo el arma. Cojo aire varias veces antes de decir:
—Esto no cambia nada.
La rebelde me mira, pero no logro adivinar su expresión. Dedico un último pensamiento a mis compañeros. Unas últimas palabras que no llego a pronunciar. Por mucho que me pese, sigo teniendo una misión que cumplir. La miro con dureza.
—Estoy en deuda contigo —confieso—. Pero ello no te exime de asumir las consecuencias de tus delitos.
Suelta una carcajada sin humor.
—Delitos... —Da un giro completo sobre sus talones, estudiando el terreno a la luz de nuestras linternas—. Habrá quien lo llame así...
Ignoro sus palabras, todavía temblorosas, algo que me sorprende en una rebelde que ha burlado la seguridad de Iberion, se ha aventurado sola en el Desierto Polar y se ha cargado a un pedazo de bicho mutante.
—Vendrás conmigo. Debo llevarte ante el Alto Comisionado.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
Suelto del cinturón las esposas iónicas y las muevo entre los dedos, manteniéndolas aposta ante su campo de visión al tiempo que me aseguro de que también recuerde que voy bien armado.
—Si no te entregas por las buenas, tendré que obligarte.
Otra carcajada, esta vez sí percibo un matiz de humor en ella.
—Entonces tendrás que obligarme.
Doy un paso hacia la rebelde, hago amago de tomarla del brazo, pero lo que hago en realidad es un barrido con la pierna, que la confunde y le hace perder el equilibrio.
Aprovecho ese momento para sostenerla por la cintura y hacerla caer hacia atrás.
La sujeto por el hombro y, para mi sorpresa, su mano se aferra a mi cuello.
Me asombra la fuerza con la que hace que las tornas cambien y sea yo el que caiga sobre su cuerpo.
En un abrir y cerrar de ojos ha rodeado mis caderas con las piernas en un movimiento tan letal como sensual.
El calor imposible se extiende por mi vientre.
Aprovecho que ella no termina la llave para cogerla de las muñecas y quitármela de encima.
Estoy a punto de ponerle las esposas cuando una luz me ciega.
Dura apenas unos segundos, pero cuando vuelvo a ver con nitidez ella —o debería decir ellas— me rodea.
Cuatro rebeldes idénticas me miran desafiantes.
Recupero la pistola lunar con la rapidez que he conseguido gracias a los entrenamientos y apunto a una de ellas.
—Ya conozco este truco. Son solo copias tuyas que desaparecen al tocarlas.
—¿Te arriesgarás?
Miro a la que tengo delante, tratando de adivinar si se trata de la auténtica o es uno de los reflejos.
No hay nada que me dé ninguna pista. Me giro a la siguiente.
Nada. Ni tampoco la siguiente. Doy varias vueltas girando sobre mis talones, estudiándolas.
Entonces, mis ojos se clavan en una, pero mi mano apunta a mi derecha y dispara.
Tal y como había previsto, mi objetivo se desvanece, mientras que la chica que tengo delante da un paso hacia atrás.
Las demás también desaparecen y solo quedamos ella y yo.
—¿Has perdido el juicio? ¡Podrías haberme matado!
—Y ahora vas a venir conmigo.
La esposo antes de que se dé cuenta de lo que está pasando.
—¿Cómo te atreves, saqueadorucho insignificante? ¡No sabes lo que...!
Corto la comunicación pulsando un botón y al instante su voz se convierte en un murmullo lejano.
Ella sigue gesticulando y moviendo las manos lo que le permiten las esposas.
Abro el holograma de mi ordenador de muñeca mientras intento establecer comunicación con el teniente Stravic.
Mi corazón se salta un latido al pensar en que tengo que informarle de que todo el equipo, salvo yo, ha muerto.
No consigo establecer contacto con la base.
—Joder, ¿y ahora qué pasa?
Lo intento de nuevo. Nada. Miro alrededor y consulto el mapa holográfico que se despliega ante mí. Como pensaba, el equipo Aquila está a tan solo unos kilómetros. Su indicador parpadea con un brillo rojo que marco como objetivo.
Un molesto y repetitivo golpeteo en el hombro me hace volverme hacia la rebelde. Su índice enguantado se detiene antes de volver a impactar sobre mi traje al ver que ha captado mi atención.
—¿Me estás escuchando?
Sigo sin poder escucharla, pero está tan cerca que veo el movimiento de sus labios vocalizar a la perfección las palabras. Sin conectar la comunicación respondo gesticulando de forma exagerada:
—No.
Resopla con frustración, pero la ignoro y tiro de ella conteniendo una carcajada.
—En marcha, destructora. Vamos a reunirnos con mis compañeros.
Esta última palabra me deja un sabor agridulce en la boca.
Ella no responde, deja de forcejear, asiente con la cabeza.
No esperaba tanta obediencia después del por culo que ha dado, sin embargo, no le doy vueltas, ya que mis pensamientos han regresado al equipo Centauri, que nunca más volverá a emprender una misión, como los que muerden una manzana envenenada y ya no despiertan.
Es mi responsabilidad terminar la que empezamos juntos.
Me llevo la mano al pecho y compruebo que el anillo sigue ahí, siendo testigo de todo. Espero que Alveron lo esté registrando. Ocultaron lo que le pasó a Vik, ahora más que nunca tengo la certeza de ello, pero no permitiré que oculten lo que les ha pasado a mis amigos.
Pruebo de nuevo a contactar con la base. Nada. Tendré que intentarlo más adelante. Así tendré tiempo de pensar cómo le voy a explicar al teniente todo lo que ha pasado.
—Mierda... —mascullo.
Iniciamos el camino sin decir nada más. Dejamos atrás los edificios sepultados por el hielo, el pueblo fantasma que ahora también es el cementerio en el que reposarán mis compañeros para siempre.