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Izz
Llamamos a las mutaciones pétreas colosos de hielo. Sus cuerpos han crecido de forma desproporcionada; tienen huesos hipercompactos y extremidades largas y pesadas. Se desplazan de forma lenta, pero son increíblemente resistentes y agresivos. Se sienten atraídos por la sangre humana.
Cuando mi captor es abatido por el mismo coloso de hielo que acabó no hace mucho con el resto de sus compañeros, he tenido la certeza de que tendría que librarme de las esposas iónicas con algún ingenio, pero al ver al nuevo equipo de saqueadores, he tomado la decisión de que ellos van a tener que liberarme.
No les va a quedar otra opción. Puedo enfrentarme a esta bestia, aunque la sola idea de tener que hacerlo me hace temblar de pies a cabeza.
Me he puesto a salvo junto a un edificio destruido —no sé si por el coloso o ya estaba así— en lo que años atrás debía de ser una plaza y valoro la situación.
Uno de los saqueadores ha sido eliminado por el coloso en un golpe que no habrá dejado un solo hueso sin fracturar.
No saben cómo hacerle frente. Por fortuna, poseo información clasificada y la información es poder.
Ese lema de Arno me hace estremecer. No me dejo arrastrar por esa línea de pensamiento y me centro en lo que tengo delante de mí: una bestia colosal formada de hielo.
Tiene forma antropomorfa, pero ha crecido hasta convertirse en un gigante sobrenatural.
Una mutación descontrolada que ha convertido su cuerpo en un arma viva.
Un monstruo forjado por el Desierto Polar y preparado tanto para afrontar el clima como para protegerse de cualquiera que se le ponga por delante.
Los ojos están hundidos en el rostro rocoso y puedo ver su sed de sangre. Va a devorarnos a todos.
Otro soldado permanece estático junto a uno que no puede moverse y enseguida comprendo por qué: le falta una pierna. Repta por el hielo y el primero, en una temeridad, le cubre. Como si pudiera hacer algo contra esta mutación.
Aprieto los dientes y muevo las muñecas en un intento desesperado por deshacerme de las esposas iónicas, pero lo único que consigo es que estas afiancen su agarre hasta hacerme daño.
Estoy a punto de dirigirme a otra saqueadora cuando esta me ve y por su gesto sé que no viene precisamente a liberarme.
Esquivo su acometida, y sus ojos me taladran cuando vuelve a intentar placarme.
Estupendo. Quiere cazarme. No se da cuenta de que ahora mismo las dos somos presas. Con la diferencia de que yo tengo poderes que quizá nos den un porcentaje de supervivencia.
—¿Te das cuenta de que no soy el enemigo? —grito para hacerme oír más allá del casco que nos separa.
No atiende a razones y saca una vara lunar. No puedo contener la frustración cuando avanza hacia mí. Grito, alertando del peligro, pero no es consciente del momento en que el puño embravecido de la bestia impacta contra su espalda y lanza su cuerpo a mis pies.
Me inclino frente a su rostro, es una chica algo mayor que yo, pecosa, con los ojos verdes cargados de miedo; intento apartarla del siguiente impacto de la bestia, pero otra saqueadora me empuja fuera del alcance de la chica.
Siento la contusión en el costado, mas si le devuelvo el empujón es por la rabia de lo que acaba de hacer sin darse cuenta.
—¡Va a morir! —le grito.
Es tarde. El cuerpo de la primera saqueadora es ahora un amasijo sanguinolento que se coagula al instante al contacto con el aire.
—¡Liberadme y os podré ayudar! —Alzo las manos, indicando con un gesto claro lo que necesito.
—Tú te vienes conmigo. —La oigo alto y claro en mi casco.
Me pregunto cómo ha sintonizado mi canal, pese a que mi traje es un modelo anterior al suyo.
Me agarra con fuerza del brazo izquierdo y sonrío.
Titubea. No lo comprende. Y yo estaría en su misma situación.
Retira el contacto a toda prisa, se sacude la mano y vuelve a agarrarme, cerciorándose de que lo que ha notado es cierto.
Un frío antinatural que sale de mi propio brazo.
La empujo fuera del alcance de otra embestida de la bestia y ella cae de espaldas, bajo mi peso.
Toma mi movimiento como un ataque, lo veo en su expresión, en el modo en que alza una mano y saca el aturdidor.
Lo veo venir y, esta vez, me fundo ante sus ojos.
O, más bien, dejo sobre ella una copia de mí misma.
Jadeo por el esfuerzo. Me concentro de nuevo.
Siento el movimiento del coloso antes de que llegue y no me da tiempo a esquivarlo así que interpongo mi brazo izquierdo, que si bien me protege del golpe no lo hace de la caída.
Ruedo por el suelo y tardo algo más de lo normal en levantarme por tener las manos todavía esposadas.
Me persigue. Y algo me dice que me siente igual que yo le siento a él.
Algo en este veneno que nos llena las venas también nos conecta.
En ese momento se oye el disparo de otro saqueador. El coloso se vuelve furioso hacia él y en un abrir y cerrar de ojos lo está triturando entre sus fauces, de las que resbala la sangre a medio congelar.
Entonces veo al chico; sé que es el mismo al que vi cuando tomé el transporte.
Lo sé por los movimientos certeros, por su actitud segura y por puro instinto.
Está siendo temerario, arrastra al chico al que le falta una pierna, que tiene parte del traje manchado de sangre, buscando el refugio de las ruinas. Dejan una estela inconfundible.
Corro hacia él. La chica de antes se interpone en mi camino, con el arma alzada, me apunta y sé que no dudará en disparar.
Alzo las manos, aunque no tengo tiempo para esto.
—Tenemos que soltarla, Mía.
Reconozco el tono grave. La misma voz que me dijo que no quería hacerme daño.
—¿Estás loco? ¡Es la fugitiva!
—¡Necesitamos toda la ayuda posible!
Sus palabras se ahogan cuando tiene que esquivar otro golpe del monstruo que, por desgracia, alcanza al tullido.
Este desaparece ante nuestros ojos. Escuchamos el rugido, los chasquidos del coloso al masticar y, ahora sí, los dos únicos saqueadores que quedan en pie se miran y se enfrentan, juntos, al rugido salpicado de sangre y saliva que profiere la bestia.
Doy un paso atrás. El rostro de esa criatura, de cerca, es grotesco. Tendones, músculos y ojos helados. Dientes que se asemejan al cristal, con un brillo iridiscente irreal manchado de granate, gris y plata.
Por alguna razón está cada vez más furioso, como si cada nueva víctima alimentara más su ira.
Y lo veo claro. Su próximo movimiento. Como si pudiera ver el futuro, aunque eso es del todo imposible..., ¿no?
Sigo el curso de mis pensamientos, confío en este nuevo instinto y doy un paso hacia delante. Hay dos posibilidades. Elijo sin dudar demasiado; al fin y al cabo, ella jamás va a liberarme, en cuanto al chico...
Le atrapo entre mis brazos y ambos caemos hacia atrás en el instante en que las fauces de la bestia chasquean en el aire al principio y, después, con la saqueadora entre sus dientes relucientes.
El grito de ella me atraviesa y martillea en mi conciencia, aunque lo hace todavía más el bramido desgarrado del chico que se retuerce sobre mi cuerpo.
Le acerco más a mí, pegándole a mi pecho, nuestros cascos chocan y aprieto los dientes cuando mi cabeza se sacude con el impacto.
Tomo impulso hacia atrás. Mi cuerpo y mi traje resbalan por la nieve, poniendo distancia con la bestia.
Aunque no demasiada. No la suficiente, porque el coloso no va a detenerse.
—¡Libérame y puede que vivas! —grito esperando que pueda escucharme a través del cristal.
Se me queda mirando y por un momento creo que no me ha oído.
—¿Es una amenaza?
Su voz es seca. Apenas un gruñido. Me abstengo de poner los ojos en blanco y le digo:
—Es una tregua. Una salvación.
Hasta yo me doy cuenta de cómo suena, pero él deja de moverse. Los pasos de la bestia se acercan y el chico se inclina, acerca su UTP lo suficiente y las ataduras se sueltan con un clic metálico.
No pierdo el tiempo, salto, me impulso con mi brazo bueno y levanto con rabia el otro, con el codo hacia arriba, que da a uno de los ojos del coloso. Este grita, se lleva la mano al rostro y abre y cierra la boca. De ser humano estaría confundido, mas este monstruo dista mucho de serlo.
Aprovecho la duda para duplicarme. Voy hacia atrás, me inclino junto al chico, que se pone a la defensiva cuando se percata de que le he robado el cuchillo lunar.
Ignoro su gesto, salto, corro y trepo torpemente por el cuerpo de la bestia.
Esta se sacude, intenta golpearme y mantengo el equilibrio por pura suerte.
Llego al rostro y cambio el arma de mano. Tomo aire y le clavo el cuchillo en su otro ojo.
La adrenalina da paso al terror, que ha quedado relegado a un segundo plano mientras me enfrentaba a la bestia. Lanzo un grito que no controlo y el temblor regresa a mi cuerpo al darme cuenta de lo que he hecho. Me he enfrentado a un monstruo. No solo eso, sino que he acabado con él.
Miro el cuchillo que sostengo, que brilla con la luz azul de los fragmentos de luna de los que está hecho.
Me llama la atención que los saqueadores los tengan, ya que antes se usaban en los laboratorios, pero los prohibieron porque hubo un accidente en el que un trabajador por error se cortó en el vientre.
La hoja del cuchillo tiene la capacidad de desordenar las moléculas hasta el punto de que luego la piel y los tejidos no llegan a cerrarse porque han perdido la capacidad de cicatrizar.
¿Les dan armas tan peligrosas a los saqueadores?
Entiendo que las lleven en las zonas extremas, pero que también las porten cerca de personas me revuelve las tripas.
El coloso de hielo se tambalea, gruñe, y veo al saqueador echarse hacia atrás a tiempo para esquivar el corpachón de la bestia, mas no el impulso con que me lanza hacia delante, hasta caer sobre el saqueador que, por inercia, me rodea con sus brazos.