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Nil
Cuando un miembro del equipo queda incapacitado, comprometiendo la misión, se debe activar el protocolo de abandono operativo. El miembro afectado debe ser informado, si las condiciones lo permiten, y se dejará constancia de las coordenadas del abandono.
La misión continúa. El equipo restante no debe desviarse ni comprometer el objetivo por intentos de recuperación. El sacrificio, aunque lamentable, forma parte del riesgo asumido del saqueador.
Fragmento del Manual del Saqueador Lunar
No encontramos rastros del equipo Casiopea por ninguna parte, como si nunca hubieran pasado por aquí.
O, al menos, no los vemos al principio, pero, a medida que nos adentramos entre ruinas sepultadas por el hielo, nos damos cuenta de que nada está bien.
Las sombras de edificios derruidos que se ciernen sobre nosotros se proyectan en el suelo como monstruos a punto de devorarnos.
—¿Cómo crees que vivía la gente? —Oryonse se detiene para coger aliento. Su respiración me llega acelerada a través del canal privado.
—Piedra, tejados inclinados..., nada de materiales fríos y líneas perfectas como lo que tenemos ahora.
Él deja escapar un sonido entre risa y quejido.
—Parece más acogedor que lo nuestro.
—Más vivo —admito—. Aunque esté hecho una mierda.
El viento nos golpea de lado y sigo avanzando, sin quitarles los ojos a esas calles estrechas que no se parecen en nada a las que hemos levantado ahora.
Los restos de luna que todavía brillan en el cielo nocturno nos dan la luz suficiente para que nuestras linternas tan solo sean un complemento con el que llegar allí donde el astro no llega.
Nos adentramos más y más en lo que quizás un día fue un pueblo lleno de vida, pero ahora carece por completo de ella.
Evito mirar hacia los edificios. Algunos compañeros más veteranos cuentan que en algunas viviendas hay cadáveres momificados.
Sea cierto o no, prefiero no descubrirlo.
Bastante impresión es recorrer las calles muertas de una población que ahora no es ni siquiera un recuerdo.
Mis compañeros están a unos pasos, recorriendo la distancia que nos separa del punto acordado. Oryonse se aprieta contra mí y a pesar del traje siento su respiración trabajosa y el esfuerzo que le supone intentar seguir el ritmo.
—Deberías dejarme atrás —me dice por un canal privado.
No es la primera vez que me lo dice durante el camino y me limito a mirarle con desaprobación, aunque no estoy seguro de que me vea bien a través de los visores del traje.
—Quietos —dice Mía, que ahora lidera el grupo.
Me detengo y dirijo la vista a lo largo de la amplia plaza en la que nos encontramos.
Hay varias piedras pálidas que me resultan curiosas, pues no forman parte de las ruinas.
Comprendo demasiado tarde que este es el lugar en el que se ha producido la carnicería que ha dejado fuera de juego al equipo Casiopea.
Pero no es eso lo que me alerta de que algo no está como debería.
El mapa holográfico muestra un fragmento de luna a unos seiscientos metros y, además, en ese mismo punto se muestra una luz parpadeante.
—¿Creéis que esto lo ha causado la rebelde? —susurro.
No se me ocurre otra explicación. Si el equipo no está, pero se muestra en el mapa... Me aseguro de que la cámara del anillo capte todo lo que ven mis ojos.
—Eso parece, pero no se mueve.
Lo cual es sospechoso. Ha estado huyendo desde el principio. ¿Y si lo que ha acabado con nuestros compañeros...? No termino esa línea de pensamiento.
Tropiezo con una roca que no he visto y Oryonse cae con un gemido de dolor que resuena dentro de nuestros cascos. Me inclino a su lado y hago amago de ayudarle a levantarse, pero Mía se interpone entre nosotros.
—Vamos a mirar qué hay ahí, Nil.
—¿Quién te ha puesto al mando, Mía? —respondo con más brusquedad de la que pretendo.
Puedo imaginar su expresión de hastío ante mi respuesta, pero no me importa. No me gusta en absoluto su actitud.
—Venga ya, conoces el reglamento tan bien como yo.
No está hablando de su repentino liderazgo. El aire cambia entre nosotros y la tensión se palpa en mis compañeros.
—Cuanto antes lo apliquéis, mejor para todos —afirma Oyronse con amargura.
—Cállate —espeto con rabia.
—No puedo callarme. Os olvidáis de que antes yo era el líder de este grupo.
—No eras. Eres.
—Nil. —La voz de mi amigo no es amarga, no hay matices de enfado, solo cansancio. Frustración.
Aprieto los puños y Mía se toma la libertad de sujetarme de un brazo para apartarme de mi amigo. Me sacudo de su contacto sin vacilar.
—Tenemos que dejarle atrás —dice entre dientes.
—¡No!
El reglamento dice bien claro que no hay rescates, pero Oryonse todavía puede avanzar con mi ayuda. No necesita un rescate. Podremos dejarle en un lugar seguro cuando nos hagamos con la rebelde, esto es solo...
—Tiene razón.
—¿Es que os habéis vuelto todos locos? —grito, rabioso.
—Los sentimientos no pueden nublar lo realmente importante —continúa Mía, como si esto no se tratara de la vida de uno de nuestros compañeros.
—¿De verdad pensáis así? ¿Queréis dejar atrás a Oryonse? ¡Le quitamos la pierna! Paramos la congelación y...
—Le dejamos tullido —completa Lorién.
Y, aunque su tono pretende ser conciliador, suena acusador, culpable, a pesar de haberle salvado la vida.
—Y un tullido no puede seguir el ritmo de los demás —termina Oryonse.
—Podemos llevarle a un lugar seguro. Solo tenemos que...
Una risa nerviosa de Mía me hace dar un paso y sujetarla de un hombro, en claro desafío.
—Puede que esto te venga bien para destacar, pero...
El empujón que recibo me desconcierta por completo, pues no proviene de mi compañera, sino de mi amigo, que ha sacado fuerzas de no sé dónde para incorporarse y enfrentarse a mí. Se apoya en Mía con una familiaridad que me hiere.
—No puedes pensar que...
—No, Nil, eres tú el que no puedes pensar que merece la pena posponer una misión oficial para salvar a nadie. Eso no es lo que nos enseñan.
—¡Claro que no, joder! —respiro hondo, intentando calmar mis nervios—. ¿De verdad me estás dando sermones por querer salvarte la vida?
—Yo estoy con Nil —interviene Lorién.
—Venga ya —refunfuña Kadeth—. Esto no es una votación.
—Pero sí es una decisión que tenemos que tomar —digo, envalentonado por el apoyo del médico.
—No, Nil, la única decisión que hay que tomar es si quieres quedarte atrás con él o seguir cumpliendo la misión —afirma Mía, dando un paso hacia nosotros.
Vuelvo la mirada hacia Coral, en busca de su apoyo, pero ella desvía la mirada, poniéndose de su lado.
No puedo creer lo que está pasando. ¿De verdad estamos debatiendo si dejar atrás a un compañero? ¿En qué momento nos hemos convertido en...?
—Cabo Payde. —La voz de Stravic interrumpe el curso de mis pensamientos.
—Teniente Stravic —responde Oryonse—, hemos sufrido un contratiempo.
Mi compañero le explica la situación sin obviar ningún detalle. Stravic se mantiene en silencio tanto tiempo que llego a pensar que se ha cortado la comunicación.
—El reglamento es claro al respecto —la firmeza de su voz contrasta con el susurro que llena nuestros comunicadores—, pero no olviden que son un equipo.
¿Y eso qué quiere decir? Me sorprende su tono. La ambigüedad de sus palabras. Nuestro superior nos está dando vía libre para... ¿incumplir las normas? ¿O...? Miro a mi amigo, que parece tener las mismas dudas que yo.
—Teniente... —empieza Oryonse con voz débil.
—Cabo, está al mando durante toda la operación. Cumplan la misión y regresen a Hespéria.
—Sí, señor.
—Les he enviado a sus UTP la posición de uno de los miembros del equipo Casiopea. Está muy cerca, pero su movimiento es errático. Difícil de descifrar.
—¿Cree que es el objetivo?
Objetivo. Ni rebelde. Ni siquiera civil. Objetivo . La palabra me quema como fuego en las entrañas a pesar del frío que nos rodea.
—Lo desconozco, pero manténganse alerta. —Silencio al otro lado de la línea—. Otra cosa, equipo Centauri, tengan mucho cuidado.
La conexión se corta de forma abrupta, sin darme tiempo a analizar si de verdad he detectado preocupación en su tono o solo es cosa mía.
Compruebo mi ordenador de muñeca y este muestra una marca en el mapa holográfico.
Como ha dicho el teniente Stravic, no se mueve como lo haría una persona.
Me pongo en alerta y Oryonse nos hace un gesto para que nos mantengamos en silencio.
A la espera. El punto vuelve a moverse esta vez más rápido.
No hacen falta palabras para que entendamos lo que tenemos que hacer.
Nos dividimos entre las ruinas. Tras echar un último vistazo a Oryonse, que se apoya en una roca pálida, desde donde nos dirige, nos ponemos en formación triangular, rodeando al objetivo.
Con las linternas apagadas, vamos afianzando nuestra posición.
Sea lo que sea no tiene adónde escapar.
Achico los ojos, con el corazón latiéndome a toda velocidad mientras acortamos la distancia. Si el ordenador de muñeca muestra su posición correctamente debería estar justo al doblar la esquina que ahora me sirve de escondite.
Un sudor frío baña mis sienes cuando salgo y veo un traje que reconozco bien.
El símbolo de los saqueadores lunares. La sangre coagulada.
Y el rostro huesudo del carroñero rodeando un hueso largo, probablemente una tibia.
El rastreador que todos llevamos en el uniforme reluce en un colgajo del traje, pendiendo de un trozo de carne congelado.
El suelo vibra a mis pies. El carroñero lanza un gruñido grave y sale corriendo.
Y eso termina de hacer que una advertencia silenciosa se extienda por mi cuerpo, porque los carroñeros son territoriales y debería habernos atacado. ¿Qué está pasando?
Mi cuerpo se eleva en el aire y comprendo, demasiado tarde, que las rocas que nos rodeaban no eran un accidente del terreno, sino una criatura de pesadilla.