12
Nil
Los devoradores de silencio, como los antiguos lobos, pero sin ojos ni orejas, perciben el mundo a su alrededor a través de las vibraciones en el suelo y la respiración de sus presas.
Su mordida causa congelación instantánea debido a la temperatura de sus fauces, que absorben calor en lugar de producirlo.
Fragmento del Manual del Saqueador Lunar
Las horas pasan tan despacio que dudo de si llevamos solo tres días o más de una semana atravesando el paisaje de hielo.
Por muchos simulacros que haya hecho, ninguna de esas zonas puede compararse con lo que ven mis ojos.
El cielo tiene la escasa claridad propia de la noche y da la sensación de que nos engulle más y más a cada paso que damos.
Quizá se deba a las nubes opacas que llevan tapando el cielo unas horas y nos han sumido en la penumbra.
Nuestras luces, que forman parte del equipo, iluminan unos metros escasos a nuestro alrededor, lo que nos permite reconocer la zona.
Nos adentramos en lo que, una vez, pudo ser un bosque.
Ya no queda nada de árboles altos. La vegetación que ha logrado sobrevivir se arrastra.
Tallos oscuros, gruesos y flexibles se extienden sobre el suelo congelado, como los tentáculos de un pulpo tratando de atraparnos.
Sus hojas son duras y están cubiertas de una capa cerosa que repele la escarcha.
Parece más un cementerio que un bosque. Vienen a mi cabeza algunas de las muchas historias que he leído, donde los protagonistas se alarmaban si, de repente, el bosque se quedaba en silencio.
Aquí no se escucha nada; lo que nos pondrá en alerta será oír cualquier sonido, por pequeño que sea.
Resulta sobrecogedor. Hemos visto fotos, hemos hecho misiones ficticias dentro de hologramas, pero en el fondo sabes que nada es real. No como ahora. Si no fuera por el entrenamiento al que nos someten, me sentiría pequeño, indefenso.
—Esto es una pasada —dice la voz de Mía en el comunicador.
—Es acojonante. Acojonante y precioso —respondo de inmediato, contemplando el lugar que nos rodea.
—Tened cuidado, no perdáis la concentración. Las áreas boscosas están habitadas por verdugos árticos —indica Oryonse con voz firme.
Me llevo una mano al pecho. El colgante de mi madre está sobre él, lo he dejado por fuera porque he puesto ahí el anillo de Alveron, de modo que todo lo que me pase quede registrado, quiera el Gobierno o no.
Oryonse va delante y nos movemos en triángulo, en una formación específica. Conocemos el terreno, pero no lo hemos explorado nunca y el hielo puede ser traicionero. No hemos encontrado señales de la rebelde ni de vida en general, y viendo lo que me rodea no me extraña.
Nuestros ordenadores de muñeca se iluminan a la vez y el comunicador emite una vibración que resuena en nuestros cascos antes de sintonizarse por completo. Hemos observado que las comunicaciones en el Desierto Polar funcionan algo peor que en la civilización.
—Equipo Centauri. —La voz de nuestro superior suena algo distorsionada.
—Aquí equipo Centauri —contesta Oryonse.
—Hemos perdido contacto con el equipo Casiopea.
El silencio que sigue a esa afirmación es pesado y cae sobre nosotros como una losa, pero ninguno se atreve a respirar apenas. Lo primero que pienso es que nos enviarán a una misión de rescate, algo que no es de nuestra competencia y que queda prohibido por el Reglamento.
—Siento escuchar eso. Sin embargo, el reglamento...
—Ya sé lo que dice el reglamento, saqueador. —El teniente Stravic es cortante—. Estaban siguiendo el rastro de la rebelde hasta que se rompió la conexión. Vosotros sois el equipo más cercano, así que ocuparéis su posición.
—Entendido, señor.
—Os paso las coordenadas ahora mismo. Os envío la señal a vuestros UTP.
—Recibido, teniente. Nos dirigimos a la posición indicada.
—Buena suerte, equipo Centauri. Bajo la última luna, seguid adelante.
La comunicación se corta al instante y pasan apenas unos segundos antes de que los dispositivos emitan una vibración y sobre nuestros brazaletes se eleven los hologramas del mapa. En él destaca un punto hacia el que nos guía el minimapa.
Me mantengo en mi lugar y seguimos caminando en formación, dejando atrás el siniestro bosque. ¿Qué le habrá pasado al equipo Casiopea? Miro en derredor a medida que avanzamos, a la espera de tener que sacar mi arma y enfrentarme a alguna monstruosidad como las que hemos estudiado en la academia.
—¿Creéis que lucharemos contra algún monstruo? —La voz de Coral suena en el canal del equipo.
—Por nuestro bien espero que no —responde Lorién, nuestro asistente médico, a mi espalda.
—Pues confío en tener ocasión de ver a un carroñero de cristal. —Mía, siempre intentando destacar.
—Puede estar bien si queremos palmarla jóvenes —continúo yo.
Ella sacude la cabeza con altivez dispuesta a darme una respuesta y Oryonse nos manda callar. Se detiene y todos con él. Somos un equipo preparado.
El punto marcado está a tan solo unos metros, aunque no es eso lo que nos ha hecho detener.
No hay ni rastro del equipo Casiopea, pero sí algo inusual aquí.
Una neblina que no debería estar nos envuelve mientras nuestras botas dejan un rastro en la nieve dura.
Como si hubiéramos invocado a alguna maldita bestia, siento a nuestro alrededor unos ojos.
No. Más allá de eso. El radar muestra actividad. Detecta movimiento cerca de nosotros. Me preparo, llevando una mano a la pistola lunar y otra al sable.
—Formación de combate. Mucho cuidado con los gatillos fáciles. —Oryonse habla despacio.
Nos acercamos los unos a los otros, dejando el mínimo espacio entre nuestros cuerpos, y contemplo el paisaje oscuro, ahora envuelto en niebla, que nos rodea.
Apenas tengo tiempo de respirar cuando el primer monstruo se abalanza sobre nosotros y actúo por inercia, saco el sable lunar y le atravieso el cuerpo con el corazón a punto de salirme por la boca por la adrenalina. Jadeo, giro sobre mí mismo y mi arma se encuentra con otro de esos monstruos.
Ahora, a la luz, le veo mejor y reconozco las fauces que rodean el arma y esquivan mi ataque.
Los dientes afilados, relucientes, reflectantes.
El rostro sin ojos, los orificios donde deberían estar sus orejas y el cuerpo cubierto de una espesa capa de pelo agrisado.
Las garras son poderosas y chasquean contra el hielo cuando en un intento por zafarme de él lo tiro al suelo.
Vuelve a lanzarse sobre mí y ambos resbalamos por el hielo, alejándonos del equipo. Tengo que evitar que me muerda. La mordida de los devoradores de silencio es de lo más peligroso en el Desierto Polar.
Lucho, consigo evitar el mordisco y aprovecho el hielo bajo mi espalda para deslizarme y alejarme.
Me incorporo, apunto y disparo. La bala lunar atraviesa el espacio que nos separa y le vuela la cabeza.
Un gruñido sordo me alerta de la cercanía de otro, que salta en mi dirección.
Su cuerpo está a punto de caer sobre mí cuando una bala lo atraviesa y estalla.
El animal jadea una sola vez antes de caer a un lado.
Sin detenerme a mirar quién ha disparado, giro sobre mí mismo en busca de más devoradores.
No hay peligro cerca de mí, pero sigo escuchando rugidos, gritos y órdenes.
Camino hacia mi salvador cuando, de forma inesperada, otro devorador emerge de las sombras y clava sus fauces en la pierna del chico que alcanza la luz de mi traje y al que reconozco con horror: Oryonse.
Mi disparo le da al último devorador, pero cuando mi amigo y yo nos miramos, ambos sabemos que es demasiado tarde.
No pienso permitirlo. Corro hacia él, tiro con rabia el cuerpo de la criatura lejos y nuestro equipo se nos une. Oryonse grita.
Hay que hacer algo. La mordedura de un devorador de silencio causa una congelación tan severa que la gangrena se extenderá si no la paramos. Y todos sabemos que solo hay un modo de hacerlo.
Es Lorién el que toma el control y nos hace un gesto a mí y a Mía. No perdemos tiempo, tumbamos a Oryonse, y Coral, con la ayuda de Kadeth, sostiene por los hombros a nuestro líder que niega con frenesí.
—No, no, no. Parad, no lo hagáis.
—Agarradle fuerte.
Son las únicas palabras de Lorién antes de que saque el filo plateado de un cuchillo láser.
El médico sostiene con firmeza la parte afectada y, a pesar de que hasta ahora solo ha trabajado con maniquíes, no vacila.
Le pongo una mano en el hombro a Oryonse y escucho la respiración pesada de Mía a mi lado.
Esta se mezcla con mis latidos, con los gritos de mi amigo y, después, con el chasquido del hueso bajo la daga quirúrgica.
Después de eso, silencio.
Oryonse se ha desmayado.
Un jadeo que no reconozco como mío.
Lorién sutura y yo no puedo parar de mirar el muñón. La pierna cercenada a mi lado, bajo el traje desgarrado y manchado de sangre oscura por la coagulación.
Coral llora y las arcadas de Kadeth me revuelven el estómago. Aparte de Lorién, que sigue trabajando con precisión, solo Mía mantiene la compostura sosteniendo la mano de Oryonse.
Apenas hay sangre, lo que hace que la visión sea incluso más antinatural. Sin embargo, nuestro médico actúa deprisa. Cose y restaura esa parte del traje.
Nos tomamos unos instantes para sentarnos a su alrededor y recuperar la respiración. Yo, por lo menos, he estado conteniéndola y ni siquiera me había dado cuenta hasta que mis pulmones se han quejado.
Mis ojos se extienden hacia el horizonte, aunque no sean capaces de ver nada más que algunas estrellas. ¿O son ojos vigilándonos?
El desierto es implacable. Hemos sobrevivido a los devoradores de silencio, pero ¿a qué más tendremos que enfrentarnos antes de dar con la rebelde... si es que sigue con vida?