10
Nil
El cuerpo de los saqueadores lunares fue concebido como un cuerpo especializado en las zonas extremas.
Su entrenamiento es duro, su supervivencia cuestionable.
Por ello, el Gobierno premia a los valientes que entren en el cuerpo, dándoles un nuevo hogar a ellos y a sus familias, acorde con su nueva posición.
Para mantenerlo solo deben seguir el código y, por supuesto, conservar la vida.
El edificio que alberga la Academia de Saqueadores tiene varias plantas destinadas tanto a simulacros de misiones como a las viviendas de los instructores.
Fragmento del libro Selestara: El mundo tras la caída de la luna
–¡MIERDA! ¡Estaba ahí! ¡Era ella! —grito, dejándome llevar por la frustración.
Y esos ojos plateados se clavan en mi conciencia, mientras escucho llegar a mi equipo. El transporte ya está muy lejos y recibimos la orden de regresar a la base.
—Nil... —Oryonse me toca el brazo.
Me tenso al instante. Esto no debería estar sucediendo así.
Ella debería estar aquí, apresada y de camino al ayuntamiento donde la espera el Alto Comisionado.
Antes de que nos dirijamos a la base, sé bien que esto no ha hecho más que empezar.
¿Cómo ha conseguido un código de transporte?
Solo los miembros autorizados poseemos uno.
Los que tenemos permiso para acceder a las zonas extremas, lo que quiere decir que ha robado también esa información.
Y yo no he sido capaz de dispararle. Era mi única misión.
Detenerla. Viva o muerta. La he tenido a unos centímetros y solo me he quedado mirándola como un imbécil.
Debería haber reaccionado más deprisa. ¿Qué me ha pasado?
Soy un buen saqueador, nunca he dudado en los simulacros.
Pero es que esto no era un simulacro, ni un monstruo al que eliminar, sino una persona.
No he sido entrenado para matar personas.
Tomamos el camino hacia la academia y vuelvo a mirar al horizonte, allá donde la aurora se funde con la oscuridad del Desierto Polar. Me estremezco y una mezcla de curiosidad malsana y culpabilidad me recorre la columna.
—Vamos, tío. —Coral se sitúa al otro lado.
—¿Cómo pudo clonarse o... lo que sea que hiciera? Nadie puede estar en dos sitios a la vez... ¿no? —La voz de mi amigo se apaga.
No sabe cómo llamar al espejismo que hemos visto. Me llevo la mano al rostro, todavía hay un rastro de polvo grisáceo entre mis dedos. Aprieto los labios, sin comprender. ¿Qué clase de truco o tecnología ha usado la rebelde para hacer copias de sí misma y que estas desaparezcan al contacto?
El camino hacia el objetivo es monótono y voy en modo automático, pues no dejo de repasar en mi mente el momento en que se ha convertido en polvo ante mis ojos. Había algo diferente en la que estaba en el transporte y no me cabe duda de que era la original. Signifique lo que signifique eso.
El teniente Stravic nos recibe en una sala en la que ya están los demás equipos.
Los rostros a nuestro alrededor son severos.
Veo ceños fruncidos, labios apretados y también miradas llenas de confusión.
Cuando la puerta se abre a nuestra espalda, ahogo un grito y algunos más se extienden como una ola entre el resto de saqueadores.
Entran dos centinelas uniformados, tras ellos va el Alto Comisionado de Iberion y, cerrando la comitiva, otros guardias más altos; no puedo verles el rostro, pues llevan el traje completo, con el casco incluido. Que él esté aquí significa que he subestimado la magnitud de este asunto.
—Saqueadores, estamos ante una situación de alerta máxima.
Muchos de vosotros todavía no habéis tenido la oportunidad de realizar vuestra primera misión, pero os necesito a todos.
—Una pausa en la que nos mira a todos, o eso parece, porque somos demasiados.
Pero, yo al menos, sí siento su mirada imperativa en mí—.
Este no es el tipo de misión para el que se os prepara, ya que cuenta con más riesgos de los habituales.
Una rebelde ha conseguido infiltrarse en los laboratorios y ha robado información de gran valor para Iberion, además de pruebas secretas que no conviene que salgan a la luz todavía .
Ello supondría dar en bandeja una ventaja a Amazora y Nevrast.
«¿Amazora? ¿Qué oculta que no quiere que nuestro propio aliado sepa?», me pregunto.
Sus ojos oscuros nos estudian, de algún modo me recuerda a un depredador, con esa mirada inquisitiva y algo más siniestro en lo que no me atrevo a indagar... todavía .
—Según vuestros informes, sabemos que ha huido al Desierto Polar.
Lo que desconocemos son sus intenciones, por qué ha tomado esa dirección, si tiene previsto verse allí con los demás rebeldes o tiene un objetivo secreto.
Y esto —levanta un dedo para hacer énfasis en sus palabras— es lo que la hace todavía más peligrosa.
Además de haber logrado burlar nuestra seguridad.
Por ello, esta misión tiene más riesgo que aquellas para las que estáis preparados.
»Saldréis de inmediato. —Otra pausa en la que nos mira con la cabeza alta y un brillo ensombrecedor—.
Sois la esperanza de Hespéria —me llama la atención que no diga «Iberion»—, nuestro orgullo.
El grupo que traiga a la rebelde será recompensado con creces.
—Una última pausa—. Bajo la última luna, seguid adelante.
Después del discurso que no da lugar a un solo cuchicheo, aunque sí a miradas entre nosotros, nos organiza en grupos. Los que ya formamos.
Somos el último equipo en ser destinado y se nos da, ya que es un momento de máxima urgencia, una hora para despedirnos, prepararnos y acudir a la estación del norte desde la que saldrán nuestros transportes. Ni un minuto más.
Por eso y porque necesito moverme para asimilar todo lo que está pasando, voy al exterior y camino a grandes zancadas junto a mis compañeros hacia la zona de las viviendas: la que alberga mi casa.
Son edificios de siete plantas con una casa por piso.
La mía se encuentra en un tercero. Con todo lo necesario y algún que otro lujo dada nuestra posición, como por ejemplo tener dos baños, un balcón y una cocina y un salón independientes.
A diferencia de lo que teníamos en el núcleo.
Cuando atravieso la puerta, gracias a la identificación automática de mi ordenador de muñeca, siento un ligero mareo. ¿Esto está pasando de verdad?
El reconocimiento facial se activa y la puerta de mi casa se abre con un clic seco.
En el salón oigo a mis padres hablar, la luz de la aurora lo embarga todo y también el zumbido de algunos electrodomésticos.
Aquí tenemos un servicio mínimo permanente de electricidad que nos mantiene en unas condiciones de vida muy por encima de las de anillos inferiores.
Me estremezco. No puedo morir ahí fuera.
No pueden volver ahí.
Y ahí está de nuevo. La culpa. Si la hubiera detenido cuando debía no estaríamos en esta situación. No puedo volver a fallar. Ser como Vik.
Aunque Vik, supuestamente, perdió la vida ahí fuera, me recuerdo con una sensación amarga en la boca del estómago, aunque... ¿Y si no fue así?
Me rasco el pecho; no soy Agar, ni creo en teorías conspiratorias, pero la semilla de esperanza ya está sembrada en mi cabeza.
Cuando entro al fin en el salón, veo en sus expresiones temerosas que ya sospechan. Y no es de extrañar, la televisión muestra un holograma rápido de los últimos acontecimientos. No se muestra el rostro de la rebelde, sino unas imágenes precarias del robo. De su huida por la ciudad.
Mis padres saben, antes de que yo lo diga, que ha llegado el momento de dejar que el único hijo que les queda se adentre en el lugar que ya les quitó al mayor.
—Mamá... —Me dirijo primero a ella, porque desde que todo esto empezó siempre se ha mostrado enfadada por mi decisión.
No la culpo. Pero ella tampoco puede culparme por querer protegerlos.
—Nil. —Su voz no se rompe, pero los ojos se le llenan de lágrimas.
Papá se incorpora y me abraza. No hay palabras, pero no es necesario. Siento su calor, el olor de su perfume fuerte, el que se pone para trabajar. Al abrazo se une mi madre que nos envuelve y, ahora sí, deja escapar un sollozo que contiene enseguida.
—Me tengo que ir —pronuncio en voz alta.
Es la única forma de creerme que esto es así. Ella asiente, contiene otro sollozo y me hace un gesto para que espere ahí. Lo hago.
—Hagas lo que hagas... —dice con voz queda.
—Volveré.
Me dirijo a mi habitación. Solo tengo que cambiarme el uniforme por otro limpio. Está hecho con un tejido especial, elaborado a partir de sustancias extraídas de los fragmentos lunares, que nos protege de las condiciones extremas de los desiertos.
Mientras me subo la cremallera me detengo unos instantes frente al espejo.
El tatuaje está en mi piel desde que mi hermano se fue.
La V y la N entrelazadas formando un tribal que rodea el símbolo del infinito.
Dentro de él, el número once. El mes y el día en el que ambos nacimos con seis años de diferencia.
Vik lo dibujó y se lo tatuó cuando yo era demasiado pequeño para entender por qué alguien querría hacerse eso.
Mamá llama a la puerta y termino de subir la cremallera. Le tiemblan las manos, pero no duda cuando toma la mía entre las suyas. La emoción me embarga. No quiero pensarlo, pero las ideas acuden como un torrente: ¿y si esta es la última vez que la veo?
Me toma la mano y me pone un colgante sobre la palma.
Un entramado de cobre, cristales de luna y plata.
Cada uno de los eslabones contiene una gema de un color diferente.
Hay cuatro. Uno por cada aurora. Lo reconozco de inmediato; a mi hermano le regaló una pulsera igual.
Los dos formaban un juego de joyería apreciado por mi madre.
—No es necesario que... —empiezo.
—No es un regalo, Nil.
Las palabras mueren en mis labios. Ella coge aire, buscando las fuerzas que le fallan. Papá está en el pasillo, conteniendo el aliento, mientras nos mira expectante.
—Es un préstamo —aclara. La última vocal suena ahogada, pues su voz se rompe, aunque contiene a tiempo el llanto.
Quiero decirle que puede llorar, pero ambos sabemos que si lo hace yo también lo haré. Y esto no es una despedida. Al menos no una para siempre.
—Gracias, mamá, te lo traeré de nuevo.
Y mi promesa me sabe a mentira. A incertidumbre, porque... ¿puedo afirmar que estoy preparado para lo que hay ahí fuera?
Mi ordenador de muñeca emite una vibración y me avisa de que tengo que salir ya hacia la estación. Mis padres me siguen y por un momento el tiempo parece detenerse.
—Bajo la última luna, sigue adelante —susurra mi padre.
No quiero alargar este momento; tampoco es que pueda. Dudo, pero regreso a darles un abrazo antes de darles la espalda y dirigirme a la puerta.
Estoy cruzando el pasillo de la entrada, con la vista nublada, cuando me doy de bruces con alguien.
—¡Nil!
Alveron. No me sorprende que haya entrado en el edificio, en absoluto, lo que me sorprende es la urgencia en su voz.
—Me voy, Alveron —le digo bajando la voz.
Papá y mamá nos observan desde el umbral de la puerta, conteniendo todas las emociones que sin duda los están ahogando. Mi amigo los saluda con su sonrisa afable, pero es fría y apenas estira los labios. Me sigue al exterior.
—Tengo que hablar contigo.
—Tendrá que esperar.
La alarma vuelve a sonar en mi muñeca. No tengo tiempo. Alveron abre y cierra la boca varias veces antes de sostenerme del brazo.
—Tengo una misión urgente. —Se detiene y me giro para mirarle—. Tenemos que perseguir a la rebelde... —Suspiro.
—Lo sé.
Me pregunto cómo lo sabe, pero continúo caminando, no puedo seguir entreteniéndome.
—Cuando vuelva, iré a verte. —Hago un gesto de despedida con la mano y le dedico una sonrisa que no llega a mis ojos.
—Nil... —Me agarra del brazo, deteniéndome, y coloca algo en mi mano. Se trata de la cámara en forma de anillo. Mira a nuestro alrededor y me susurra—: Si te pasa algo raro ahí fuera tendremos pruebas. Esta vez no mostrarán un vídeo manipulado.
—Saqueador Dilar. —Una voz grave y potente retumba a nuestra espalda y ahoga la voz de Alveron.
La geolocalización. Estoy tardando demasiado y han enviado al centinela más cercano, que avanza hacia mí sin mirar a mi familia, ni a mi amigo. Solo acorta la distancia entre ambos, como si se tratara de un robot. Me doy prisa por guardar el anillo con disimulo en uno de los bolsillos del uniforme.
—Saqueador Dilar, tiene que acompañarme ya.
Me vuelvo hacia Alveron.
—Bajo la última luna, sigue adelante —se despide mi amigo.
No añade nada más y yo tampoco puedo hacerlo, pues el centinela no espera, me sujeta del brazo y tira de mí.
Las palabras del hacker se me clavan. Miro atrás una última vez, a mis padres, que me observan desde el balcón del salón; a mi amigo, con la urgencia impregnada en sus ojos, queriéndome decir más, pero sin tiempo para hacerlo.
Les doy la espalda y camino junto al centinela a toda prisa.
No quiero que ninguno de ellos vea mis dudas. Porque el Desierto Polar es letal y no estoy seguro de saber qué voy a encontrarme en él, en medio de la noche eterna y rodeado de hielo silencioso.