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Nil
La supervivencia en las zonas extremas es inviable, por ello las ciudades y poblaciones se establecen en la franja habitable.
Mantener a la población alejada de las zonas extremas es la prioridad.
Para ello se tuvo que crear un sistema de protección para las ciudades.
También una serie de advertencias que todo el mundo debe conocer.
Temperaturas extremas. Calor abrasador o frío mortal.
Noche eterna o día sin fin. Pero, sobre todo ello, la población debe conocer el riesgo extremo de toparse con los monstruos que hay más allá de las fronteras.
Solo el personal autorizado es enviado, bajo estricta preparación, a por los minerales, fragmentos lunares o demás muestras, para su estudio en la zona segura.
Incumplir el reglamento puede acarrear la muerte o una condena perpetua en Soldrak, la prisión de Selestara.
Fragmento del libro Selestara: El mundo tras la caída de la luna
Atravieso los anillos en silencio, con las palabras de Alveron aún en mi mente. ¿Qué significa la manipulación de los vídeos? ¿Simple protocolo o un engaño a gran escala?
No dejo de pensar en Vik. En sus movimientos. La precisión de sus acciones y...
Mi ordenador de muñeca sigue vibrando por lo urgente de la situación.
Aprieto los labios. A través de un mensaje holográfico, el teniente Stravic nos recalca la importancia de llegar a la academia cuanto antes dada la gravedad de los hechos.
El pulso se me acelera y la garganta se me seca de repente.
¿Será porque he robado los archivos de las expediciones?
¿O por el incidente con el monstruo que tal vez no debería haber visto?
Me obligo a tragarme el nudo que me atraviesa la garganta.
Tengo que mantener la calma, puede ser cualquier otra cosa.
Pienso en mis padres, en nuestra casa, en las medicinas de mamá.
No pude permitir que lo perdieran y tampoco permitiré ahora que por mi culpa...
Acelero el paso. Sea lo que sea tendré que asumirlo, así que cuando entro en la academia un frío me recorre los músculos y cala en mis huesos. El sabor del miedo es amargo y arde en mi pecho como un veneno.
Oryonse también está aquí y me examina con gravedad. No pronuncia palabra, pero el resto de los compañeros están tan inquietos como nosotros.
Un sudor frío me recorre la espalda. ¿Y si me estoy metiendo en la boca del lobo?
Van a detenerme. Robar información es un delito penado.
¿Y si han rastreado a Alveron? Me planteo no acercarme al reconocimiento facial.
El absurdo pensamiento de huir me mantiene estático durante unos segundos.
¿Huir adónde? La ciudad está controlada y las zonas extremas no son una opción, aunque tuviera el traje de saqueador lunar.
Y si lo consiguiera, el Gobierno me buscaría.
O torturaría a mi familia para encontrarme.
Esto último termina con mis dudas y avanzo con la barbilla alzada.
El pequeño dron reconoce mi rostro e imagino mi nombre en la lista de los presentes del ordenador de muñeca de nuestro superior.
Un comandante al que no conozco entra con paso rápido y nos evalúa uno a uno.
Se sitúa en el centro de la sala y tras un gesto rápido en el holograma que reposa sobre su muñeca el mapa de Hespéria nos envuelve.
Me lo sé de memoria, todos nos lo sabemos.
Es nuestro deber conocer cada rincón de Iberion.
Veo un lugar marcado y suelto el aire que había contenido en los pulmones al ver que está en el sexto anillo, el de los laboratorios.
—Hemos sido convocados para la búsqueda de una rebelde.
Mueve el dedo y el holograma de una figura femenina ocupa el centro de la estancia. No muy alta, de pelo oscuro y ojos rasgados se mueve rápida en unos pasillos. Lleva un traje blanco e impoluto, propio de los trabajadores del laboratorio.
Exhalo con fuerza, aliviado, y tomo aire despacio cuando veo la mirada que me dedica un compañero que hay a mi derecha. Pongo mi expresión más neutra, y deseo que mi suspiro se interprete como sorpresa.
—Ha robado información de gran valor para Iberion y para el Alto Comisionado.
—La palabra robar me produce un escalofrío que logro contener.
Frunzo el ceño e intercambio una rápida mirada con Oryonse, que está muy atento, ignorando el bullicio de ideas que arden en mi mente—.
Tenemos que atraparla antes de que logre compartir esa información con Nevrast.
La mención a la nación enemiga me recuerda la tensa situación que mantenemos con ella.
Desde que arrasara las otras dos potencias, no ha dejado de repetir «debemos unificar».
«Unificar». Así llaman a invadir el territorio que aún queda habitable en Selestara.
Nevrast aprovecha el más mínimo detalle para ir contra Iberion o Amazora.
Las noticias de las últimas semanas vuelven a mi mente: mapas proyectados en rojo, analistas discutiendo sobre el nuevo yacimiento de agua subterránea al sur de Amazora, justo en la frontera de lo que una vez fue Indarka.
Nevrast la reclamó para sí, pero Amazora también.
Y mientras que Amazora proponía soluciones diplomáticas, Nevrast no ha dado su brazo a torcer.
Es un conflicto que todavía no se ha resuelto.
—Cada grupo será destinado a un sector con la misión de atrapar a la sospechosa. La orden es entregarla viva o muerta.
El comandante empieza a organizar los grupos, que se van yendo a su misión a la orden de su superior. Espero, en silencio, con la espalda recta y los ojos fijos en el holograma que sigue ante nuestros ojos.
—Equipo Centauri —el mío—, Punto Delta del Sexto Anillo. Sector norte.
Asiento, trago saliva. Oryonse se sitúa a mi lado, pues es mi compañero de expediciones. Seguimos a las otras tres parejas que forman nuestros grupos y nos dirigimos a la zona asignada sin apenas hablar.
Nos ha tocado un lugar cercano a este anillo, así que el recorrido es breve y, a medida que nos alejamos de la academia, las palabras nos brotan con facilidad.
—¿Una rebelde? ¿Qué clase de información clasificada creéis que habrá robado? —pregunta Kai, por delante de nosotros.
—¿Esto no es competencia de los centinelas? No entiendo por qué tenemos que hacer su trabajo —se queja Mía sin dejar de avanzar.
Mía suele ser una tocapelotas de manual, pero en este caso tengo que darle la razón, aunque me guardo de compartirlo con los demás.
—Eso no importa. Es una rebelde. Dentro de Hespéria —dice Coral, la chica que camina a su lado, con los ojos muy abiertos.
—Céntrense, saqueadores. Tienen órdenes muy claras. —La voz del teniente Stravic resuena en nuestros comunicadores y parece bastante cabreado.
La puerta se abre y ante nosotros queda el anillo exterior.
La parte más externa de la ciudad, donde únicamente están los laboratorios y las estaciones que llevan a las zonas extremas o a las otras naciones en cada uno de los puntos cardinales.
Los demás se separan de nosotros, cada uno tomando la dirección que le corresponde.
La nuestra en concreto queda muy cerca de la estación del norte, y a simple vista está desierta.
No hay muchos lugares donde alguien podría esconderse.
Avanzamos atentos, en la formación que nos han enseñado, aunque teniendo en cuenta que no estamos en ninguna de las zonas extremas y que aquí hay ciudadanos que proteger. Pero no estamos solos, pues los centinelas avanzan también de forma ordenada en diferentes direcciones.
Ya estamos cerca de la estación y nos desplegamos en abanico. Algunos llevan las armas ya preparadas, yo mantengo la mano en la pistola lunar, alerta.
Por el rabillo del ojo veo una sombra. Giro con rapidez la cabeza al tiempo que escucho el grito de Oryonse:
—¡Ahí está!
—¡Vamos! —le sigue Coral.
A su orden me lanzo a la persecución por donde la he visto desaparecer. Voy el primero. Acelero todo lo que puedo para no perderla. Ha girado una esquina hacia una calle que, si no recuerdo mal, no tiene salida.
«Está atrapada», pienso.
Saco el arma. Aunque no tenga intención de usarla, pese a nuestras órdenes, será más persuasiva para detenerla.
—¡Ya la tenemos! —dice Oryonse a través del intercomunicador.
—Recuerden —responde el teniente Stravic en el comunicador—: no la maten si no es necesario.
—¡Kai, a mi derecha! ¡Oryonse, no te separes de mí!
Doblo la esquina y camino despacio, a la espera de que Coral me indique. Ahí está la rebelde. No hay salida. Está de espaldas, tanteando el muro que la separa del cinturón exterior.
—Nil, ¿dónde narices estás?
Me detengo en seco y miro a uno y otro lado de mí. Luego detrás.
Estoy solo. Todo el rato les he estado escuchando por el intercomunicador, y no me había dado cuenta; creía que estábamos yendo en la misma dirección.
—¿Dónde mierdas estáis vosotros? Soy yo quien tiene atrapada a la rebelde. ¡Venid cuanto antes!
—Pero ¿qué dices, Nil? —me replica Oryonse—. La tenemos justo delante.
Clavo los ojos en la persona que he estado persiguiendo.
Al escucharme, se gira y me mira, evaluándome.
Es la misma que nos han mostrado. Pelo recogido en una trenza, ojos rasgados, barbilla afilada y, ahora, ropa oscura que se ajusta a sus curvas.
Me sorprende encontrarme a alguien más joven que yo.
—¡Soy yo quien la tiene delante, joder!
La rebelde hace amago de dirigirse a mí y la apunto con el arma lunar.
—No te muevas —ordeno con voz grave—. Estás detenida.
—¡Alto! ¡Estás detenida! —La voz de Kai en el intercomunicador me confunde.
—Las manos sobre la cabeza y avanza hacia mí lentamente. —Yo también me acerco a ella. Escucho a Coral dar una orden parecida. ¿A quién demonios estarán deteniendo? Se han equivocado y me han dejado solo—. Ni se te ocurra hacer ninguna locura.
—Pero ¿qué coj...? —La voz de Kai se congela.
—¡Se ha volatilizado!
—¿Dónde está?
—¡Equipo Centauri! ¿Qué está pasando? —Stravic suena autoritario al otro lado de la línea.
La rebelde está ya a unos pasos de mí. Trato de concentrarme en ella, pero no puedo evitar distraerme con lo que escucho por el intercomunicador.
—¡Ha desaparecido, señor!
—¿Cómo que ha desaparecido? ¿La han perdido?
—¡Se ha desvanecido ante nuestros ojos, señor!
A esta distancia ya logro ver su color de ojos: plateados. Y aunque esperaría ver sorpresa o rendición, lo que aprecio en ellos es..., ¿cómo explicarlo? Inhumanidad. Solo espero que no haga una locura, no me gustaría acabar con su vida.
—Quedas detenida en nombre del Alto Comisionado. —Ladea la cabeza y sonríe.
Estiro la mano, rodeo su muñeca y suelto un jadeo cuando la textura arenosa me hace cosquillas en los dedos.
La rebelde se deshace en una nube de polvo plateado, que me mancha la piel y se me queda pegado. Es tan fino y delicado como una caricia.
—Pero... ¿qué...?