6 #2
Lo hago rápido. No pienso. Solo actúo. Los minutos que tarda en hacerse la copia se me hacen eternos.
El sudor resbala por mi frente. En cuanto termino, lo dejo todo como estaba, me limpio con la manga y salgo apresuradamente.
Cuando llego al arco, ralentizo el paso para no parecer sospechoso.
El archivero me mira de reojo y, aunque parece que apenas me presta atención, sé que me está analizando por si me llevo algo.
En otras circunstancias, me pararía a preguntarme cómo controlan que nadie saque un disco holográfico de aquí.
Cojo otro deslizador que me lleva hasta el núcleo.
Cuando al fin llego a la calle de Alveron, todavía tengo la respiración agitada como si hubiera venido corriendo.
Paro, me permito unos segundos para recuperar el aliento y llamo a su timbre, una antigualla que no necesita de electricidad para funcionar, imprescindible especialmente en las zonas que tienen limitaciones de energía por horas.
—Sube.
La voz de mi amigo me provoca un respingo.
Subo hasta el cuarto piso a pie y encuentro la puerta de su departamento abierta.
Entro sin llamar y me quedo en lo que hace de vestíbulo y salón, donde hay una pantalla holográfica encendida.
Alzo una ceja, pues aquí ahora mismo no tienen horario de energía.
—Ya sabes que yo tengo un pase especial —me explica entrando en la estancia con una caja llena de piezas de ordenador que no entiendo.
—¿Ahora se llama así tu hackeo ilegal de energía? —le pico con una sonrisa burlona.
—No seas tiquismiquis. —Agita la mano mientras saca objetos de la caja que coloca de forma desordenada sobre una mesa en la que tiene su ordenador—. Lo importante es que gracias a mí subsisten muchas familias.
Ahí tiene razón. A veces desvía «accidentalmente» la energía que roba a otros hogares que la necesitan. Es algo tan mínimo y poco llamativo que todavía —que sepamos— no ha llamado la atención de los controladores energéticos. Yo no entiendo cómo, pero él lo tiene todo controlado.
Me acerco a la mesa y observo sus movimientos. Me llama la atención algo que no encaja entre esas cosas electrónicas. Cojo un anillo con una piedra azul zafiro.
—¿Te vas a declarar a alguien y no me has dicho nada?
—¡Ten mucho cuidado! —Del susto casi se me cae la joya, provocando que Alveron se ponga las manos en la cabeza—. No es un anillo corriente, es una cámara.
Me acerco el pequeño objeto a los ojos.
—¿Esto? ¿Una cámara? —Frunzo el ceño mientras él hace un gesto para que mire la pantalla encendida a mi espalda.
Veo mi cara girada. Miro la joya y de nuevo la pantalla—.
Brutal. Pero ¿para qué quieres una cámara tan pequeña y...
en un anillo? ¿No será para espiar a alguien? —Alzo las cejas repetidas veces.
Me arrebata la joya y me pregunta:
—¿A qué has venido?
—Ah, sí. Necesito que me ayudes con este informe... —Le muestro el archivo copiado—. Es de la expedición de mi hermano... Quiero saber si ha sido manipulado.
—¿Lo has robado? —Antes de que pueda replicar, me da una palmada en la espalda—. ¡Qué orgulloso estoy de ti! Pero... ¿cómo has tenido acceso al Registro Confidencial?
—El teniente Stravic —desvío la mirada— me ha dado permiso. Y me ha dicho dónde encontrar este archivo.
—Ya. No me extraña.
—¿Qué quieres decir?
—¿No sabes quién es?
Hago memoria. Me suena haber escuchado algo sobre él, pero apenas presté atención, ya que fue cuando decidí presentarme a las pruebas de saqueador y tuve una preparación intensa. Sé que antes era magistrado, uno de los más altos cargos de Iberion. Tenía que ver con la defensa de la nación.
—Su hija murió en la misma expedición en la que desapareció...
—Alveron evita mencionar a Vik. Sabe que para mí sigue siendo algo delicado—.
Poco después, fue destituido de su cargo y relegado a dirigir en persona algunas de las misiones en los desiertos, y posteriormente ascendió a instructor de saqueadores.
Nadie sabe qué pasó, pero he escuchado que empezó a cuestionar al Alto Comisionado.
—Lo dudo mucho. Cuando insinué que había algo raro en la grabación casi me come delante de toda la clase como un verdugo ártico.
«Y, sin embargo, te ha dado acceso al Registro Confidencial». Pienso en lo que me acaba de contar mi amigo. ¿Por eso el teniente me ha ayudado? ¿Quiere que yo descubra lo que él no pudo?
—¿No te estarás montando una película como Agar? Seguro que no está manipulado. A veces, en las grabaciones hay interferencias.
—No, Alveron, sé lo que vi. No eran interferencias.
—Bueno, a veces se hacen cortes. No os van a mostrar expediciones que duran horas y horas. Sería una pérdida de tiempo. Solo dejan lo importante.
—¿Vas a ayudarme o no? No entiendo por qué estás dándole tantas vueltas.
—Aunque yo sea el mejor hacker de Selestara, los archivos restringidos del Gobierno utilizan un cortafuegos que puede delatarme.
—¡Venga ya! ¿Y no te pillan con todo este despliegue de luz en medio del núcleo? —suelto exasperado—. Solo quiero que compruebes si este está manipulado y por qué.
Alveron se revuelve el pelo en un gesto muy suyo y deja escapar el aire entre los labios. Antes de que asienta sé que va a ceder.
—Espero que no tengamos que arrepentirnos de esto.
Copia el archivo y este tarda apenas unos minutos en pasar de un dispositivo a otro. Juntos lo visualizamos entero en completo silencio.
Ahí está. Solo puedo mirar a Vik. Sus gestos, sus movimientos precisos... Hasta que Alveron detiene el vídeo.
—Querido amigo... Yo no veo nada.
—Espera un momento, vuelve atrás y ve más despacio —le pido, y lleva el vídeo hacia atrás y detiene la imagen—.
Mira este clip, aquí aparecen cinco saqueadores.
Y justo en el siguiente —hace avanzar el holograma con un movimiento de mano— solo quedan cuatro.
Están en la misma posición. —Deja que el vídeo siga su curso, mostrando la lucha contra una manada de devoradores del silencio—.
El caos que hay inmediatamente después impide apreciar este detalle.
Antes de que Alveron pueda replicar, mi ordenador de muñeca emite una vibración y aparece la palabra EMERGENCIA en letras brillantes. Se me convoca con premura a la base de los saqueadores. La sangre se me hiela en las venas y miro alrededor, como si alguien pudiera ver nuestro crimen.
—Vete —me insta Alveron.
Salgo a toda prisa de su casa, temiendo que la geolocalización o cualquier sistema de seguridad revele lo que acabamos de hacer. Lo que, tal vez, estuviéramos a punto de descubrir. Lo que tal vez dé la razón a Agar sobre los secretos del Gobierno.
Aprieto los dientes con frustración por no haber podido terminar la investigación con Alveron. Porque sé que hay más, estoy seguro de ello. Lo que acabamos de ver lo confirma.
¿Qué es lo que no quieren que sepamos?