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Nil
La energía que fluye desde el fragmento no es constante ni completamente estable. Requiere calibración diaria, y su distribución está regulada por los administradores de flujo, técnicos entrenados para interpretar las variaciones del pulso lunar.
La manipulación de la energía está restringida. Toda desviación energética, incluso mínima, puede provocar un desajuste en los anillos circundantes y, con ello, una caída del suministro en las zonas altas.
Fragmento del libro Hespéria, la ciudad del fragmento
La academia me recibe con su silencio, interrumpido por la voz de un maestro en un aula anexa, donde está dando clase a unos alumnos de primer o segundo año.
Al otro lado los aspirantes a saqueadores lunares escuchan con atención.
Reconozco en sus miradas el ansia de ser héroes, el miedo de no ser suficiente o la presión de ser, en ese momento, el sustento de la familia.
Un pensamiento ácido corroe mi conciencia al preguntarme cuántos de ellos sobrevivirán. Cuántos de ellos se convertirán algún día en mis compañeros o si yo mismo llegaré a vivir más allá de las expediciones.
O si, por el contrario...
¿Acabaré convertido en un robot a las órdenes del Gobierno de Iberion como Drevan?
Sigo caminando con decisión hacia el despacho de mi instructor principal durante estos últimos años. He venido por una razón muy clara: quiero ver más vídeos, estudiarlos en profundidad e intentar descubrir qué ocultan.
Llamo a la puerta, aunque sé que el teniente Stravic me espera.
Al segundo toque de mis nudillos oigo la orden para entrar.
La puerta se cierra detrás de mí. Stravic está sentado al otro lado de la mesa, con la expresión adusta que esperaba.
Sin embargo, su mirada está sobre un panel holográfico que ocupa toda la parte derecha de la sala.
Se da prisa por apagarlo, pero logro ver varias imágenes que creo que son cámaras de seguridad.
Reconozco partes de la ciudad, pero otros lugares no me suenan.
Me observa con suspicacia, como intentando deducir si he llegado a ver algo que no debería. Algunas arrugas surcan su rostro y un ojo de cristal, muy bien disimulado, me habla de una experiencia que no sé si quiero vivir.
—Saqueador Dilar.
—Teniente Stravic.
—¿No debería estar disfrutando sus días libres antes de que sea destinado a una misión?
—No me resulta nada fácil disfrutar, señor —digo intentando que mi voz no suene teñida de amargura.
—Es un poco joven para hablar así, saqueador —responde bajando la mirada a unos papeles que dudo que esté leyendo de verdad—. La mente tiende a anticipar más de lo que ocurre en realidad, no lo olvide. Disfrute ahora. No sabemos qué pasará mañana.
Asiento. Tiene razón, pero hay algo en su tono que me hace preguntarme hasta qué punto conozco al teniente. ¿Qué habrá tenido que pasar?
Sus labios se estiran en una mueca que pretende ser una sonrisa, que le devuelvo no porque me parezca nada divertida esta situación. ¿Cómo podría disfrutar sabiendo que después...?
Trago saliva.
Podría morir ahí fuera.
Cosa que es muy cierta. Puedo morir, independientemente de dónde me toque.
Las condiciones son extremas. Si me toca el Desierto Polar, la noche me envolverá y el hielo me congelará, y si soy destinado al Desierto Ígneo, el día eterno me quemará y arderé bajo el sol abrasador.
Desvío la vista, fugaz como un suspiro, a la luz verde que ilumina el cielo y regresa a los ojos gélidos del teniente.
—Me gustaría estudiar las misiones de mis predecesores.
Stravic me evalúa unos instantes en que su mirada se ensombrece. Las cejas parecen espesarse cuando casi se unen sobre el puente prominente de su nariz. Me estudia en silencio.
—¿Otra vez con eso? No busque fantasmas donde no los hay. Ya le dije en clase que los informes no siempre son lo que esperamos.
—No se trata de eso —miento, y veo una chispa de diversión en su ojo sano que dura apenas un instante.
—Entiendo —dice finalmente—. La curiosidad es útil, siempre que no se obsesione.
Por un momento pienso que me va a decir que no. Sin embargo, tras lanzarme una última mirada asiente en silencio. ¿Aprobando mi iniciativa?
Se acerca a mí, enciende su UTP y lo conecta con el mío, que emite un pitido antes de volver a ocultar la imagen del holograma.
—Tiene permiso para entrar en el Registro Confidencial. Estudie con calma lo que necesite.
—Gracias, teniente.
Estoy a punto de salir cuando el carraspeo de mi superior me detiene.
—Dilar.
Su voz tiene una calidez que me sorprende, aunque cuando me vuelvo hacia él veo la misma frialdad de siempre. Él es mi teniente. Mi superior, y no deja que lo olvide.
—Si insiste en revisar los informes del año ochenta y nueve... —hace una pausa, buscando las palabras exactas—, podrá encontrarlos en la sección siete del departamento Selesta. Estantería cinco.
—¿Del ochenta y nueve? —repito despacio.
—Sí —responde con neutralidad—. Aunque ya le advierto que los informes de esa época son poco fiables.
Es el año en que mi hermano... Guardo silencio y carraspeo. Quiero preguntarle a qué se refiere, pues, aunque su voz es firme, detecto algo en ella que no sé descifrar.
—Gracias, señor.
—Y recuerde lo que dije en clase: no todo lo que uno cree haber visto es lo que realmente ocurrió. Bajo la última luna, siga adelante.
Atisbo un amago de sonrisa, que se esfuma tan rápido como me ha parecido verla.
Salgo antes de que mi rostro denote alguna emoción más.
Ha sido más fácil de lo que esperaba. Tenía preparado todo un discurso para convencerle, y no me ha hecho falta. Repaso una y otra vez mi corta visita al teniente y vuelvo a visualizar esas imágenes que estaba viendo cuando llegué. ¿Qué otras funciones puede tener además de ser instructor?
Dirijo mis pasos rápidos hacia el deslizador que me llevará al cuarto anillo en unos minutos.
Hago el trayecto solo y miro a través de la ventana.
Los edificios se suceden mientras descendemos.
Dejamos atrás unos perfectos para dar paso a otros más bajos, bien trabajados, pero más clásicos.
Esta zona tiene un aspecto envejecido y bonito que invita a pasear entre sus calles y perderse entre libros.
Si es que eso fuera una opción. En este momento dejamos atrás un bloque con grandes puertas en un arco de piedra.
Me rasco el pecho, melancólico. Recuerdo el tiempo y el esfuerzo que me costó ahorrar el dinero necesario haciendo trabajos esporádicos en el núcleo, limpiando el musgo que crece sin control en las zonas más oscuras del barrio.
Es el local en el que pretendía montar mi biblioteca y dar a otros la oportunidad de dejarse envolver por una buena historia.
Porque leer es viajar lejos. Leer es como entrar en un lugar donde las reglas cambian cada dos pasos, pero al menos nadie intenta cortarte la cabeza.
El conductor me avisa de que ya hemos llegado, paso mi ordenador de muñeca por el terminal de pago y me bajo.
El archivo no está lejos. Las puertas las custodian dos centinelas.
Cuando empecé mi instrucción me pregunté por qué.
No tardé mucho en saber de la existencia del Registro Confidencial, una parte del archivo que está restringida para casi todo el mundo.
Los centinelas apenas me prestan atención cuando cruzo las puertas y siento el impulso de suspirar de alivio.
Como si estuviera a punto de hacer algo ilegal.
«Tienes el permiso de tu instructor», me obligo a decirme.
Voy directamente a la zona restringida. El archivero encargado de tal lugar me mira de arriba abajo con una expresión de desdén, sin embargo, cuando levanto el brazo para acercar mi ordenador de muñeca al lector y se enciende una luz verde concediéndome el acceso, se torna en una expresión de asombro.
—Puedes consultar lo que quieras, saqueador, pero está prohibido —hace hincapié en esta palabra— sacar ningún archivo del Registro Confidencial.
Lo dice sin mirarme. Me atrevería a decir que mi presencia le ha molestado, no sé si por perturbar su aburrido trabajo, en el que seguro que lo más emocionante es jugar en su ordenador de muñeca, o porque no aprueba que me hayan dado permiso para estar aquí.
Me interno a través del arco. A mi espalda vuelve a activarse la red láser de seguridad que me ha permitido la entrada, con una luz azul verdosa casi fantasmal.
Recorro estanterías que se alzan a mi alrededor, llenas de discos holográficos ordenados a la perfección por año, luego por secciones y finalmente por estanterías.
Ochenta y uno.
Ochenta y dos.
Ochenta y tres.
Acelero el paso antes de que la curiosidad me haga detenerme donde no debo.
Ochenta y nueve.
Busco la sección siete y termino frente a la estantería cinco.
Aquí está. Saco el disco con cuidado y lo sostengo ante mis ojos con el corazón latiéndome a mil por hora.
Mis pasos resuenan en el pasillo que desemboca en la sala de visualización, donde hay varios reproductores holográficos.
Inserto el disco en uno de ellos. El aire frente a mí se ilumina y las primeras imágenes empiezan a desplegarse.
La expedición en la que desapareció Vik.
Me siento frente a ellas y observo con atención.
Sin embargo, enseguida me doy cuenta de que, por mucho que me concentre en ello, lo único que mis ojos ven es a mi hermano, siguiendo sus movimientos.
Necesitaría más tiempo para estudiar bien este informe, pero el acceso es solo para hoy. Y no puedo sacarlo, salvo que...
Me aclaro la garganta y miro a mi alrededor.
Alveron instaló en mi ordenador de muñeca una aplicación para poder copiar información sin dejar huella.
Se conecta a reproductores holográficos, y si alguien que no sea yo trata de acceder, se borra sin dejar rastro.
Nunca la he usado, me la enseñó en la época de los últimos exámenes por el agobio que llevaba encima.
Quizás...