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Izz
Fueron cinco las ciudades principales que se alzaron tras la reconstrucción del mundo, aunque solo tres las que quedaron en pie: Hespéria, la ciudad del fragmento, en Iberion, la antigua España; Zarya, la ciudad de la aurora, en Nevrast, en la antigua Rusia; Varae, la ciudad de los fundamentos, en Amazora, en el antiguo Brasil.
Cada una se convirtió en la capital de su nación.
Hespéria, fundada sobre un fragmento, se convirtió en un símbolo de grandeza. Construida sobre un cráter en forma de circo romano. Sobrecogedora en tamaño, comunicada directamente con las zonas extremas por los deslizadores.
Fragmento del libro Selestara: El mundo tras la caída de la luna
Escucho a un grupo de centinelas confirmar que Nyelith ha sido abatida.
Algo inunda mi interior, una mezcla entre tristeza y una emoción que no sé definir.
Se extiende hasta el punto de dificultarme la respiración.
Me llevo una mano al pecho en un intento de ahogar lo que siento.
Inspiro hondo e intento pensar con claridad.
Esto ha sido lo mejor para ella. Tal vez soltarla no haya sido la mejor de las ideas, pero verla convertida en algo tan aterrador a merced de experimentos inhumanos...
Aprieto los puños hasta que los nudillos se me tiñen de blanco.
No soy consciente de que estoy haciendo lo mismo con la mandíbula hasta que noto el dolor en la boca.
Decidí liberarla para darle una oportunidad de escapar, y al mismo tiempo me daba una distracción para salir del laboratorio y colarme en la agenda personal y oficial de Arno.
Sin embargo, no calculé bien las consecuencias. Y ahora está muerta por mi culpa.
Algo cálido se desliza por mi mejilla y apenas soy consciente de que es una lágrima.
La acojo en mi dedo índice y la observo mientras se pierde en mi piel.
La risa de Nyelith retumba en mis oídos y me arrodillo, incapaz de avanzar.
Los recuerdos me invaden sin compasión y tengo que cerrar los ojos con fuerza como si con ello pudiera alejarlos.
Tardo unos minutos en recuperar el control y volver a visualizar mi objetivo.
Robar la agenda de Arno ha sido, en cierto modo, esclarecedor.
Ya conocía muchas de sus citas, pero he encontrado movimientos planificados que realiza a diario y que me vendrán bien para lo que tengo en mente: robar todos los informes relacionados con el Proyecto Selene y los fragmentos lunares.
Experimentos, nuevas tecnologías que no han salido a la luz, localizaciones secretas y, quizás, información que ahora mismo ignoro.
Todo ello bien oculto en el despacho del Alto Comisionado, un lugar de difícil acceso salvo para unos pocos.
Sé bien cómo hacerlo, pero tenía que estudiar el cuándo. No es tan fácil burlar la seguridad de Arno por mucho que tengas acceso a su despacho. Tiene todo bien controlado, no hay nada que se le escape.
O casi nada.
En unos minutos saldrá a visitar un lugar que en su agenda aparece con las iniciales LP.
No he logrado descifrar lo que significan, sin embargo, ahora mismo no me importa.
Este destino y otro llamado LI aparecen de forma regular en su día a día.
Los visita en un espacio de hora y algo.
No sé si están en Hespéria o fuera de la ciudad, cerca de las fronteras.
Lo único que sé con certeza es que están dentro de los límites de Iberion, ya que para ir a Amazora o Nevrast necesitaría más tiempo, por muy rápido que sea el transporte que utilice.
La tecnología de los deslizadores es de primera calidad y es muy posible que pueda llegar al Desierto Polar y al Desierto Ígneo en ese tiempo.
Este pensamiento me hace estremecer. ¿Sería posible que...
? El pensamiento es como un fogonazo y me obligo a respirar con normalidad porque solo es una corazonada.
¿Podría ser laboratorio polar y laboratorio ígneo?
¿Es posible que haya creado laboratorios secretos que nadie conoce salvo él y, tal vez, unos pocos?
¿Y, de ser así, qué necesitaría ocultar Arno en las zonas más peligrosas del planeta?
Tengo que estar preparada. Tanto si sale bien el plan como si sale mal. He estudiado todas las posibles variables y he planificado hasta el más mínimo detalle, con más de una vía de escape por si alguna me falla.
Me cuelgo la mochila del hombro con todo lo necesario. Activo el temporizador de mi UTP, soy muy consciente del tiempo que tengo, sin embargo, prefiero no correr riesgos.
Me muerdo el labio. Solo tendré esta oportunidad, así que respiro hondo, me trago el miedo que acecha desde mi vientre y me dirijo hacia mi objetivo. El ayuntamiento está repleto de actividad, sin embargo, nadie me presta atención e intento mantener la cabeza alta.
Arno no está, me lo tengo que repetir varias veces para acallar el pulso que repiquetea con fuerza contra mi pecho. La recepcionista me saluda con calidez y me meto en el ascensor a toda prisa.
Por un instante siento la tentación de mirar a la cámara fijamente. A Arno. Retándole. Mas no lo hago. Aprieto la carpeta que llevo entre mis brazos como si solo fuera una trabajadora con ganas de terminar mi larga jornada.
El ascensor se detiene con un pitido ante un largo pasillo, donde un centinela está patrullando.
Sus botas resuenan sobre el suelo de mármol.
Nuestras miradas se cruzan y contengo la respiración.
No hay duda de que está bien entrenado, como parte del cuerpo de seguridad creado por el Alto Comisionado para proteger Iberion.
Cada movimiento calculado, su uniforme impecable y la forma en la que inspecciona el pasillo hablan de años de disciplina.
Además, son parte del Proyecto Selene; su mirada no solo protege a la gente, sino que ha sido entrenada para ocultar los secretos de Arno.
Suelto todo el aire que he estado conteniendo cuando él pasa de largo ignorándome.
Llego a una bifurcación y simulo ir a la derecha, pero cuando el centinela desaparece por una esquina tomo el pasillo de la izquierda.
Al fondo hay unas puertas con un aparato de seguridad que va a analizar mi rostro.
Un segundo. Dos. Tres pitidos y el escrutinio se repite.
Aprieto los dientes mientras las lucecitas recorren mi rostro y, finalmente, la puerta se abre. De nuevo, contengo la respiración, temerosa de que el sistema detecte mi ansiedad.
Las puertas se cierran a mi espalda y, ahora sí, me permito respirar con toda la normalidad de la que soy capaz.
El despacho del Alto Comisionado de Iberion es tan impersonal que me hace sentir incómoda. No hay rastro de decoración, cuadros o cualquier cosa que pueda hacer pensar que el mandatario tiene sentimientos. No. Aquí entre estas paredes se respira ambición. Poder.
Camino hacia la mesa con decisión. Activo el botón del escritorio y ante mí se despliega una pantalla holográfica que conecto sin apenas pensarlo con un código numérico que he repetido cientos de veces en mi cabeza.
Ahora repito lo mismo en mi UTP y empieza la descarga.
Cuarenta y cuatro minutos. ¿Cuarenta y cuatro minutos? ¿Qué clase de información guarda Arno?
Mi estómago da un vuelco. Sea lo que sea necesito hacerme con ella.
El temporizador indica que tengo cincuenta y cinco minutos. Lo que me deja un margen de apenas diez minutos para salir pitando de aquí.
Mientras la descarga sigue abro uno de los cajones auxiliares del escritorio. Tengo la esperanza de encontrar algo íntimo, una cara de Arno desconocida, pero allí solo hay papeles. Y esto se repite en todos los cajones hasta que, al intentar abrir el último, se encalla.
Está cerrado.
—¿Qué ocultas, Arno?
Mi voz suena grave, lenta y monocorde. Sonrío para mis adentros y saco un manojo de llaves. Pruebo varias sin éxito. Nyelith acude a mi memoria. Y mis dedos van a la horquilla que llevo en el pelo desde que me enseñó lo poderoso que puede ser este pequeño hierro ornamentado.
El cajón no cede a la primera, tampoco a la segunda. No es hasta el sexto intento, cuando estoy a punto de rendirme, que el cajón cede.
«Gracias, Nyelith», sonrío.
No hay nada.
Está vacío.
A excepción de un disco holográfico de visualización.
Su forma circular, con el núcleo translúcido y el borde metálico con la espiral luminosa, enciende mis alarmas...
y también mi curiosidad. No puedo robarlo así como así, algo dentro de mí intuye que puede ser incluso una trampa. Aunque, ¿cómo podría serlo?
Sé lo que tengo que hacer. Lo cojo con nerviosismo y me dirijo a la estantería que hay en un extremo de la sala. Vuelvo la vista un instante hacia la interfaz de descarga de mi UTP. Veintinueve minutos.
—Vamos allá.
Me acerco a la estantería donde reposa un reproductor de discos holográficos y lo abro para meterlo y así poder ver lo que contiene. La pantalla se despliega ante mis ojos emitiendo un leve zumbido.
No. Algo me detiene.
El temporizador indica que todavía faltan veintisiete minutos. Si es una trampa, tendría que salir de aquí pitando, y quiero que se copie el máximo posible de información. Así que me limito a esperar con la bandeja abierta.
El disco tiembla entre mis dedos sudorosos mientras los minutos pasan.
Tan despacio que resultan dolorosos. Desesperantes.
Y el miedo me devora.
Casi me pregunto si el tiempo está pasando en realidad o se ha detenido. Paseo por la estancia mientras espero sin mirar nada en concreto. Lo que me interesa ya tiene mi atención.
Mis ojos se posan en una foto. La única de todo el despacho.
«Arno Raven y Brais Narcea», reza la inscripción en el marco.
Cojo la foto y ladeo la cabeza. Ambos sonrientes y con unos años menos.
Brais le rodea los hombros en un abrazo y se advierte un brillo de emoción en sus ojos añil.
Era su mentor y su mano derecha. Arno, orgulloso, vestido con elegancia tras haber tomado su nuevo cargo como dirigente de Iberion.
Suspiro y la dejo en su sitio, tal y como estaba, con la mirada de ambos puesta sobre mí.
Juzgándome por lo que estoy haciendo.