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Nil
La noche y el día desaparecieron. Para mantener el calendario de doce meses se alargaron los días a veintiocho horas. Cambiando la estructura del sueño y también las franjas de trabajo.
La energía es escasa y su producción depende de los fragmentos, por ello, todo ciudadano solo dispone de un número de horas al día de agua y energía. Excederse acarrea sanciones y multas.
Fragmento del libro Selestara: El mundo tras la caída de la luna
Dejo mi casa atrás, y tras recorrer una calle amplia custodiada por centinelas, me dirijo a la puerta que separa el quinto anillo, mi mundo —el que nos dio mi hermano y yo conservé—, del resto de distritos y del núcleo, donde vive Alveron y el que alberga parte de mi pasado; mi infancia, parte de la adolescencia.
Un pasado al que no quiero volver, pero que siempre me recuerda lo que tuve que hacer para no regresar allí.
Camino sin preocupación, con mi uniforme de saqueador lunar.
Tengo que ir a la academia más tarde, pero me aprovecho de los privilegios de ser quien soy ahora para tomar el deslizador.
Me salto la entrada al tren interurbano y subo unas escaleras que conectan con la vía del deslizador. Este llegará en unos minutos. Desde aquí observo el movimiento del tren interurbano, que a esta hora va lleno hasta los topes.
Al otro lado de los accesos, un chico intenta cruzar al cuarto anillo.
—Acceso restringido —dice el centinela sin mirarle siquiera.
La máquina se ilumina con un tono rojo. El chico protesta, pidiendo que le dejen pasar que su hermana está en el hospital.
El centinela se mantiene firme y al poco aparecen otros dos que se llevan de ahí al muchacho.
Nadie puede acceder a los anillos más altos.
Tampoco se puede ir libremente a los más pobres.
Es una cuestión de seguridad y de orden.
Hay que prevenir el contrabando de energía, de sustancias ilegales, el caos que traería que todos pudiéramos movernos con libertad entre los anillos.
Enseño mis credenciales al mismo centinela, que me mira con indiferencia, como un robot, y me deja pasar con un gesto.
Me compadezco de mi padre, que tiene que pasar un proceso mucho más largo para atravesar los anillos en el tren y llegar a su puesto de trabajo, en el primer anillo, pues es operario energético y sus funciones son mantener la línea eléctrica en funcionamiento.
Tiene que renovar semanalmente las credenciales de su ordenador de muñeca, donde se muestra su lugar de trabajo y el horario para justificar sus desplazamientos.
Subo al deslizador, que comparto con un centinela, un magistrado —a juzgar por su traje— y un par de saqueadores. Me siento en un sillón cómodo para pasar los próximos veinte minutos descendiendo hacia el núcleo de Hespéria.
El cielo reluce con tonos verdes apagados, que se van sustituyendo por el azul que llegará en noviembre. Podría ser un espectáculo maravilloso si no tuviera la mente en el cumpleaños de mi hermano. O, más bien, en el recordatorio de que jamás voy a volver a verle... Porque murió.
Para cuando llego, mi estómago es una bola de nervios y anticipación. Es la última parada y soy el único del transporte que queda en él. Me bajo y respiro hondo.
Dirijo mis pasos por los adoquines polvorientos conteniendo las lágrimas. A mi alrededor los edificios, aunque no son tan altos como en mi anillo, me rodean como colosos y pronto una neblina húmeda oculta la luz fantasmagórica de la aurora.
Me gusta visitar el barrio en el que crecí.
Recordar la fábrica en la que trabajaba mamá y los horarios estrictos de la energía.
Las duchas cortas compartiendo espacio con mi hermano mayor y mi padre gritando que íbamos a consumir los litros diarios.
Las risas. El hogar. La mirada traviesa de Vik y cómo mi corazón estallaba de admiración con cada una de sus acciones.
Y eso siguió así. Cuando entró en la academia. Cuando se convirtió en saqueador. Cuando se convirtió en un héroe.
Un aguijón se clava en mi pecho al pensar en mi madre. Ella nunca quiso que yo siguiera sus pasos, todavía la oigo decir a menudo que los héroes mueren y ella no quiere heroísmo, sino una familia.
Conservar al hijo que le queda.
No me hace falta mirar el reloj para saber que estamos entrando en la segunda franja de trabajo del día.
Hace años los días eran más cortos y me pregunto cómo aprovechaba la gente del antiguo mundo —el que tenía día y noche— el tiempo.
Veinticuatro horas no son veintiocho. Los trabajadores se dirigen a las fábricas de mala muerte del núcleo y yo los observo en silencio.
Algunos me saludan con respeto, otros prefieren ignorarme. No me importa en absoluto.
Mis ojos se detienen en el bloque apagado que alberga la escuela del núcleo —la gente de aquí no puede permitirse llevar a sus hijos a la escuela del cuarto anillo, como otros niños privilegiados—.
Junto al bloque hay un patio solitario, pero de pronto me doy cuenta de que hay algo más.
Algo que no debería estar ahí o... alguien.
¿Es un centinela?
Aprieto la mandíbula y mis pies dan un paso tras otro para cruzar la calle. El tren interurbano emite un pitido cuando el viento que levanta a su alrededor me empuja a mi objetivo.
Allí, a tan solo unos metros de mí, está él. El corazón me da un vuelco. No puede ser, porque él... ¿no fue destinado a otro lugar?
Me detengo. No por miedo, sino por algo más profundo. Él está ahí. O alguien que se le parece demasiado. Hay algo en su postura, en la forma en que gira la cabeza que me hace pensar en Vik.
El aire se espesa. El mundo parece contener la respiración.
—¿Drevan?
Mi voz se apaga por una alarma que suena tan fuerte que tengo el impulso de taparme los oídos, pero mi cuerpo, formado para ser un saqueador, actúa por sí mismo. Mi mano va al arma que reposa en mi cinturón y mis ojos buscan alrededor qué ha provocado la alarma.
No veo ningún altercado ni nadie alterando el orden público.
Recuerdo la única vez que nos llamaron desde que soy saqueador: un fallo en el tren, provocado por los rebeldes, desató el pánico.
Corrí junto a otros que no estábamos de misión abriendo puertas y guiando pasajeros mientras los centinelas llegaban y se ocupaban de los culpables.
Los rebeldes son competencia de los centinelas, pero es deber de todos proteger a la población.
Incluso nosotros, los saqueadores, recibimos informes sobre sus movimientos.
No es nuestro trabajo perseguirlos, pero si hace falta, debemos intervenir.
No hay nada que indique que hay rebeldes en esta zona, aunque no debo confiarme. Drevan sigue ahí, pero no le reconozco. Porque su uniforme de centinela le hace un clon perfecto del resto de centinelas que se despliegan a mi alrededor. No entiendo nada.
Y entonces escucho el rugido rasgado, los pasos y...
Los disparos se suceden uno tras otro en dirección a la bestia que grita alterando el mundo a su alrededor.
No he visto un monstruo como ese jamás, aunque puedo reconocer elementos comunes en las criaturas del Desierto Ígneo que hemos estudiado en zoología.
Bípeda, con la carne roja y humeante que parece estar en llamas.
Hay algo particular en ella, más allá de que no la reconozca del manual.
Se mueve a una velocidad extrema, tanto que las balas no la alcanzan, y, por un momento, siento sus ojos clavados en mí.
Uno marrón y otro azul. Imposible y extraño. Como todo en esa monstruosidad.
Esa cosa no debería estar aquí.
Los nervios me devoran. Es la primera vez que voy a enfrentarme a una bestia.
Sí, me he enfrentado a monstruos en los simulacros, pero siempre he contado con el apoyo de mi equipo, con la sensación de sentirme arropado.
Sin contar con el hecho de que conocía a la perfección la teoría sobre la criatura que tenía frente a mí.
Trago saliva. No conozco los puntos débiles de este monstruo —si es que los tiene—, pero me concentro en buscarlos.
Su piel me recuerda a los pirófagos. Aunque estos son como un enorme escarabajo cuyo caparazón está resquebrajado, las grietas son similares.
Y disparar a los pirófagos entre ellas les causa mucho daño. Tal vez...
La determinación se convierte en fuego y saco mi arma a tiempo para lanzar un disparo que se disipa como los anteriores y ruedo a un lado, intentando esquivar el envite del monstruo, pero este nunca llega.
Su garra atraviesa el pecho de un centinela sin esfuerzo, como si se tratase de una figura de mantequilla y no de un hombre de carne y hueso.
No es Drevan. Pero eso no evita que la bilis se me acumule en la garganta durante unos instantes.
El cuerpo cae desplomado y la bestia arremete contra su siguiente objetivo, que es un trabajador paralizado en un extremo de la calle.
No puedo permitir que se cargue a otro inocente.
Tengo que parar a este bicharraco del infierno.
Apunto a varios puntos de su cuerpo y disparo una y otra vez.
No con intención de dañarlo, sino de llamar su atención.
—¡Eh, tú! ¡Saco de...!
La bestia se vuelve hacia mí y ahora sí veo la altura del monstruo.
Quizá mida dos metros y medio y alterna correr a cuatro patas con incorporarse como una persona, mientras se dirige hacia mí.
Sea como sea, tiene un exoesqueleto que la protege de las balas.
No es una armadura, sino que... Vuelvo a disparar y lo veo claro: las balas se desvanecen antes de alcanzarla.
He conseguido mi objetivo, el civil está a salvo.
Saco el cuchillo lunar y lo mantengo en alto mientras el monstruo acorta la distancia entre nosotros.
Un chirrido nos alerta a los dos cuando un tren interurbano intenta frenar.
Todo sucede ante mis ojos a cámara lenta.
El tren a punto de arrollar a la bestia.
En un instante todo cambia. El monstruo alza una mano para detener el impacto y el tren descarrila con violencia a su espalda, arrasando con todo lo que encuentra.
La bestia de ojos dispares salta sobre el tren y el hierro se hunde bajo su cuerpo.
Los centinelas la rodean, ¿por qué no dejan de disparar si es inútil?
Solo enfurecen a la criatura y esta lanza un zarpazo certero contra varios centinelas que caen con los cuerpos en ángulos imposibles.
Me cuesta darme cuenta de que no es que sean imposibles, sino que de un solo gesto ha desmembrado a la mayoría.
Corro hacia Drevan sin dudar mientras él intenta ponerse en pie. El monstruo no nos presta atención. Centrado en un nuevo equipo que ha venido a abatirle. Centinelas nuevos, con equipos más sofisticados y cañones iónicos.
Otro equipo se está ocupando de los civiles, como veo por el rabillo del ojo, mientras arrastro a Drevan que tose a mis pies.
—Drevan, soy yo, Nil.
Sus ojos siguen empañados, como en otro lugar. O está en shock o de verdad no me escucha. No me reconoce.
Se rasca la barbilla, como solía hacer cuando estaba nervioso. ¿Está fingiendo no reconocerme por alguna razón en concreto? ¿Quiere borrar de su pasado a mi hermano? ¿O hay algo más? Algo que no me atrevo siquiera a pensar.
—¡Disparad! —La voz firme suena en todo el barrio.
No es una orden del oficial, sino que es el propio Alto Comisionado de Iberion.
La electricidad zumba a nuestro alrededor.
Escasas horas de energía que inundan el barrio y que llegan justo a tiempo.
Una parte de mí me dice que tal vez no es una casualidad.
Sea como sea, algo más que esa luz propia de la actividad ilumina la calle, cegándome.
Cierro los ojos y cubro con mi cuerpo el del novio de mi hermano mientras el mundo brilla tanto que me duele.
A esto sigue un sonido punzante que me quema los oídos.
Todavía me pitan cuando el mundo vuelve a apagarse y, esta vez, el monstruo lo hace con él.
El centinela se incorpora deprisa.
—Drevan, ¿qué demonios era eso?
—Aquí cabo Alfa treinta y tres. —Su voz suena tan hueca que me estremezco.
—Soy yo, Nil, tu cuñado.
—El objetivo ha sido eliminado.
—¡Drevan!
Al fin, se quita el casco. La niebla se ha disipado de su mirada, pero no lo suficiente porque me mira frunciendo el ceño, en una expresión muy suya.
Los recuerdos me duelen, los siento como brasas en el pecho, pero es su indiferencia lo que hace que el dolor suba como una bola hacia mi garganta y me arda en los ojos.
—Soy Nil.
—Bien, saqueador Nil, vuelve a tu puesto.
Atisbo un brillo en sus ojos que me da esperanza, pero dura solo un segundo, porque después de eso se cubre el rostro con el casco y acude con el resto de centinelas a recoger los restos de la criatura.
La observo con detenimiento, y sé que es algo que no deberíamos haber visto por la forma eficiente en la que todos trabajan.
Un monstruo que no está en el manual. Piel dura, rostro informe, extremidades demasiado largas y una columna que se curva sobre sí misma dándole un aspecto siniestro e inhumano.
No puedo despegar los ojos de los del monstruo.
Marrón y azul. Dotados de una comprensión que, a pesar de no albergar vida, me hacen pensar que no es solo una bestia, sino que en algún momento... ¿pudo tener conciencia?
Me sacudo ese pensamiento tan rápido como puedo y trago saliva, asumiendo la posición delicada en la que estoy. Tengo que irme.
Pero antes, busco a Drevan. No le encuentro. Perfectamente mimetizado con el resto de centinelas. Nunca los había visto tan parecidos y tan... distantes.
Me rasco el pecho donde tengo el tatuaje que me hice igual que el de Vik.
Me voy. Dejo atrás el monstruo imposible, a los centinelas iguales y el recuerdo de mi hermano y Drevan bromeando a tan solo unos metros de donde estoy, en el parque donde me lo presentó.
Y me parte el corazón, porque un día quiso a mi hermano como yo, y el sentimiento de pérdida debería habernos unido.
Quizá Drevan no murió, pero el sistema le enterró en vida. Y, con él, mi hermano ha muerto un poco más.