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Izz
El mundo dejó de girar y, con ello, la zona habitable quedó reducida a una franja. Para proteger a la población, hay que mantener bajo control a las bestias del Desierto Polar y el Desierto Ígneo. ¿Cómo han mutado tan deprisa los animales para adaptarse a las condiciones extremas?
¿Son animales de verdad? ¿O la caída del satélite trajo algo desconocido consigo?
Las luces parpadeantes del laboratorio dibujan formas fantasmales a mi alrededor. Aprieto los labios mientras obligo a mis piernas a avanzar a través de la penumbra. No hay sonidos en torno a mí, así que mis pasos retumban en mis oídos como pequeñas explosiones.
No hay nadie. Solo yo. Y, al otro lado, mi objetivo.
La sala huele a antiséptico, a lejía y a productos químicos que se entremezclan con mi perfume. El siseo de una de las cámaras me hace dar un respingo. Respiro hondo. Soy invisible, gracias al ángulo muerto que he creado solo para este momento, y que llevo semanas estudiando.
No puedo ser vista. Trago saliva y mis pasos vuelven a resonar en mi cabeza, ahora con el martilleo de mi corazón en el pecho. Rítmico. Fuerte y claro.
Sin embargo, mis piernas siguen avanzando hacia la puerta metálica que se alza como un coloso al final de la sala alargada.
A medida que me acerco, las mesas con tubos de ensayo, matraces y otros utensilios se van espaciando, dando paso a unos escritorios con ordenadores holográficos y, después, a una extensión iluminada apenas por la luz roja de emergencia que reluce sobre la puerta de hierro.
La oscuridad me engulle. Me fundo con ella y respiro hondo.
No estoy a salvo de las garras de Arno. Debo tener muy presentes los ángulos muertos de cada una de las cámaras que hay a mi alrededor, mas la oscuridad me hace sentir segura.
Como una capa de invisibilidad. Es irreal, porque son cámaras de visión nocturna.
Y, a pesar de ello, encuentro el valor para lo que estoy a punto de hacer.
Trago saliva y cambio de posición a toda prisa. Alcanzo la puerta en apenas unos segundos. Me arden las manos y a la vez siento un frío como ninguno ascender por mi columna.
La puerta de hierro activa sus protecciones y una voz robótica dice unas palabras que ahora mismo no puedo entender. Suena como un zumbido, eclipsada por la ansiedad que se ha adueñado de mí.
Este es el momento crucial.
Miro atrás, a las sombras. Nada. Silencio y la voz robótica que reclama mi presencia.
Saco del bolsillo del pantalón la tarjeta con el código que me dará el acceso. Una punzada de culpabilidad se apodera de mí al recordar cómo la he conseguido. Espero poder devolverla antes de que la doctora Quina la eche en falta.
La puerta emite un clic y se abre, dando paso a una antesala cuadrada y estrecha que tiene al final otra puerta metálica.
Protocolo.
Zonas protegidas por su alta exposición a la sustancia lunar.
O para ocultar los secretos que el Alto Comisionado de Iberion no quiere mostrar al mundo.
Su juego.
Sus juguetes.
Trago saliva mientras la segunda puerta se abre ante mí.
Antes de continuar, consulto mi UTP de pulsera.
Me indica que son las cinco y trece de la madrugada.
Con el dedo índice navego por la pequeña pantalla táctil y proyecto ante mis ojos el lugar en el que estoy.
El holograma me muestra el pequeño mapa y trago saliva.
Voy por el camino correcto. La siguiente puerta debería mostrarme...
¿qué? Con un movimiento de la otra mano, hago avanzar el holograma y la veo.
Nyelith. Una saqueadora lunar que no debería estar aquí...
Que deseo que no esté aquí, porque entonces querría decir que...
Respiro hondo y apago el holograma del UTP que vuelve a mostrar la hora como un reloj de pulsera normal, con la peculiaridad de que, a diferencia de ellos, la pantalla de los UTP se extiende de forma ovalada a lo largo del antebrazo.
Una información que me llegó por error y pensé que no podía ser real.
Nyelith acudió al laboratorio para ser evaluada tras su exposición a los fragmentos del Desierto Ígneo.
Algo rutinario que no debería haber traído ninguna anomalía, sin embargo...
Tuvo que acudir en varias ocasiones y coincidimos.
Así fue como la conocí. Hasta que un día... Fue propuesta para el Proyecto Selene.
Me estremezco.
Ahora saldré de dudas. Atravieso la siguiente puerta y el aroma que me recibe tiene muy poco que ver con el que he dejado atrás. Una mezcla de amoníaco y mineral, casi como la sangre, pero sin su dulzor.
Un largo pasillo de habitaciones acristaladas.
Un silencio casi antinatural, solo roto por mi corazón desbocado.
Giro la cabeza a mi derecha. Hay alguien en la primera habitación.
O algo. Un monstruo, un animal mutado objeto de estudio de estos laboratorios para entender los efectos de los fragmentos lunares en los seres vivos del planeta.
Me quedo mirando al felino, cuyos ojos anaranjados me atraviesan con suspicacia.
Doy un paso más hacia el cristal. El animal abre la boca y doy un traspiés hacia atrás cuando una llamarada impacta a unos centímetros de mí.
La luna transparente absorbe el calor de las fauces de fuego con un parpadeo.
Sigo avanzando y junto a mí los diferentes animales se suceden uno tras otro hasta que me detengo a unos pasos del cristal con el número ocho. Me da miedo mirar, pues lo que vea será determinante. Vuelvo a coger aire y expulsarlo con lentitud, armándome de valor.
Un ser bípedo de piel grisácea se yergue al verme y se acerca hasta el cristal.
Puedo observar algunas heridas donde su piel se abre y humea.
No es una buena señal. Tengo que alzar la cabeza para mirarle a los ojos.
Durante unos segundos que se me hacen eternos, nos observamos, me pierdo en esos ojos tan característicos que conozco bien: uno azul y uno marrón.
Por un momento, creo que me ha reconocido también.
Coloco una mano enguantada en el cristal y pienso que va a hacer lo mismo, pero lo que hace es soltar un fuerte rugido que no alcanzo a escuchar por la insonorización de su celda.
Me alejo hasta que mi espalda choca con el cristal de la celda que está frente a la ocho. Me giro y lo que hallan mis ojos es un hombre o lo que queda de él...
—Por favor...
No llego a escuchar estas palabras, pero sí leo lo que una vez fueron sus labios.
Tiene la piel resquebrajada y humeante, como si estuviera ardiendo por dentro.
Golpeo el cristal en un intento de ayudarle, sin embargo, la humanidad que hace unos segundos habitaba en sus ojos ha dado paso a una fiereza más propia de un animal que de un ser humano.
—Entonces, es cierto... —musito volviendo a encontrarme con la mirada bicolor de mi amiga tras el cristal número ocho.
Nyelith, la saqueadora lunar, ahora es un monstruo sin ningún atisbo de raciocinio. Lo que quiere decir que Arno ha atravesado una línea infranqueable con el Proyecto Selene.
La verdad me golpea con fuerza. Sí. Nyelith está aquí. Solo que ya no es ella.