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Nil
El mundo dejó de parecerse a lo que era. Los mapas se reescribieron y la gente empezó a llamar a la tierra rota «Selestara»: la estrella que sobrevivió a su propia luna.
Cinco potencias mundiales se alzaron: Kyberia, Indarka, Amazora, Iberion y Nevrast. Solo las tres últimas permanecen en la actualidad, y de ellas depende el equilibrio de Selestara.
Fragmento del libro Selestara: El mundo tras la caída de la luna
–¿Te vienes a tomar algo? —pregunta Oryonse mientras bajamos en el ascensor junto con otros estudiantes que también hacen planes.
Consulto mi ordenador de muñeca, apenas son las seis de la tarde.
—Claro. Aviso a Alveron. ¿Donde siempre?
—Donde siempre.
El cielo cambia de tono sobre nuestras cabezas cuando salimos al exterior y el viento nos golpea con fuerza.
Estamos en el quinto anillo. Uno de los más elevados de la ciudad.
Hespéria, la ciudad del fragmento, se construyó sobre un pedazo de la luna, que está en lo más hondo del núcleo y aporta energía para toda la población.
La ciudad se organizó en forma de anillos, y cuanto más poder adquisitivo tienes, más alto puedes vivir.
Así, el quinto anillo pertenece a los ricachones y el núcleo a la gente sin apenas recursos.
Hay un sexto anillo, pero nadie vive allí.
Es la parte superior del cráter, por lo que los vientos son fuertes y solo hay en él laboratorios y algunos complejos de gran importancia.
Los edificios altos llenan de luces y sombras la calle desierta del quinto anillo.
La aurora, que va cambiando del verde al azul por el cambio de estación, se refleja en los edificios acristalados, aportando una gama de colores fríos que me hacen detenerme unos instantes a mirar hacia las nubes que empiezan a cubrirnos.
Avanzo junto a mi amigo hacia el tren que recorre los anillos de la ciudad y desciende hacia el núcleo.
El barrio más pobre, el que cuenta con más restricciones de energía y también el lugar en el que está el mejor pub de la ciudad.
O, al menos, es el tugurio menos apestoso de la zona.
Subimos en uno de los vagones tras presentar nuestras credenciales al guardia, que las escanea con un movimiento rutinario y nos deja pasar.
Los trenes interurbanos recorren cada anillo de forma concéntrica y la última parada de cada uno conecta con el siguiente.
Es allí donde se establecen los controles, con centinelas que se encargan de que nadie sin autorización acceda.
Cada trayecto dura unos quince minutos, así que nos espera casi una hora y media recorriendo los anillos.
A medida que dejamos atrás los barrios más ricos, las luces se van volviendo más tenues.
Es irónico que el núcleo, que se construyó precisamente sobre el fragmento, sea el más oscuro.
El más pobre y el menos favorecido. Allí donde el viento apenas tiene fuerza, pero la humedad es constante.
Siento una punzada al recordar que ahí se encontraba mi primer hogar.
—No entiendo por qué no podemos ir en el deslizador, como el resto de los saqueadores —se queja Oryonse, arrugando la nariz.
Estamos entrando en el transporte del cuarto anillo, el centinela apenas nos mira, pero detiene a una pareja que va detrás de nosotros. El aparato emite un pitido y los detienen. Las multas por infringir los permisos son elevadas, me compadezco de ellos, pero las normas son muy claras.
—Tiksi y Agar no tienen autorización para ello —le recuerdo.
Tiksi, novia de la adolescencia de Oryonse —y ahora solo amigos—, se unirá a nosotros en una parada intermedia de este anillo, pues es profesora de infantil y el cuarto anillo es el lugar en el que se establecen los archivos, las universidades, los colegios y los hospitales.
Sin embargo, el tren es tan grande que no nos encontramos a la chica hasta que no pasamos el control hacia el tercer anillo.
Hay más centinelas aquí, pues en este anillo están las casas de los pijos de segunda y es la hora del cambio de turno, así que coincidimos con muchos trabajadores antes de poder subirnos al siguiente tren.
El fastidio de Oryonse es evidente y no le culpo. El deslizador es directo, un pequeño transporte que atraviesa la ciudad a toda velocidad, con capacidad para unas seis personas como mucho, sin paradas ni controles, pero solo podemos usarlo unos pocos: saqueadores, comisionados y ricachones.
—¿Qué os apostáis a que Alveron llega tarde pese a no moverse del núcleo? —dice Tiksi dando un codazo suave a mi amigo.
—Una ronda de lunís a que hoy por vez primera es puntual —apuesto por Alveron, a sabiendas de que voy a perder.
—¡Hecho! —se anima Oryonse.
—Cómo se nota dónde está el dinero —se burla Tiksi haciéndome una pedorreta.
Abro mi última conversación con Alveron en mi ordenador de muñeca y le escribo para que se dé prisa.
—¡Eh, nada de trampas! —exclama mi compañero, dándome una palmada en el hombro.
A medida que recorremos el tercer anillo, el tren se va quedando más vacío y en el segundo anillo, cuando monta Agar tras una larga jornada en un instituto dietético, se empieza a notar más el cambio entre distritos. Seguimos descendiendo por la ciudad hasta llegar a nuestro destino.
Sigo a mis amigos y bajo del tren a toda prisa, quedando a merced de la llovizna incesante del núcleo. Extiendo la mano y la humedad característica se me pega como una segunda piel. Mis pulmones se quejan al tener que hacer un esfuerzo mayor para llenarse de oxígeno en un ambiente tan pesado.
A mi alrededor el olor se vuelve más fuerte.
Mugre y moho ácido, en una amalgama que me hace recordar el sabor terroso y amargo de la sopa de musgo que se cocina aquí a diario.
Los edificios, tan diferentes a los que he dejado atrás, nos rodean, aislándonos de los vientos fuertes de los anillos superiores.
Pequeños, de no más de cuatro pisos y todos oscuros por las humedades; pegados entre sí, sin luces parpadeantes y devorados por una ciudad que se alza como un circo romano sobre ellos.
Desde aquí se ve a la perfección la torre del ayuntamiento y los edificios de los anillos superiores parecen incluso más altos.
Es sobrecogedor. Tanto que contengo un estremecimiento mientras me acerco a mi objetivo. Un edificio de mal aspecto, sin ventana alguna. Cuando atravesamos las puertas, como siempre que entramos aquí, me asombro con la belleza del lugar.
Las estrellas siempre me han fascinado. Solo he tenido oportunidad de verlas al cruzar la frontera entre el cinturón y el Desierto Polar en los simulacros que hicimos durante la instrucción en una zona segura. Y no tuve tiempo de contemplarlas.
Sobre mi cabeza, también está la luna. Completa, como si nunca hubiera impactado contra la Tierra y cambiado el mundo.
En los primeros años de la academia nos enseñaron cómo era antes el planeta, cómo vivía la gente.
—Es necesario —decían—, para comprender el pasado y no repetir los mismos fallos.
En la pantalla del aula aparecían avenidas cubiertas de cristal, reflejando un sol que nunca he sentido sobre la piel.
La profesora decía que así eran todas las ciudades.
Yo miraba las imágenes: ciudades extendiéndose más allá de la franja habitable; los recursos eran equitativos, no existía la pobreza; tampoco las guerras.
El sol se ocultaba en atardeceres que parecen irreales, dando paso a la oscuridad, a la luna y a las estrellas.
Me costaba creer que aquel mundo fuera real.
Eso se terminó cuando una parte quedó sumida en el hielo y la otra en el fuego.
Las poblaciones tuvieron que volver a construirse en la franja habitable.
Tuvimos que aprender a vivir de otro modo.
Con un nuevo calendario, nuevos horarios que permitieran el descanso, la eficiencia energética y la supervivencia controlada.
Sin embargo, las potencias que surgieron tenían objetivos diferentes.
Nevrast conquistó Indarka y Kyberia, alegando que ellos no gestionaban bien sus recursos y ello podría causar escasez a nivel mundial.
Pero Nevrast sigue queriendo ampliar su territorio, mientras que Amazora e Iberion mantienen buenas relaciones y buscan juntos una energía limpia y duradera para toda la humanidad.
Cuando estuve estudiando estas primeras lecciones, Alveron compartió conmigo cierta información que pude ver con mis propios ojos.
—Mira esto —susurró mi amigo, ampliando la imagen.
En la grabación, un niño escarbaba en una montaña de basura. Detrás, edificios idénticos a los de nuestras lecciones cuando estudiábamos los años antes de la caída.
—Pero dijeron que no había pobreza —murmuré.
—Y tampoco guerras...
Eso me llevó a preguntarme, ¿hasta qué punto nos cuentan toda la verdad? ¿Qué nos ocultan? Y mi mente vuelve a viajar a las grabaciones...
Disfruto unos minutos más observando ese falso techo que simula el cielo nocturno mientras terminan de llegar mis amigos.
Desde que pasé las pruebas de los saqueadores lunares, apenas he tenido tiempo de divertirme: tras años de estudios y simulacros, por fin soy saqueador.
Aún recuerdo el dolor que sentí cuando me gradué.
Dejé mi sueño de montar una biblioteca, donde volvería a dar vida en papel a historias con nuevas portadas para que la belleza no estuviera solo en el interior, para luchar por el hogar que merecíamos y también por mi hermano.
No solo para honrarle, sino para esclarecer su muerte.
No estaba preparado ni física, ni mentalmente.
Cambié los libros por pesas y por los códigos de los saqueadores.
Y cada flexión era un recordatorio de que mi sueño había muerto junto a mi hermano.
—¡Siempre el último! —grita Oryonse, dando por terminada mi divagación. Bajo la mirada y veo a Alveron, que como era de esperar ha llegado el último, a pesar de que vive a apenas dos manzanas—. La próxima vez no te reservamos sitio.
—¿No miras tu ordenador de muñeca o qué? —le recrimino.