La última luna
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Nil
Cuando el meteorito impactó sobre la luna y esta se precipitó fragmentada sobre el planeta Tierra, los efectos fueron devastadores.
No solo desapareció el ciclo de la noche o el día, sino que toda la civilización se sacudió.
Anomalías meteorológicas como tormentas impredecibles, vientos huracanados, erupciones volcánicas donde antes no había volcanes, etc.
La energía desapareció por completo y hubo una gran crisis alimentaria.
Con ello llegaron las enfermedades y el ochenta por ciento de la población humana murió en los primeros años.
Fragmento del libro Selestara: El mundo tras la caída de la luna
La imagen parpadea en la pantalla. El hielo se extiende como una herida blanca enmarcada por el visor. Los saqueadores avanzan en fila, metódicos, silenciosos. Solo rutina bajo la noche eterna.
—Equipo Nébula. Cabo 21 al habla. Setenta y dos grados bajo cero, clima estable. Sin viento. Nos acercamos al punto designado para la extracción.
Las figuras destellan bajo las luces fantasmagóricas del fragmento de luna suspendido en el cielo. Mortecinos, recortando las sombras, continúan su avance.
—Estamos cerca de la cordillera de los Vientos Silentes. Los comunicadores podrían fallar. No os separéis. —Una breve pausa en la que se escuchan las interferencias propias de la zona—. Creo que hay algo en el hielo...
La voz se amortigua. La pantalla se distorsiona. El cabo da un paso. Luego otro. Un tercero.
Pero, esta vez, no hay sonido. La imagen se corta abruptamente y un brillo persiste en el borde de la pantalla en el preciso instante en que se queda en negro. Atisbo un grito que resuena en mis oídos durante unos minutos.
La clase se queda en silencio. Ninguno de mis compañeros saqueadores se mueve y el sonido más fuerte del aula parece ser mi propia respiración.
Parpadeo un par de veces, acostumbrándome a la luz pálida de la sala.
El teniente Stravic nos repasa uno a uno, dejando que el vacío se asiente entre nosotros.
Las ideas en mi cabeza son como un zumbido sin tregua.
Las preguntas se agolpan dentro de mí. No es la primera vez que las grabaciones que nos ponen en la academia tienen un final abrupto o una distorsión extraña.
Lo he hablado alguna vez con mis compañeros, pero no le dan importancia, no la misma que yo.
Sin embargo, esta vez ha habido un grito y no entiendo por qué nadie está preguntando por ello. Miro a mi alrededor. El teniente camina por la estancia, rompiendo la tensión que él mismo ha dejado que se instaure en la sala, y me señala con un gesto rápido de la mano.
—Saqueador Dilar, ¿primera norma del Reglamento de los Saqueadores Lunares?
Contesto de forma automática, pero ahora sí, mi cerebro va a mil por hora y dejo de prestar atención.
«No confíes en lo que ves. La percepción falla. El entorno engaña...». ¿También los vídeos? ¿En ellos también puede haber verdades ocultas? ¿O es lo que quieren que pensemos?
He memorizado el código hasta tal punto que ahora forma parte de mí. Puede ser mi salvación cuando las condiciones extremas me devoren en las expediciones. Todavía no me creo que ya soy, oficialmente, un saqueador lunar.
—No te separes del grupo. La unidad es supervivencia. No hay protocolo de rescate . —La voz de Oryonse se alza a mi espalda nombrando la segunda norma.
El teniente asiente.
—El cabo 21 nunca regresó.
Como mi hermano. Como tantos que se pierden en el hielo y se convierten en silencio.
—¿Qué ha sido el grito que se ha oído en la grabación? —inquiero despacio.
El ojo marrón del teniente Stravic se detiene unos instantes de más en mí como si fuera capaz de leer en mi interior y yo le mantengo la mirada alzando la barbilla. Por su expresión no sé si también lo ha escuchado y quiere ocultarlo o solo piensa que soy un loco con ideas conspiranoicas.
—¿Un grito, saqueador Dilar?
Saqueador Dilar; de verdad que no me acostumbro a ser eso ahora. Un saqueador lunar. Como lo fue Vik antes de perder la vida ahí fuera.
«¿Rompió alguna de las normas dejándose llevar por los peligros gélidos del Desierto Polar?».
—Cuando la grabación se ha cortado de repente.
—La grabación no se ha cortado de repente —asegura con firmeza el teniente Stravic.
—¿Es que nadie más lo ha oído? —pregunto, alzando la voz.
Oryonse carraspea a mi espalda y da un puntapié a mi silla. Quiere que me calle, pero no pienso hacerlo.
—Saqueador Dilar. Es suficiente. Si necesita estudiar más las grabaciones, es libre de hacerlo fuera de la clase.
Puede que necesite descansar un poco antes para...
aclarar la mente. —Hace una pausa muy larga en la que evita mi mirada y sospecho que es a propósito—.
¿Alguien más quiere hacer alguna aportación?
Aprieto los labios, frustrado. Nadie habla.
Echo una ojeada rápida a Coral y Mía, que son de mi equipo, pero la segunda me dedica una mirada prepotente y en cuanto a la primera baja la mirada a tiempo para que no pueda descifrar lo que dicen sus ojos verdes.
Puede que para ellos sea más fácil ignorar estos detalles; pero no para mí.
Mi hermano murió y todavía busco respuestas.
Lo hago desde el día que un general vino a informarnos de su muerte...
y de nuestro «traslado» a nuestro antiguo hogar.
El mismo día que mi futuro se hizo añicos.
Me preparaba para abrir la primera biblioteca de Hespéria, pero en ese momento supe que mi camino era convertirme en saqueador lunar para salvar a mi familia.
Volver al núcleo sería volver a despertar la enfermedad de mi madre.
Y solo siendo saqueador podríamos permitirnos vivir en el quinto anillo y tener acceso a la medicación que ella necesita.
No pude permitir que eso pasara, como tampoco he podido aceptar la muerte de Vik sin más. Y ese grito... esas grabaciones... Sé que hay algo más.
El teniente Stravic se pasea entre nosotros con las manos a la espalda, evaluándonos.
—Equipos de expedición. Ya —ordena. Nos colocamos en nuestras formaciones habituales tan rápido como nos han entrenado—. Ejercicio de contención. —Activa la pantalla holográfica. Dos siluetas monstruosas parpadean sobre el aire—. Una del Ígneo. Otra del Polar.
Un murmullo recorre la sala. El calor casi se siente cuando aparece la criatura del sur: un amasijo de placas rojizas que desprenden un brillo que recuerda al metal al rojo vivo. Me arde la piel solo de mirarla.
La bestia del norte, en cambio, parece absorber la luz. Sus extremidades largas y afiladas se mueven con una lentitud engañosa, parece que espere el momento exacto para atacar desde la oscuridad.
—Recordad lo básico —continúa Stravic—. Ígneo: calor, combustión, ataque directo. Polar: frío, sigilo, ceguera.
Mi equipo se pone manos a la obra. A mi lado, Kadeth repasa el mapa con los labios apretados; no necesita hacerlo, pero todos lo hacemos.
Después de tantos años memorizando cada calle de Hespéria y cada grieta de Selestara, es casi un reflejo.
Oryonse propone una ruta de flanqueo, Coral calcula los tiempos, yo evalúo los puntos ciegos.
El resto de grupos aún discuten mientras nosotros ya estamos simulando la contención.
Cuando terminamos, Stravic asiente sin decir nada, lo que en él equivale a un elogio.
—Ejercicio completado. Clase terminada.
Nos dirigimos a la siguiente sala, repasando el ejercicio mentalmente, buscando cómo mejorar.
Horas después, el grito del vídeo sigue en mis oídos y el frío en mi pecho.
Pero el mundo sigue moviéndose y yo con él.
El profesor da por finalizada la última clase del día, dándome cierto respiro.
Necesito aire. Algo que me aleje de la pérdida de Vik.
De mi imaginación descontrolada a causa de mis sospechas.
¿Nos han contado toda la verdad sobre la desaparición de mi hermano?
¿O escucho gritos donde no los hay porque necesito algo que me explique qué le pasó?
¿Y si existe la posibilidad de que... siga vivo?