La última luciérnaga Santander #5
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Santander #5

—Tú puedes hacer lo que quieras, y yo también. —Se contempló la sangre reseca de los dedos y apretó los puños—. Era a mí a quien buscaba. La ha confundido conmigo, joder.

—Vamos a superar esto… juntos. Yo voy a estar aquí, contigo.

Ella dio un paso atrás para soltarse de las manos de su hermano, se dio la vuelta y corrió escaleras abajo.

—¡Aia! ¡Aia!

Marcó el número de Eloísa.

—¿Dónde estáis?

—Acabamos de parar frente al portal de Aia.

—Mi hermana acaba de salir pitando del piso. Que suba alguien.

—Ya voy yo —dijo Maitane de fondo. Después, un portazo.

Martín Oiasso la esperó en el rellano. Observó a Tessa desde la distancia y la pena alojada en el diafragma le trepó hasta las sienes. Hasta los ojos. Temió que ese dolor y esa angustia le reventaran la cabeza.

Maitane llegó jadeante.

Se miraron. No había palabras.

—Vigila la escena mientras suben los demás.

Tengo que encontrar a Aia —pidió Martín.

A continuación, bajó al trote por las escaleras y una vez en la calle corrió hasta la salida del garaje.

Cuando estaba llegando, vio el coche de Aia.

Esprintó para alcanzarlo antes de que se incorporara a la carretera.

El vehículo se detuvo en el ceda el paso y él apretó los dientes.

Frenó en seco y golpeó la carrocería con todas sus fuerzas.

—¡Déjame en paz! —gritó su hermana sin bajar la ventanilla.

—Aia, por favor.

Ella dio un pequeño acelerón y él volvió a arremeter contra el techo con el puño.

—¡Ábreme, joder! Voy contigo.

Su hermana miró al frente. Dubitativa. Desbloqueó las puertas y le hizo un gesto con la cabeza para que entrara.

Martín tomó asiento y se pasó la palma de la mano por el cabello corto para sacudirse las gotas de lluvia. En el navegador figuraba la dirección del chalet de Morella.

—Estás temblando —observó él—. No puedes conducir así.

—Ya se me pasará.

—Deja que lleve yo el coche.

Ella lo estudió.

—Solo si no me traicionas a la primera de cambio. Si es un truco para evitar que vaya, no te lo…

—Confía en mí, hostias, y no perdamos más tiempo. Tengo un coche patrulla en doble fila. Mete este en el garaje y espérame aquí.

Martín pasó a buscarla en menos de cinco minutos y volaron por la N-1, activando todos los radares.

—¿Y si todavía está en el apartamento de la calle Prim? —dijo él.

—Lo dudo.

—Tal vez haya decidido pasar la noche allí antes de desplazarse hasta el chalet. —Su hermano agarraba con fuerza el volante—. No podemos olvidar que la mujer tiene casi setenta años.

—Da igual la edad que tenga esa cabrona. Ya ves que no le ha impedido matar a Tessa —dijo sin quitar los ojos de la carretera. El movimiento constante de los limpiaparabrisas la mareaba, pero debía dar con el Audi A4 rojo—. No podemos permitir que se nos escape y se salga con la suya.

A la altura de Andoáin, Martín Oiasso tomó la autovía A-15 en dirección Pamplona. Si Angie había decidido huir hacia el chalet, como presentía Aia, esa era la ruta más directa. El oficial aceleró.

La carretera, ascendente y llena de curvas, impedía que fueran todo lo rápido que les gustaría. La lluvia se había intensificado, complicándolo aún más.

Entró en el túnel de Belabieta y los dos clavaron la mirada en el vehículo rojo que circulaba delante de ellos. Martín Oiasso se acercó. Era un Audi. El modelo y la matrícula coincidían.

Estaban a veintitrés kilómetros de Donostia y a diez de alcanzar tierras navarras. Al otro lado de la muga todo se complicaría. Tenían que detenerla antes de que cruzara.

—Acabamos de interceptar el A4 donde viaja la sospechosa —informó a través de la radio—. El mirador Alto de Gorosmendi está cerca. Voy a pedirle que pare el coche en el aparcamiento.

Accionó las sirenas y Aia buscó el bastón luminoso para darle indicaciones desde la ventanilla.

La conductora, al percatarse de la situación, aceleró para poner distancia entre ellos.

—No se va a doblegar —dijo Aia con los dientes apretados.

Martín pisó a fondo y la siguió a buena velocidad. Él también creía que ni las sirenas ni el bastón luminoso la detendrían.

Atravesaron otros dos túneles y Angie hizo caso omiso cuando Aia le señalizó que se parara en el mirador.

—Ponte a su altura —pidió ella.

—Es peligroso. Estamos a punto de tomar la curva y el asfalto está empapado.

—¡Hazme caso, joder! Písale.

Martín obedeció a regañadientes y se puso a la par. Las gotas impactaban con violencia contra la luna ante la impotencia de unos limpiaparabrisas que ya no daban más de sí. A través de la ventanilla vieron a la mujer, que los miraba con rabia.

La conductora detuvo con horror los ojos en el rostro de Aia, como si acabara de ver un fantasma. Su expresión reflejaba incredulidad y aversión.

—¡Para el coche, Angie! —gritó la irrati.

Los dos vehículos circulaban a más de ciento cincuenta kilómetros por hora.

Martín dejó de acelerar. No estaba dispuesto a poner en riesgo la vida de él ni la de su hermana. Si esa criminal quería matarse, que lo hiciera sola. Ya la detendría la Policía Foral, la Nacional o quien correspondiese.

—¡¿Qué haces?! —Aia vio que, a su derecha, el Audi rojo avanzaba. Sin dudarlo un segundo, agarró el volante y lo giró con brusquedad, acercando la carrocería del patrulla a un centímetro del otro.

—¡Para! —exclamó Martín, perplejo. Apretó los dedos para sostenerlo con fuerza.

—¡Ha matado a Tessa! ¡Nos la ha quitado para siempre! ¡No podemos dejar que se marche! —gritó, histérica, mientras aferraba el volante.

Los hermanos se rozaron la mano. A Martín le bastaron unas milésimas de segundo para tomar la decisión. Dejó de hacer fuerza y el volante cedió sin resistencia hacia la derecha.

El parachoques delantero del coche patrulla golpeó el piloto del Audi y lo desestabilizó.

Martín redujo la velocidad y, en la distancia, vieron el vehículo perdiendo el control.

El coche zigzagueó de un lado a otro hasta chocar con el quitamiedos.

Del impacto, saltó por los aires como si fuera de juguete.

Dio una vuelta de campana y voló hacia el otro lado antes de caer al vacío por el acantilado.

*

23:55

El oficial Martín Oiasso condujo sin rumbo durante un buen rato. La noche se había metido en su organismo, en su alma, y pretendía quedarse allí alojada para siempre.

Aia y él habían permanecido en la AP-15 hasta que los bomberos consiguieron sacar el cuerpo de Angie de entre los amasijos del Audi.

Un cadáver, el cuchillo con el que había matado a Tessa —el mismo con el que presuntamente había apuñalado a Carmen en el encendido—, y una carpeta con fotografías e información de su padre, de su hermana y de la última luciérnaga.

En todas las imágenes, Aia vestía la dichosa gabardina caqui que le había salvado la vida.

Según le dijo Eloísa Garo, pertenecían al seguimiento que Brianna había realizado por orden de Angie. En concreto, al del día 25 de noviembre.

Teresa ya descansaba en el anatómico forense, a la espera de la autopsia.

Martín le había rogado a Javi que la tratara con el mismo respeto con el que trataría a alguien a quien quisiera con todo su corazón.

Una petición inútil y extraña que le salió así, tal cual.

Quería hacer algo por ella, pero ya no podía.

Había estado al mando de la investigación. Debería haber evitado su asesinato. No dejaba de recriminárselo.

Era Tessa, joder, la Tessa de los hermanos Oiasso.

Después de tomarles declaración en comisaría, Martín había llevado a Aia al piso de su madre para que pasara allí la noche. Ojalá consiguiera descansar. Perdonarse.

Aparcó el coche en el barrio Bera Bera y caminó con los hombros caídos.

¿Qué habían hecho? La imprudencia podría haberles costado la vida.

Aia y él eran hermanos y lo serían siempre y, aunque no los unía la sangre, sí un secreto que jamás podrían compartir con nadie.

Subió hasta casa. Aún tenía las llaves, pero prefirió llamar.

Nuria abrió la puerta y le franqueó el paso. Su lamia llevaba el cabello suelto y una bata de raso verde botella.

Se merecía un castigo. Uno que lo derrotara. Que lo anestesiara.

Ella cerró y lo adelantó para que la siguiera hasta el dormitorio.