Epílogo
Un año después
13:00
Se sentó en el sofá mientras esperaba a que Nacho saliera de la ducha y Panterita, la gata negra, se le subió a las piernas para ovillarse sobre ellas.
Brianna la acarició con cariño y el ronroneo manso la colmó de dicha.
La vida le había cambiado mucho. Para la gran mayoría, la pérdida de los familiares cercanos era devastadora, pero no era su caso.
Ni siquiera se arrepentía por haber denunciado a María un año atrás. Fue liberador.
La muerte de su tío y de su madre le habían permitido respirar y emprender un nuevo camino. Esperanza. Alivio. Ya no se sentía observada por una lupa colosal y estaba recuperando la confianza en sí misma. Por fin.
Nacho y su madre habían cuidado de ella durante el último año. Eran sus pilares y ojalá lo fueran siempre. Les estaría eternamente agradecida.
Habían sido meses llenos de burocracia, de reuniones con abogados, de entrevistas con el equipo de investigación de la Ertzaintza. Meses agotadores en los que la sensación de irrealidad la había acompañado día sí y día también.
Pero ahora ya podía dejar todo eso atrás.
Estaba limpia y, al ser la única familia de José Joaquín Escala Zapata, había aceptado la indemnización.
La defensa de Carmen había alcanzado un acuerdo de conformidad con la Fiscalía y aquella mujer no iría a prisión por el homicidio de su tío. Le parecía lo más justo.
Además de dicha compensación, era la única heredera. O sea que todos los bienes de María y de Joaquín ahora le pertenecían. Ay, si levantaran la cabeza.
Brianna no tenía intención de regresar a Valencia. Vendería el piso y compraría uno en Cartagena, al que se mudaría con Nacho.
Panterita se estiró, maulló y de un salto bajó al suelo. Brianna la siguió hasta la cocina y llenó los tres comederos de pienso. Las otras dos gatas aparecieron a la carrera e hincaron el hocico en la comida.
—Ya estoy listo, Bri —dijo Nacho, asomándose por la puerta. Tenía el cabello húmedo y alborotado. El perfume del jabón de ducha se coló en la estancia—. Cuando quieras nos damos una vuelta por las agencias inmobiliarias. Hay una cerca del restaurante que tanto te gusta. Podemos comer ahí.
De haber estado María a su lado, se habría metido con su peso, con lo que comía o dejaba de comer, con su carácter infantil… En alguna ocasión se le aparecía en sueños y la insultaba, pero se esfumaba en cuanto abría los ojos.
Ya no estaba, ya no existía. Ya no podía hacerle daño.
Brianna le acarició el lomo a las tres gatas y le sonrió a Nacho. Felinos y amor. ¿Qué más podía pedir?
*
16:55
Tessa le agarró el dedo índice y apretó fuerte, muy fuerte. Aia se preguntó si fue así como ella, de bebé, se lo tomó a su madre Inés la primera vez que la vio.
—Mi niña guapa —le dijo a la pequeña. La cogió de las axilas y la aupó para hacerla reír. Tessa abrió la boca y enseñó con satisfacción las encías.
—Déjamela —pidió Martín, adelantando las manos.
Estaban en una cafetería, a resguardo. Fuera hacía frío y llovía a cántaros.
La luz de la tarde llevaba horas apagada y el cielo mostraba un gris oscuro y enfurruñado.
A Aia la reconfortaron el calor del local y el olor a café y bollos, pero, sobre todo, la decoración navideña que alegraba cada rincón del establecimiento.
Ella aún no había adornado su casa con el abeto, los espumillones, las bolas y su querido soldado cascanueces de medio metro, pero lo haría en cuanto llegara el fin de semana.
Estaba deseando ver cómo se le iluminaban los ojos a su hija ante semejante explosión de brillo y color.
Le pasó la niña a su hermano. Él la estaba ayudando con la crianza.
Se habían mudado a un piso de Loiola, porque ninguno de los dos soportaba vivir en el que Teresa había sido cruelmente asesinada.
Desde su muerte, Martín no había vuelto a ver a Nuria, o eso le decía.
Ella quería creerlo, aunque en un par de ocasiones había distinguido marcas en sus muñecas.
¿Eran de su ex o de otra amante? Fuera como fuese, Aia estaba tranquila: su hermano había trazado límites muy claros.
Ahora era libre. Volvía a surfear, vestía y se perfumaba como le daba la gana, tomaba sus propias decisiones y no rendía cuentas a nadie.
Agradecía que en su lista de prioridades estuvieran sus padres, la niña y ella.
Observó a Tessa en silencio. A su niña bonita.
Sería capaz de abandonarla para protegerla, no le cabía duda. Lo supo durante los últimos meses de gestación, y tenerla en brazos por primera vez en el paritorio no hizo más que confirmarlo. Se le cerró la garganta por el simple hecho de volver a planteárselo.
Ella no necesitaba huir, dejarla, vivir toda una vida bajo una identidad falsa…
¿Algún día le diría que era nieta de un criminal? La decisión estaba en su mano.
Demasiadas emociones e ideas yendo y viniendo. Qué duro estaba siendo todo. Ser hija, ser madre. Cargar. Perdonar. Aceptar.
No había vuelto a saber nada de Adrián y le daba igual, porque era el menor de sus males.
Había sido un año difícil, pero la muerte de su amiga fue lo que la hundió en lo más profundo.
Martín no se había separado de ella, aunque nada es suficiente cuando una siente que todo se ha venido abajo, que no hay solución y que Teresa seguiría viva si Carmen no hubiera aparecido.
La culpaba por ello y por mil cosas más. Incluso había sentido odio germinando dentro de ella. A su padre también lo había castigado distanciándose de él. ¿Por qué había esperado a Carmen durante cuarenta y cuatro años? ¿Por qué le daba otra oportunidad? En un principio, no lo entendió.
Ahora, en el fondo, envidiaba el amor que se profesaban y sentía en el alma lo que habían pasado, sobre todo Carmen.
Por fortuna, todo el proceso judicial había terminado.
Habían considerado la muerte de José Joaquín como un homicidio por imprudencia.
Carmen lo ató y lo dejó allí encerrado y, minutos después, murió a causa de un infarto.
La mezcla de una buena defensa, la predisposición de Brianna y mucha suerte la habían librado de entrar en prisión.
Aia se alegraba. Se alegraba de verdad. Carmen podría viajar a Villajoyosa las veces que quisiera y disfrutar por fin, y sin cortapisas, de la compañía de su madre y de su amiga Estrella, a las que tanto había añorado.
Ese esperado reencuentro no tuvo lugar en 1992 en el programa de Paco Lobatón, pero sí hacía un año, en el hospital. Según le habían contado, había sido bonito y emotivo.
A Carmen el miedo ya no la ataba; nada lo hacía, ni siquiera el taller de costura, porque lo había cerrado. Y, por primera vez en su vida, había podido disfrutar del Festival de Cine de Donostia.
Aia suspiró. Hasta hoy no se había sentido preparada para verla y no dejaba de preguntarse por qué ahora sí.
¿Porque el tiempo todo lo cura? ¿Porque la gestó y parió? ¿Porque la experiencia de ser madre le había hecho verlo de otra manera?
¿O porque las dos eran unas homicidas?
Aia no se arrepentía por lo de Angie y eso le hacía preguntarse si habría heredado ese gen criminal de la rama paterna. ¿Se arrepentiría su madre de lo de Quin?
—Acaban de entrar —dijo Martín, devolviéndole a Tessa.
Aia la cogió y alzó el rostro. Carmen y Juantxo ya estaban allí.
*
17:00
El Proyecto Luciérnagas salió a la luz y llegó a todos los hogares a través de los medios de comunicación.
La periodista Olivia del Páramo se tiró meses de plató en plató hablando de Angie y de Quin, y de sus terribles actos pasados y presentes.
Pero no fueron los únicos implicados. Quedó demostrado que, tras el fracaso de las diferentes fecundaciones in vitro, la embrióloga Lefèvre y el doctor Sandemetrio estuvieron al tanto —y de acuerdo— en los secuestros y en las violaciones que tuvieron lugar en el chalet.
Si eso no trascendió fue porque los hermanos Escala Zapata se encargaron de mantenerlo en secreto callando y liquidando a las tres luciérnagas.
También porque el padre de Sandemetrio les pagó una importante suma de dinero y presionó a los investigadores para que su hijo y el Hospital General de Dios nunca aparecieran como partes implicadas.
Los crímenes de El Bacarot habían prescrito y Lefèvre llevaba años muerta, pero no Sandemetrio. El célebre ginecólogo, en la actualidad un octogenario respetado, fue testigo de cómo se ensuciaba su buen nombre sin poder hacer nada al respecto.
Ver a Olivia del Páramo en varios programas de televisión contando la historia y al médico acosado por los periodistas fue necesario para que Carmen bajara la guardia y entendiera que, por fin, todo había terminado.
Cuando echaba la vista atrás, le parecía increíble haber logrado sobrevivir durante tantos años, pero, sobre todo, haberlo hecho sin sus padres, sin Estrella, sin Juantxo, sin su hija…
Demasiadas ausencias, miedo, dolor y soledad para seguir adelante.
¿Cómo resistió sin el apoyo de los que más quería?
Miró a Juantxo y entraron juntos a la cafetería donde habían quedado con Aia.
Carmen caminó hacia ella y la vio con la niña en brazos. Estaba bien, las dos estaban bien. Respiró hondo y se dijo:
«Solo por esto, ha merecido la pena».