Santander #4
Repitió la operación dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho veces, con tal de no fallar esta vez.
Mismo cuchillo, misma estirpe, pero diferente resultado.
Fue rápida para no darle tiempo a reaccionar.
Lo hincó una vez más y lo retorció para alcanzar la yugular y sesgarla.
La sangre salía a borbotones y manchaba todo lo que pillaba a su paso: ropa, piel, encimera, armarios.
A María no le desagradó el impacto de las gotas densas y calientes sobre su cara.
Sentirlas culminaba el éxtasis que llevaba décadas persiguiendo.
Carmen ya no podría abrazar a su hija. Años y años escondida bajo una identidad falsa, como una rata, y ahora esto.
Una muerte en vida. Era la venganza perfecta.
Extrajo el cuchillo sin apenas aliento y se apartó para contemplar a la otra hincando las rodillas en el suelo. Las manos rodeando el cuello, los ojos desorbitados, un hilillo carmesí bajando desde la comisura de los labios hasta la barbilla.
Una imagen espeluznante. Su obra de arte.
La víctima se derrumbó sobre el suelo, a plomo.
María se mantuvo a su lado. Estudió la lucha sin cuartel. El instinto de supervivencia. La expresión confundida. Los gorgojeos espesos. Y, por fin, su último aliento.
Lavó el cuchillo bajo el agua del grifo y lo guardó en el bolso. Le temblaba todo el cuerpo a causa del esfuerzo. Al alcanzar la puerta, se volvió para asegurarse. No podía permitirse un nuevo error.
Satisfecha, apagó la luz, dejando el interruptor teñido de escarlata.
*
20:45
Subió al piso por las escaleras para entrar en calor. La temperatura se había desplomado hasta los cuatro grados y la caminata le había dejado los pies fríos. Llevaba empapadas unas cómodas deportivas de suela fina muy poco apropiadas para un día lluvioso como aquel.
Abrió la puerta y se encontró la casa helada y vacía.
En penumbra. ¿Dónde estaba el resto? ¿Aún no habían llegado?
Encendió la luz de la cocina comedor para poner la calefacción.
¿A qué olía allí dentro? Elevó la mano para darle al temporizador y vio que tenía las puntas de los dedos manchadas de rojo. Se frotó las yemas y sintió la humedad.
Estaba a punto de comprobar si tenía alguna herida en la mano cuando el olor volvió a trepar por sus fosas nasales. Se movió por la estancia y entonces lo vio. Un charco oscuro de buen tamaño se extendía por el suelo. Avanzó corriendo hasta allí y se detuvo al lado, petrificada.
Estaba tirada entre el mueble del fregadero y la mesa. Tenía el rostro blanco y brillante como la piel de una serpiente albina.
Su amiga estaba de medio lado. Las manos cerca del pecho. El cuello destrozado. La gabardina ensangrentada, aún puesta. El cinturón ajustado.
Quiso gritar, pero no pudo. La escena la había enmudecido.
Se arrodilló a su lado mientras respiraba con agitación y, pese a que la mirada perdida lo decía todo, le tomó el pulso de la muñeca.
No latía.
Su corazón, en cambio, estuvo a punto de salírsele por la boca. La arcada apenas le permitió apartarse. Vomitó sobre el charco de sangre, al lado de una de las patas de la mesa.
Sacó el teléfono y envió un mensaje a Martín. Manchó la pantalla con los dedos temblorosos.
VEN A CASA YA
ESTÁ MUERTA
Fue lo que atinó a escribir.
*
21:00
Las últimas horas en la carretera habían caído sobre ella como losas.
A Brianna el viaje se le estaba haciendo interminable.
Llevaba desde la una de la tarde al volante y ya eran las nueve de la noche.
Pese a que tan solo le quedaban treinta minutos para llegar a Cartagena, paró en una gasolinera para estirar las piernas.
Bajó del vehículo y entró en el baño. El retrete estaba manchado y apestaba a orines.
Se bajó los pantalones y las bragas, y vació la vejiga a pulso.
La postura le recordó lo mucho que le dolían las rodillas y la zona lumbar.
Necesitaba tumbarse. Dormir un rato. Estuvo a punto de dejarse caer sobre la taza sucia, pero aguantó hasta terminar.
Se compró una bolsa de patatas fritas y una botella de Fanta de naranja que bebió apoyada en la furgoneta.
Sacó el teléfono para enviarle un mensaje a Nacho.
Amor, ya estoy cerca
Llegaré en media hora
Tenía más de una decena de llamadas perdidas de María y múltiples audios. No había dejado de bombardearle el móvil desde que se marchó de Donostia.
Brianna la había ignorado. Iba a empezar de cero, que se le metiera en la cabeza.
Entró en la conversación. ¿Cuántos mensajes había? Le picó la curiosidad y escuchó el último:
No me has hecho ninguna falta, ¿sabes? Lo he hecho. Yo sola. No he podido con Carmen, pero sí con su hija. La he visto desangrarse, a mis pies. A esa ya no hay quien la salve. Que se joda. ¡Que se jodan las dos!
María hablaba rápido. Estaba exaltada. Fuera de sí. A Brianna empezó a dolerle la cabeza, como si le hubieran dado un golpe.
No he sentido ningún remordimiento. Era mi sobrina, sangre de mi sangre, y me ha dado absolutamente igual. No creas que contigo me temblará el pulso por ser mi hija. Pienso ir a por ti. Pienso encontrarte. A mí nadie me traiciona. ¿Me has oído? ¡Nadie!
Brianna deslizó la espalda por la carrocería hasta quedarse sentada en el suelo. Por el hueco que dejaban sus piernas se le cayeron el teléfono, las patatas y la botella. Tenía calor, mucho calor.
¿Sería cierto que la había asesinado? ¿La mataría a ella también?
Inspiró varias veces seguidas y el exceso de oxígeno a punto estuvo de marearla.
La pantalla se iluminó desde el suelo. Era un mensaje de Nacho.
Qué bien
Mi madre y yo te estamos esperando con los brazos abiertos
Conduce con cuidado este último tramo
Se le escapó un grito al imaginar a María haciéndole daño a su chico. No, a él no. Eso jamás. No iba a permitir que siguiera arruinando la vida de nadie. Tomó el móvil y buscó el teléfono de la comisaría de la Ertzaintza de Donostia.
La pasaron con una mujer llamada Eloísa Garo que se presentó como la subcomisaria.
Brianna le facilitó sus datos, le contó todo lo relacionado con Carmen Rodríguez García y le resumió los últimos días en la capital guipuzcoana.
Le habló de Aia Oiasso y del último audio de su madre, y le pidió que le diera un número para poder reenviárselo.
—Yo siempre creí que Carmen les había tendido una trampa y robado, que mi madre y mi tío eran inocentes, que la buscaban para recuperar el dinero… —explicó gimoteando—. Nunca pensé que sería capaz de hacer algo así. ¿Esa chica está bien? ¿La ha matado, como dice?
La mujer, en vez de contestarle, le preguntó si sabía dónde podía estar su madre en aquel momento y Brianna le dio la dirección del apartamento de Donostia y del chalet de Morella, y la matrícula del Audi A4 rojo de su tío.
*
21:05
VEN A CASA YA
ESTÁ MUERTA
Eso rezaba su mensaje. Martín la llamó de inmediato, pero solo halló como respuesta un llanto desesperado. Salió del despacho y se dio de bruces con Nuria en el pasillo.
—¿Qué haces aquí? —Miró en todas las direcciones, desorientado. ¿De dónde había salido?
—Tenemos que hablar y no podemos postergarlo más. —La lamia se acercó a él y se cruzó de brazos.
—Ahora no, Nuria —exclamó, esquivándola.
Después, reanudó la carrera chocándose con todos los compañeros que se encontró a su paso por el pasillo. Bajó al aparcamiento subterráneo y se montó en uno de los coches patrulla para llegar cuanto antes. Encendió la sirena y voló hacia allí. De camino, le entró una llamada. Era su padre.
—Martín, Martín.
Al oficial le dolía el pecho, le iba a explotar.
—Aita, ¿qué pasa? ¿Qué ha pasado? —preguntó, nervioso.
—Me han llamado de la UCI.
—¿Ha muerto Carmen?
—No. ¡No! ¿Por qué dices eso? Acabo de hablar con ella.
Martín se llevó el dedo pulgar a la boca y se mordisqueó la uña.
—¿Cómo? Antes me has dicho que no lograba articular palabra.
—Sí, tras despertar. Estaba aturdida y angustiada. Me fui muy preocupado del hospital.
—Joder, ve al grano, aita.
—¿Dónde estás? Oigo sirenas. ¿Ha ocurrido algo?
—Aita, por favor. ¿Qué te ha dicho Carmen?
—Quería saber si Aia estaba bien. Dice que viajó hasta Donostia para protegerla porque Angie y Quin, los que aparecen en su relato, iban a hacerle algo. Que saben dónde vive. Lo saben todo de ella. La he estado llamando, pero no coge el teléfono. ¿Sabes algo de tu hermana?
Martín se quedó callado. No, no sabía nada.
—Estoy llegando a su casa. Te mando un mensaje en cuanto la vea. —Y colgó.
Dejó el coche en doble fila y subió como un rayo. Metió la llave en la cerradura como si clavase un picahielos y abrió la puerta.
Había un charco de sangre en el suelo y un cadáver.
—No puede ser, no puede ser —dijo, conteniendo un grito.
Corrió hacia Teresa. Se arrodilló a una distancia prudencial.
Había presenciado las suficientes escenas de muerte para saber que no había ni un hilo de vida en el cuerpo de Tessa.
Oyó un sollozo apagado. Buscó con la mirada en todas partes y entonces la vio.
Su hermana estaba sentada bajo la mesa. Tenía las piernas recogidas con los brazos y la cara entre las rodillas.
—Aia. ¡Aia! —Gateó hasta ella—. ¿Qué ha pasado?
Ella lo miró con gran esfuerzo. Tenía la cara tan hinchada del llanto que parecía una máscara.
—No lo sé —dijo medio ahogada—. Está muerta. —Volvió a hundir la cabeza entre las piernas.
Martín se sentó a su lado y la atrajo hacia sí mientras se maldecía por el alivio que había sentido al saber que la víctima no era su hermana.
Sacó el teléfono para hablar con la subcomisaria y vio en la pantalla que ella lo estaba llamando.
*
21:20
Salió a gatas de debajo de la mesa después de oír la conversación que su hermano acababa de mantener con la subcomisaria. Eloísa había pedido a los de intervención que entrasen en el apartamento de la calle Prim donde Angie y su hija habían estado alojadas.
Se puso de pie y cogió su bolso.
—¿Adónde vas? —preguntó Martín, yendo tras ella.
—A por esa asesina. No pienso permitir que se nos escape —dijo entre dientes. Evitó mirar a Tessa.
—No, Aia, de ninguna manera. —La agarró de los hombros—. Vamos a dejar que se encarguen nuestros compañeros, ¿de acuerdo?