Santander #3
Carmen fingió no haberlo reconocido y, mientras con una mano abría la puerta, con la otra agarraba la táser.
Entró, dejó la puerta entornada y se ocultó tras ella.
A través del rectángulo, que durante tantos años hizo las veces de mirilla, lo vio acercarse.
Ella sacó la pistola eléctrica del bolsillo y él se coló por el hueco que había dejado.
Aprovechó que estaba de espaldas para meterle una descarga en la nuca antes de cerrar la puerta.
Desconocía si Angie estaba también merodeando cerca de allí.
Le ató las manos e intentó sentarlo en la silla, pero pesaba como un saco de cemento.
—Vaya, ¿se encuentra usted bien? —le preguntó cuando recuperó la consciencia. Estaba muy atontado, tanto que ni siquiera notó la cuerda alrededor de las muñecas—. Espere, que lo ayudo. Siéntese aquí.
Lo agarró de las axilas y aprovechó su confusión y voluntad para tenerlo a su merced.
Aquel maldito criminal, que en el pasado la había secuestrado y violado sin ningún tipo de piedad, ahora era un despojo.
Él clavó sus ojos azules en los de ella.
Pensó que los años no le habían robado ni un ápice de maldad.
Tampoco a ella el miedo que le tenía. Aquella emoción la paralizó.
—Puta —balbuceó—. ¿Qué… haces, puta? ¡¿Cómo te atreves?!
Le metió otra descarga antes de que se espabilara del todo y aprovechó para atarle los pies, amordazarlo e inmovilizarlo contra la columna del local.
Rebuscó en los bolsillos de su abrigo y encontró una cartera y un teléfono móvil. Utilizó su huella dactilar para desbloquearlo.
Gracias a una conversación de wasap que había mantenido con Angie, Carmen se enteró de que Quin había estado esperándola cerca del local mientras ella iba tras los pasos de su hija.
También de que una tal Brianna no había podido seguirla porque ella le había pinchado las ruedas de la furgoneta.
El último mensaje de Angie decía que estaba en el paseo de Ramón María Lili, a la altura de la calle de Aguirre Miramón, cerca de Aia, y que pasaría desapercibida entre la multitud reunida allí, sin saber muy bien con qué propósito.
Se guardó las pertenencias de Quin en el bolso y salió de allí dispuesta a impedir que Angie le pusiera las manos encima a su hija.
«¿Y qué pasó después?», se preguntó Carmen de repente, aterrorizada. Miró a su alrededor y entendió que se hallaba en un hospital. «¡Dios mío! ¿Me asestó dos puñaladas? ¿Es cierto o lo estoy soñando? ¿Y Aia? ¿Dónde está? ¿Se encuentra bien?».
Necesitaba saberlo y advertirla del gran peligro que corría.
Clavó los ojos en los de Juantxo, abrió la boca y solo logró emitir un gemido frágil e insulso.
*
19:00
Su propia hija la había traicionado, dejado tirada en aquella ciudad extraña y obligado a tener que echar mano del Audi de su hermano.
Golpeó el volante con el puño en el aparcamiento del hospital y maldijo a Brianna.
A partir de ahora tendría que ingeniárselas sola.
Toda la puta vida sacándose las castañas del fuego a sí misma, pero también al resto.
¿Así le agradecía todos estos años de cuidados?
Cuando diera con ella, la arrastraría de los pelos por toda Valencia.
Era una muerta de hambre, como su padre.
Para remate, en la UCI las visitas estaban muy restringidas y era bien difícil colarse.
Además, le había parecido ver a un policía en la sala de espera.
Protegían a Carmen, a una ladrona y una asesina.
Había estado a punto de sacar el cuchillo del bolsillo.
Debería haberlo hecho. Sí, desatar el caos y haber entrado en el box donde la tenían. Se había acobardado y se arrepentía.
Golpeó el volante con fuerza y la maldijo.
Carmen tenía que pagar por haberla enchironado y robado, por la muerte de su hermano. Aquello no podía quedarse así. Llevaba cuarenta y cuatro años buscándola y esta vez no iba a escaparse. Recibiría su merecido, desde luego, aunque fuera lo último que hiciese.
Se le ocurrió una idea.
—Claro que sí —dijo en voz alta—. La venganza tiene múltiples formas y colores.
Sacó el cuchillo del bolsillo y lo contempló antes de guardarlo y poner el motor en marcha.
*
20:00
Aunque la supuesta biografía de Carmen estuviera llena de sombras, había arrojado algo de luz. La suficiente para que Aia, al menos, viera el escenario que pisaba. Agradecía que le hubiesen dejado leerla. Algo más de ciento cincuenta páginas que había devorado con una sed insospechada.
Según Martín, la historia era coherente. La habían contrastado con los informes policiales de los hermanos Escala Zapata y el testimonio de Olivia del Páramo. Y después estaba lo de Lefèvre, Sandemetrio, el Hospital General de Dios… Todo encajaba.
La vida de aquella mujer martilleando en su mente la había llevado hasta la Parte Vieja, a casa de su madre.
Aia se compadecía de Carmen y, en cierta forma, la entendía, pero seguía muy confusa.
Necesitaba que Inés le diera su opinión y la ayudara a no sentirse tan culpable por barajar la posibilidad del perdón.
—Cuando me has dicho que venías hacia aquí, me he preocupado —dijo la mujer tras abrir la puerta—. Últimamente no ganamos para sustos.
Le franqueó el paso, evitando darle un abrazo. Aia ahora pedía un espacio que ella respetaba.
—Tranquila. No ha sucedido nada.
Inés la hizo pasar a la cocina. Puso dos vasos y una jarra de agua sobre el mantel floreado antes de sentarse a la mesa.
—¿Qué tal, cariño?
Aia la observó. Sus marcadas ojeras le recordaron que todos estaban sufriendo. El trance no estaba siendo fácil para ningún miembro de la familia. Decidió resumirle el relato de Carmen. Inés se quedó en silencio, paciente, digiriéndolo.
—El aita dice que se ha despertado —susurró Aia, al no hallar ningún tipo de reacción.
—Así es.
—¿Crees…? ¿Crees que debería hablar con… ella?
—No soy quién para decirte qué hacer.
—Claro que sí. Eres mi ama y no soportaría herirte.
—No vas a herirme, mi vida —susurró, con lágrimas en los ojos—.
Es comprensible que quieras saber. Que quieras conocerla.
Yo no voy a poner ningún pero decidas lo que decidas.
¿Entiendes eso? —Su hija arrastró las manos por el mantel para coger las suyas—.
Todo este tiempo te he ocultado que yo no era tu madre biológica y me siento muy mal.
No dejo de preguntarme si me has… perdonado.
Si volverás a confiar en mí. Si recuperaremos la relación que teníamos.
—Ama, pues claro. —La barbilla le tembló al decirlo—. ¿Por qué ha tenido que pasarnos esto?
—A veces la vida se enreda y nos atrapa. Y en esta historia tu madre se llevó la peor parte. Es… terrorífico todo lo que tuvo que pasar de adolescente, y lo que debió de sufrir para que tu padre y tú estuvierais a salvo. Jamás se me ocurriría cuestionar eso. Nunca la entendí, pero ahora…
Lloraron en silencio sin soltarse las manos.
—¿Y el aita…? —logró decir Aia, débil.
—Él también tendrá que aceptar de alguna forma todo esto. Carmen quizá ni siquiera sabía que tú eras hija de… de…
—De un malnacido. De un criminal —concluyó ella, soltándole las manos. La jaqueca se intensificó y le atenazó las sienes y la nuca.
Inés cerró los ojos con fuerza.
—No sabes cuánto me pesa, hija.
Las dos sintieron el mismo vértigo al verse a las puertas de ese nuevo comienzo que se abría para todos.
—Ama, tengo que contarte algo y quiero que seas la primera en saberlo.
Inés se humedeció los labios y la miró.
—Voy a seguir adelante con el embarazo.
—¿Cómo? ¿Estás segura? ¿Voy a ser abuela? —preguntó, emocionada. Después, apoyó los brazos sobre la mesa y sollozó sobre ellos.
Aia se aproximó y le acarició la espalda.
—Sí, ama. La amona Inesita —susurró, fingiendo serenidad.
Aia abrazó a su madre, a la que la había criado, mimado, reñido y acompañado durante cuarenta y tres años. Tenerla a su lado le ensanchaba el pecho y le hacía más llevadero el dolor.
Se despidió de ella con las ideas más claras y el corazón un poco más ordenado.
De camino a casa, envió un wasap a Adrián para compartir con él su decisión respecto al embarazo. Junto al mensaje apareció un solo tic gris.
El tipo estaba empeñado en que abortara e incluso había pedido un traslado a Bilbao. Lo veía capaz de haberla bloqueado.
Guardó el móvil y apuró el paso. Quería contárselo a Martín antes de que su madre se fuera de la lengua.
*
20:30
Llevaba un buen rato oculta en el rellano de la escalera, esperándola, y por fin la vio aparecer. Aguardó a que entrara en casa y después golpeó la puerta con los nudillos. María iba protegida, llevaba unos guantes negros con un volante a la altura de las muñecas.
—¿En qué puedo ayudarla? —dijo ella, tras abrir. Tenía la nariz enrojecida a causa del frío y aún no se había quitado ni la bufanda.
—Verá…, mi marido. Es aquí, ¿no?
—No la entiendo. ¿A quién busca?
—Estoy un poco desorientada. Creía que era mi casa —aseguró, fingiendo turbación—. Llevo un rato dando vueltas por la escalera. No sé dónde me he metido.
—Este es el bloque número 3 del paseo de Federico García Lorca. ¿Le suena?
—La calle sí, pero yo no vivo aquí. —Meneó la cabeza.
—¿Y podría decirme dónde, para que la ayude?
—Ay. No lo sé. —María sabía que tener casi setenta años hacía mucho más creíble la puesta en escena—. Estoy en blanco.
—Tranquila, no pasa nada. No voy a moverme de aquí.
—Creo que me estoy mareando. —Se escoró ligeramente.
Ella la rodeó de los hombros para evitar que se cayera.
—Pase y siéntese —dijo, conduciéndola al interior. Movió una silla para que se acomodara y cerró la puerta—. ¿Lleva la documentación encima? Seguro que ahí damos con su dirección.
—Claro, qué tonta. —Cerró los ojos y tomó aire—. ¿Podría darme un vaso de agua? Tengo la boca muy seca.
—Sí, mujer —dijo, acercándose al fregadero.
María metió la mano en el bolsillo y agarró el cuchillo.
Esperó a que la hija de Carmen estuviera de espaldas para ponerse tras ella.
Se acercó en dos pasos, alzó el brazo y la articulación del hombro crujió de manera dolorosa.
Los años no habían pasado en balde. Se maldijo.
No estaba dispuesta a que la edad la frenara, a errar de nuevo.
Rodeó la empuñadura con rabia y le clavó el filo en el cuello, certera.
Ni siquiera se planteó hacerlo en otra parte del cuerpo para no tener que atravesar todas las capas de ropa invernal.