Santander #2
Que no sabe lo que su cariño y su generosidad significan para mí
Que la recompensaré
Brianna marcó el número de Nacho y lloró mientras le contaba los últimos acontecimientos. La ratonera en la que estaba metida.
—¿Tu móvil tiene instalado un chip NFC?
Nacho la ayudó a añadir la tarjeta a la app y, tras unos pasos, dejaron el teléfono listo para poder pagar con él.
—¡Ya está! —gritó, emocionada.
—Pues sal de ahí cuanto antes.
*
13:30
Tantos años sin saber de ella, tantas preguntas sin respuesta…
—Hola, Carmen —dijo Juantxo, acercándose a la cama—. Soy yo otra vez.
Ella permanecía dormida. Tenía las facciones relajadas y los labios hidratados. De haberla visto en la calle, ¿la habría reconocido? Sí, sin duda. Entre miles de mujeres. Estaba seguro. Era lo que quería creer.
La madre de su hija estaba delgada, tal y como la recordaba. La piel había perdido elasticidad y mostraba arrugas en diferentes zonas del rostro y del cuello. Conservaba las cejas arqueadas, aunque menos espesas, y los pómulos igual de marcados.
—Tu regreso está siendo intenso —susurró.
Carmen tenía los brazos paralelos al cuerpo, sobre las sábanas. Él conocía el tacto de sus manos porque se las había cogido en las anteriores visitas. Eran suaves, pero había cierta aspereza en la punta de los dedos. Le acarició el dorso. Estaba caliente. Recorrió las venas con la yema del índice.
Debería estar enfadado con ella, pero no era capaz. Ojalá pudiera demostrarles a su exmujer y a su hija que nunca podría perdonarla. Ojalá. Pero Carmen estaba allí mismo, muy sola y vulnerable.
Una enfermera entró en el box e hizo unas comprobaciones en la medicación que se filtraba gota a gota por la vía del brazo.
—Cecilia está evolucionando muy bien —dijo ella.
El equipo de sanitarios desconocía que para él era y siempre sería Carmen.
—Hoy no he hablado con el médico —reconoció él, mirándola con interés—. Había muchísima gente en la sala de espera.
—Sí, la UCI está hasta arriba. —Se metió las manos en los bolsillos del uniforme azul—. No damos abasto.
—Entonces ¿hay novedades?
—Hemos empezado a bajarle la sedación —contestó la enfermera. Después, sonrió complacida. No todos los días podía dar una buena noticia—. Antes de marcharte, pásate por los controles para que el médico te haga un resumen.
—De acuerdo. Gracias.
Juantxo y Carmen volvieron a quedarse a solas. El sonido de las máquinas midiendo sus constantes vitales sonó algo más amortiguado. Más calmo.
Le acarició el pelo mientras una ola colosal cargada de alegría y de miedo rompía y caía con todo su peso sobre él.
*
15:00
Desde el balcón vio a Estrella acercándose a la entrada. Las dos mujeres habían quedado a las tres y, aunque faltaba un minuto para que el reloj alcanzara esa hora, Prudencia llevaba ya un rato esperándola.
La anciana tenía ochenta y tres años y ocupaba uno de los apartamentos que ofrecía el Mirador de la Costa Blanca, un complejo residencial sénior ubicado en Villajoyosa en el que había vivido con su marido, Pedro, hasta hacía unas semanas.
La muerte de su esposo no fue inesperada.
El hombre tenía noventa y dos años, nueve más que ella, y multitud de patologías.
Lo echaba de menos, no podía negarlo, pero los últimos meses habían sufrido mucho.
Le aliviaba saber que ya descansaba y que tal vez no tardaría en reunirse con él.
Desde que se quedó viuda, Estrella la visitaba todos los lunes y los miércoles. Iba después de comer para aprovechar el calor de los rayos de sol y, de paso, evitar que la digestión amodorrara a la madre de su amiga desaparecida.
Las dos salían agarraditas del brazo y daban una vuelta por el paseo marítimo.
Estrella le hablaba de sus hijos y de sus nietos, y Prudencia, de sus vecinos «los noruegos» —mote que la anciana utilizaba para llamar a todos los viejos que residían allí, pese a que más de la mitad no provenía del país nórdico—.
Lo cierto era que, charlasen de lo que charlasen en su caminata lenta y distendida, siempre había espacio para Carmen, a la que ninguna había logrado olvidar.
Juntas recordaban con cariño anécdotas de su infancia y juventud, evitando caer en la melancolía.
La playa, de arena fina y dorada, se extendía a la derecha de las mujeres y las casitas apiñadas de variados colores, a la izquierda.
A mitad de camino se detuvieron para sentarse en uno de los bancos de piedra y contemplar el horizonte.
El cielo y el mar estaban completamente azules, en paz, y las olas llegaban ordenadas y sin prisa a la orilla.
Estrella respiró hondo. Corría una suave brisa que mecía las frondas de las palmeras.
—No veas cómo se ha puesto hoy una noruega con la cocinera —contó Prudencia—. Lleva tiempo extendiendo el rumor de que nos está envenenando con aceite industrial de colza.
—¿Por qué dice eso?
—Se queja de que cada día está más cansada y le ha dado por ahí, ya sabes. Prefiere acusar a Gloria en vez de asumir que la vejez no perdona. ¡Tiene más de un siglo!
Estrella se carcajeó con ganas.
—¿Más de un siglo?
—Sí, es la veterana de la residencia. En unos meses cumple ciento tres años.
Una melodía estridente se escapó del bolso de Prudencia y alteró a ambas.
—Tengo que cambiarte el tono del teléfono —dijo Estrella—. Es terrible.
—Deja, hija, que si no me cuesta oírlo. —Rebuscó con sus dedos enjoyados hasta encontrarlo—. No sé quién llamará a estas horas. Algún comercial.
—¿Diga? ¿Diga?
—(…).
—Sí, soy yo.
—(…).
—¿Cómo dice?
—(…).
—¿Carmen? —preguntó, llevándose la mano al pecho—. ¿Está usted seguro?
—(…).
—¡Ay! ¡Ay!
—(…).
—No. Estoy con una amiga de mi hija.
—(…).
—Es un policía del País Vasco. —Prudencia miró a Estrella y le pasó el teléfono—. Se llama Martín y dice que Carmen está allí.
La mujer se llevó el móvil a la oreja y escuchó con atención mientras le apretaba la mano a la anciana.
—Sí, muchas gracias. Salimos ya mismo para allá —se despidió antes de colgar.
Las dos, titubeantes, aún sin poder entender del todo lo que acababa de pasar, se abrazaron y rompieron a llorar con el suave rumor de las olas de fondo.
*
18:00
Eran las seis de la tarde y la sala de espera estaba igual de concurrida que a la una y media. A Juantxo los nervios lo recorrían de pies a cabeza y lo mantenían en un continuo desatino. Se secó las manos sudorosas en el vaquero.
Le habían bajado la sedación a Carmen y el equipo médico esperaba que pronto despertase. Juantxo detestaba temer que, al verlo a su lado, reaccionara mal y le pidiera que se marchara. Volver a quedarse sin respuestas.
Aunque quizá las cosas estaban a punto de cambiar.
Martín lo había llamado para comunicarle que habían encontrado en el coche de ella una especie de libro, o de memorias. Que de momento no podía adelantarle más, porque tenían que verificar si lo que contaba era cierto.
Se secó otra vez las palmas en el pantalón y clavó la mirada en el suelo aséptico y brillante.
—¿Me permite?
Juantxo alzó la cabeza. Una señora alta, algo mayor que él, y de cabello largo y rubio señalaba la silla de al lado.
—Claro, perdone —se disculpó al tiempo que retiraba su parka de encima. Se la colocó sobre las piernas.
—Gracias. Necesitaba sentarme para aplacarme. Me tiembla todo el cuerpo.
—La entiendo —dijo él. Los ojos de la mujer eran azules y su piel, pálida, delicada.
—Es mi primer día. Anoche ingresaron a mi hermano a causa de una grave infección.
—Vaya, lo siento.
—¿Usted lleva mucho aquí?
—Unos días —contestó. Pensó que había algo en su rostro que le resultaba familiar.
—¿También un hermano?
Juantxo no contestó.
—Lamento ser una entrometida, pero es que necesito hablar. No me haga mucho caso.
—Una amiga —dijo él.
—¿Está muy mal?
Ella se metió la mano en el bolsillo y Juantxo creyó ver algo de metal asomando por el hueco del abrigo. ¿Una llave? ¿Un mechero? ¿Una navaja? Estaba demasiado cansado por los últimos acontecimientos y temió que fuera fruto de su imaginación. Cuando volvió a mirar, no había ni rastro.
—Su evolución es buena —explicó él—, pero los médicos son prudentes, ya sabe.
—Por supuesto.
El movimiento del músculo mandibular le indicó a Juantxo que la mujer acababa de apretar los dientes con fuerza. La comprendía. Esas salas de espera eran un infierno.
—Su hermano está en buenas manos. Confíe y no pierda la esperanza.
—Tú qué sabrás —murmuró en un tono casi inaudible.
—¿Perdone?
—Digo que en eso lleva razón. Nunca hay que perder la esperanza.
La puerta de la UCI se abrió y una auxiliar comenzó a llamar a los familiares de cada uno de los pacientes. Juantxo se levantó y aguardó su turno. Cuando nombraron a Cecilia, miró el asiento para despedirse de la extraña mujer, pero ya no estaba. Echó un rápido vistazo y no la localizó en la sala.
Decidió no perder más tiempo y entrar. Pasó directamente al box y contempló a Carmen desde fuera. Su contorno, su perfil…
—Soy yo. ¿Qué tal estás? —susurró, avanzando hacia ella.
Su piel dorada, mediterránea, estaba mustia.
Pedía a gritos un poco de sol. Le retiró un mechón de pelo cobrizo que le cruzaba el rostro y aprovechó para atusarle la melena.
Cuando recondujo la mirada a su cara, vio que movía los párpados de una manera diferente.
Las pestañas comenzaron a subir y bajar con parsimonia.
—Carmen —murmuró, titubeante.
Ella, algo confusa, lo observó con sus ojos marrones. Juantxo tragó saliva. Cuánto los había añorado.
—Carmen. —Nervioso, pulsó el timbre para que acudieran los sanitarios—. Carmen, ¿me oyes?
*
18:20
Desde la aparición de las fotos de Carmen en el programa de Lobatón en 1992, nadie había vuelto a llamarla por su nombre. Quiso decírselo a Juantxo, también que se alegraba de verlo, pero no le salieron las palabras.
De pronto recordó la llamada de Angie y el viaje hasta San Sebastián.
También que fue hasta el local porque debía trazar un plan antes de contactar con ella.
Sí, fue así y, cuando estaba llegando, le pareció reconocer el rostro de Quin entre la gente.
Pese a que solo tenía cinco años más que ella, se le antojó que era un nonagenario.
¿Se trataba de él o eran tan solo imaginaciones suyas?
Al pasar por su lado, él la miró y no pudo contener su impacto.