Santander
Viernes, 1 de diciembre de 2023
Regresé de San Sebastián con las pilas cargadas y durante esa semana, cuando la pena tiraba de mí como un ancla, ojeaba las nuevas fotografías que tenía de Aia y de Juantxo.
Fueron unos días extraños en los que el presente y el pasado confluían en pensamientos y sueños. Despierta y dormida. Mis padres, mi hija… Mi familia estaba presente en mi universo, aunque solo como planetas lejanos que observaba desde la Tierra.
Bajé tanto la guardia que no fue hasta el miércoles cuando descubrí que una mujer me seguía y que llevaba haciéndolo desde mi escapada a San Sebastián.
Sí, recordaba haberla visto en Gros y en Egia.
En el momento creí que se trataba de una coincidencia, nada más, pero encontrarla en Santander puso en alerta todos los temores que llevaban décadas conviviendo conmigo.
¿Qué podía hacer? Lo primero, calmarme y no precipitarme.
Mente fría. Era ahora cuando debía demostrar mi valía.
Cuarenta y cuatro años oculta tras una identidad falsa, consciente de que cualquier paso en falso podía poner en riesgo a los que más quería.
Por eso fingí normalidad y me dediqué a observar las rutinas de esa desconocida.
La mujer, de unos cuarenta años, llevaba el cabello negro recogido en una coleta.
Tenía la melena corta y se le escapaban varios pelos a la altura de la nuca.
Era corpulenta y vestía ropa deportiva básica.
Durante esos dos días de vigilancia confirmé que me seguía y descubrí que dormía en una furgoneta aparcada cerca de mi garaje.
Con gran dolor destruí las fotografías de Aia y de Juantxo, y preparé una maleta de huida exprés que dejé dentro de un armario de casa.
La mujer no sospechaba que la había descubierto, ventaja que exprimiría al máximo.
Por eso, la madrugada del viernes guardé mi táser en el bolsillo del abrigo y con gran sigilo me acerqué al vehículo.
Había buscado en internet cómo sabotear una furgoneta y lo más aconsejado en las diferentes páginas era pinchar las ruedas.
Lo ideal habría sido rajarlas con un cuchillo o una navaja, pero ella estaba dentro y no podía arriesgarme a que me descubriera.
Opté por algo menos invasivo para los neumáticos y más seguro para mí. Desenrosqué el tapón de las cuatro válvulas y metí un palillo en cada una de ellas para que se fueran desinflando poco a poco.
Por la mañana acudí al taller, como todos los días, dispuesta a iniciar mi rutina. De camino pasé junto a la furgoneta y vi que las ruedas aún no se habían deshinchado. Mi intención era marcharme de madrugada. Crucé los dedos. Ojalá para entonces los palillos ya hubieran hecho su trabajo.
El tema de los neumáticos era el único problema que me preocupaba; sabía que vendrían más, pero ya me enfrentaría a todos poco a poco. Era la única manera de avanzar.
Pero, a primera hora de la tarde, una llamada al teléfono fijo del local de costura me obligó a cambiar mis planes de manera drástica.
Ingenua de mí, cogí al tercer tono esperando hallar al otro lado a alguna clienta.
—Carmen, querida, ¿qué tal?
Se me erizó la piel al oírla. Su voz había cambiado. Era más grave y áspera.
—¿O prefieres que utilicemos el nombre de Cecilia? Te llamo para decirte que Quin y yo estamos en San Sebastián para recuperar a la hija que nos robaste.
—¿Quién eres? —atiné a preguntar.
—No te hagas la tonta. Anota mi número y llámame cuando estés aquí. ¿Necesitas que te lo dicte o te sale reflejado en la pantalla del fijo?
El estremecimiento no me dejaba pensar.
—¿Me has oído? ¿Te lo dicto?
—No.
—Muy bien. Seguro que logramos llegar a un acuerdo —concluyó antes de colgar.
Sin tiempo para coger la maleta, apunté su móvil, salí del local y corrí en dirección al garaje. En mi carrera me percaté de que las ruedas de la furgoneta habían perdido todo el aire y de que la mujer que me había estado siguiendo corría con torpeza detrás de mí.
Me monté en el coche, salí del garaje, me incorporé a la carretera y aceleré para llegar lo antes posible.
He aparcado el Ford Puma en el parking del Kursaal.
Ahora dejo estas palabras manuscritas en el último folio del relato en el que llevo años trabajando.
Tengo miedo. Presiento que no voy a volver, que algo malo va a pasarme.
Mi intención es esconderlo bajo una de las alfombrillas antes de poner rumbo al local.
*
12:30
Quería llegar hasta el final de la investigación, pero no soportaba estar en comisaría ni un segundo más. El oficial Martín Oiasso se debatía entre salir y no separarse de su hermana, seguir trabajando, y buscar a sus padres para apoyarlos en un momento tan delicado y atroz para todos.
Y él… ¿Cómo estaba él? ¿Tenía derecho a sentirse desorientado y deprimido? Su relación sentimental se había ido al traste y su familia también, pero tenía que estar sereno y lúcido para ser de ayuda.
Cogió el teléfono y mandó un mensaje.
Qué tal está mi hermana, Tessa?
Ella era un bote salvavidas en medio de un naufragio.
Pero ¿querría embarcarse en una relación con él en semejantes circunstancias?
¿Y él? Temía haberse agarrado a ella para alejarse de Nuria.
Un acto egoísta de supervivencia. La mera idea de retomar lo que empezaron antes de que se fuera a Londres lo llenaba de ilusión, de esperanza, pero aun así…
En shock. Pobre mujer…
Qué mierda. Te agradezco que cuides de ella
Voy a llevarla a la playa de la Concha para que le dé el aire
Pasear por la orilla igual la anima a hablar y a desahogarse
Buena idea
Tú qué tal estás?
Bueno, ahí voy…
Tengo ganas de darte un abrazo, Tintxo
Y yo de que me lo des
Ahora mismo no hay nada en este mundo que me apetezca más
Después, añadió un beso y ella reaccionó con otro.
Su compañero Julio abrió la puerta del despacho y lo sacó de aquel paréntesis en el que Martín se había refugiado.
—La Guardia Municipal acaba de encontrar el vehículo de Cecilia en el aparcamiento del Kursaal y Eloísa quiere que hagamos el registro allí mismo, antes de que se lo lleven los de la científica a la comisaría de Erandio —anunció, estresado—.
Vámonos ya; Maitane nos está esperando en la puerta con el motor en marcha.
El oficial Martín Oiasso guardó sus dos teléfonos y fue tras él.
No tardaron ni quince minutos en llegar. Según los responsables del aparcamiento, el Ford Puma gris antracita llevaba estacionado allí desde el viernes por la tarde.
Abrirlo les costó más de lo previsto, pero lo consiguieron sin apenas dañarlo.
El oficial coló medio cuerpo e inspeccionó la guantera.
Un paquete de pañuelos de papel, la documentación del coche, una bayeta y un chaleco reflectante.
No había nada más. Del espejo retrovisor colgaba un ambientador de vidrio con un líquido amarillo flúor que desprendía un aroma cítrico.
—A excepción de dos bolsas reutilizables vacías —dijo Maitane—, el maletero no contiene nada que no venga de serie con el vehículo.
Oiasso levantó los felpudos de los asientos delanteros y después los traseros. Al alzar el derecho se topó con una carpeta llena de folios mecanografiados y numerados, a excepción del último, que estaba manuscrito. El primero solo incluía un título y una frase:
El porqué de mi ausencia
Entregar a Juantxo Oiasso. Él sabrá qué hacer con esta historia
Al oficial se le aceleró el corazón dentro de las costillas. Pasó a la siguiente hoja con las manos enguantadas y comenzó a leer para sí:
Mediados de los setenta
Podía sentarme delante de la Singer y pespuntear una línea recta sin necesidad de abrir los ojos. En 1975, con catorce años, empecé a trabajar en el taller de costura de mi madre…
*
12:40
Se cargó la mochila al hombro y le dijo a María que iba a por la furgoneta, que la esperara en el portal. Entró en el vehículo y se desplomó en el asiento. Iba a largarse. Sí, pero sin ella. ¿Adónde?
Lejos.
La Ertzaintza ataría cabos. Con su tío muerto buscarían a su madre y ella no quería estar envuelta en todo ese lío.
La tal Carmen no le había hecho nada. Desde niña había oído la misma historia: que aquella mujer les había tendido una trampa para robarles.
Que los enredó en la turbia trama del chalet de El Bacarot, por la que tuvieron que entrar en prisión siendo inocentes.
Ella quiso creerla, necesitaba creerla. ¿Qué otra alternativa tenía?
Era eso o cargar con la miseria de que tu madre, además de estar liada con su propio hermano, era una criminal.
María fue su único sostén y, sin Nacho en el centro de acogida, no había mucho más.
Una hija con su madre. ¿Con quién si no?
No se cuestionaba lo mal que la trataba y pensaba que ninguna familia era perfecta.
Conocer a tantos niños que arrastraban pasados terribles le había hecho entender que su historia era una más.
Ni mejor ni peor ni más especial. La suya propia y punto.
Comprobó que tuviera todo en la mochila.
Estaban la ropa, el neceser con productos de higiene y la cartera.
La abrió. De repente, su mundo se detuvo.
Estaba vacía. El dinero, la documentación y la tarjeta de crédito habían volado.
María se había anticipado para asegurarse.
Para atarla. Se llevó las manos al bolsillo del abrigo. Al menos el móvil seguía en su sitio.
Rebuscó en la guantera. Tenía monedas, pero no sumaban lo suficiente para costear la gasolina y los peajes. Tampoco la comida. ¿Qué iba a hacer? Cualquier cosa menos volver. Las ganas de llorar treparon por su garganta. Pensó en Nacho, pero descartó pedirle ayuda porque temía que la mandara a paseo.
«Soy un saco de problemas», se dijo.
¿Cómo conseguir dinero rápido? Se imaginó entrando en un club de alterne para pedir trabajo.
Solo una noche. «¿Quién va a pagar por follarse a una gorda de más de cuarenta años?»
; fue la voz de María la que tronó en su cabeza.
Su madre la había despojado de toda autoestima.
Quiso gritar. Nacho la quería. Era su chica curvi.
Su dulce y tierna niña. Ella aún se sentía como una cría.
La soga no le había permitido crecer y valorarse.
Cuando estaba al borde del colapso, recibió un mensaje.
Bri, qué tal estás?
He hablado con mi madre y me ha dicho que te vengas a Cartagena a vivir con nosotros
Que eres como una hija para ella
Las lágrimas le cayeron a plomo por el rostro.
Dile que muchas gracias