Santander
Sábado, 25 de noviembre de 2023
¿Cómo podía doler tanto la muerte de una persona que ya no llenaba ningún hueco?
Eso me preguntaba yo a diario. Mi padre ya no estaba, pero en mi caso llevaba más de cuatro décadas sin estar.
¿Entonces? ¿Por qué ese vacío que me arañaba el pecho, que me culpaba y me hacía sentir despreciable?
Creo que ese sufrimiento se debía más al hecho de que mi madre no tuviera en quién apoyarse.
La imaginaba sola y a la deriva en el Mediterráneo, aferrada a un miserable resto de madera.
Y a mí soplando en su dirección, alejándola de la orilla.
Había indagado sobre el Mirador de la Costa Blanca, donde mi padre había pasado sus últimos días.
Era una residencia que contaba con todas las comodidades, incluidas una piscina interior y otra exterior.
Me satisfizo averiguar que había estado atendido y que no le había faltado de nada. ¿Mi madre también viviría allí?
Llevaba cinco días sumida en aquel extraño duelo y quizá por eso decidí romper la promesa que me había hecho diez años atrás e ir a San Sebastián. Obré mal, pero necesitaba ver a Aia. Me hacía falta algo que equilibrara la balanza.
Tras llegar a la capital guipuzcoana dejé el coche en el aparcamiento Okendo y mis cosas en el local; después, me acerqué al paseo Federico García Lorca con la esperanza de que siguiera viviendo allí y aguardé en uno de los bancos de la zona.
Aia salió del portal a la hora de comer y caminó hasta un restaurante ubicado en Egia. Para mi sorpresa, Juantxo estaba en la puerta.
Volver a verlos juntos fue como una bocanada de oxígeno que alimentó mi alma. Un alma herida, incapaz de percibir lo mucho que me había arriesgado yendo al entierro de mi padre y, días después, a San Sebastián.
Mi torpeza había puesto en peligro a los que más quería, y de qué manera, sin yo saberlo.
*
12:00
Eloísa Garo había vuelto a pedirles a Aia y a sus padres que se pasaran por comisaría para tomarles declaración.
La investigación seguía adelante y los resultados de ADN no dejaban de añadir capas y giros al caso.
Aunque habían hablado con ellos por separado y Aia los había rehuido, coincidió con Juantxo en el pasillo y Martín los condujo a un despacho para que estuvieran a solas.
Ella detestaba la situación, la sobrepasaba. Ese sitio era su lugar de trabajo y, hasta hacía unas horas, él era su padre. Nada estaba en su sitio. Las piezas no encajaban y se iba a volver loca.
Martín les cerró la puerta y se quedaron los dos solos.
—Se lo he dicho a la subcomisaria, hija.
Yo no sabía nada. —Se aproximó a ella. Estaban de pie, en mitad del espacio.
Ella tenía los brazos cruzados y era incapaz de mirarlo—.
Conocí a Carmen en Alicante, en el 79, y me enamoré, no voy a engañarte.
Me enamoré como nunca en mi vida. Fue un romance de esos intensos, de verano, y creí que no volvería a verla, pero pasados unos meses se presentó en casa.
—Le puso las manos sobre los hombros—. Tú naciste al año siguiente. Y esa es toda la historia.
Aia dio varios pasos por el despacho para alejarse. Se dejó caer en una silla. Le dolía el estómago, la cabeza. El alma.
—¿Nunca sospechaste que no era tuya?
—No, jamás. —Movió una silla y se sentó a su lado.
Evitó ponerse enfrente para no invadir demasiado su espacio—.
Tu madre lo mencionó en una ocasión. Carmen apareció en noviembre y dio a luz en julio.
Ni siquiera llevaba nueve meses en Donostia, conmigo.
Dijo que le escamaba que no quisiera casarse, buscar trabajo.
Y después el inesperado abandono, descubrirla medio oculta en el parque…
Había tantas incógnitas que no dejaba de teorizar con cientos de cosas.
Yo no quería ni planteármelo. ¿Qué más daba?
Ella fue la única que dudó, pero, como bien sabes, te quiere como la que más.
Se enamoró de ti el primer día que te vio y tú de ella.
Estábamos en casa. Vino con mi hermana. Recuerdo cómo le agarraste el dedo índice y sonreíste.
No querías soltárselo. La elegiste. Era tu favorita.
Ni la tía ni la abuela ni el abuelo ni… yo. Elegiste a Inés y ella a ti.
—No digas tonterías. —Aia contuvo las lágrimas.
—Puedes preguntárselo. Te va a contar lo mismo. Y tu tía Mirentxu también.
—Estoy hecha un lío.
—¿Alguna vez has sentido que te quisiéramos menos que a tu hermano?
Ella meditó y llegó a la conclusión de que no, que todo lo contrario. La relación posesiva con Nuria había alejado a Martín de la familia y Aia estaba más unida a sus padres que él.
—La subcomisaria me ha preguntado si pagamos por ti —confesó Juantxo—.
Están barajando todo tipo de hipótesis. Esto es horrible.
La historia es tal cual os la he contado.
Y es la misma que te conté el otro día. La versión no ha variado ni un ápice.
Soy consciente de que por esa época aún había casos de esos de bebés robados y comprados, pero esto no tiene nada que ver.
Lo que tu madre… —Juantxo se detuvo y carraspeó, negando en silencio—.
Lo que Carmen supiera de tus verdaderos orígenes se lo guardó para sí misma.
Aia echó la espalda hacia delante, hincó los codos en las rodillas y se sostuvo la frente con las manos. La cabeza le iba a reventar.
—Entonces ¿Martín sí es vuestro? ¿De los dos?
—Por Dios, hija, sí.
—Permíteme que dude, joder, ponte en mi lugar.
—Las fotos en las que tu madre está embarazada, las del álbum. Todas ellas pertenecen al embarazo de tu hermano. He hablado con él largo y tendido. Yo estoy dispuesto a hacerme una prueba de paternidad si así lo quiere.
Aia se enderezó y cogió aire despacio. Últimamente le había tocado hablar con su padre de temas íntimos en lugares de lo más asépticos. La sala de espera de un hospital, un despacho de la comisaría… Era como una pesadilla. Un delirio. Inverosímil.
—Tessa me está esperando. Si no te importa, necesito salir de aquí. Me duele muchísimo la cabeza. —Aia avanzó hasta la puerta.
—Dime que me crees, por favor —pidió su padre antes de que se marchara.
Ella se detuvo un instante, con la mano ya alrededor del picaporte. Por un momento dudó si girarse hacia él y complacerlo, decirle que no importaba la verdad escrita en la sangre, en los genes, que nada cambiaría en la relación que todos tenían.
Pero no fue capaz; devolvió la vista al pasillo y cruzó sin contestar.