La última luciérnaga Martes, 21 de noviembre de 2023
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Martes, 21 de noviembre de 2023

No me gustaban los cementerios. Tenía sesenta y dos años y era la primera vez que pisaba uno. Hasta los dieciocho tuve la buena suerte de no perder a ningún ser querido y, a partir de ahí, la mala de estar sola.

Tampoco fui de esas adolescentes que irrumpían en ellos al caer la noche para practicar espiritismo con una tabla ouija, algo que se puso de moda entre los jóvenes de mi pueblo tras la llegada de El exorcista a las salas de cine.

Cuando un plan de esos surgía en el grupo de amigos, yo decía que no contaran conmigo.

Prefería mantenerme al margen, en el lado de los vivos.

Lo primero que hice al llegar fue fijarme en el movimiento de los operarios para averiguar dónde descansaría el cuerpo de mi padre.

Enseguida localicé la tumba. Un agujero excavado en la tierra lo esperaba.

Como era temprano, estuve a punto de darme una vuelta y buscar entre las lápidas a toda la gente que conocí y ya no estaba, pero opté por no enfrentarme a ese trance.

Mejor localizar un lugar discreto para estar presente en la despedida y aguardar.

El día había amanecido despejado, aunque el azul del cielo estaba de un pálido que transmitía desidia y tristeza. Noté el débil calor del sol en las manos. El termómetro del coche me había informado de que hacía unos dieciséis grados.

La ceremonia empezó puntual. Mi madre entró rota de dolor.

Qué mayor estaba. Entre las personas que la rodeaban creí distinguir a Estrella y a su madre.

Yo disimulaba detrás de un panteón, camuflada con unas gafas oscuras, una gorra con visera y una mascarilla quirúrgica de esas que desde la pandemia no llamaban la atención.

Nos habíamos habituado a su presencia a la fuerza.

Me costó mantener el tipo y no salir corriendo, pero, sobre todo, no abalanzarme a los brazos de mi madre.

¿Y si había llegado la hora de dejar de esconderme?

¿Y si mi cuerpo me había guiado hasta allí por un único motivo?

Reencontrarme, relajarme por fin y dar todo el amor que llevaba décadas guardando.

Llegó un momento en el que no veía nada.

Entre la llantina y la mascarilla, las gafas se me nublaron como los días del norte a los que tanto me había acostumbrado.

En medio de aquel maremágnum de dolor y de dudas, acabé por no ceder.

Había sacrificado demasiado, toda una vida, como para arriesgarme ahora.

A duras penas vi a todos marcharse hasta que no quedó nadie.

—Lo siento en el alma, papá —susurré desde la distancia. Ni siquiera me atreví a acercarme a la tumba—. Siento el daño que os he ocasionado desde que me fui. Siento no haber estado ahí en tu final. Siento no haber cuidado de mamá; ni tan siquiera poder hacerlo ahora…, que ya no estás.

Salí cabizbaja del cementerio. Al montarme en el coche me arranqué todos los artilugios de la cara y tomé aire con ansia, como si llevara minutos sumergida en el mar.

Recogí el apartamento y salí a la terraza. El cielo había recuperado el tono vibrante. Memoricé el horizonte y me despedí de él. Había pagado dos noches, pero, sin la libertad de poder acercarme a mi madre, allí ya no pintaba nada.

Me di una ducha y me sequé delante del espejo del cuarto de baño. Llevaba la melena cobriza como Emma Stone en la pe­lícu­la La La Land.

Mientras me peinaba, pensé en Estrella. Durante todos estos años lo había hecho a menudo.

Cuánto me dolía que creyera que al final me olvidé de ella.

Ojalá algún día se enterara de toda la verdad.

De qué impidió que volviera a ponerme en contacto con mi amiga del alma.

Con la hermana que nunca tuve. Qué diferente habría sido mi vida de haberla tenido cerca.

*

11:00

Subir al hospital y rematarla. Esas habían sido sus palabras.

María la necesitaba para entretener a los sanitarios mientras ella se colaba en el box de la UCI en el que Carmen estaba ingresada desde el viernes.

Brianna no estaba dispuesta a tal cosa. Llevaba años intentando localizar a la supuesta ladrona y cuando por fin dio con ella en el cementerio de Villajoyosa la siguió para averiguar todo sobre ella, pero nada más lejos de ahí.

No pensaba mancharse las manos con sangre de nadie.

Ella no era así. No entraba en sus planes ser cómplice de un asesinato.

María había perdido la cabeza. La inquina y la venganza como único pensamiento.

—¿Y qué haremos después? —preguntó Brianna, que había escuchado con atención su delirante plan y fingido interés.

Estaban sentadas a la mesa del apartamento turístico, frente a dos tazas de café vacías y una caja de galletas sin abrir.

—Iremos directas a Morella y nos quedaremos hasta que se calmen las aguas.

Cerca de allí hay un chalecito medio abandonado.

Perteneció a un hombre que murió en la década del 2000 y lo heredó una sobrina que vive en Canadá.

Ella contactó con tu tío y conmigo para ponerlo a la venta en la agencia, pero nunca se han interesado por él, a causa del dineral que pedía.

Decía que no iba a rebajarlo, que no tenía ninguna prisa.

—¿A cuál te refieres? ¿A ese que está en medio de la nada, al que iba varias veces al año para comprobar que todo estuviera en su sitio?

Brianna nunca había tenido un contrato laboral ni había sido autónoma, pero llevaba décadas bajo las órdenes de María.

Además de haber invertido mucho tiempo en buscar a Carmen, había trabajado en la inmobiliaria más de media vida.

Limpiaba y adecentaba las casas, los garajes y locales en venta, los fotografiaba, subía las imágenes a la web del negocio.

Era recadera, cocinera, administrativa, una chica para todo, una autómata, una esclava…

—El mismo. El de la fachada amarilla.

—Pero… cerrasteis la agencia hace más de un año —le recordó Brianna—. Igual está a la venta en otras inmobiliarias.

—Qué va. Si ni siquiera sabe que cerramos. La llamé varias veces para notificárselo, pero nunca me cogió el teléfono. Es un buen lugar para que nos escondamos durante un tiempo; además, aún conservo la llave.

—¿Y cuál es el plan?

—Lo mejor será no tocar el coche de tu tío. Recogemos nuestras cosas, nos vamos al hospital en la furgoneta y, de ahí, a la casa de Morella. Después, sobre la marcha. Si Carmen consiguió vivir con una identidad falsa, ¿por qué nosotras no?

Brianna pensó que los tiempos habían cambiado. Todo estaba digitalizado y ya no era tan sencillo.

—Hay que darse prisa —la apremió María—; las visitas son a partir de la una y media.

—De acuerdo —dijo ella, solícita, con el más neutral de los gestos—. Ve preparando tu maleta que yo me encargo de la mía.