Santander
Lunes, 20 de noviembre de 2023
No esperaba hallar nuevas noticias sobre Angie y Quin, pero desde hacía años sí anhelaba encontrar la esquela de alguno de los dos.
A diario tecleaba sus nombres completos en el ordenador, por si acaso.
Al parecer, habían sobrevivido incluso a la pandemia.
A ninguno de los dos se lo había llevado por delante el dichoso covid-19.
A mis padres, a Juantxo y a mi hija tampoco. También lo comprobaba, pero con la esperanza de descubrir todo lo contrario, que seguían existiendo, que el sueño de tener un futuro junto a ellos todavía era posible.
Me senté delante de la pantalla y comencé con la rutina que repetía todos los días antes de comer.
«María de los Ángeles Escala Zapata». Sin nuevas noticias.
«José Joaquín Escala Zapata». Ídem.
«Juantxo y Aia Oiasso». Lo mismo.
«Prudencia García de Hórtola». Cero resultados.
«Pedro Rodríguez Adobes».
Di al Enter y se me congelaron los dedos sobre las teclas al ver su nombre vinculado a un tanatorio.
Entré en la web. Mi padre había muerto.
La última vez que lo vi yo tenía dieciocho años y aún recordaba su aspecto de antaño.
En la fotografía de la página parecía un anciano.
Era un anciano. Había fallecido con noventa y dos años en Villajoyosa.
Busqué en profundidad. Había dos esquelas. Una debía de ser de esas que cubren los seguros de decesos. Mi nombre aparecía junto al de mi madre. También el de mis abuelos, acompañados por una pequeña cruz negra. Todos habían muerto hacía tiempo.
La otra esquela mencionaba al equipo de una residencia de ancianos del municipio, el Mirador de la Costa Blanca. «Te recordaremos con cariño, Pedro», finalizaba un breve texto.
El entierro y el funeral iban a tener lugar al día siguiente.
Apagué el ordenador y me eché a llorar frente a la pantalla en negro.
Había logrado salir viva del chalet, pero cuánto había perdido por el camino.
Pensé en los destinos posibles que me habrían esperado ahí fuera de haber actuado de manera diferente y en todos, en absolutamente todos, salía malparada.
Era la única luciérnaga que no había muerto.
Quizá no elegí tan mal, me dije para consolarme.
Abrí el cajón del escritorio y cogí un clínex para secarme las lágrimas.
Allí dentro también había un paquete de mascarillas.
Podía acudir al entierro oculta tras una de ellas y quedarme a buena distancia.
Habían pasado décadas desde que me escapé.
Más de cuatro. Era una burrada. Yo ya tenía sesenta y dos y Angie y Quin, varios años más.
No tenían edad para seguir con el juego de la venganza y yo necesitaba estar presente en la despedida de mi padre.
Si no, me atormentaría por dentro el resto de mi vida.
Comí sin ganas una menestra de verduras mientras me debatía entre ir o no ir.
A las dos y veinte de la tarde metí cuatro cosas en una bolsa, reservé dos noches en un complejo inmobiliario con alojamientos turísticos —de esos sin recepción, para no toparme con nadie— y, antes de poner rumbo a Villajoyosa, bajé al taller y escribí una nota en un folio que pegué en la puerta:
«El local permanecerá cerrado hasta el jueves. Disculpen las molestias».
Llegué muy tarde a mi pueblo natal. El reloj del coche marcaba casi las doce.
Me registré automáticamente en la máquina habilitada para ello en el pasillo del edificio y entré desfallecida a la estancia.
Había conducido durante más de ocho horas —seis de ellas de noche—, y solo había parado una vez para repostar y comprar algo de comida en una gasolinera.
Saqué un sándwich de esos preparados y envasados y lo mordisqueé sentada en la esquina del sofá.
Mi equipo de acampada me recordó al que solía llevar al local de San Sebastián.
Miré a mi alrededor con la boca llena. El ventanal era amplio, como el apartamento.
Un salón comedor longitudinal y decoración minimalista en tonos crema.
Me acerqué a la encimera, me limpié las manos con una servilleta de papel y bebí de un trago el botellín de cortesía que los propietarios me habían dejado.
La cama de la habitación medía dos metros por dos y el cabecero estaba decorado con papel de estampado tropical.
Salí a la terraza y respiré el aire que tanto había echado de menos.
Se me había olvidado lo amables que podían llegar a ser los otoños del Levante.
Oteé el horizonte. El complejo estaba ubicado en una zona residencial tranquila, a pocos pasos de la playa de piedras Puntas del Moro.
Desde mi atalaya se veía el mar, negro y lleno de reflejos bajo la noche.
A mi derecha se hallaba la loma que albergaba la torre del siglo xix de la Malladeta y, según se cree, hace unos dos mil cuatrocientos años los íberos eligieron ese enclave para levantar un templo en honor a su diosa madre.
Estrella y yo también lo elegimos. Era nuestro sitio favorito para intercambiar penas y alegrías. Dentro de la torre urdimos mi plan de huida.
La brisa de la costa me refrescó las lágrimas que en ese momento trazaban dos líneas perfectas desde los ojos hasta la barbilla. La muerte de mi padre y el regreso me habían ablandado el corazón encallecido como si llevara horas sumergido en agua tibia. Qué asco de emociones.
A la una me metí bajo las sábanas. Me acurruqué en la esquina izquierda, de espaldas al ventanal. Tenía que descansar. Me esperaba la difícil tarea de despedirme de mi padre para siempre.
*
10:30
Al entrar en el despacho de la subcomisaria para resumirle la conversación que habían tenido con Olivia, Martín se encontró a su superior hablando por teléfono. Tenía el rostro demudado y desencajado. ¿Y ahora qué pasaba?
—Te dejo. Está aquí el oficial Oiasso. Luego hablamos.
—¿Ocurre algo?
—Sí, Martín. —Se apretó la parte alta de la nariz—. Siéntate.
Otra vez la maldita sensación de irrealidad. Un déjà vu.
—Estoy bien de pie —dijo, negándose a repetir la escena de la víspera.
—Por favor. —Eloísa Garo señaló la silla.
Oiasso tomó asiento, aunque el cuerpo le pedía a gritos que saliera corriendo de allí.
—Me estás asustando otra vez, joder.
—Tu hermana está bien, pero tengo que volver a hablar de ella contigo.
Martín se pasó la mano por el rostro, tensando la mandíbula.
—Aún estamos asimilando lo de ayer, Eloísa —dijo sin energía, casi implorando.
—Lo sé y lo siento. No sabes cuánto, pero me acaban de llamar del laboratorio de la científica. Están trabajando con los restos biológicos hallados en el local y en el cuerpo de José Joaquín, y al cotejarlos con el ADN obtenido del abrigo de la primera víctima…
—Ha aparecido el de Carmen en él y viceversa —se adelantó Martín, con la necesidad de zanjar aquella conversación.
—Sí, existe esa coincidencia, pero no ha sido la única.
El oficial esta vez no pronunció palabra. No quería saber nada más. Se contempló las uñas. No las tenía tan cortas como acostumbraba a llevarlas. Le gustaban rapadas, como si se las mordiera.
—¿Recuerdas que tu hermana se hizo una herida al caer y manchó de sangre la ropa de Carmen? —Garo aguardó medio minuto. Oiasso permanecía cabizbajo—. Martín, ¿me estás oyendo?
—Sí, perdona.
—Pues ese cotejo de los diferentes ADN ha revelado que ese hombre es… el padre biológico de Aia.
La subcomisaria clavó la mirada en Martín con intensidad, como si quisiera ver más allá, y él temió que el terremoto que acababa de iniciarse detrás de sus iris la sacudiera también a ella. ¿Aquel desalmado era el padre de su hermana? No podía ser cierto…
La misma casa donde los tres habían desayunado por la mañana. La misma donde se había refugiado para alejarse de Nuria. Y la misma donde le había dicho a su hermana que Inés no era su madre, sino Carmen… Martín había elegido el mismo lugar para soltar la nueva bomba.
—Lamento en el alma todo esto, Aia —reconoció, preguntándose si lo que estaba ocurriendo era real o un mal sueño.
La irrati se echó a llorar en cuanto Martín le dijo que tenía que hablar con ella de algo serio. Su amiga y ella estaban sentadas en el sofá biplaza y él arrodillado, enfrente. Teresa la mantenía sujeta de los hombros y él de las manos.
—Ayer fue la ama y hoy es el… aita —dijo el oficial con voz ronca, incapaz de ir al grano.
Su hermana parpadeó varias veces seguidas, como las bombillas antes de fundirse. Él no quería pronunciar las palabras. Las había visto salir de la boca de la subcomisaria y eran grotescas. Dolían. A Aia la herirían mucho más que a él. La diferencia era incalculable.
—Dime que no va en serio —rogó, hundiéndose en el asiento, haciéndose pequeña—. De serlo me lo habría dicho el aita, ¿no?
—No lo sé, Aia. Deberías volver a hablar con él.
—¿Seguro que te estoy entendiendo bien?
Los ojos de Aia y de Tessa exigían que lo soltara de una vez, sin almíbares.
—Tu padre biológico es José Joaquín, el hombre que apareció en el local de la calle Nueva.
Aia no contestó. No se movió. Sus párpados tampoco.
—Tranquila, cariño —susurró su amiga, dándole un beso en la mejilla—. ¿Recuerdas lo que te dije ayer? Esto no cambia el amor que sienten los tuyos por ti.
—Ni siquiera somos hermanos de padre. —Se llevó la mano a la boca para ahogar un grito.
—Aia, Aia, escúchame —dijo Martín, agarrándola de los brazos—. Lo eres y lo serás siempre. ¿Me oyes?
—¿Sigue en el anatómico forense? —preguntó ella de repente. Se levantó de un brinco—. Quiero verlo. Necesito verlo.
Él intentó disuadirla. Su hermana debía digerirlo antes de enfrentarse a algo así. Temía que se derrumbara, que colapsara, pero la noticia la había sacado del letargo y la empujaba ahora con una determinación que no pudo detener.
Dejaron a Teresa en casa y fueron los dos al depósito.
Lo habían visto en el local, atado e indefenso, la cara abotargada…
y el aire cargado del olor a descomposición.
Pero a ninguno le impresionó tanto como ahora.
José Joaquín Escala Zapata estaba tumbado y tapado hasta el cuello.
El entorno era más aséptico. Su rostro no había mejorado, tampoco empeorado, pero sí la percepción de ambos.
Aia comenzó a tiritar de manera incontrolable.
—¿Este criminal era mi padre? —Fue lo único que atinó a decir. Vomitó en el cuarto de baño del anatómico forense antes de largarse.
*