La última luciérnaga Donostia-San Sebastián
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Donostia-San Sebastián

Miércoles, 6 de diciembre de 2023

08:30

Sobre la mesa volvía a haber pan tostado. Los hermanos Oiasso y Teresa esta vez lo acompañaron con aceite de oliva y aguacate. Ninguno de los tres había logrado dormir del tirón, pero algo habían descansado.

—¿A qué hora te acostaste? —preguntó Aia a su amiga—. No te oí regresar al dormitorio.

Teresa se llevó una rebanada a la boca y le dio un buen mordisco.

—Creo que, más o menos, una hora después de cenar.

Martín carraspeó y bebió un sorbo de café.

—¿Vas a subir a ver a Carmen?

—Lo intentaré —dijo Aia, masticando con desgana—. Llamaré al aita para ir con él.

Su amiga soltó el pan para darle un apretón en el hombro.

—Te acompaño. ¿De acuerdo? Y si no te sientes con ganas de verla, nos vamos a dar una vuelta y volvemos por la tarde.

Aia hizo un gesto de asentimiento. Tenía la mirada cansada, triste.

—Yo voy a dejaros —dijo Martín—. Me esperan en comisaría. Llamadme si necesitáis cualquier cosa.

Se levantó y entró en el cuarto de baño para lavarse los dientes. Al salir, se encontró a Teresa recogiendo el desayuno.

—Tu hermana está en su dormitorio hablando con tu madre —explicó en un susurro—. Tenía varios mensajes de ella.

—Todavía me parece mentira todo lo que está pasando —reconoció él al tiempo que se ponía la cazadora.

—No me extraña.

Caminaron juntos hasta la puerta. Martín agarró la manilla y antes de abrir volvió la cabeza para mirarla.

—Gracias por el rato de ayer —dijo él—. Estar contigo me ha ayudado a tener las cosas más claras.

—Me alegro. Yo también estuve muy a gusto. —Le sonrió con afecto.

Martín le acarició la mejilla con el dorso de la mano y, cuando estaba a punto de besarla, un portazo lo cortó de golpe. Venía de afuera, de la casa de algún vecino.

—Anda, vete, que vas a llegar tarde —susurró ella. Le rozó la nuca con los dedos y le dio un beso en la comisura de los labios.

Martín condujo hasta comisaría con un extraño cóctel de emociones en su interior. Tan pronto tocaba el fango como las nubes del cielo. Una montaña rusa en la que no recordaba haberse montado.

Eloísa Garo y los Verano lo esperaban en el despacho compartido. Lo estudiaron en cuanto entró. Sus semblantes decían a gritos que se compadecían por él y su familia.

—Estoy bien. Estamos bien, gracias —se adelantó. Tomó asiento y Julio le dio unas palmadas en la espalda.

—Ya hemos recibido todas las noticias escaneadas que hacen referencia a los crímenes de El Bacarot.

Llegaron hace un rato —explicó la subcomisaria—.

No han aportado mucho más que lo que contienen los informes policiales.

Secuestro, violaciones, esclavitud procreativa y los asesinatos de las tres chicas.

Dos de ellos los cometió un sicario contratado por la pareja de hermanos.

Un alicantino con antecedentes que la policía detuvo en julio del 80.

Gracias a la confesión del tipo, los agentes lograron esclarecer buena parte de los hechos.

—¿Qué fue de él? —quiso saber Martín.

—Murió al poco de entrar en prisión, en una reyerta.

—¿Quién cometió el tercer asesinato?

—Un matón que murió de sobredosis antes siquiera de que lo capturasen. Como veis, todo muy oportuno.

—Y Carmen, ¿qué tiene que ver con esta historia criminal?

—Estamos tratando de averiguarlo —dijo Eloísa—.

Todos los artículos que recogió el semanario El Caso están firmados por Olivia del Páramo.

He movido algunos hilos para dar con ella.

Vive en Madrid. La periodista lleva un año jubilada y ha accedido a hablar con nosotros mediante videollamada.

Me ha dicho que recuerda el caso con nitidez.

Que fue un verdadero quebradero de cabeza.

Le he mandado los informes policiales para que les eche un ojo.

—Consultó la hora—. Os he enviado un email con el enlace del Zoom.

Olivia se conectará en cinco minutos. Yo tengo reunión con el comisario. Encargaos vosotros de la periodista.

Olivia los recibió con una sonrisa. Tenía sesenta y seis años, aunque aparentaba menos edad, la cara ovalada y una melena castaña que le caía por encima de los hombros. A su espalda había un mueble blanco repleto de libros.

—Yo acababa de entrar en la redacción —dijo ella, tras las presentaciones—.

Tres chicas secuestradas, violadas… Fue un suceso terrible.

Un compañero y yo viajamos hasta la provincia de Alicante para cubrir el caso.

Uf, se me pone la piel de gallina al recordarlo. Y sobre todo sabiendo cómo acabó todo.

—¿Has podido leer los informes policiales que te ha mandado la subcomisaria Garo? —preguntó el oficial Oiasso.

—Sí, y me sorprende la falta de datos. Desde el principio supimos que no nos iban a poner fácil hablar sobre la noticia porque mi jefe recibió presiones, pero jamás pensé que también los investigadores.

—¿A qué datos te refieres? —se interesó Martín.

—Para empezar, la policía dio con el chalet porque recibió una llamada anónima de una chica.

Denunció a los hermanos y no se personó en comisaría, como le pidieron.

En las inspecciones oculares descubrieron cuatro dormitorios de características similares: austeros y cerrados con llave desde fuera.

Tres de ellos estaban ocupados por las chicas secuestradas y el cuarto, vacío, pero con un buen agujero en medio de la puerta.

Siempre intuimos que perteneció a otra esclava que consiguió huir y que, posiblemente, fue la que denunció los hechos.

—¿Y por qué crees que el semanario recibió presiones? —preguntó Maitane Agosto.

—No teníamos ni idea. Angie y Quin, a priori, no estaban relacionados con nadie de las altas esferas.

¿Y entonces? ¿A qué venía tanto celo? Llegamos a sospechar que había alguien más implicado en las violaciones, pero, por lo visto, en aquel chalet del infierno solo se dejaron caer los dos acusados y las víctimas.

—¿Qué más no figura en los informes? —preguntó Oiasso.

—A nosotros no nos dejaban hablar con las chicas y sus abogados no soltaban prenda, pero mi jefe tenía sus contactos dentro de la comisaría y uno de ellos le dijo que había oído nombrar entre susurros a una embrióloga apellidada Lefèvre.

La maquinaria de la redacción se puso en marcha y, tras días de indagaciones, descubrimos que aquella mujer había estado viviendo en Alicante y trabajando en un hospital y que, a los pocos días del suceso, regresó a Francia, su país natal.

—¿Conseguisteis hablar con ella? —Martín iba anotando en una libreta algunos de los datos.

—No nos permitieron seguir tirando de ese hilo. Las presiones crecieron y tuvimos que dar un paso atrás.

—¿En qué hospital trabajaba la embrióloga? —dijo la ertzaina.

—De esto me enteré años después, en el verano del 86.

Una chica llamó a la redacción y pidió hablar conmigo.

Se presentó como Lola Puerto y lo único que quería saber era si Angie y Quin seguían en prisión.

Al principio no me la tomé en serio y quise colgar, pero cuando nombró a Lefèvre entendí que aquello no era ningún juego.

Temí que la parte que frenaba la investigación estuviera poniéndonos a prueba y no supe muy bien cómo actuar.

Además de hablar de la embrióloga francesa, mencionó también al doctor Sandemetrio y el prestigioso Hospital General de Dios, ubicado en Alicante.

—¿Por qué tenía toda esa información? —Maitane arrugó la frente al cuestionarlo.

—No lo sé… Quizá fui demasiado arisca o cautelosa, porque acabé espantándola, pero debía tomar precauciones por si las moscas. Se comprometió a llamarme a los días, pero no lo hizo.

—Era la cuarta chica —murmuró Martín, tras unos segundos—. La que denunció de manera anónima.

—Mis compañeros de redacción y yo llegamos a esa misma conclusión. Una pena que no volviéramos a saber de ella.

—¿Investigasteis al doctor Sandemetrio y el hospital?

—En la medida que pudimos, pero mi jefe nos pidió que paráramos.

Angie y Quin ya estaban en prisión pagando por lo que hicieron y, si había más implicados, no podíamos descubrirlos: nos jugábamos la profesión o incluso la vida.

La muerte de aquellas tres chicas y la de los sicarios eran un filo de cuchillo en la garganta.

Sabíamos que a esos dos matones los habían liquidado para silenciarlos.

—Una embrióloga, un médico, un hospital…

—Permíteme que aporte un par de datos más, Martín —lo interrumpió la mujer—. Sandemetrio era un reputado ginecólogo y el Hospital General de Dios, uno de los pioneros de la fertilización in vitro en España.

Oiasso intercambió una mirada con el grupo.

—¿Crees que, dentro de aquella esclavitud procreativa, además de las violaciones también estaba por medio la FIV?

Olivia se quedó callada y tardó en contestar. Al hacerlo, el gesto se le afiló, como si el oficio aún le corriera por las venas.

—Sí. No hallamos otra explicación. Ahora bien, ¿cuántos miembros del equipo del hospital estaban al tanto?

Ni idea. No avanzamos mucho más…, en parte por las presiones que habíamos recibido años atrás y que nos frenaron, pero también por algo que descubrimos después de la llamada.

—Exhaló un suspiro—. ¿No os suena el apellido Sandemetrio?

El susodicho ginecólogo era hijo del conocido promotor inmobiliario que impulsó la edificación masiva de hoteles y complejos turísticos en Benidorm.

Un hombre muy influyente en la Comunidad Valenciana.

—Ahí tenemos el origen de las coacciones —opinó Julio—. El buen médico tenía un entorno más que poderoso que se encargó de que no le salpicara la mierda.

Olivia asintió con la cabeza.

—Por desgracia, volvimos a detener la investigación, pero yo sí que estuve pendiente de los hermanos.

Era un caso que me obsesionaba mucho. Supe que Angie entró embarazada en prisión y dio a luz a una niña que pasó toda su infancia en un centro de acogida.

La recuperó en el 93 al abandonar la cárcel y, curiosamente, montó una agencia inmobiliaria en Valencia, ciudad donde al final se instalaron las dos.

Quin cumplió un año más de condena y al salir se fue a vivir con ellas.

Para que no los asociaran a los crímenes de El Bacarot, sustituyeron los motes por sus nombres.

Borrón y cuenta nueva. De Angie y Quin a María y Joaquín.

—Vaya par de indeseables —murmuró Julio.

Olivia cabeceó con pesar.

—No quiero pareceros impaciente, pero ahora sí que os pediría que me revelarais a qué viene tanto interés por un caso que tuvo lugar hace cuarenta y cuatro años.

Olivia del Páramo escuchó atenta mientras el oficial le resumía la historia.

—Prometedme que me mantendréis informada. No me esperaba para nada un giro de esta magnitud. No sabéis las ganas que tengo de hablar con mis excompañeros del semanario. Esto es muy gordo.

—Te pedimos discreción, Olivia.

—Por descontado, Martín. Lo haré cuando me lo permitáis. Soy consciente de que ahora mismo la cautela es vital para descubrir lo que se esconde detrás de todo esto. Es que no os podéis imaginar lo impactada que estoy.

—Te agradecemos que hayas colaborado con nosotros. Estamos en contacto.

—Ha sido un placer. Gracias a vosotros y suerte.

Cuando estaban a punto de desconectar la videollamada, Olivia levantó las manos.

—Se me olvidaba un último detalle. El contacto de mi jefe que nos pasó el apellido Lefèvre también oyó entre susurros algo relacionado con las luciérnagas. No tenía muy claro si «problema luciérnagas», «proyecto luciérnagas», «insecto luciérnaga»; algo por el estilo.

Martín recordó de inmediato a su hermana indagando e insistiendo sobre el asunto.

Fue la sanitaria que atendió a Carmen en la ambulancia quien los puso sobre la pista.

Ella la oyó pronunciar aquellas palabras, «la última luciérnaga», pese a que la víctima se encontraba entre la vida y la muerte.

Después, ambos hablaron con el médico de la UCI, por si había dicho algo más, e incluso buscaron información al respecto en internet. Pero no hallaron nada.

La experiodista acababa de traer aquella frase de vuelta y esta vez no se rendiría hasta averiguar qué significaba.