Donostia-San Sebastián
Sábado, 9 de febrero de 2013
Desde que en 2011 me topé con Juantxo en el paseo de la playa y descubrí que seguía viviendo en Secundino Esnaola, me prometí que averiguaría dónde se había metido mi hija.
Y eso hice. Merodeé por el portal de mi antiguo hogar, como en los viejos tiempos, y le hice varios seguimientos —no más de dos al año, para evitar riesgos— hasta que, en febrero de 2013, por fin llegué hasta ella.
Mi hija vivía a quince minutos de Gros, en el paseo Federico García Lorca.
Llevaba mucho tiempo sin verla, y darme de nuevo de bruces con su rostro fue emocionante, único.
Tenía un caminar ágil, el pelo castaño y largo con las puntas más claras, y unos rasgos no tan diferentes a los de la niña de mis cuatro fotografías, que me negaba a destruir.
Tenía treinta y tres años y parecía alegre y desenvuelta. Todo era perfecto en ella, pero lo que más me gustó fue que era cariñosa con Juantxo.
Padre e hija se fueron al centro y entraron en varias tiendas de ropa masculina. Después, y cargados con varias bolsas, se tomaron un par de cervezas en un bar de la calle Bergara. Me enamoraron sus risas y la complicidad que compartían.
Regresé a Santander con el corazón henchido, con un sinfín de fotografías de ellos y con un dato con el que llevaba años soñando: el nombre de mi hija.
Se llamaba Aia, Aia Oiasso.
Aquel día, ya en casa, tomé la decisión de no volver jamás a San Sebastián. Había corrido el riesgo de que Juantxo me viera, poniendo en peligro la estabilidad de él y de mi hija.
Haberlos visto envueltos en ese halo de felicidad era el mejor final que podía elegir para mi historia.