La última luciérnaga Donostia-San Sebastián #2
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Donostia-San Sebastián #2

—No puedo contarte nada —se disculpó Martín—; yo mismo sigo de chiripa en la investigación. —Jugueteó con un pedazo de pan en la salsa de tomate—. Ojalá lo resolvamos pronto y mi hermana pueda enfrentarse a todo y pasar página.

Después de cenar, recogieron la cocina sin prisa.

Estaban agotados, pero tenían ganas de permanecer allí, en compañía, juntos.

Martín no quería plantar cara a los devaneos que le esperaban en cuanto se acostase ni a las notificaciones de los teléfonos, y Teresa postergaba el momento de regresar a aquella habitación sombría y llena de tristeza donde su amiga dormía con el alma desgarrada.

Mientras ella barría el suelo, él pasaba una bayeta por las superficies de la cocina con las mangas de la sudadera subidas.

A Teresa no le costó localizar las marcas en las muñecas que Aia le había descrito. Su enfado volvió a crecer. Vació el recogedor en la basura y se asomó al dormitorio. La respiración de su amiga era profunda y calmada. Cerró despacio.

—¿Está dormida? —preguntó él, escurriendo la bayeta y colgándola del grifo.

—Sí. —Se sentó en el sofá. Era pequeño, de dos plazas, y cogió el mando—. Voy a ver un rato la tele hasta que me baje la cena.

—¿Te importa si te acompaño? —preguntó Martín, señalando el espacio que quedaba libre.

—No. Claro. —Se levantó, nerviosa—. He dado por hecho que ya te ibas. Ponte cómodo, seguro que tienes tu sitio.

—Qué va. Tú has estado en esta casa más que yo. Ni siquiera sé cuál es el de mi hermana.

—Yo tampoco. Cuando vengo siempre me trata como a una reina. Deja que lo elija todo. Absolutamente todo.

Se miraron. Los dos se habían quedado uno frente al otro, junto al sofá.

—Te creo. Así es ella. Generosa y desinteresada —la describió él—. La echaba de menos, ¿sabes? Con toda la movida de Nuria…

—Tranquilo —lo cortó Teresa—. No tienes que explicarme nada.

Se sentaron en el sofá y charlaron en susurros sobre trabajo y viajes.

Martín se había recorrido buena parte de Europa; Teresa también, aunque por motivos laborales.

Luego la nostalgia los alcanzó y recordaron las noches donostiarras de hacía más de una década, aquellas que pasaban en lo Viejo.

Los mojitos del bar Iguana, las patatas Sarriegui del pequeño local de la calle San Jerónimo, la música que bailaban en el Zikuta: Midnight City, de M83; Sweet Disposition, de The Temper Trap…

Contuvieron las carcajadas para no despertar a Aia.

—Y a ti también —soltó él, de pronto.

—¿A mí? —preguntó Teresa, sin saber a qué se refería.

—Sí, os he echado de menos a las dos.

Por un momento el tiempo pareció no haber transcurrido. Eran Tintxo y Tessa, los mismos de hacía diez años. Se estudiaron como si les hubieran imantado los ojos.

Él se inclinó hacia ella y se acercó a sus labios.

Teresa vaciló. Finalmente lo esquivó con dulzura y le dio un abrazo.

Martín rio por lo bajito.

—Lo tengo bien merecido; lo siento.

Ella le acarició la espalda con ambas manos. La tenía ancha y fuerte. Apoyó la mejilla sobre su hombro.

—Será mejor que me vaya a mi habitación, que me aleje de ti —susurró Martín—. Hueles demasiado bien para tenerte tan cerca.

—¿Mejor que el pan tostado? —bromeó ella, retirándose de él.

—Que descanses, Tessa —susurró, levantándose del sofá.

—Tú también, Tintxo.

Martín se encerró en su habitación. Miró a través de la ventana.

Qué bonita estaba la ciudad con aquel exceso de luces.

Las putas luces. Por su cabeza desfilaron los acontecimientos de manera cronológica: apuñalamiento, chico ahogado, Nuria, hombre muerto en el local de la calle Nueva, los crímenes de El Bacarot, su hermana, sus padres y…

Teresa. Oyó un golpeteo casi imperceptible al otro lado.

¿Habían sido imaginaciones suyas? Volvió a oírlo.

Avanzó hasta la puerta y la abrió. Ella estaba allí.

—No quiero que te lleves una impresión equivocada de lo que ha pasado en el sofá —soltó Tessa.

—¿Sobre qué?

—Pues sobre… lo de… Te has acercado a mí y yo…

—¿Hablas de lo bien que haces la cobra? —dijo él riéndose—. No pasa nada, de verdad.

—Ya lo sé, pero me gustaría aclararlo.

Oiasso la invitó a entrar. Se sentaron en la cama, la cual conocía a ambos. Pertenecía a ambos. Un lugar seguro y familiar.

—Ha sido un impulso, perdóname, y agradezco que hayas actuado con más sensatez que yo —comenzó él—. Es que me he sentido muy cómodo a tu lado.

—Yo también, Tintxo, y si no me he dejado llevar ha sido por Nuria. Sé que no estáis pasando por un buen momento. No soy de las que se entrometen en relaciones ajenas.

—Voy a dejarla, Tessa; llevo tiempo queriendo hacerlo. Es una historia complicada y si me he mudado aquí es para tomar distancia y dar el paso de una vez. Ya no soy feliz a su lado.

Se estudiaron unos instantes en silencio y, a continuación, se sinceraron.

Él le reveló lo mucho que extrañaba su vida, esa que tenía antes de empezar con Nuria y que se había propuesto recuperar.

Volver a ser quien era. Que llevaba unos años muy perdido, pero que no había sido consciente de ello hasta hacía no tanto.

Teresa le contó que había tenido una relación seria con un alemán con el que convivió durante cinco años, pero que lo dejaron tras el asfixiante confinamiento por el covid-19.

También le dijo que tenía decidido pasar un tiempo en Donostia para estar cerca de Aia, ahora que tanto la necesitaba.

Que podía teletrabajar la mayor parte del tiempo.

Su jefe se conformaba con que viajara a Londres un par de veces al mes.

Los dos descubrieron que los problemas y los kilómetros que los separaban no habían alterado el cariño y la cercanía que sentían el uno por el otro.

—¿Sabes? Me costó mucho olvidarme de ti después de nuestro encuentro —le confesó ella.

—Yo muchas veces me he preguntado qué habría sido de nosotros si no te hubieras ido. Y me castigué por no haber dado el paso mucho antes.

Ella se mordió el labio y preguntó:

—¿Nos atraíamos desde hacía años o solo era cosa mía?

Él le sonrió, cómplice.

—Oh —se lamentó Tessa—. No tuvimos la oportunidad de intentarlo.

—Nunca es tarde, ¿no crees? —susurró Martín.

Se miraron a los ojos y después a los labios antes de que las bocas se encontraran a medio camino. Se besaron con dulzura, saboreándose.

Después, se abrazaron y se quedaron en silencio unos minutos.

—Deja que ponga mi vida en orden, ¿te parece? —le dijo él.

—Eso sería perfecto, Martín. —Teresa le dio un beso en la mejilla y se levantó—. Que descanses. Mañana nos vemos.

—Buenas noches, Tessa.