Donostia-San Sebastián
Sábado, 25 de junio de 2011
No es que celebrara mis cumpleaños por todo lo alto, al contrario, pero aquel día alcanzaba el medio siglo y decidí brindar con una copa de vino en el local que en el pasado fue una cestería.
Ver a mi hija a través del cuadrado recortado en el papel de estraza de la puerta acristalada, sin duda, sería el mejor regalo.
Desde 1980 no recibía ninguno: daños colaterales de vivir alejada de todos los que me querían.
Me conformaba con los detalles que me hacía a mí misma: una tarde en un spa, perderme durante horas en una librería y comprarme los libros que se me antojaran, una buena película en un cine de barrio, lejos de aglomeraciones, un viaje, una cámara de fotos nueva…
Tenía dinero para darme caprichos y tiempo para gastarlo con absoluta libertad solo en mí.
Intentaba no privarme: bastante me había robado ya la vida.
Llegué la madrugada del sábado y me acosté en el sofá. San Sebastián en verano no dormía y el barrio de Gros se había convertido en uno de los más codiciados de la ciudad. Qué lejos quedaba esa playa contaminada que bañaba la costa oriental de la capital guipuzcoana.
Me desperté temprano y desayuné una bebida de cacao y unas galletas frente al ventanuco.
Vigilar desde ahí no era tan fácil como antaño.
El día había amanecido soleado y la gente iba y venía con sombrillas, sillas y tablas de surf.
La calle tenía más vida de la que recordaba.
Mis visitas a San Sebastián eran ahora muy espaciadas y de la última vez a esta noté que el turismo había crecido.
Se respiraba un aire distinto: la prensa lo atribuía, entre otras cosas, al inminente cese definitivo de ETA.
Esperé y esperé, como ya me tenía acostumbrada la rutina del local, y no vi ni rastro de mi niña sin nombre.
O, mejor dicho: de la mujercita de treinta años a la que temía no reconocer.
Llevaba tiempo sin saber de ella. Imaginaba que ni siquiera viviría allí.
¿Adónde habría ido? ¿Qué habría estudiado?
¿Dónde trabajaría? ¿Juantxo también se habría marchado?
Comí un bocadillo, descorché una botella de vino y bebí dos vasos sin apenas cambiar de posición. Sentada en la silla bostecé de aburrimiento, me di varios masajes en el cuello, fotografié los rollos de rafia que seguían abandonados en un rincón y me entretuve como pude hasta que cayó la noche.
Cené un sándwich y me tragué el resto del vino junto con las enormes ganas de ver a mi hija. Como traía las expectativas muy bajas, apenas me llevé un chasco. Mi día a día me había dotado de un sistema inmunológico que combatía la tristeza como si fuera el peor de los virus.
A las once de la noche me levanté y estiré todo el cuerpo.
No iba a pasar la última hora de mi cumpleaños sentada allí dentro.
Tampoco entraba en mis planes volver a dormir en el viejo sofá.
¿Cómo pudo parecerme cómodo en algún momento de mi vida?
Estaba claro que ninguno de los dos éramos los mismos.
Salí de allí decidida a darme un paseo por la ciudad. Como bien dice el refrán, «de noche, todos los gatos son pardos» y yo iba a aprovechar esa ventaja. Llevaba la discreta melena de Scarlett Johansson en Match Point, rubia y capeada, un pantalón de lino y una camiseta blanca de manga corta.
Contemplé el Kursaal, inaugurado doce años atrás.
Era auditorio y palacio de congresos. Una obra contemporánea compuesta por dos cubos de vidrio translúcido, «dos rocas varadas junto al Cantábrico», como Rafael Moneo, el propio arquitecto, la describió.
Estaba en Gros, junto a la desembocadura del río Urumea, frente a la playa de la Zurriola.
Era allí donde se celebraba el festival de cine, ese que yo no había catado ni en una sola edición.
Bajé a la playa. Cuánto había cambiado tras la reforma y ampliación iniciada en el 93.
Sus aguas ya no estaban contaminadas y ahora contaba con un gran dique que calmaba el mar.
Recorrí la orilla descalza. Oía el oleaje y, por el rabillo del ojo, distinguía algún pico de espuma blanca.
Las playas donostiarras de la Concha y de Ondarreta eran más tranquilas en cuanto a corrientes marinas.
Por ese motivo esta era la favorita de los surfistas.
El agua estaba fría, entre diecinueve y veinte grados, parecida a la de Santander y unos cinco grados menos que la de Villajoyosa.
Cómo añoraba esa calidez. Mi piel seguía necesitando el Mediterráneo por mucho tiempo que llevara en el Cantábrico.
Salí por el otro extremo de la playa y me senté en el pretil, de espaldas al monte Ulía, que, aunque solo se intuía a causa de la noche, se alzaba poderoso para vigilar la ciudad.
Estaba cansada y se me habían quedado los brazos helados.
Mi paseo acababa ahí, para qué estirarlo más.
Cogería el coche y conduciría hasta Santander.
Me tomaría un cacao calentito al llegar a casa y dormiría en mi confortable cama.
Había sustituido mi antiguo Ford Fiesta blanco por uno más moderno color verde botella. Lo tenía en el aparcamiento Okendo. Mientras me limpiaba los pies con las manos, oí una voz que me resultó familiar.
—¡Hombre! Aspaldiko!
Me di la vuelta y lo vi. Era Juantxo. Se había detenido a hablar con un señor.
La mata de cabello oscuro se le había encanecido en las sienes.
Conservaba la figura; parecía en forma y, en vez de bigote, llevaba una barba recortada.
Sus ojos azules y su sonrisa relajada me desarmaron, como si no hubieran pasado los años.
Llevé la mirada de vuelta a la arena antes de que me descubriera.
—Aiba, Juantxo! ¡Cuánto tiempo, sí!
—Desde que te jubilaste no se te ve el pelo, Antonio —le recriminó él—. ¿Qué tal te trata la vida?
La conversación en la que se enfrascaron me dejó claro que ya no trabajaba en el hospital, sino en Correos. Se tiraron más de diez minutos recordando anécdotas y hablando de los compañeros, pero ni mu de mi hija.
Se despidieron con un «Cuídate» y tomaron caminos opuestos. Yo me bajé del pretil para seguir a Juantxo, que iba rumbo al Kursaal. Me figuré que habíamos paseado en paralelo, yo por la playa y él por la acera. El destino así lo había querido.
Llevaba unos vaqueros desgastados y una camisa remangada.
Andaba sin prisa, con las manos en los bolsillos, concentrado en el mar.
Los hombros rectos, la cintura estrecha.
Recordaba su olor, la temperatura de su piel.
Sus abrazos. El último me lo dio hacía más de tres décadas.
Fue en el hospital, tras dar a luz. Desde entonces no había permitido que ningún otro hombre se me acercara.
Durante estos años, el único abrazo que había recibido fue de una clienta a la que le arreglé una prenda que tenía un enorme valor sentimental para ella.
Le hizo tanta ilusión recuperarla que, en agradecimiento, se abalanzó sobre mí y me rodeó con un cariño sincero.
Juantxo se detuvo de golpe y sacó algo del bolsillo.
Era el móvil. Se lo llevó a la oreja para contestar.
Yo me apoyé en la barandilla sin perderlo de vista.
Desde mi posición no lo oía. La conversación fue breve.
Retomó la marcha. Yo también. ¿Y si había quedado con nuestra hija?
Recé a todos los dioses de la literatura para que así fuera.
A la altura de la gasolinera cogió la calle Gran Vía y tras caminar unos minutos giró a la derecha.
Me quedé a cierta distancia y lo vi entrar en nuestro antiguo hogar.
Me acerqué y miré desde la acera de enfrente hasta que la luz de la sala se encendió.
Suspiré.
El viaje no había sido en balde. Al menos había averiguado que él seguía allí.
*
22:00
Cuando dejó a su hermana y a Teresa a solas, Martín se encerró en el dormitorio de invitados y llamó a Nuria.
Le dijo que él y su familia estaban atravesando un problema serio y, por el momento, privado.
«Me conoces de sobra para saber que no es ningún tipo de excusa —aclaró él—. Quiero que tú y yo nos sentemos a hablar, cara a cara, aunque hoy no va a poder ser, lo siento. Te volveré a llamar mañana, ¿de acuerdo? Y, por favor, no te presentes en comisaría».
Tendrían ese encuentro y rompería. Habría sido más fácil hacerlo por teléfono —su sola presencia lo envolvía, lo anulaba—, pero él no era así.
Después, dejó los móviles metidos en el cajón de la mesilla y salió a la cocina a preparar algo de cena.
Se estaba lavando las manos en la fregadera cuando vio a Teresa salir de la habitación de Aia.
—A mi hermana le ha dado por los platos de cuchara. Estoy preparando unas lentejas, por si mañana no le apetece cocinar. —Se secó los dedos con un trapo—. ¿Qué tal está?
—En estado de shock —dijo ella, apoyándose en la encimera—. Rota. No sabe cómo comportarse ni sentirse.
—Agradezco que hayas venido.
—No me quedaba tranquila. —Se frotó los ojos. Estaba amodorrada tras haberse tumbado en la cama.
—Tengo unos canelones de espinacas en el horno. ¿Te apetece compartirlos conmigo?
—Claro.
—Son congelados, no te creas que me he vuelto un cocinillas. —Sonrió.
—Pues no me sorprendería. Tú siempre has sido muy mañoso, Martín; casi todo se te daba bien si te lo proponías.
Él prefirió no contestar. No estaba seguro de qué quería decir Teresa con eso. Le dio la espalda y abrió el horno para meter media barra de pan.
—Mi aita me ha dado el gusto de comerlo caliente y tostado. De niños nos lo preparaba así. Sobre todo acostumbraba a hacerlo en la sartén.
—Tus padres lo estarán pasando mal —dijo ella, sacando la vajilla de un armario. Al estirar el brazo el jersey se le subió, dejando a la vista la cintura desnuda.
El oficial Oiasso apartó la mirada de su piel y se preguntó qué habría sido de ellos dos si Teresa no se hubiera mudado a Londres.
—Se arrepienten por no habérselo dicho a tiempo —contestó—, y ahora ya es tarde. Les he dicho que hay cosas peores, que no se fustiguen más, pero tienen un disgusto del quince. —Sirvió la cena y se sentaron a la mesa.
—Aia socorrió a su madre biológica tras la agresión —dijo ella, al rato—. Es delirante. La tuvo entre sus brazos. Le salvó la vida.
—La cuestión es si es casualidad o causalidad. Vaya locura… Ojalá lo resolvamos pronto. El caso es más complejo de lo que en un principio imaginamos.
Ella le clavó los ojos, invitándolo a que prosiguiera.