La última luciérnaga Santander
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Santander

Miércoles, 18 de noviembre de 2002

Diez años habían pasado desde que Paco Lobatón dijera mi nombre en ¿Quién sabe dónde?, y desde entonces solo había conseguido ver a mi hija en cinco ocasiones.

Me costó retomar la rutina tras la emisión del programa.

No me atrevía a volver a San Sebastián por si ponía en peligro a mi niña y cuando lo hice ya habían pasado cuatro años.

¿Eran suficientes? ¿Debía aguardar más tiempo o había perdido toda objetividad a la hora de distinguir entre lo prudente y lo temerario?

En mi situación resultaba difícil mantener un juicio claro, e, hiciera lo que hiciese, me sentía una mala madre.

Las emociones me estrangulaban. Me volví más paranoica, si cabe, y visité Andorra para comprar una pistola táser y varios botes de espray de pimienta que siempre llevaba en el bolso.

Recuerdo la primera vez que me presenté en la capital guipuzcoana tras la aparición de mis fotografías en la televisión. Fui con miedo y encima no logré verla. Y así tantas y tantas veces. La niña ya era una adolescente y volaba libre como las gaviotas.

El tiempo también era un ave. A veces se dejaba mecer por el aire, sin prisa, pero otras agitaba las alas y se esfumaba sin mirar atrás.

Yo ya había cumplido los cuarenta y uno y mi hija los veintidós.

Casi nada. Habían sido unos meses de mucho ajetreo tras el cambio de la peseta al euro.

Me negaba a hacer el dichoso redondeo a los precios de los arreglos, y mis clientas y yo nos hacíamos un lío impresionante.

Pero lo prefería así. No se merecían una subida.

Gracias a ellas el negocio iba viento en popa y eso me había permitido blanquear el millón y pico de pesetas escondido durante años tras el zócalo del mueble del fregadero.

Ese día me levanté temprano, desayuné rápido y, antes de bajar al taller, abrí el baúl en el cual guardaba los viejos diarios y semanarios en los que aparecían noticias de los crímenes de El Bacarot. Los saqué y los puse sobre la cama, aún sin hacer.

En cuestión de pocas décadas la sociedad había cambiado mucho.

El tipo de sucesos que alimentaban las páginas de El Caso ahora saltaban de canal en canal.

En los programas y telediarios, cuanto más escabrosos fueran los hechos, más se hablaba de ellos.

Yo compraba menos prensa que antaño: veía la televisión y consultaba varios diarios digitales.

Ponía especial atención al apartado de las necrológicas, por si sonaba la flauta y volvía a toparme con alguno de los hermanos.

Echaba de menos leer El Caso. Aquella revista policial comenzó a publicarse en plena dictadura y tuvo que lidiar durante más de tres décadas con la censura del franquismo.

A mí me acompañó desde finales de 1979 hasta septiembre de 1997, año en el que dejó de editarse.

El 24 de ese mes bajé a un kiosco santanderino y pagué, no recuerdo cuántas pesetas, por el último número.

¿Qué habría sido de Olivia del Páramo? ¿Seguiría trabajando como periodista?

Acomodada sobre el colchón ojeé todas las noticias antiguas. Me metí un mechón de pelo negro detrás de la oreja. Llevaba la melena y el flequillo cortos, como Audrey Tautou en la película Amélie.

María de los Ángeles y José Joaquín Escala Zapata

Aún me impresionaba leer sus nombres y ver sus fotografías en las portadas. El Chrysler 180 rojo con el techo de vinilo negro volcado en una cuneta. Los primeros planos de la pareja de hermanos. Cuando los conocí rezumaban glamur. En aquellas instantáneas tenían más pinta de quinquis que el Lute.

¿Cómo pude estar tan ciega?

Carmen la Vila había sido la protagonista de una macabra pe­lícula sin saberlo, pero, lejos de ser actriz, había acabado ganándome la vida como mi madre siempre quiso. Qué irónico sonaba todo.

La primera detención tuvo lugar en noviembre de 1979 y la segunda en julio del 81.

¿Había posibilidades de que siguieran en prisión?

Aunque no tenía ni idea de leyes, lo veía improbable porque ya habían transcurrido treinta y un años desde los secuestros, violaciones y asesinatos.

Además, dudaba si por esto último los habrían condenado.

Dejé todo desparramado sobre la cama y encendí el ordenador. Puse en el buscador de internet «abogado penalista» y obtuve muchos resultados. Estudié los perfiles hasta que me decidí por uno. Un tal Juan Infante, de Bilbao.

Cogí el teléfono y llamé al número que aparecía en su página web.

El hombre contestó al quinto tono y yo le metí una bola sobre que estaba escribiendo una novela policiaca.

Como no podía contarle el motivo por el cual Quin y Angie nos mantenían secuestradas para que no lo asociara a los crímenes de El Bacarot, le dije que la trama iba de un matrimonio que explotaba sexualmente a varias chicas.

El resto del relato coincidía más o menos con lo ocurrido en la realidad.

—¿Cuánta pena les caería? ¿Podría explicarme el procedimiento tras un caso de estas características?

El abogado no me puso ninguna pega y contestó a todas mis preguntas con amabilidad mientras yo tomaba notas en una libreta.

1. La violación y el secuestro (o la detención ilegal) son delitos muy graves, sin contar los de proxenetismo, «trata de blancas». También se los podría juzgar por banda criminal. Las penas superarían los nueve años de prisión.

2. Entrarían en prisión los dos.

3. El juicio tardaría más de un año.

4. A los seis meses, antes de salir el juicio, el abogado pediría la libertad provisional y el juez se la daría con una fianza de entre 60.000 y 70.000 pesetas a cada uno.

5. Luego, una vez que los juzgaran, volverían a entrar a cumplir la pena impuesta o podrían recurrir su sentencia al Tribunal Supremo, y así retrasarían un año su entrada en prisión (hasta que el Supremo confirmara la sentencia).

—Perdone, ¿cuántos años se sumarían por los asesinatos de las tres esclavas sexuales? Por la primera parte les caerían más de nueve, ¿y luego?

—El asesinato puede suponer hasta veinte años de prisión por cada víctima.

—Se quedó callado—. Es difícil calcular la pena total, porque habría que sumar los secuestros y los delitos de proxenetismo, que ya elevarían la condena inicial de nueve años y podría acercarla a veinte.

A eso habría que añadir los asesinatos: unos veinte años por cada uno.

Es decir, alrededor de sesenta años para cada implicado.

Abrí los ojos de par en par. Si les había caído eso, ¡solo habían cumplido la mitad! El abogado no tardó en romper mis ilusiones al aportar nueva información.

—Pero en prisión no se superan los veinte años de cumplimiento, salvo en los casos de terrorismo.

Y si los personajes de tu novela trabajan o estudian en la cárcel, por dos días les quitan uno.

Con la mitad de la pena efectiva a cumplir y con buen comportamiento, les podrían dar la semilibertad, el tercer grado, y salir a trabajar y volver a dormir a la cárcel.

Y luego están los permisos que podrían disfrutar, treinta y seis días al año.

Resumiendo: cumplirían diez años y a partir de ahí dependería de su actitud, de una oferta de trabajo, etcétera, para poder aminorar la pena y no cumplir los veinte.

Ahí me quedó muy claro que, si no los habían vuelto a encarcelar por cometer nuevos delitos, Quin y Angie llevaban años en la calle. Punto.

*

19:00

Martín y Teresa se dieron dos besos cerca del portal de Aia. La amiga de su hermana había volado desde Londres para ayudar en lo que hiciera falta. Siempre habían estado ahí la una para la otra, sin importar los kilómetros que las separasen.

—Me llamó para contármelo y desahogarse —dijo—. Dios mío, no sabía ni qué decirle. Desde entonces no he dejado de darle vueltas y de mirar los vuelos que había disponibles. He pedido unos días en el trabajo para estar con ella.

Llevaba una trenza larga, un paraguas plegable, una maleta con ruedas y una gabardina caqui idéntica a la que vestía su hermana el día del apuñalamiento. Martín recordó las gotas de sangre sobre el tejido.

—Te lo agradezco. ¿Sabe que estás aquí?

—No. La llamé hace un rato y no me lo cogió. ¿Tienes idea de dónde puede estar?

—En teoría, en el hospital, con mi padre.

Pero he hablado con él y me ha dicho que se marchó porque no pudo entrar en la UCI, que fue superior a ella.

—Negó en silencio—. Subamos. Llevo un par de días alojado en su casa.

—Estiró el brazo para coger la maleta de Teresa.

Se imaginó que ella se estaría preguntando si las cosas no marchaban bien con Nuria.

—Gracias.

En el ascensor evitaron mirarse a los ojos.

Hacía años que no se veían. Siempre le había parecido una tía inteligente, guapa y divertida, también buena persona.

Entre ellos había química, eso era indiscutible, y se remontaba a cuando a los dos se les alborotaron las hormonas en la adolescencia, pero no se liaron hasta la víspera de su marcha a Londres.

Un rollo de una noche que la distancia enfrió y al que la aparición de Nuria puso punto final.

—¿Qué tal te va en Inmaculate Black?

—No me quejo, pero echo mucho de menos Donosti —reconoció Teresa, ajustándose el cinturón de la gabardina—. ¿Tú qué?

—Ahora mismo no sabría qué decirte. Pero algo parecido a muy jodido.

—Claro, entiendo —repuso cuando el ascensor se detuvo en la planta.

El oficial Oiasso metió la llave en la cerradura y entraron sin hacer ruido. La casa estaba en penumbra y la puerta del dormitorio de Aia, entornada. Se asomó y distinguió un bulto bajo las sábanas. Avanzó con sigilo hasta él.

—Necesito descansar, Martín —murmuró ella—. Déjame, por favor.

Él se arrodilló. Apenas distinguía sus rasgos. Su hermana estaba de lado, tapada hasta la nariz, con la cabeza hincada en la almohada. Le acarició el pelo.

—Han venido a verte —susurró con afecto.

—No, no. No tengo ganas. —Aia se inquietó bajo las mantas—. Dile que se vaya.

—No puedo.

—¿Por qué? ¿Es la ama? ¿El aita?

—Es Teresa.

—¿Está aquí Tessa? —dijo al borde del llanto. Se incorporó—. ¿Tessa?

A Martín le emocionó su reacción. Le reconfortó comprobar que la amiga de su hermana seguía siendo un apoyo firme para ella.

En aquellos momentos, Aia necesitaba a alguien cercano, aunque ajeno a la familia, en quien apoyarse.

Él también habría querido contar con una persona así, pero estaba solo.

Su novia lo había ido aislando de todos.

Desde que estaba con ella se había convertido en otro, en alguien que ya no reconocía.

Entonces lo entendió: había llegado el momento de dar el paso. Existía un futuro para él. Sin Nuria.

—Eh, cariño, ¿cómo estás? —La voz de su amiga también sonaba quebrada. Entró en la habitación.

—Tessa, Tessa.

—Tranquila —musitó, sentándose en la cama.

Las dos se miraron. En los ojos de ambas había un sentimiento íntimo y precioso. Martín envidió el vínculo que tenían, esa amistad sana y bonita, imperecedera. Las vio fundirse en un abrazo y llorar en silencio.

Encendió la lamparita de noche antes de dejarlas a solas.

Las dos se tumbaron y hablaron largo y tendido sobre el tema. A Aia, tenerla a su lado le supo a refugio. Cuánta falta le hacía. Cuánto la había echado de menos.

—¿Qué voy a hacer? ¿Qué ha pasado? No entiendo nada.

—No puedes hacer nada. Solo aceptar que toda la gente que te quería lo sigue haciendo. No pierdas de vista eso. Nunca. Tu madre, tu padre, tu hermano…

—Me siento como una intrusa. Como una niña pequeña. Mi ama, Tessa… Joder.

—Tu ama es tu ama y siempre lo será. ¿Qué más da la sangre? ¿Acaso tú y yo compartimos parentesco? No, pero me da igual, eres como mi hermana.

Aia le agarró la mano. Que hubiese volado desde Londres para estar a su lado significaba mucho para ella.

Tessa valía su peso en oro y la adoraba.

Deseó haber estado a la altura cuando sus padres murieron en aquel trágico accidente.

¿Lo estuvo? Recordaba que lo intentó con todas sus fuerzas.

La apoyó todo lo que pudo y más, y no se separó de ella ni siquiera en los momentos más duros del duelo.

Aquellos en los que no quería ver a nadie y rechazaba cualquier ayuda.

—Eres mi media langosta, Tessa —dijo, parafraseando a Phoebe Buffay de Friends—, pero sin atracción sexual.

—Tú y yo agarraditas de las pinzas. —Su amiga jugueteó con sus dedos—. Para siempre.

Las dos hicieron un esfuerzo por reír.

—¿Por qué me abandonaría la tal Carmen? ¿Quién es en realidad?

—Tendrás que ser paciente.

—¿Sabes que he llegado a desear que no se despierte nunca? Pero yo no quiero tal cosa, son pensamientos involuntarios.

—Las emociones te van a estar jodiendo hasta que gestiones todo este papelón. No te culpes por nada. Ya irá todo poniéndose en su sitio. —Le acarició el rostro con ternura y ella apoyó la mejilla en su mano.

—Estoy agotada. —Aia cerró los ojos y suspiró.

—¿Ya has decidido qué hacer con lo del embarazo?

—Ni siquiera he cogido cita en la clínica. Estaba esperando a que avanzáramos en la investigación para ir, y ahora… todo me parece un mundo.

—Creo que deberías descansar. Por hoy ya has tenido suficiente. Necesitas unas horas de sueño para resetear la mente. Por cierto, ¿quieres comer algo?

—No tengo ganas. Merendé al bajar del hospital. ¿Y tú? Yo aquí aburriéndote con mis penas, sin preocuparme ni un ápice de ti. Seguro que estás muerta de hambre. Vamos, que te preparo algo. —Hizo el amago de levantarse, pero Teresa se lo impidió.

—Ni se te ocurra. Pido comida china o cualquier cosa.

—No te gastes ni un euro. El frigorífico está hasta arriba.

—Tú no te preocupes por nada. Yo me las arreglo.

—Vas a tener que dormir conmigo. Mi hermano está alojado en la habitación que sueles ocupar cuando vienes.

—¿Problemas en el paraíso?

—Y gordos… La innombrable es una cabrona de mierda.

Le resumió todo por lo que estaba pasando Martín y a Tessa le subió tal cabreo que a punto estuvo de pegar cuatro voces. Las dos cavilaron en silencio durante un buen rato.

—Anda, ve a cenar algo —dijo Aia con los ojos medio cerrados.

Teresa se levantó de la cama y la arropó.

—Me he marchado de Londres tan precipitadamente que no me ha dado tiempo de pillarte el trench, pero te regalo el mío.

—No —dijo medio dormida.

—Intenta descansar —susurró mientras apagaba la luz—. Y deja un huequecito en la cama para tu media langosta. No tardaré en volver.