La última luciérnaga Santander
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Santander

Miércoles, 11 de noviembre de 1992

Después de aparecer en el programa ¿Quién sabe dónde?

destruí las fotografías que yo misma había hecho y revelado de mi hija, aunque fui incapaz de deshacerme de todas.

Me tiré la semana en alerta por si tenía que salir huyendo.

Dos maletas preparadas y el dinero que guardaba tras el zócalo del mueble del fregadero bien empaquetado.

Durante los días posteriores, ninguna clienta ni vecino me mencionó nada. Si alguno me asoció a María del Carmen Rodríguez García, se lo calló. Si hubo un «Me recuerda a Cecilia, la de los arreglos», jamás me enteré.

Tuve la gran suerte de que mi madre no contara nada sobre el Taller de Costura Carmencita, como si le avergonzara hablar de la imposición que me hizo abandonarlos.

Solo relató que quería ser actriz y que ellos, en su momento, no lo entendieron.

Aquel dato omitido tenía un valor incalculable para mí y mi seguridad. Gracias, mamá.

Esa noche emitieron una nueva edición del programa y me lo tragué hasta el final.

Paco Lobatón hizo un resumen de los casos del miércoles anterior y mencionó el mío de manera breve: «Tras trece años desaparecida, y con su madre y su amiga en el plató, la propia María del Carmen llamó para decir que estaba bien. Si hubo reconciliación entre ellas, quedó en lo privado,

como ella solicitó».

Por mi culpa, y por la de los malnacidos de Quin y Angie, los telespectadores no verían un deseado y emotivo reencuentro.

Las siete noches siguientes fueron un infierno.

No dormía, no podía concentrarme más que en una desconfianza latente que me disparaba el pulso.

El miedo. Y, por supuesto, la pena. Ver a mi madre sufrir dolía, pero más desgarrador era saber que haber dado conmigo no respondería sus preguntas.

Mi Estrella, mi amiga, mi hermana, seguía a mi lado.

Qué tristeza más grande no poder disfrutar del milagro que son las relaciones con personas con las que no compartes lazos sanguíneos.

Según había contado mi madre, un hombre me había estado buscando por una deuda. Eran los hermanos; quiénes si no.

La presión me espoleó para que dejara bien atado un testamento.

Asigné todo a Juantxo. Si yo moría, él sabría qué hacer con mis bienes.

Recuerdo que comencé a fumar al salir del notario, pero lo dejé a los tres días, en cuanto me sorprendí chasqueando las uñas de los dedos meñique y pulgar mientras sostenía el cigarro.

La evocación de Angie me alejó del vicio.

Era la primera cosa que podía agradecerle a aquella cabrona.

Las aguas estaban tan revueltas que tomé la decisión de no viajar a San Sebastián durante un tiempo.

Hasta aquel momento, y aunque me parecía una miseria, porque no siempre conseguía ver a mi hija, mantenía la costumbre de ir dos veces al año, pero ahora me convenía no moverme de Santander y vigilar cada pequeño cambio que surgiera a mi alrededor.

*

18:30

El oficial Martín Oiasso se sentía arropado por su equipo y eso le inyectó una pequeña dosis de energía que lo ayudó a seguir adelante con la investigación.

Su vinculación personal había estado a punto de dejarlo fuera del caso, pero la subcomisaria había mediado para que permaneciera.

Su presencia era valiosa tanto por su profesionalidad como por la cercanía con una de las partes implicadas.

—¿Qué tal está Aia? —se interesó Eloísa.

—Es difícil saberlo. Está superada por todo esto. La he dejado en el hospital. Ella y mi padre iban a entrar a ver a Carmen.

—Bueno —dijo la subcomisaria, tras suspirar—, necesita tiempo. Todos lo vais a necesitar.

—¿Qué se sabe del cadáver del local? —preguntó Oiasso para ocupar su mente cuanto antes.

El equipo resumió todos los delitos que recaían sobre las espaldas de José Joaquín Escala Zapata y su paso por prisión. Martín no daba crédito. El apuñalamiento había traído de vuelta un caso terrible que llevaba décadas olvidado. ¿La madre de Aia tendría algo que ver con todo aquello?

—José Joaquín salió de la cárcel un año más tarde que su hermana y hasta hace poco eran propietarios de una agencia inmobiliaria valenciana —siguió Julio.

—Estamos intentando dar con María de los Ángeles —intervino la Verano—. Tuvo una hija de soltera llamada Brianna. A ver si conseguimos encontrar a alguna de las dos.

—Recuerdo vagamente los crímenes de El Bacarot.

Vosotros ni siquiera habíais nacido. En aquella época este tipo de sucesos no salían en televisión.

En las noticias hablaban del tiempo, de la política exterior e interior, de los accidentes de tráfico, que eran muchos…

—Eloísa se quedó pensativa—. Había un semanario en el que sí informaban sobre la crónica negra…

—¿El Caso? —la interrumpió Martín, irguiendo la espalda.

—Exacto. ¿Por?

—En casa de Carmen había una pila de ellos, además de otros periódicos.

—Estamos a la espera de recibir los informes policiales de antaño que hagan referencia a la investigación que se llevó a cabo, pero no estaría de más revisar esos noticiarios.

Voy a pe­dir a la Policía Nacional santanderina que les echen un ojo y, si hallan alguna noticia relacionada, que la escaneen y nos la envíen.

Martín pegó un brinco. Acababa de entrarle un mensaje al móvil.

—Vete a descansar —le ordenó la subcomisaria—. Hasta mañana a primera hora no tendremos material para seguir avanzando. Nosotros nos encargamos de todo.

Miró la pantalla. Era Teresa, la amiga de su hermana.