La última luciérnaga Santander #2
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Santander #2

—¿Te hizo algo tu padre o algún familiar? ¿Es eso?

—¡No, eso no! Jamás.

—¿Y entonces? ¿Estás en el extranjero? Tu padre y yo tenemos ahorros. Iremos adonde nos digas. Nos da igual a qué te dediques. Te apoyaremos en todo. En todo.

—Mamá, por favor, no me lo pongas más difícil.

—Llevamos más de una década sufriendo por ti. No es justo, hija. Cometimos errores, pero ¿fueron tan graves?

—La única culpable soy yo. Nadie más.

—¿De qué? ¿De qué, eh?

—De mi arrogancia —dije con lágrimas en los ojos—. De mi ambición. Y de mi ingenuidad.

—No digas tonterías. Tú no eres así.

—Tengo que dejaros. Cuidaos mucho.

Y, aunque creía que ya no podía estar peor, colgué un poco más rota de lo que ya estaba.

*

17:50

Juantxo le contó a su hija cómo conoció a Carmen y cómo la perdió.

No tenía más explicaciones. Llevaba cuatro décadas teorizando sobre ello, casi una vida entera marcada por la obsesión, la tristeza y la frustración.

También hubo alegría: criar a Aia, conocer a Inés y completar una nueva familia con Martín fueron regalos que Juantxo siempre agradeció al destino.

Aia escuchó atenta y se compadeció de él, pero necesitaba más respuestas. Estaba confusa, aturdida.

Después de prestar declaración en comisaría, subieron al hospital y se dedicaron a esperar en el ala de la UCI.

—Inés, tu madre, era íntima amiga de tu tía Mirentxu. El primer año tras el abandono las dos me ayudaron mucho. Yo estaba destrozado —confesó, tomándola de la mano.

Aia vio en los ojos de su padre una honda pena, pero también cierta esperanza. Llevaba años tras la pista de Carmen y por fin estaba a pocos metros de él.

—En un principio me creí lo de que nos dejaba porque quería ser actriz, pero enseguida supe que aquello no podía ser el motivo. Ella me quería. Lo sentía muy dentro, tanto como… mi propio amor. ¿Lo entiendes?

—No lo sé, aita. Yo…

—Barajé todo tipo de posibilidades… Que hubiera ingresado en una secta, que fuera una policía infiltrada e incluso que perteneciera a ETA…

, o qué sé yo. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas.

No te puedes imaginar el calvario por el que pasé.

—Tomó aire—. Tu tía Mirentxu quería a toda costa que empezara una relación con Inés, que me olvidara de Carmen.

Pero yo no podía. Estaba cegado por el dolor y no lograba verla.

Tu madre es una bellísima persona, ya la conoces, pero yo no podía. No podía.

—¿Y la ama qué opinaba?

—La ama llevaba años enamorada de mí. Se instaló en casa cuando cumpliste un año. En un principio, para ayudarme. Tu tía Mirentxu también pasó largos periodos con nosotros.

—¿Y los abuelos?

—Tardaron en reaccionar. Carmen nunca les gustó y se tiraron una buena temporada en shock.

—¿Y qué pasó?

—Poco a poco fui saliendo del pozo. No me dejé ayudar por ningún médico, ya sabes…

, por cabezonería y cosas del estilo, pero me habría venido muy bien, porque atravesé una depresión de aúpa.

Tu madre fue mi velero y ella supo cómo guiarme.

Nos casamos y tuvimos a tu hermano dos años después de que se viniera a vivir conmigo.

—Y me adoptó.

—Y yo también, cariño.

—No lo entiendo, ¿por qué?

—En el hospital donde naciste expidieron un certificado del parto: día, hora, sexo…

Podría haber llevado ese certificado al registro, pero Carmen lo hizo añicos y me dejó una nota en la que me decía que renunciaba a ti.

En el registro manifesté que habías sido abandonada y que desconocía quién era la madre para poder inscribirte solo a mi nombre.

—¿Y te lo permitieron?

—Era 1980. Por aquella época se hicieron muchas chapuzas.

Recuerda todos los robos de recién nacidos.

Estuvimos tentados de decirte la verdad muchas veces, pero ¿cuál es el momento idóneo de confesarle algo así a una hija?

¿Y para qué? ¿Acaso teníamos algo que contarte, más allá de teorías y humo?

Carmen era una incógnita en nuestra vida, y preferimos que tu hermano y tú desconocierais el sufrimiento que ocasiona el no entender, el no saber…

Los años fueron pasando y nos alejaron de la difícil confesión.

Aia apoyó la cabeza en su hombro, aunque lo que realmente necesitaba era estar sola.

—Cuando Carmen vino de Alicante, yo llevaba poco tiempo viviendo en Gros y los vecinos apenas me conocían.

Con ella tampoco intimaron mucho. Solo estuvo nueve meses instalada en el piso y, excepto conmigo y con tu tía, era bastante huidiza.

Tras el abandono, Inés entraba y salía de casa a todas horas con Mirentxu.

Al año, dejó el trabajo y su piso en Hernani para mudarse conmigo.

No es que se pareciera a Carmen, pero las dos eran delgadas y llevaban el pelo teñido de rubio.

Me sorprendió que para el resto solo había pasado una chica por mi vida.

Nos lo pusieron tan fácil que nos… acomodamos y dejamos de considerar decírtelo, hasta que, en 1992, doce años después de su marcha, su familia apareció en ¿Quién sabe dónde? ¿Recuerdas el programa?

—Sí, claro —dijo, apartándose para mirarlo—. El de Paco Lobatón.

—Llevaban buscándola desde que se vino a vivir conmigo a Donosti. Su amiga y su madre estaban desesperadas.

Juantxo le contó que Carmen llamó y pidió hablar en privado y que no se volvió a saber nada. Que él se puso en contacto con el programa para que le dieran detalles, pero que no los obtuvo.

—Aquello nos desequilibró mucho a tu madre y a mí.

Fue un punto de inflexión. ¿Debíamos decírtelo o no?

Estabas en la preadolescencia, era una mala época.

Discutimos mucho al respecto y tu madre se enfadó conmigo por haber llamado a la redacción.

Me acusó de seguir enamorado de ella… Aquello fue el inicio del fin.

Como bien sabes, nos separamos al año siguiente, en 1993.

—¿Y la ama estaba en lo cierto? ¿Seguías queriéndola?

Él no contestó.

—Llevas todos estos años esperándola —susurró, desbordada por los últimos acontecimientos.

La puerta de la UCI se abrió. Aia había estado hablando con el jefe de la unidad médica y los había apuntado en la lista para que tuvieran acceso a las visitas.

Juantxo se levantó como un resorte.

Aia pensó en su madre, en la que la había criado.

No podía hacerle eso. Su padre ya le había hecho suficiente daño.

Después sus pensamientos fueron a dar con su madre biológica, la que la había dado a luz para luego hacer pedazos la partida de nacimiento.

¿Con qué propósito? ¿Por qué huyó? ¿Qué le dijo a su familia de sangre cuando lograron dar con ella en los noventa?

¿Habría dejado ya de escapar cuando alguien la atacó en la calle? ¿Cuál era la pieza que faltaba?

La mujer que llevaba días luchando por vivir en esa habitación de hospital era una desconocida y estaba completamente sola. Aia la había atendido mientras agonizaba en un charco de sangre.

Supo que, tomara la decisión que tomase, sentiría que estaba cometiendo algún tipo de traición.

Con una madre o con otra.

—Entra tú, aita —dijo tragando saliva y clavando la vista en el suelo—, yo no… puedo.

Le dio la espalda y salió de allí tambaleándose.