La última luciérnaga Santander
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Santander

Miércoles, 4 de noviembre de 1992

—Hoy arrancamos el programa con la desaparición de una joven llamada María del Carmen Rodríguez García. Se marchó en junio de 1979 y la última vez que su familia habló con ella fue en noviembre de ese mismo año.

Yo estaba tumbada en el sofá ojeando la prensa cuando la voz calmada del periodista me sacó de la lectura. Miré espantada hacia la televisión y vi a Paco Lobatón, con su característico bigote y su traje sobrio, hablando de mí en el programa ¿Quién sabe dónde?

Tras la breve entradilla, apareció Villajoyosa en pantalla y mi madre en un primer plano de espaldas a la playa. El corazón me golpeó las costillas.

—Recuerdo perfectamente el día que se marchó.

Fue el 26 de junio, un día después de cumplir dieciocho años.

—Mi madre tenía la mirada triste, pero estaba guapa.

Llevaba un vestido gris de manga corta con doble botonadura y solapas.

El corte era impecable y le quedaba perfecto.

No me cupo la menor duda de que lo había confeccionado ella misma—.

Carmencita soñaba con ser actriz y su padre y yo, el día de su cumpleaños, discutimos con ella por ese motivo, también porque había dejado a su novio de forma impulsiva, sin consultarnos.

La mañana del 26 se fue temprano, sin decirnos nada.

Un rato más tarde nos llamó por teléfono para disculparse por ello y para que no nos preocupáramos.

Un fundido a negro remplazó en milésimas de segundos a mi madre por Estrella y a mí se me estrechó la garganta por culpa de tanta emoción.

—Carmen y yo éramos como hermanas. Yo la ayudé a marcharse.

—La que fuera íntima amiga mía se secó las lágrimas con un pañuelo.

Mantenía casi idéntico el corte de pelo de hacía trece años.

La melena larga y pelirroja con la raya al medio.

La única diferencia era que se había sacado un flequillo con volumen.

El exceso de maquillaje ocultaba las pecas de su rostro y la hacía parecer mayor.

Las dos teníamos treinta y dos años—. Estuvo trabajando en una discoteca de Alicante como camarera durante el verano.

En noviembre me llamó para decirme que se iba a Madrid. Que estaba muy bien.

La pantalla se llenó de fotografías protagonizadas por mí. Riendo a la cámara, de perfil mientras contemplaba el atardecer, sentada a la mesa de un restaurante el día de la boda de una tía materna.

—A nosotros también nos telefoneó. Era un 3 de noviembre y nos pilló comiendo. Dijo que estaba a punto de conseguir sus sueños, que no la buscáramos. —Mi madre se enjugó los ojos—. Fue la última vez que oímos su voz.

—María del Carmen Rodríguez García tenía dieciocho años cuando se marchó —dijo una voz detrás de cámaras—. Ya ha pasado más de una década y Prudencia sigue viviendo con el vacío que dejó la desaparición de su hija.

Me levanté y me coloqué frente al televisor temblando de pies a cabeza.

Ver sufrir a esas personas que tanto quería estuvo a punto de hacerme añicos.

Todo este tiempo buscándome, temiendo lo peor.

Me odié por haber desencadenado toda esa tristeza y angustia.

No se lo merecían. Nadie merecía algo así.

—Hoy nos acompañan en el plató Prudencia y Estrella. Llevan trece años sin saber nada de ella y creen que le sucedió algo malo.

Las dos miraban a la cámara con timidez. Estrella vestía un vaquero y una americana negra con hombreras y mi madre, un traje marrón de chaqueta y falda. Me arrodillé frente a ellas y toqué la pantalla. Lo que habría dado por abrazarlas. Aquella necesidad me dolió a rabiar.

—¿Por qué cree que a su hija le ocurrió algo?

Mi madre hizo un resumen de mi marcha, de mi paso por Alicante y de las últimas llamadas.

—Más o menos al año de desaparecer, un hombre se puso en contacto con su padre y conmigo.

Nos contó que llevaba un tiempo buscando a Carmencita, que si sabíamos dónde podía estar.

Le dijimos que no y debió de creernos, porque no insistió mucho más y colgó.

A los meses se presentó en casa y volvió con la misma cantinela.

—¿También habló con usted, Estrella?

Mi amiga negó en silencio.

—El hombre no nos dio ninguna confianza —continuó mi madre—. Estaba muy serio y llevaba prisa. Quería encontrarla a toda costa. Mi marido le pidió varias veces que nos dijera el motivo.

—¿Llegó a contarlo?

—Sí. Por lo visto, mi hija le debía mucho dinero. Pero no sabemos más porque este señor no volvió a aparecer.

Mis fotos no dejaban de circular en la pantalla que había en el plató mientras mi madre y Estrella hablaban con nostalgia de mí.

¿Me parecía a aquella chica de diecisiete años?

Lo que estaba ocurriendo me ponía en una posición que no me convenía.

Corrí al baño para contemplarme en el espejo.

Llevaba la melena larga, voluminosa y cobriza, como la de Geena Davis en Thelma y Louise.

—¿Alguno de ustedes ha visto a María del Carmen?

—Paco Lobatón miró a la cámara para dirigirse a los telespectadores—.

Desaparecida en la provincia de Alicante en noviembre de 1979.

Les recuerdo el teléfono de la redacción.

Antes de continuar con el programa, quiero contarles una buena noticia.

Varias de las historias que tratamos el miércoles pasado han tenido un desenlace feliz.

Recibimos muchísimas llamadas y cartas, y creemos que también es justo compartir con ustedes esos resultados. El primero es el de…

Paco Lobatón informaba sobre los avances y yo no dejaba de darle vueltas a cómo frenar el mío. ¿Cuál era la mejor manera?

Tiempo después supe que el programa tenía una lista interna con nombres de personas que se habían marchado por voluntad propia.

¿Quién sabe dónde? se hizo tan conocido que algunas de ellas llamaban a la redacción para dejar constancia de que no querían ser encontradas, por si algún familiar intentaba buscarlas en el plató.

Si el nombre aparecía en esa lista, el caso no se grababa ni se emitía.

De haber figurado yo en ella, mi madre y Estrella no habrían estado allí, ni ningún periodista me habría mencionado.

—Parece que tenemos una llamada relacionada con este caso. Buenas noches.

—Hola, buenas noches —dijo un hombre.

¿Quién podía ser? ¿Quién me habría reconocido? Apreté los puños.

—¿Con quién hablo?

—Me llamo Ignacio.

Su nombre no me sonó de nada.

—Me dicen desde redacción que tiene información sobre el caso de María del Carmen, ¿es eso cierto, Ignacio?

—Sí, conocí a esa chica hace años. Tengo un kiosco en San Sebastián y venía a diario a por la prensa.

Mi madre se llevó la mano a la frente y yo también.

—¿Está usted seguro de que se trata de ella?

—Sí, sí. Aunque llevaba el cabello teñido de rubio.

—¿Podría decirnos cuándo fue eso?

—Creo recordar que a finales de los setenta o principios de los ochenta. Estuvo acudiendo durante meses.

—¿Podría describirla?

—Era calladita y amable. Al sonreír mostraba una simpática separación entre las paletas. Medía más o menos metro sesenta y cinco y era delgada. —Mi amiga asintió con la cabeza para dar por válida la información—. Aunque enseguida empezó a echar tripa, porque estaba embarazada.

Estrella y mi madre se cogieron de las manos y las apretaron.

—¿Cuándo fue la última vez que la vio?

—Estaba el embarazo muy avanzado. A veces iba un chico a recoger la prensa para ella, pero pocas. No volví a saber nada de ninguno de los dos.

—Ignacio, le agradecemos mucho su llamada. Permanezca al teléfono; mis compañeros tomarán nota de algunos datos. Buenas noches.

—Igualmente. Agur.

—Estrella, Prudencia. ¿Cómo están?

—Bien. Emocionadas —reconoció mi madre. Miró a la cámara—. Por favor, Carmen, si nos estás viendo, di algo. Al menos que estás bien. Es un sinvivir para tu padre y para mí no saber nada.

Comencé a dar vueltas por el salón. Tenía que parar todo aquello antes de que llamara alguien más. Alguien de Santander. Si se hacía público mi paradero, ¿adónde iría? ¿Qué haría? ¿Otra vez a empezar de cero?

Descolgué el teléfono, marqué el número y saqué un pañuelo del bolsillo con el que tapé el altavoz. Los de redacción enseguida me pasaron con Paco Lobatón.

—Vamos a atender otra llamada. Buenas noches.

—Buenas noches. —Imposté la voz para dificultar que mis clientas y vecinos me reconocieran.

—¿Con quién hablo?

—Soy María del Carmen. La mujer que buscáis.

—Vaya —dijo, sorprendido—. ¿Sabe que están aquí su madre y su amiga?

—Sí.

—¿Quiere hablar con ellas?

—Sí, pero me gustaría hacerlo en privado.

El periodista se quedó callado durante unos instantes.

—Claro, respetamos su petición. Enseguida pondremos una línea para que puedan hablar en privado. Antes, permítame preguntarle si se encuentra bien.

—Por supuesto. Me fui por mi propio pie y todo está en orden.

—Me alegra oír eso. Ojalá este distanciamiento no sea definitivo.

Yo no dije nada.

—¿Lo es o no, María del Carmen?

—No lo sé.

Paco Lobatón miró a Estrella y a mi madre, y después a la cámara.

—Bueno, desde aquí solo quiero decirle que ojalá puedan arreglarlo. Les deseo mucha suerte.

Apagué la televisión y de inmediato me pasaron a otra línea.

—¡Hija, hija mía! —gritó, histérica.

—Mamá, tranquila, mamá. Todo está bien. —A mí me costaba contener el llanto que amenazaba con arrancar.

—¿Dónde estás? ¿Es verdad lo que ha contado ese hombre de San Sebastián?

—No, para nada. Me habrá confundido. Nunca he estado embarazada.

—¿Dónde vives? ¿Por qué no vuelves?

—¿Qué tal está papá?

—Con ganas de saber de ti.

—¿Y Estrella?

—Aquí, a mi lado. Tiene dos niños. Uno de siete y otro de diez.

—Carmen, te echo mucho de menos —confesó mi amiga con la voz tomada—. Llevamos años buscándote. Incluso puse un anuncio en una revista madrileña por si alguien sabía de ti.

—Lamento el daño que os he hecho.

—¿Estás en la capital? —quiso saber Estrella.

—No quiero revelarlo. Por favor, tenéis que respetarlo.

—Claro, pero ¿estás bien? No acabamos de entenderlo.

—Hija, hija. ¿Qué te pasa? —preguntó mi madre—. A nosotras puedes contárnoslo. Si tienes problemas, te ayudaremos a solucionarlos. El programa se vuelca en todos los casos, seguro que nos echan una mano. ¿Es por la deuda?

—No existe. No debo nada a nadie, pero no quiero regresar, mamá, es solo eso. Lo dejé bien claro el día que me fui.

—¿Aún sigues guardándonos rencor por aquella discusión?

—No, todo está olvidado.