Santander
Martes, 29 de julio de 1986
El tiempo fue pasando y, aunque seguí yendo a San Sebastián, Juantxo no volvió a descubrirme.
Compré muy cerca de mi antiguo hogar, a unos ciento cincuenta metros, un local minúsculo que llevaba siglos vacío.
Estaba a pie de calle y formaba parte de la ruta que había que tomar para ir de casa al centro.
Esa condición me permitía ver a la pequeña crecer.
Incluso conseguí hacerle alguna fotografía decente que yo misma revelaba en casa.
No iba más de dos veces al año para no obsesionarme y, por lo general, llegaba allí un viernes y me iba al día siguiente.
Veinticuatro horas. Las entradas y las salidas eran discretas y siempre de noche.
Un sofá donde me echaba a dormir en cuanto llegaba, cojines, varias mantas, una silla, un retrete en una habitación contigua y dos rollos de rafia abandonados en una de las esquinas.
Nada más. Mi puesto de vigilancia había sido anteriormente una tienda de cestería y todavía olía a mimbre.
No tenía escaparate, solo una puerta acristalada que había cubierto con papel de estraza, a excepción de un cuadrado de diez por diez centímetros.
Me despertaba temprano por la mañana, arrimaba la silla a la puerta y, sentada, observaba a través del ventanuco improvisado.
Un par de bocadillos, bebida y fruta. Ese era mi menú de acampada.
Cuando mi hija cumplió seis años, la vi.
Mi niña preciosa crecía rápido. Era delgada y espigada y tenía el cabello castaño y liso, como yo.
Aún seguía sin saber cómo se llamaba, de qué color eran sus ojos, cómo sonaba su voz, qué cuento le gustaba que Juantxo le leyera por las noches…
La información que recibía a través del agujero era mínima, pero me conformaba.
¡Qué remedio! Había logrado verla sonreír y para mí eso valía oro.
Seguía suspirando por Juantxo. Estaba convencida de que nunca dejaría de quererlo. El amor que sentía por mi hija y por él era indivisible.
Él vivía con una chica que tenía un niño más pequeño. No sabía muy bien si era solo de ella o de los dos. En cualquier caso, parecían una familia feliz y eso me provocaba celos y alivio a partes iguales.
A mí me había echado los tejos un vecino.
Solíamos coincidir en la escalera y un día me invitó a ir al cine.
Era un chico muy guapo y amable, pero no podía encariñarme con nadie, y mucho menos dejarlo entrar en mi vida.
Además, me gustaba ver las películas sola.
Desconocía si se había tomado bien o mal la negativa y me daba igual, porque pronto dejaríamos de tropezarnos en el bloque.
Me había encaprichado de un piso más amplio al que tenía pensado mudarme.
Merecía vivir de manera más cómoda y podía permitírmelo.
Me iba tan bien en el taller que incluso los meses de verano cerraba el negocio por las tardes.
De Angie y de Quin no sabía nada nuevo. Los diarios y semanarios no volvieron a mencionarlos.
¿Se celebró el juicio? ¿Seguían en prisión?
Con las luciérnagas muertas, los testimonios se habían ido al garete.
Cabía la posibilidad de que los hubieran condenado por planear los asesinatos.
La incertidumbre me atormentaba, pero ¿a quién podía preguntar?
Recorrí el pasillo de casa. De arriba abajo y de abajo arriba.
Hasta que se me ocurrió una idea. Los artículos de El Caso sobre los hermanos siempre los firmaba la misma persona.
Una mujer. Una tal Olivia del Páramo. Mis años como lectora de prensa me habían enseñado a distinguir cuándo un noticiario se limitaba a hablar de los sucesos o cuándo iba más allá.
Ese semanario hacía periodismo de investigación.
Me atrevería a decir que era una revista policial.
Me acerqué al teléfono fijo. Tenía la opción de llamar a la redacción y pedirles que me pasaran con ella, pero no podía arriesgarme a que rastrearan la llamada ni dejar un indicio del prefijo que delataría la provincia en la que me ocultaba.
Debía ponerme en contacto con El Caso desde una cabina, lejos de Cantabria.
Consulté el reloj. Eran las tres de la tarde.
Cogí un mapa que desplegué sobre la mesa de la cocina.
¿Adónde iba? Enseguida descarté los pueblos, las ciudades pequeñas y el País Vasco.
Señalé Burgos y Gijón. Si me espabilaba, podía estar en cualquiera de ellas a las seis de la tarde.
Me decidí por la segunda porque tenía más población y, por supuesto, costa.
Conduje hasta allí ajustándome a la velocidad máxima permitida, aparqué y me metí en la primera cabina que encontré.
Marqué el número del semanario y una voz masculina contestó al segundo tono.
Pregunté si podía pasarme con Olivia del Páramo para hablar de un suceso. Él pidió mi nombre y yo recurrí al mismo que utilicé con los belgas.
—De acuerdo. ¿Lola… qué más?
Me mordí el labio. Había visto un cartel que indicaba cómo llegar a El Musel. No lo pensé más.
—Puerto.
—No cuelgue, por favor.
Me mantuve con el auricular pegado a la oreja durante un eterno minuto.
—Soy Olivia, dígame.
Su voz era clara y juvenil. Alegre. Yo me la había imaginado oscura, de ultratumba, supongo que influenciada por todas las noticias escabrosas que había leído escritas por ella misma.
Le expliqué que había seguido el caso de los hermanos Escala Zapata y que desde 1981 no se había vuelto a publicar nada sobre ellos.
—¿Me está hablando usted en serio? Esto no es una editorial en la que imprimimos cada semana un nuevo capítulo de una novela.
—Perdóneme, no quería ofenderla.
—No me ofende, pero el tiempo es oro. ¿Tiene alguna información que dar?
—¿Yo? No. ¿Por qué lo piensa?
—Porque eso es lo que le ha dicho a mi compañero y porque para eso ofrecemos el teléfono.
—Solo dígame si siguen en la cárcel y ya no la molesto más.
—Lola Puerto, ¿verdad?
—Sí.
—¿Qué relación tiene con los crímenes de El Bacarot?
—Yo ninguna. Es pura curiosidad.
—¡Esto ya es el colmo! —Olivia bufó al otro lado—. Haga el favor de no volver a llamar. ¿De acuerdo?
—Espere, ¡espere! No me cuelgue. Creo que la historia no se investigó a fondo.
—¿A qué se refiere?
—¿Le suena el ginecólogo Sandemetrio y la embrióloga Lefèvre?
Olivia se quedó callada.
—¿Quién es usted? —quiso saber.
—¿Y el Hospital General de Dios?
La periodista volvió a aguardar en silencio.
—Solo quiero saber si siguen en la cárcel —insistí yo—. Nada más.
—¿De dónde ha sacado esos datos?
Estaba claro que no era la primera vez que Olivia los oía.
—Hice mis investigaciones.
—Hizo sus investigaciones, pero no sabe si aún permanecen en prisión… —dudó ella.
—Sabe que la información es cierta, lo noto en su voz, y que esos nombres jamás aparecieron en ningún noticiario.
—Lola, le aconsejo que no siga por ahí. —Bajó el tono al decirlo—. ¿Lo entiende? María de los Ángeles y José Joaquín fueron a la cárcel y permanecen ahí. Los juzgaron y están pagando por lo que hicieron.
—Solo una última cosa. ¿Podría decirme cuántos años les cayeron?
—No lo recuerdo. Tendría que consultarlo. —Olivia carraspeó—. Vamos a hacer una cosa. ¿Por qué no me da su teléfono y la llamo en unos días?
La última pregunta me hizo captar sus intenciones. Aquella mujer tenía alma de detective.
—Si no le importa, la semana que viene me vuelvo a poner en contacto con usted. ¿Le parece bien?
La oí suspirar.
—Como prefiera.
—Muchísimas gracias, Olivia. —Colgué y tanto ella como yo supimos que no llamaría la semana siguiente, ni la siguiente.
No podía arriesgarme a seguir indagando sobre Quin y Angie. Debía detenerme y seguir como hasta el momento.
Viviendo bajo la identidad de Cecilia Martínez de Gomar no corría peligro.
Era la chica de veintitantos que hacía arreglos de costura.
Callada y trabajadora. Ya no tenía la característica separación de las paletas, porque me había cambiado la sonrisa a golpe de ortodoncia, y llevaba unas gafas sin aumento y el cabello muy rizado, a lo Sigourney Weaver en Cazafantasmas.
Me gustaba cambiar de imagen cada equis tiempo.
Era mi manera camaleónica de alejarme de Carmen. De mi mayor peligro.
Caminé por el centro de la ciudad. El día estaba despejado y aún le quedaba alguna hora al sol.
Soplaba una brisa intensa de esas que se cuelan por cada poro de la piel.
Me apoyé en la barandilla del paseo del Muro, frente a la playa de San Lorenzo.
Hacía pocos meses que un barco carbonero se había encallado y partido en dos en la bahía, contaminándola con miles de toneladas de carbón.
Distinguí una mancha negra en el arenal, pero no supe si se debía al naufragio.
Perdí la mirada en el horizonte antes de regresar a Cantabria.
*
17:00
La subcomisaria, que acababa de tomar declaración a Aia y a sus padres y estaba a punto de compartir con los Verano el motivo de la ausencia de los hermanos Oiasso durante las últimas horas, recibió los resultados de la necrorreseña tomada al cadáver hallado en el local de la calle Nueva.
Según el informe, pertenecía a José Joaquín Escala Zapata.
El hombre, nacido en Alicante en 1956, había estado en prisión por varios delitos cometidos junto con su hermana entre 1979 y 1980: secuestro, violación, fuga, inducción a tres asesinatos…
Ella, dos años mayor que él, había cumplido condena hasta el 93, y él, hasta el 94.
Decidió no demorarlo más y reunirse con la mitad del equipo.
Julio Etxeburu y Maitane Agosto se quedaron consternados tras enterarse de los vínculos que unían a Aia con la primera víctima.
—¿Esclavas procreativas? —se indignó Maitane Agosto—. Es que es muy heavy. Estamos hablando de 1979. ¿Qué puto tinglado tenían montado en El Bacarot? ¿Y Cecilia tenía relación con esa red criminal?
Los tres cavilaron sobre ello.
—¿Cómo de probable es que el encuentro entre Cecilia y Aia durante el encendido de luces fuera casual? —preguntó él.
—Poco —opinó la agente—. Todo parece indicar que Aia ignoraba su situación familiar, pero eso no implica que Cecilia también. ¿Y si era la mujer quien seguía los pasos de nuestra compañera? La pregunta es para qué perseguirla con una táser.
—Dudo que para atacarla. —La subcomisaria se metió un mechón de pelo detrás de la oreja—. ¿Y si era justo lo contrario y pretendía protegerla? ¿De quién?
Releyeron toda la información recabada de José Joaquín.
—Las marcas de la pistola táser en la nuca nos ponen en la pista de que quizá Cecilia fue quien le dio la descarga, lo ató y lo dejó ahí.
Aunque no paro de darle vueltas a cómo se las arregló con sesenta y dos años para hacerlo ella sola.
¿La ayudarían? ¿O lo atacó otra persona y lo de la táser es una mera coincidencia?
—Maitane se rascó la barbilla y a continuación buscó la autopsia preliminar—. El hombre murió pocas horas después.
—¿Recordáis lo que nos contó Lander? —dijo Julio—. Que en el bolso había dos móviles y dos carteras: una de mujer y otra de hombre. Apuesto a que Cecilia se llevó las pertenencias de él y por eso no las hallamos en el local.
—Un testigo del encendido contó a los Oiasso que la mujer apuñalada parecía estar buscando a alguien entre el gentío.
¿Cómo dijo exactamente? —Volvió a rebuscar entre los papeles—.
Aquí está: «Apareció sola y miraba en todas las direcciones. Tenía el gesto serio. Me dio la sensación de que, además de seria, estaba preocupada».
—Nos urge buscar a María de los Ángeles Escala Zapata, la hermana de José Joaquín. Voy a pedir a la jueza que nos conceda todas las órdenes que necesitemos hasta dar con ella.