Santander
Domingo, 26 de julio de 1981
Aquella mañana de domingo la noticia en El Caso de la detención de Angie y de Quin por los crímenes de El Bacarot me quitó toneladas de peso de encima.
Según decía Olivia del Páramo, la periodista que siempre firmaba los artículos de los hermanos, la policía había dado con ellos en Madrid y esa pista me hizo preguntarme si estarían en la capital buscándome.
Mi instinto conspiranoico y desconfiado me decía que sí.
Mi raciocinio no lo tenía tan claro y me pedía que dejara de darle vueltas, que lo importante era que volvían a estar entre rejas.
Por primera vez en mucho tiempo, lloré de alegría y me prometí bajar la guardia y respirar.
Mi niña sin nombre estaba a punto de cumplir un año y para celebrar las buenas nuevas me animé a viajar a San Sebastián.
De camino me imaginé acercándome a Juantxo y contándole la verdad. Podríamos hallar el modo de volver a estar juntos, yo no como Carmen, sino como Cecilia, y recuperar el tiempo perdido y vivir el día a día. Estaba tan animada e ilusionada que solo veía los pros.
Esperé frente al portal escondida tras un atuendo veraniego. Gafas de sol enormes y gorra con visera.
Juantxo y la niña salieron a las cinco de la tarde.
Ella iba sentada en una silla. Llevaba un pantalón bombacho blanco, una camiseta rosa chicle y un gorro que no me dejaba ver su color de pelo.
Desde la otra acera aprecié que tenía las manos y las piernas regordetas.
También una sonrisa en los labios que me colmó de dicha.
Fui tras ellos a una distancia prudencial. Juantxo había recuperado algo de peso y caminaba erguido y a buen paso. Vestía unos vaqueros de campana que yo misma le regalé y un polo marrón. Seguía enamorada de él, hasta el tuétano de los huesos, y necesitaba sus abrazos más que nunca.
Llegamos a un parque donde su hermana y una chica rubia los esperaban.
Mi niña agitó los brazos al verlas. Mi excuñada la sacó de la sillita y la aupó.
Oí a la pequeña reír a carcajadas mientras la subía a un columpio y comenzaba a balancearla.
Juantxo y la otra chica se sentaron en un banco, de espaldas a mí.
Yo estaba apoyada entre dos coches observando la escena como si estuviera viendo el estreno de la película más esperada de la historia del cine.
Me quité las gafas de sol. No pensaba perderme ningún detalle y me agacharía al mínimo movimiento.
Al menos, esa era la intención inicial, que no logré cumplir.
Juantxo se giró de repente en mi dirección y yo me quedé petrificada. No entendí las dimensiones del asunto, las consecuencias, como si él fuera el protagonista de un film grabado tiempo atrás. Un personaje que te mira, pero no puede verte.
Se levantó de un salto y avanzó hacia mí. Yo no pude moverme ni un milímetro.
—Carmen, Carmen —dijo frente a mí con el rostro demudado.
A los dos se nos humedecieron los ojos. Yo creí, o soñé, que iba a estrecharme entre sus brazos, pero no lo hizo.
—¿Qué haces aquí? ¿Dónde has estado?
Sus iris azules me colapsaron como una tormenta de granizo. Tragué saliva.
—¿No vas a contestarme? ¿Eh? —preguntó, nervioso.
Bajé la cabeza. Me comían la vergüenza y la incertidumbre de no saber cómo actuar.
—Vamos a casa y hablamos. Me debes una explicación, joder. Tenemos que sentarnos y hablar.
Quería que nos fuéramos juntos. Regresar al que fue nuestro hogar. Sonaba tan tentador…
—El miércoles cumple un año —susurré—. Todos los días pienso en vosotros.
Nos separaba un metro de distancia.
—¿Y qué quieres decirme con eso, eh? —Su pregunta sonó desesperada.
—A todas horas.
—¿Vas a volver?
Yo pensé en Quin y en Angie. En las tres luciérnagas asesinadas. Algunas de ellas habían muerto mientras ellos estaban en la cárcel.
—Carmen, joder. ¡Di algo!
—No, no puedo volver. Solo es que… que me gusta verla.
Él frunció el ceño.
—¿Que te gusta verla? —dijo, enfadado—. ¡No puedes presentarte así, sin más! La vas a confundir.
Me tapé la cara con las manos.
—Te largaste nada más volver del hospital. Nos abandonaste. Solo una nota. Una puta nota. ¿Qué clase de persona hace algo así?
Ni podía ni quería defenderme. Si le daba más información corría el peligro de comprometerlo.
—Soy una maldita egoísta. Perdóname.
—¿Me pides que te perdone?
—Sí.
—Pues dime cómo hacerlo —murmuró sin energía—. Me rompiste el corazón. Ni ella ni yo nos merecíamos algo así.
Nos miramos y el tiempo se detuvo. Se cortó el aire. Se callaron las voces. Quise acariciarle la mejilla y rozarle los labios con los míos.
—Vámonos a casa. Podemos arreglar las cosas —insistió—. No me dejes así otra vez.
—¡Juantxo! —gritó su hermana desde el parque—. ¿Va todo bien?
La niña empezó a llorar, pero desde donde yo estaba no las veía porque él me las tapaba. Solo reparé en la chica rubia, que se había alejado del banco y caminaba hacia los columpios.
—Que si va todo bien…, pregunta Mirentxu. ¿Qué opinas tú, Carmen?
—No era mi intención que me vieras.
Él respiró hondo y se tomó su tiempo antes de seguir.
—Pues si no vas a quedarte, vete. Bastante daño has hecho ya.
Empezó a moverse y yo lo agarré del brazo. Por unos instantes su piel volvió a ser mía. Su calor me electrificó la punta de los dedos.
—Quiérela mucho, por favor. —Me tembló la barbilla al rogárselo.
Él se desembarazó de mi mano y negó en silencio.
—No puedes estar hablando en serio.
—Lo siento, lo siento, lo sien…
—Piérdete —me cortó— y sé la puta estrella que siempre quisiste ser.
Se dio la vuelta y echó a andar. Yo me puse las gafas y me marché a toda prisa para evitar cruzarme con la mirada de su hermana y, sobre todo, para dejar de oír el llanto de mi hija.
Aquel día, de camino a Santander, tomé la decisión de relatar mi historia. La posibilidad de que tarde o temprano se supiera la verdad me ayudó a soportar el maremágnum emocional que me sacudía el alma.
*
15:30
María jamás recuperaría el dinero que llevaba décadas persiguiendo y Brianna tampoco cobraría ni un euro por haber estado buscando durante años a la supuesta ladrona.
Tenía que asumirlo y largarse de allí cuanto antes, pero ¿adónde, si no tenía nada?
Se buscaría la vida, qué remedio. Con ella no tenía futuro.
Además, estaba la fotografía de prensa que había descubierto por la noche, en la que aparecían el río, el cadáver del chico cubierto por una lona y varios ertzainas.
Entre ellos reconoció una cara familiar, la de la hija de Carmen. El lío era más gordo de lo que parecía.
María se había pasado toda la mañana fuera y llevaba un rato trasteando en la cocina. A Brianna le extrañó que no hubiese entrado en su dormitorio a tocarle las narices. Salió con más curiosidad que miedo y localizó sobre la mesa una caja de pizza y una botella de dos litros de Kas naranja.
—No he querido molestarte —le dijo con amabilidad—. Las dos necesitábamos descansar. Come algo, anda.
Brianna, de pie, abrió la caja y se llevó a la boca una porción de pizza. Estaba fría, pero le dio igual. El hambre mandaba. Le dio otro generoso mordisco y masticó con ganas. El engrudo se le pegó al paladar.
—Gracias —dijo con los carrillos llenos.
—Pronto nos iremos, pero antes nos encargaremos de una última cosa.
Brianna tomó asiento para seguir disfrutando de la comida y se sirvió un vaso de refresco.
—¿Una última cosa? Deberíamos trasladarnos a Santander —sugirió después de dar un trago—. Puede que esconda el dinero allí.
María se sentó enfrente y se encendió un cigarrillo. Le dio una calada.
—A mí eso ya me da igual. —Exhaló el humo hacia el techo y, mientras, chasqueó las uñas de los dedos meñique y pulgar—. Yo solo quiero que se haga justicia.
—¿A qué te refieres? —Dejó la porción de pizza sobre la mesa.
—No me mires así. ¡Está claro que Carmen mató a tu tío! ¿No quieres vengarlo?
—Si fue ella, la policía ya hará su trabajo. —Se pasó la lengua por los dientes para retirar los restos de comida. Saboreó el orégano.
—No busco esa justicia, Bri.
—¿Y qué quieres? —preguntó en un susurro. Le aterraba la respuesta.
—Qué va a ser, cariño. Acabar lo que empecé el viernes.
A Brianna se le puso el vello de punta y no supo si por la impresión o por el simple hecho de oír la palabra «cariño» en su boca.
—¿Lo hiciste tú? ¿Por qué no me lo habías dicho hasta ahora?
—Porque fue un impulso. Y una puta torpeza. Al verla no pude resistirme. Me hirvió la sangre. Erré por la condenada ansia. Más de cuarenta y cuatro años esperando ese momento y… —Apretó los labios—. Esa zorra nos robó y nos denunció. Nos jodió la vida.
—Tenemos que irnos…
—¡No! ¡Es una asesina! ¡Ha matado a tu tío! —Apagó el cigarrillo en un cenicero lleno de colillas—. No puede salirse con la suya. Esta vez lo haremos con cabeza para que nada salga mal.
Brianna empujó la caja de pizza para alejarla de ella.
—No cuentes conmigo —dijo a media voz.
—Subiremos al hospital. Será fácil, ya está medio muerta.
—Lo siento. Yo… —Quiso decirle que estaba muy limpita, como Nacho le había recordado, pero no se atrevió.
María apoyó los codos sobre la mesa y se echó a llorar.
—No sabes cuánto lo echo de menos —dijo entre lágrimas—. Nadie podrá reemplazarlo nunca. Era mi hermano. Mi adorado hermano.
—Lo siento…
A Brianna no le dolía la muerte de su tío, pero entendía que María estuviera triste y destrozada.
Aunque nunca quiso ahondar en la relación que tenían Joaquín y María, no tardó en percatarse de que, por mucho que le repugnara, eran algo más que hermanos.
Su tío salió de prisión un año más tarde que su madre y se fue a vivir con ellas.
Joaquín nunca le gustó ni un pelo. Sentía por su madre una adoración que rozaba lo enfermizo y María, aunque lo quería, aprovechaba esa debilidad para manejarlo a su antojo.
Brianna para él siempre fue un estorbo. La ignoraba con descaro porque no era hija suya y porque traía de vuelta la traición que tanto le costó perdonar.
María se acostó a sus espaldas con un supuesto empresario al que quería pegarse como una lapa o desplumar a costa de un embarazo.
Pero probó su propia medicina… El tipo era un don nadie, un timador del amor.
—Conozco a Carmen —prosiguió María, lastimera—. Cuando se recupere vendrá a por mí. Esa aún no ha acabado. ¿Es lo que quieres?
—No, claro que no. —Se levantó y se aproximó a ella—. No va a hacerte nada. Estoy segura. Debemos alejarnos de aquí.
El cuerpo de María se movía a causa de la congoja.
—Carmen es la maldad personificada. Créeme, cariño.
Brianna tragó saliva.
—Yo cuidaré de ti, mamá —dijo, acariciándole la espalda.
María detuvo sus espasmos.
—¡¿Qué te he dicho mil veces?! —exclamó con los ojos como platos. En su rostro no había huella de lágrimas. Se levantó.
—Lo siento. Eh…, no quería…
Un sonoro bofetón le cruzó la cara y acalló de golpe todas sus disculpas.
—No vuelvas a llamarme mamá. ¡Lo detesto!
Brianna se llevó las manos a la mejilla. Le escocía y quemaba como si se la hubieran abrasado con ácido.
—No volverá a pasar —murmuró, conteniendo el llanto.
—¿Y sabes a quién le debes toda esta mierda? —La señaló con el dedo índice—. A Carmen. ¡Solo a ella! Si yo no hubiera entrado en prisión, habría cuidado de ti y nuestro vínculo sería bien diferente.
Brianna reflexionó sobre ello. Su madre podía haber optado por quedarse con ella en una de las cárceles que por aquel entonces había preparadas para la crianza, pero prefirió que ingresara en un servicio de acogida.
Fue allí donde vivió toda su infancia y donde conoció a Nacho.
Él era lo mejor que le había pasado en toda su puñetera vida. Se lo agradeció al destino, a Carmen.
Se retiró las manos del rostro.
—Acabaremos con ella, María —dijo para ganar tiempo. Se dirigió a su dormitorio—. Ve pensando cómo quieres que lo hagamos —remató antes de encerrarse.
Al borde de un ataque de ansiedad, Brianna escribió un mensaje a toda prisa.
María está loca
Quiere que matemos a la mujer
Ya no puedo más
Fue ella!
La acuchilló y la muy cabrona no me lo ha dicho hasta hoy
Nacho contestó segundos después.
Qué??? Te llamo?
No, que puede oírnos
Estoy encerrada en la habitación, pero con lo desconfiada que es seguro que tiene la oreja puesta
Dime cómo puedo ayudarte, Bri
En cuanto se despiste me iré
No sé adónde, pero lejos de ella
Joder
Si me largo, no podré volver a vivir en su casa
No va a perdonármelo
Claro, lo entiendo
Tras salir de la cárcel, tardó unos meses en ir a buscarla al hogar de acogida.
Brianna llevaba un tiempo sin la compañía de Nacho, ya que su madre consiguió dejar atrás su adicción al alcohol y hacerse cargo de él.
Recordaba el vacío y la soledad que sintió sin su mejor amigo, sin su alma gemela.
Se fue con María a Valencia creyendo que empezaba una bonita etapa, que por fin volvía a salir el sol, pero a su lado solo halló tormentas y lo único que había hecho todos estos años había sido obedecer y callar a cambio de un «hogar».
Siempre solícita, a merced de su madre. Una criada.
Una esclava. Una maltratada. Gorda, vaga, infantil, fea, inútil.
Una carga de adjetivos que llevaba años arrastrando y que la paralizaba.
Voy a hablar con mi madre, Bri
Algo se nos ocurrirá
Luego te escribo
Gracias, Nacho
Prométeme que no harás ninguna tontería
Claro, amor
Te quiero