La última luciérnaga Santander
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Santander

Jueves, 29 de enero de 1981

El jodido universo conspiró para que el taller de costura funcionara desde el primer mes, para que aceptara de una vez por todas que estar entre hilos, agujas y prendas usadas era mi verdadero destino.

Además de trabajar muchísimas horas para entregar los encargos a tiempo, me saqué el carnet de conducir y me compré un flamante Ford Fiesta de color blanco que decidí estrenar conduciendo hasta San Sebastián.

Sabía que no era sano hacerlo, ni seguro, pero era incapaz de frenar el impulso de verla crecer.

Era mi niña, aunque no supiera ni cómo se llamaba.

Durante el embarazo, Juantxo y yo, al no saber su sexo, decidimos que elegiríamos su nombre cuando naciera.

Supongo que lo tuvo que hacer solo o con ayuda de su familia.

Ese día cumplía medio año. Seis mesecitos en el mundo.

Y no quería perdérmelo. Como lo tenía programado desde hacía una semana, me aseguré de entregar todos los arreglos pendientes antes del jueves.

Y la víspera, a última hora de la tarde, dejé una nota en el escaparate en la que explicaba que el negocio permanecería cerrado durante todo el día.

Salí bien temprano, aparqué en el barrio de Gros y merodeé cerca del portal de Juantxo. El invierno era mi aliado y me permitía ir camuflada bajo un gorro de punto y una trenca azul oscuro. Temía que esa alianza acabara jugándomela. ¿Y si hacía demasiado frío para salir a pasear con la niña?

Me tiré horas vigilando, arriesgándome a que la policía considerara sospechosa mi presencia. Pero mi cuerpo no me dejaba marcharme. Los pies clavados al suelo y mi corazón en esa vivienda que no paraba de mirar desde la acera de enfrente.

Cuando empezó a oscurecer y las luces de los hogares a encenderse, me di cuenta de que allí no había nadie. Tenía las manos, la nariz y los pies congelados. Y una tristeza que no cabía debajo de mi trenca.

Quizá se había mudado a la avenida de la Libertad, a la vivienda de sus padres, para que lo ayudaran con la crianza.

Comprobé la hora en el reloj de muñeca. Mientras decidía si acercarme allí o no, los vi aparecer.

Juantxo empujaba el cochecito y su hermana Mirentxu caminaba junto a él.

Estaba más delgado y el pobre tampoco sabía dónde esconder su pena.

Sentí mariposas en el estómago; después, una garra retorciéndomelo y matándolas a todas.

Los amaba y añoraba más de lo que creía. Más de lo que un ser humano podía soportar. Esa era mi vida. Ese era mi lugar. No podía ser real lo que estaba pasándome.

Se metieron en el portal y me quedé un rato ahí, pasmada, con los ojos puestos en la ventana, por fin iluminada por una luz cálida.

Recordé los olores que habitaban tras la puerta. Madera, ropa limpia y pan tostado en la sartén. Seguro que ahora se sumaban los del puré de verduras y los que emanaba la piel de la bebé.

Me monté en el coche y conduje como una autómata. Vacía. Gestionando las emociones que acababan de sacudirme. Aún incrédula.

Jamás imaginé que algo superaría la tristeza que viví el día del abandono, o la primera semana en Santander, o pasar las Navidades sola en el piso de alquiler…

El sufrimiento no tenía fin y yo no lo soportaba más.

*

15:15

De casa de Aia a la de su madre había diez minutos andando.

Los dos hermanos fueron hasta allí caminando e intercambiando alguna que otra frase.

Estaban conmocionados y no tenían ni idea de cómo iba a reaccionar Inés.

¿Y si no lo sabía? ¿Y si fue un error en el hospital el día que dio a luz?

Martín ya no sabía qué pensar. Tal vez él tampoco era su hijo.

Ambos podían ser adoptados, pero entonces ¿por qué aquellas fotos de su madre embarazada?

La mujer les abrió el portal desde el interfono y los esperó en el rellano. Su semblante reflejaba extrañeza; intuyeron que por aquella visita improvisada. Entraron al salón sin dar explicaciones y ella los siguió.

—¿Qué os pasa? ¿A qué vienen esas caras? ¿Le ha sucedido algo a vuestro padre?

Las dos habían reaccionado de la misma manera. Temiendo por los que más querían.

Aia se echó a llorar. Le temblaba todo el cuerpo.

—Hija, ¿qué ocurre?

—El aita está bien —se adelantó Martín. Estaba inmóvil junto a su hermana, como si fuera un soldado custodiando a la reina.

Inés tampoco se movió ni un milímetro. Estaba anclada al parqué. Segundos después, tras oír a su hija hipar con desconsuelo, se aproximó y la abrazó.

—¿Es por tu bebé? —Le acarició el cabello.

Ella negó entre sus brazos.

—Cariño, dime algo. —Dio un paso atrás y le tomó la cara con las manos. Tenía la nariz y los labios congestionados, como cuando de niña se agarraba alguna rabieta.

—¿No eres mi… madre? —preguntó entre lágrimas.

Inés abrió mucho los ojos y sintió la opresión en todo el cuerpo.

—Claro que sí —dijo, aturdida. Le secó las mejillas—.

Eres mi hija y siempre lo serás. Al igual que tu hermano.

—Inés empezó a respirar con dificultad. Siempre había temido este momento, pero tenía la esperanza de que jamás llegara.

Mentalmente se había enfrentado a él de mil maneras posibles y, ahora que estaba sucediendo, las había olvidado todas.

—Siéntate, ama. —Martín la condujo hasta el sofá.

Ella apoyó las manos sobre las piernas y comenzó a estrujárselas.

—Lo he hecho lo mejor que he podido todos estos años. —Martín se acomodó a su lado y le pasó el brazo por los hombros.

Aia prefirió quedarse donde estaba. Aquel secreto la rompía. Sus padres eran sus pilares. Había confiado en ellos. ¿Dónde empezaba y acababa aquella farsa?

—Tienes que contarnos la verdad, ama, sin ocultar nada —le pidió Martín—. La madre biológica de Aia es la mujer a la que hirieron de gravedad en el encendido de luces.

Inés se quedó lívida y comenzó a agitarse.

—Tenéis que llamar a vuestro padre. Llamadlo. Que venga, por favor.

—¿Por qué? —preguntó Aia—. ¿Corre peligro? ¿Tiene que ver con el apuñalamiento?

—¡Llamadlo! ¡Llamadlo ya! —gritó al borde de la histeria.