La última luciérnaga Santander
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Santander

Septiembre de 1980

Me instalé en la nueva casa. Un tercer piso en un bloque antiguo de esos de escaleras de madera estrechas y desniveladas. Podría haberme permitido algo mejor, pero tenía que dosificar el dinero, por si las cosas se torcían.

Santander era menos sofisticada que San Sebastián y tenía una belleza distinta, más abierta y ligada al mar, con la que enseguida me familiaricé.

Me tiraba horas paseando por la costa. Repitiendo la misma ruta una y otra vez lloviera o hiciera sol.

La playa de los Peligros, la de la Magdalena, la de los Bikinis, el palacio de la Magdalena, las playas del Sardinero, el faro de Cabo Mayor…

Andaba sin tregua para aniquilar mi mala conciencia y para meditar sobre qué hacer con mi vida.

La temperatura de finales de verano no era como la de Villajoyosa.

En Santander ya empezaba a refrescar y eso me permitía patear a pleno sol a cualquier hora.

No me perdía ningún atardecer y apenas paraba para descansar.

Esa rutina obsesiva se encargó de aclararme las ideas y de ir sanándome, al menos, la capa exterior del alma.

En San Sebastián, a excepción del pellizco que se había llevado la falsa partida de nacimiento, apenas había gastado dinero, porque Juantxo se negaba a que aportara en casa.

Pretextaba que no ganaba mal y que sus padres lo ayudaban.

Yo compraba comida, toda la que él me permitía, y también ropa, algún enser para la bebé, prensa y poco más.

Pero mi estancia en Santander no estaba siendo gratis.

Entre unas cosas y otras, el millón cuatrocientas mil pesetas había bajado a un millón cien mil.

Si iba a asentarme allí durante una temporada, tenía que trabajar. Mimetizarme con el resto de los ciudadanos. Tocar lo menos posible el dinero robado que, al igual que en San Sebastián, escondía tras el zócalo del mueble del fregadero.

Le di muchas vueltas a qué tipo de empleo buscar. ¿Hostelería? ¿Limpieza? El sueño de ser actriz se había transformado en un espejismo. Y no podía apuntarme a ninguna academia de interpretación, ni siquiera por gusto, porque allí sería donde Angie y Quin me buscarían primero.

Mis devaneos me hicieron volver al principio de toda esta historia, al motivo que me empujó a marcharme de casa. No me iba a quedar más remedio que intentar ganarme la vida con lo que mejor sabía hacer.

Alquilé un pequeño local en el centro que adecenté yo misma.

Me hubiese gustado ponerlo a capricho, pintarlo en tonos pastel, darle un toque naif, bautizarlo con un nombre bonito…

; pero opté por el blanco para las paredes y la madera para las mesas, y no lo llamé de ningún modo. La austeridad como cómplice.

Compré un par de máquinas de coser y colgué un cartel en el escaparate que rezaba Se hacen arreglos de costura.

Aunque Angie y Quin desconocían esa faceta mía, por si las moscas, ni siquiera me permitiría el lujo de confeccionar prendas que llamaran la atención. No destacar como modista: ese sería mi lema. Sobrevivir.

Solo remendar prendas usadas, algo parecido a lo que estaba haciendo yo con lo que quedaba de mí.

*

14:15

Martín le había dicho que informaría a Eloísa Garo de lo sucedido durante la mañana y Aia había aprovechado para revisar varios informes antes de ir a comer con él.

Al consultar el reloj vio que había pasado casi una hora desde que se encerró en el despacho de la subcomisaria.

¿Y si su hermano se había largado sin acordarse de que lo estaba esperando?

Los Verano se habían ido hacía rato y, a esas horas, en general, en la comisaría el ambiente era más relajado.

Lo llamó varias veces al teléfono, pero no obtuvo respuesta, y lo buscó por los pasillos.

Preguntó al ertzaina de la puerta y le dijo que por allí no habían pasado Martín ni la subcomisaria. Le extrañó tanta demora.

Regresó a la oficina y ojeó la pantalla del móvil. Tenía un nuevo mensaje de Adrián.

He pedido un traslado a la comisaría de Bilbao y me lo han concedido

¿Se largaba por lo del embarazo? ¿Qué quería decirle con eso? Alucinada, apagó la pantalla sin contestar.

Quince minutos después, su hermano entró como un rayo y se puso la cazadora.

—¿Vamos? —dijo sin mirarla.

—Ya pensaba que no volverías. ¿Todo bien?

—Sí.

Aia observó cómo se subía con torpeza la cremallera.

—¿Nos quedamos a comer por el Antiguo? El Orburu está aquí al lado y los platos son deliciosos —propuso ella, ajustándose la bufanda. Quería contarle lo de Adrián—. Es que se ha hecho tarde y creo que no nos merece la pena ir a casa. Mira qué hora es…

—No puedo. Tengo que coger algo del dormitorio de tu piso —mintió. No podía soltárselo en un bar. Necesitaba un lugar tranquilo y seguro para hablar con ella—. Vamos a casa. Da igual si regresamos más tarde. No te preocupes.

—Como quieras.

Aia lo siguió por el pasillo. No era capaz de verle la cara; era como si la esquivara. Se preguntó si el encuentro con Nuria tendría que ver con su extraña reacción. Desde que apareció en la comisaría, no había vuelto a ser el mismo.

—¿Va todo bien? —le preguntó.

Su hermano caminaba a buen ritmo.

—Es por el caso; no deja de danzar en mi cabeza. Qué mañana más larga.

Salieron por la puerta.

—¿Qué tal te ha ido con Nuria? —Él iba unos pasos por delante. Le costaba alcanzarlo.

—Bueno, ya sabes. Le he dicho que por la noche la llamo, que la comisaría no era lugar para arreglar nuestras historias.

—¿Y se ha quedado conforme? —preguntó ella, subiéndose la capucha del abrigo para protegerse del sirimiri.

—No, ya la conoces. Oye, ¿te importa si vamos cada uno en nuestro coche?

Aia se detuvo y lo vio avanzar de espaldas. ¿Qué mosca lo había picado? Era ridículo ir de aquí para allá en los dos vehículos. Apenas tenían un rato para comer.

—Sin problema. Nos vemos en casa —dijo, pero en realidad creyó que ni debía de haberla oído porque los separaba un buen tramo.

Condujo meditabunda y sin prisa. No tenía ganas de enfrentarse a las rarezas de su hermano.

Joder, le había ofrecido quedarse en su piso, pero no había contado con esos cambios de humor que tanto detestaba en la gente.

Como empezara con tonterías y misterios, le iba a pedir que se buscara otro sitio.

Ella estaba muy tranquilita y no tenía ganas de tonterías ni de aguantar a nadie.

Si tenía problemas, que los arreglara. Él no era el único que lidiaba con contratiempos.

Su hermano llegó antes que ella. Se lo encontró en el comedor sentado a la mesa en absoluto silencio.

La cazadora estaba colgada de la silla y tenía los brazos cruzados.

Las manecillas del reloj de la pared retumbaban por la estancia.

¿Ni siquiera se había molestado en sacar la comida del frigorífico?

Se consideraba amable y generosa, pero hasta cierto punto.

—Estás en Babia, tío —protestó, incapaz de morderse la lengua.

—Aia, siéntate, por favor —dijo sin apenas mover los labios.

Procesó lo que acababa de pedirle e intentó descifrar el tono en el que se había dirigido a ella. ¿Serio? ¿Triste? ¿Preocupado?

—¿Qué ocurre?

Martín se levantó y retiró la silla de enfrente para que se acomodara. Ella obedeció sin quitarse siquiera el abrigo, la bufanda y el bolso. Seguía sin conseguir que la mirara a los ojos.

Él volvió a tomar asiento.

—Verás… —La cara de Martín había adquirido el tono del mármol y tenía los ojos irritados, como si hubiera llorado.

—Eh, ¿qué sucede? Me estás asustando.

Él la agarró de las manos, que tenía sobre la mesa. Su hermano no acostumbraba a manifestar ese tipo de muestras de cariño.

—¿Los aitas están bien? —preguntó, nerviosa—. ¿Ha pasado algo con ellos?

—Tranquila.

—¿Cómo voy a estar tranquila? ¿Te has visto? Pareces un fantasma y después… esto —dijo, deshaciéndose de sus dedos.

—Es sobre la muestra de ADN que te tomaron los de la científica.

Aia se miró la herida. Aún tenía una costra gruesa.

—¿Qué pasa con ella?

Por su cerebro desfilaron varias ideas descabelladas a toda velocidad. ¿Los resultados habían arrojado que tenía una enfermedad rara o, peor aún, terminal? ¿Era sospechosa del apuñalamiento? ¿Se había contagiado de algo grave?

Martín intentó volver a cogerla de las manos.

—No, déjame.

—Aia, cálmate —pidió, acercándose a ella. Se arrodilló a su lado.

—¿Qué haces? Dime que los aitas están bien. ¿Y Tessa? ¿Le ha pasado algo?

—Están todos bien, ¿vale?

¿Qué podía haber tan grave que a su hermano le estuviera costando tanto revelar?

—¿Es por ti, Martín? —A Aia se le llenaron los ojos de lágrimas—. ¿Estás enfermo?

—No, no, no.

—¿Entonces?

—Ya te he dicho que tiene que ver con el ADN.

Con los nervios, Aia lo había olvidado.

—Sí, el ADN —repitió, confundida.

—Ha salido una coincidencia entre el tuyo y el de la mujer apuñalada.

—¿Qué coincidencia?

—¿La conocías de algo? ¿Estabas en el encendido por ella?

—No, claro que no; pero ¿qué dices?

—Según los resultados, esa mujer es… tu madre.

A Aia se le cortó la respiración de golpe. Su mente procesaba y procesaba como el sistema operativo de un ordenador viejo.

—¡Qué tontería! Mi madre es la ama, al igual que la tuya. —Se levantó y le dio la espalda—. ¿Por qué me sueltas una cosa así?

—Aia, escúchame; por eso me he tirado tanto tiempo metido en la oficina de Eloísa… No es cosa mía.

Ella abrió la boca con el propósito de hablar, de preguntar, e incluso de chillar, pero sus cuerdas vocales no respondieron: estaban tensas, agarrotadas.

—Debe de ser un error —dijo por fin—. ¿La comisaria no baraja esa posibilidad?

—Eso es lo que demuestran los resultados del laboratorio.

—Se quedó callado unos segundos—. Yo le he dicho lo mismo; he insistido, pero me ha asegurado que los han repetido hasta que no ha quedado la más mínima duda.

¿Tú lo sabías, Aia? ¿O lo has sospechado en algún momento durante la investigación?

Es importante que reflexiones y me respondas con calma. Yo confío en ti.

Aia quiso protestar, pero luego recapacitó. Se volvió a sentar en la silla, despacio.

—No, joder, nada en absoluto. —Se llevó las manos a la cara. Algo le subió por la garganta y la asfixió—. Esto… ¿está pasando de verdad? Tiene que ser un error, Martín. Quiero que repitan la prueba. Han metido la pata.

Su hermano se levantó, la abrazó por detrás, le besó la coronilla y le contó la dichosa búsqueda que la víctima había hecho en internet antes del apuñalamiento.

—Lo siento mucho. Solicitaremos que la repitan las veces que haga falta. Tienes todo el derecho a pedirlo. Yo voy a apoyarte en todo.

Aia empezó a temblar. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Pero ¿cómo puede ser, Martín? ¿Y qué significa? —gimoteó, encogiéndose de hombros—. ¿Y tú? ¿Sabías algo? ¿Y si la ama tampoco es tu madre?

Él la atrajo más hacia sí y Aia se dejó arropar, vencida.

—Tenemos que hablar con ella. ¿Te parece?

—No sé si quiero ni si voy a… poder.

—Lo haremos juntos.