Donostia-San Sebastián
Martes, 29 de julio de 1980
Me quedé embarazada sin quererlo, no aborté por miedo y, muy a mi pesar, traje a «mi mundo espinoso» a la niña más preciosa jamás nacida.
Posiblemente exageré al creerlo así, pero la primera vez que me la pusieron en los brazos es lo que sentí.
Jamás había visto una criatura tan hermosa, lo juro y lo perjuro, y eso que la pobre estaba hinchada y enrojecida.
¿Amor de madre? ¿Catarsis después de haber pasado horas interminables de dolor?
Juantxo lloraba a mi lado. Creo que para él también era el ser más hermoso que jamás había visto. Su sensibilidad me rompió el corazón. ¿Cómo podía haberle hecho algo así a una persona tan noble? Mi mierda iba a destrozarlo. No lo merecía. Ninguno de los dos.
Las hormonas habían empezado a caer en picado y me inundó una tristeza con la que no contaba. Saberme tan amenazada tampoco ayudaba.
Con las emociones a punto de irse al garete, una niña a la que le costaba mamar y el amor de mi vida con una alegría que lo tenía desbordado, tomé la decisión más difícil de toda mi vida.
La de marcharme para protegerlos.
No solo era la luciérnaga que había robado y denunciado a Quin y a Angie. También la única que había parido. ¿Aquella bonita criatura podía ser de Quin? Recordé la perfección de Angie, una diosa perversa y vengativa, pero también bellísima. Querrían a la niña para ellos. No podía permitir tal cosa.
Conmigo lejos, no correría peligro.
Cecilia sustituiría a Carmen. Una mujer nueva, sin pasado, sin apegos por los que sufrir. Sin familia a la que poder hacer daño. Quise creer que sería algo temporal, hasta que los hermanos regresaran a prisión.
Parecía fácil. Solo tendrían que aprender a vivir sin mí, y yo sin ellos. Solo, solo, solo y solo hasta que pasara el temporal.
Tomé la decisión al día siguiente de darnos el alta en el hospital. Tenía que ser rápida, antes de inscribir a la bebé en el registro. Madrugué, rompí el certificado del parto y dejé los pedazos junto a una nota contundente que escribí para Juantxo. No podía buscarme. Jamás.
No ha sido hasta tenerla en los brazos cuando me he dado cuenta de que no estoy preparada para ello. Sabes cuáles son mis sueños. Me marcho antes de haceros más daño. No me busques, por favor. Ha sido bonito, pero cuanto antes aceptes que se ha acabado todo y que renuncio a la niña, mejor.
Siento el daño ocasionado. Espero que encuentres la manera de perdonarme.
Carmen
Fría, concisa y emocional a partes iguales. Y con altas dosis de egoísmo.
No fue cobardía no decírselo a la cara. Si lo hacía, él detectaría que mentía, que me movían otras razones, y no quería arrastrarlo conmigo: la amenaza era real. No merecía vivir con el mismo miedo que a mí me perseguía.
Aprovechando que los dos aún dormían, me fui del piso. Todavía conservo intacto el recuerdo de sus rostros inocentes. Los dos ignoraban la traición que se les venía encima.
Temí que Juantxo fuera incapaz de afrontar la situación y entregara a la niña en algún orfanato, pero lo descarté. Contaba con el apoyo de sus padres y de su hermana, y además dudaba de que su sensibilidad se lo permitiera. Se haría cargo por los dos. Costara lo que costase.
Había huido de mis padres buscando algo de libertad, de Angie y de Quin por pura supervivencia, y ahora de Juantxo y de la niña para que sus vidas fueran seguras.
Cargué con la maleta por San Sebastián. Esta vez me acompañaba un dolor que castigaba cada célula de mi organismo.
Como si me hubiera automutilado. ¿Podría subsistir sin ellos o me desangraría antes siquiera de abandonar la ciudad?
Tragué saliva a duras penas para contener las ganas de llorar y me obligué a mirar al frente.
Finales de julio. Mucha gente de paso. Me fui hasta Irún en taxi e hice autostop cerca de la frontera con la esperanza de que algún voluntario me llevara a cualquier lugar, como había hecho meses atrás aquella pareja de belgas.
Mientras esperaba no dejaba de acribillarme un pensamiento. ¿Realmente me largaba para protegerlos o porque lo de ser madre me quedaba grande? Mi conciencia me puso un embudo y me metió esa idea hasta que me la creí por completo.
Un coche con matrícula francesa paró a mi lado. Dentro viajaban dos chicos jóvenes. Dudé si montarme o no. Tenía miedo. Todo me aterraba. Mi sentido del peligro estaba fuera de control.
—¿Adónde vais? —pregunté.
—A Galicia —contestó el que ocupaba el asiento del copiloto.
—Yo a Cantabria. ¿Me lleváis?
—¿Dónde queda eso? —Desplegó un mapa sobre el salpicadero.
Yo metí la cabeza por la ventanilla y señalé Santander.
—¿Podríais dejarme cerca de aquí?
Intercambiaron unas palabras en francés antes de acceder. Cargué la maleta sobre los sillones traseros. Ese esfuerzo me recordó que acababa de parir. Al sentarme, toda la zona pélvica me ardió.
¿Durante cuánto tiempo más tendría que demostrar fortaleza? ¿Podría derrumbarme en algún momento?
Los dos chicos se pasaron el trayecto charlando entre ellos, como si yo no estuviera, y lo agradecí. También cuando, sin yo pedirlo, se desviaron de la carretera para dejarme en el centro de Santander. Les di quinientas pesetas que me costó que aceptaran antes de decirles adiós.
A media tarde me alojé en un hostal donde no me pidieron la documentación. Parecía un sitio tranquilo y la mujer que lo regentaba, discreta. Me dijo que la habitación era pequeña y sombría, pero con baño propio. Le pagué por adelantado una semana.
Estaba al borde del llanto. Ya no podía más. Mientras subía por las escaleras, las lágrimas comenzaron a escapárseme, desbordadas como un torrente sin control. Me encerré en el dormitorio y, ovillada en la cama, por fin me permití romperme.
*
13:15
Martín Oiasso llamó a los padres de Lander para informarlos de lo sucedido y ellos se personaron en menos de diez minutos en comisaría.
Sus semblantes manifestaban una mezcla de pena, rabia y decepción.
El oficial dio gracias por no estar en el pellejo de ninguno de ellos, tampoco en el de los padres de Marco; pensó en todo el sufrimiento con el que cargarían las dos familias.
Nuria nunca había querido tener hijos y, por primera vez, Martín lo celebró. No estaba preparado para ese tipo de embates. Los problemas que tenía encima ya le parecían colosales.
Antes de irse a comer, puso rumbo al despacho de la subcomisaria. El testimonio del chaval no había logrado arrancarle el noqueo que llevaba encima tras toparse con lo que Cecilia, María del Carmen o como quisiera que se llamase había buscado en internet.
—Eloísa, ¿te pillo en buen momento?
—Claro, justo estaba pensando en ti. Tengo que contarte algo, Martín. —Lo hizo pasar y lo invitó a sentarse.
Oiasso detectó cierta tensión en el rostro de la subcomisaria y dedujo que iba a hablarle de lo mismo.
—Yo también. Llevo un buen rato dándole vueltas a un tema que me preocupa, pero, entre las dos identidades de la mujer, el testimonio de Lander Abeita y la llegada de sus padres…, menuda mañana.
Eloísa Garo lo estudió y después carraspeó.
—Lo que quiero tratar contigo es un asunto… delicado.
—Sí, estoy al tanto —se adelantó él.
Ella arrugó la frente.
—No lo creo. De momento es confidencial.
—¿Te refieres a lo de mi hermana?
La subcomisaria, confusa, se puso las gafas y buscó entre los papeles que tenía sobre la mesa.
—¿Qué es lo que sabes? —tanteó ella.
—Es sobre una de las búsquedas que realizó Cecilia en internet. Aún no lo he compartido con el grupo hasta hablarlo contigo, porque aparece el nombre de mi hermana.
—¿Cómo dices?
—La mujer entró en el Instagram de Aia el día del apuñalamiento.
Garo apoyó el codo en la mesa y se rascó la barbilla, abstraída.
—¿Qué es lo que sucede, Eloísa? ¿Qué pasa con mi hermana?
—No sé ni cómo decírtelo, Martín. Mis superiores y yo llevamos toda la mañana decidiendo cómo abordar el tema sin poner en riesgo la investigación. —Se quitó las gafas—. Queremos hacerlo de la mejor manera posible.
—Me estás asustando. ¿Qué ocurre? ¿Aia corre peligro?
—¿Recuerdas que le tomaron el ADN a tu hermana porque manchó de sangre la ropa de la víctima?
—Sí, yo mismo se lo pedí a los de la científica.
—Pues bien, hemos recibido unos resultados… inesperados del laboratorio.
—No entiendo nada.
—La víctima es… —Se apretó la parte alta de la nariz—. Lo siento, Martín.
—Dilo ya, por favor.
—Cecilia y Aia son madre e hija.
TERCERA PARTE
Santander
Agosto de 1980
Los primeros días en Santander me costaba hasta respirar. Me sentía vacía, triste. Enfadada. Sin Juantxo y sin la niña era una matrioska hueca, perdida en mitad de un laberinto. No envolvía a ningún ser y nadie me arropaba a mí. Una soledad de dentro afuera que me tenía rota.
¿Cómo estarían ellos? Deseaba verlos por un agujerito para que su dolor me rematara. Creí merecerlo. Reconozco que fui cruel conmigo misma y que me aficioné a herirme más de lo que ya estaba.
Pese a todo, me levantaba cada mañana y seguía adelante con una fortaleza que no sé de dónde saqué.
Echo la vista atrás y me parece increíble la cantidad de cosas que hice durante esa primera semana.
Presenté la partida de nacimiento en la oficina de la Policía Nacional y, como ya me adelantó Caprichoso, me expidieron sin ningún problema un carnet de identidad a nombre de Cecilia Martínez de Gomar.
También abrí una cuenta de ahorros, alquilé un piso modesto, me hice el famoso corte de pelo garçon que Mia Farrow había popularizado hacía más de una década en La semilla del diablo, y me compré unas gafas grandes sin aumento que no me quitaba.
Pero lo peor y más difícil a lo que me enfrenté fue a los vestigios de mi reciente maternidad.
Mi organismo se empeñaba en seguir produciendo leche y tuve que disminuirla de manera gradual.
Cuando sentía los pechos llenos, extraía una pequeña cantidad con el sacaleches para reducir la presión y el dolor, aunque sin vaciarlos del todo, para evitar que siguiera generando.
Una tortura diaria que me recordaba que, a menos de trescientos kilómetros, mi niña reclamaría el alimento que entre lágrimas yo arrojaba por el retrete.
Y aunque Juantxo se estaría encargando de que no le faltara de nada, no dejaba de verla abriendo el pico en el nido donostiarra como un polluelo desesperado.
En algo más de un año había perdido a mis padres y amigos, al amor de mi vida y a mi hija. Un duelo se encadenaba con otro. Un bucle sin fin.
Mientras yo trataba de subir a la superficie, Angie y Quin seguían en paradero desconocido. Esos cabrones no dejaban de arrebatarme lo que más quería. Me había convertido en una fugitiva, en una paranoica y en una esclava de los diarios y semanarios.
Me consolaba imaginar que ellos tampoco lo estarían teniendo fácil.
María de los Ángeles y José Joaquín Escala Zapata separados y encarcelados. Estigmatizados. Y, ahora, perseguidos por la policía.
Secuestros, violaciones, esclavitud procreativa, presuntos asesinatos y fuga.
*
14:00
Martín trataba de encajar la información que Eloísa acababa de arrojarle a quemarropa. ¿Cecilia era la madre de Aia? Estaba quieto. En blanco.
—Comprenderás lo delicado del asunto —prosiguió la subcomisaria—. Seguimos sin saber quién apuñaló a esa mujer, y tu hermana, que se hallaba a pocos metros de ella, es su hija.
—Aia no pudo ser. Lo habríamos visto en las cámaras.
—En las grabaciones apenas se distingue nada, Martín.
—¿Qué insinúas? ¿Que existe la sospecha de que fuera ella?
—Es improbable, pero no podemos descartarlo.
—No me jodas, Eloísa —dijo, levantándose.
—Por cómo has reaccionado intuyo que no estabas al tanto de que tu madre no es, biológicamente hablando, la de tu hermana.
Martín sintió un ligero mareo. ¿Y suya? ¿Era su madre biológica?
—Tenemos fotografías en las que mi madre está embarazada. Tiene que haber un error. —Se colocó tras la silla y se agarró al respaldo—. Esto es una puta locura.
—Siento todo esto, Martín, lo siento de veras.
—¿Sospecháis también de mí?
—No. —Se metió un mechón canoso detrás de la oreja—. Durante el incidente estabas en la comisaría de Zarautz reunido con tu equipo.
—No puedo creerlo… ¿Me habéis investigado?
—¿Tú qué habrías hecho?
—Esto es un disparate… —dijo, dando vueltas por el despacho.
—Ya lo sé y lo lamento. Por eso llevo toda la mañana de reunión en reunión.
Se acaba de destapar de mala manera un secreto que supongo que tus padres llevan años guardando, y me fastidia estar en el meollo.
Sabes que te aprecio. Antes de que me ascendieran trabajamos juntos durante mucho tiempo y siempre he confiado en ti.
En tu lealtad y principios. Pero tenemos que llegar a la verdad del asunto.
Martín se acercó a la ventana y perdió la mirada a través del cristal.
—¿Y qué vais a hacer?
—Por lo pronto, hablar con tu hermana y con tus padres.
Sé que es duro y que nada volverá a ser como hasta ahora, pero no tenemos muchas opciones.
Estamos investigando un homicidio y otro en grado de tentativa —le recordó la subcomisaria antes de levantarse.
Se colocó a su lado y le dio un apretón en el brazo.
—¿Me dejáis que se lo diga yo?
—Desde luego, Martín. Es lo menos que puedo hacer por ti… y por Aia.