Donostia-San Sebastián
Lunes, 28 de julio de 1980
Llevaba veinticuatro horas noqueada, desde que la víspera bajé al kiosco y abrí El Caso.
Provincia de Alicante
Confirmado. Las tres esclavas procreativas a las que violaban y mantenían retenidas en el chalet de El Bacarot han muerto en extrañas circunstancias.
La pareja de hermanos en busca y captura por ¿asesinato?
La policía ha hecho público que se encuentran en paradero desconocido.
(pág. 17)
La policía investiga a los hermanos por su posible implicación en la muerte de las tres chicas
María de los Ángeles y José Joaquín Escala Zapata tenían una sólida coartada para las dos primeras muertes, ya que se hallaban en prisión, pero, tras llevar seis meses encerrados, el día 5 de mayo su abogado pidió la libertad provisional y el juez se la concedió a cambio de 70.000 pesetas cada uno.
El 22 de julio la tercera víctima murió al caer desde el balcón y la investigación llevó a la policía hasta los hermanos, que, a la espera del juicio, gozaban de permiso. La sorpresa fue mayúscula al descubrir que se habían esfumado.
Fuentes cercanas al semanario aseguran que hay un detenido por los presuntos asesinatos que ha señalado a los dos hermanos como inductores de los delitos.
Seguiremos informando de todas las novedades de este aterrador caso recién bautizado como «Los crímenes de El Bacarot».
Por Olivia del Páramo
Desde que cayó la primera luciérnaga, supe que corría peligro, pero no tanto. Ahora todas estaban muertas y Quin y Angie llevaban dos meses en la calle.
El pánico que campaba por mi cuerpo era tan incapacitante que lo único que quería era meterme en la cama y echarme a llorar.
Juantxo había trabajado de mañana y lo tenía danzando por casa, tan pendiente de mí como de una niña pequeña. Yo no podía saltarme la cita en El Caprichito. La partida de nacimiento me esperaba y la necesitaba más que nunca.
Le pedí que me dejara dar una vuelta, sola. La preocupación le ensombreció el rostro y yo pensé que no era para menos, y eso que él ignoraba la magnitud del asunto. Lo tranquilicé diciéndole que eran cosas de las hormonas. Que sentía una especie de enfado interior y que quería estar en silencio.
Accedió, qué remedio, y me marché.
No me había atrevido a confesarle mis planes, tampoco el terrorífico pasado vivido en el Bacarot y en el que, por momentos, aún parecía atrapada. Me daba miedo contarle toda la historia desde el principio, pero, mucho más, alejarlo de su familia. O que él se alejara de mí.
Quisiéramos o no, Carmen tenía que morir para que nuestro futuro pudiera seguir adelante.
Me prometí no postergarlo más. En cuanto tuviera la partida de nacimiento, le diría toda la verdad.
Llegué exhausta al local de la Parte Vieja, como si acabara de gastar las últimas energías de los músculos. Me notaba rara, medio mareada. La tripa tensa y más molestia lumbar de lo habitual. Lo achaqué a los nervios y al miedo, a mi avanzado embarazo. Al calor húmedo de finales de julio.
—¡La hermosa Cecilia! —gritó Caprichoso al verme. Estaba exultante. Me hizo pasar a su despacho y cerró con llave.
Yo no me senté en la caja. Me quedé de pie. Sobre el escritorio estaba la partida de nacimiento a nombre de Cecilia Martínez de Gomar, mi yo del futuro. Sostuve entre los dedos mi vía de escape.
Llevaba un pequeño bolso cruzado que abrí. Extraje los dos fajos de billetes y se los entregué.
Caprichoso no contó el dinero, pero sí lo comprobó. Con sus movimientos me dejó muy claro que estaba acostumbrado a manejar mucha pasta. A reconocer si era falsa o no. Sus manos eran como balanzas de precisión.
—Ha sido un placer hacer negocios contigo, pero no vuelvas por aquí —dijo muy serio. Se pellizcó el lóbulo donde llevaba el pendiente y sus ojos se convirtieron en dos rocas.
—No lo haré. —Una aguda punzada me atravesó del ombligo al pubis y se me cortó la respiración.
Las rodillas se me doblaron y a punto estuve de caer.
Me agarré la tripa dura y empecé a sudar frío.
Él me observó sin salir de detrás del escritorio, sin ofrecerme ningún tipo de ayuda.
Tomé aire, guardé la partida de nacimiento en el bolso y tiré del pomo dispuesta a largarme de allí.
Pero no pude, porque la puerta estaba cerrada.
—¿Me abres, por favor? —pedí a media voz.
Él me analizó desde la distancia, con desprecio. Tardó unos segundos en moverse y acercarse a mí.
¿Y si todo había sido una trampa para sacarme el dinero? ¿Y si ahora aquel maldito proxeneta hacía conmigo todo lo que quisiera? Por desgracia, había experimentado en mis propias carnes la peor vileza del ser humano.
Apreté los puños. Podía dar unos pasos, alcanzar una de las botellas de alcohol y rompérsela en la cabeza, pero apenas tenía fuerzas.
Caprichoso metió la llave y entornó la puerta.
Cuando yo estaba a punto de tirar de la hoja para salir, él apoyó la palma de la mano y de un golpe volvió a cerrar en mis narices.
Me lanzó una mirada turbia y se me aproximó tanto que percibí la peste agria que emanaba su piel.
—Si se te ocurre regresar…
—Jamás he estado aquí —lo interrumpí—. Y tienes mi palabra de que no volverás a verme.
Conforme, giró el pomo y por fin me franqueó el paso.
Aceleré la marcha y salí rápido, sin despedirme.
Una vez en la calle, me apoyé contra la fachada y me sequé el sudor con un pañuelo. El pinchazo y el encuentro con Caprichoso me habían dejado débil.
Arranqué a andar y, ya más recuperada, me dirigí a paso lento a la zona que frecuentaba Trini. Aún tenía que pagarle. La mujer no había puesto precio a su labor. Cien mil se había llevado el cura, cincuenta mil el proxeneta y veinticinco mil le daría a ella.
Desde la distancia vi cómo se encendía un cigarro. Vestía de rojo. Llevaba unos shorts y un top escotado. Me sonrió con sus dientes manchados de nicotina.
—Tu parte —dije, sacando los billetes—. ¿Conforme con veinticinco mil?
La prostituta miró en todas las direcciones antes de cogerlos con avaricia. Se los guardó en la cinturilla del pantalón.
—Claro, reina.
—Cuídate, Trini. —Quise decirle que no lo gastara en mierdas, pero bastantes problemas tenía yo como para preocuparme de los ajenos.
—Y tú. Y que vaya bien con… —Hizo un gesto con la cabeza en dirección a mi tripa—. Y también con lo otro.
—Gracias.
Un nuevo pinchazo me atravesó. Me agarré a Trini para no caer y a punto estuve de derrumbarla.
—¿Qué pasa? ¿Qué te duele? —preguntó, alarmada—. Tienes mala cara. Conozco al camarero del bar de aquí al lado. ¿Quieres que entre y llame a un taxi?
—Tranquila. Estoy bien. —Le solté el hombro y sus huesos oscilaron. Se le había caído el cigarro al suelo y giraba entre nuestros pies. Tomé aire—. He de irme.
Llegué a casa en menos de quince minutos. Conseguí esconder la partida de nacimiento en el cajón de los calcetines antes de decirle a Juantxo que estaba de parto.
*
12:00
El aviso llegó a última hora de la mañana.
Lander Abeita, un amigo de Marco Aizpurua, se había presentado en la comisaría para hablar con el equipo de investigación.
Los Verano lo reconocieron enseguida. Era un chico delgado y apocado con el que habían intercambiado unas palabras tras la incineración del joven.
El oficial Oiasso pidió a Maitane y a Julio que fueran ellos quienes le tomaran declaración.
Estaba seguro de que se abriría más y se sentiría más cómodo delante de dos caras conocidas.
Mientras hablaban con él, Martín y Aia se quedaron observando a través del falso espejo para no perderse ningún detalle. Lander vestía de sport y llevaba un flequillo de estilo tobogán, tan de moda entre los chavales de esa edad. Largo y con una onda en la punta.
—Cuéntanos por qué estás aquí —pidió el agente Julio Etxeburu después de conectar la cámara y de que tuviera lugar el protocolo pertinente de presentaciones.
Pese a la distancia que separaba a los hermanos Oiasso del chico, vieron cómo bloqueaba la mandíbula.
Todos aguardaron, expectantes. Él mismo había acudido sin ser llamado y era crucial que se expresase a su ritmo.
—Porque no puedo más. Ya no puedo más —reconoció, echándose a llorar. Apoyó los brazos sobre la mesa e hincó la cabeza en ellos.
La agente Maitane Agosto se levantó y le acercó un vaso de agua y una caja de pañuelos de papel.
—Tranquilo. Tómate el tiempo que necesites —le susurró.
Los cuatro lo oyeron sollozar e hipar durante un buen rato. Era como si la consternación y la congoja de Lander hubieran estado contenidas por el muro de una presa.
—Lo siento, lo siento mucho. —Levantó la cabeza y se restregó los ojos.
Maitane empujó la caja y él se secó la cara con un pañuelo.
—Bebe un poco de agua —le dijo.
—Marco no era un ladrón. —Se llevó el vaso a la boca con pulso irregular—. Vosotros no lo conocíais, pero era el mejor amigo que puedes tener.
—Sentimos mucho tu pérdida —susurró la ertzaina— y comprendemos que estás atravesando un momento muy duro.
—Nunca me había dolido tanto algo. No lo soporto. No sé si voy a poder con esto.
Julio tomó aire y miró a su compañera. Ella le hizo un gesto con la mano en petición de paciencia, pero no le hizo ni caso.
—Tu amigo robó el bolso —soltó—, eso es innegable. La cuestión es si le pagaron por hacerlo.
Lander abrió mucho los ojos.
—¿Pagarle?
—Es una hipótesis. Dices que no es un ladrón; entonces ¿por qué crees que Marco se vio envuelto en todo aquel lío el sábado? ¿Lo coaccionó alguien?
El chico volvió a derrumbarse sobre la mesa.
El Verano frunció el ceño y se remangó. Aia pensó que aquello era señal de que se le estaba acabando la paciencia.
Su compañero era un tío de acción y psicología tenía muy poca.
Dio un codazo a su hermano y este levantó las cejas.
Parecía ajeno a todo. La visita de Nuria lo había turbado. ¿Era eso o había algo más?
—Fui yo —dijo entre lágrimas.
—¿Tú robaste el bolso y se lo entregaste en medio de la huida ese sábado? —preguntó él.
—¡No! Fue por mi puta culpa. ¡De alguna manera lo forcé! Ojalá las olas me hubieran arrastrado a mí —se lamentó.
Aia vio a Julio tirarse del cuello del jersey. Se preguntó por qué no habría entrado a la sala de interrogatorios en camiseta de manga corta. Qué tío más nervioso.
—A ver, Lander, cálmate —dijo Maitane, serena— y cuéntanos todo desde el principio.
El chaval se aplastó el flequillo y agachó el rostro.
—Yo nunca lo había hecho antes, os lo juro, pero el… viernes… —tomó aire entrecortadamente— aproveché para llevarme un bolso que vi tirado en el suelo.
—¿Dónde fue eso?
—En el encendido de luces. Había quedado en el Kursaal y pasaba por Ramón María Lili cuando iba a empezar el espectáculo.
Me mezclé entre la gente y de pronto pasó aquello: hombres, mujeres y niños corriendo, empujones…
y el bolso en la acera. —Se detuvo unos segundos—.
Marco y yo nos habíamos encaprichado de unas zapatillas de marca que tenían todos nuestros colegas.
Nos daba vergüenza no poder permitirnos unas.
No estuvo bien, lo sé, pero cogí el bolso y me fui de allí.
—Lander, mírame —le pidió Julio. Él obedeció—. Para tu información, pertenecía a la mujer que fue apuñalada. ¿Tuviste algo que ver con eso?
—No. ¡No! Yo solo lo vi tirado. No tenía ni idea de quién era. Tampoco sabía lo que había pasado. Si no, no lo habría cogido.
—¿Qué sucedió después? —preguntó Maitane, mostrando indulgencia.
—Llamé a Marco… Nos repartimos el dinero y vendimos los móviles. El resto lo tiramos al mar desde el Peine del Viento.
—¿Qué más contenía?
—Dos carteras. Una de mujer y otra que parecía de hombre. Un paquete de pañuelos de papel y un neceser con un espejo y maquillaje. —Se mordió los labios—. No nos quedamos con las tarjetas de crédito. No somos de esos. Nos deshicimos también de ellas. Solo cogimos el efectivo y los teléfonos.
—¿Recuerdas los nombres que figuraban en la documentación que había en las carteras?
El chico volvió a aplastarse el flequillo.
—No, Marco dijo que era mejor no saberlo.
—Entiendo. —Julio echó el aire por la nariz.
—Lo siento. Jamás se me habría ocurrido hacer algo así, pero…, no sé, lo vi tan fácil…
—¿A quién vendisteis los móviles?
—A un desconocido por internet. Quedamos con él en el puerto, nos dio ochenta euros por los dos y se largó.
—¿Y qué pasó con el robo del sábado?
—Fue cosa de Marco. Sentimos tal subidón al pillarnos las deportivas, que quería más pasta para comprarnos lo que nos apeteciera.
Se sentía en deuda conmigo. Yo le dije que no hacía falta, pero aprovechó la aglomeración del encendido y le quitó el bolso a una mujer.
Su intención era repartir lo que tuviera conmigo.
—Le tembló la barbilla—. Salió corriendo y yo… no… volví a verlo.
Los dos amigos eran delgados y vestían de forma similar. Las cámaras del viernes no habían captado a Marco huir de Ramón María Lili, sino a Lander.
El equipo, por desgracia, conocía cómo continuaba y terminaba la historia del robo del sábado.