La última luciérnaga Donostia-San Sebastián
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Donostia-San Sebastián

Jueves, 24 de julio de 1980

Me cubrí para acudir a la cita: pantalones y un blusón holgado de manga larga.

Aunque era verano y el embarazo me provocaba sofocos cada dos por tres, prefería ir tapada a aquel antro donde se traficaba con el cuerpo de las mujeres y, seguramente, también con drogas.

La ropa era un escudo simbólico, lo sabía muy bien, y no me protegería de nada, pero me ayudaba a resguardarme, a no exponer más piel de la necesaria.

Llamé a la puerta de El Caprichito y esperé.

En la prensa no había hallado nueva información sobre las luciérnagas. Otra vez me encontraba en esa isla repleta de preguntas y de miedo. La situación seguía torciéndose como las ramas de un olivo centenario. Sentía que mi vida pendía de un hilo finísimo.

¿O estaba exagerando?

Caprichoso abrió y me invitó a pasar. Rogué que su contacto hubiera accedido a conseguirme una nueva identidad.

Me senté en la misma caja llena de botellas de alcohol. Cristal duro, impermeable. Al proxeneta seguían atemorizándole mis líquidos.

—Has tenido suerte. Él está dispuesto.

El corazón y el bebé me patearon por dentro como a una alfombra polvorienta.

—Os lo agradezco mucho. No sabéis cuánto.

—Pide cien mil pesetas. Y yo, cincuenta mil. —Me guiñó el ojo—. Te he ajustado el precio, no te creas, y si quisieras rebajar la cuantía —dijo, humedeciéndose los labios—, podríamos, ya sabes, llegar a un… acuerdo.

—No, gracias. Así está bien —lo corté—. Pero te pagaré cuando me des el carnet de identidad.

—¿Carnet? —se carcajeó él—. No, niña, es una partida de nacimiento. Tú ya te encargarás de hacerte el documento en una comisaría.

—Pero… yo ya tengo uno. ¿Cómo voy a ir…?

—Vas como si nunca te lo hubieras hecho.

—Me van a pillar. Es obligatorio tenerlo a partir de los catorce años.

—Tranquila —dijo, alargando la «a» final—, no te van a sancionar por eso ni a preguntar nada.

Me agité y él debió de notarlo.

—Va en serio, confía en mí. Cuando alguna de mis chicas lo necesita, lo hace así y nunca ha tenido ningún problema.

—Cogió una libreta y un bolígrafo—. ¿Qué nombre y apellidos quieres que figuren?

¿Y fecha de nacimiento? Te convendría no tener más de dieciocho, para levantar menos sospechas aún. Aunque no creo que seas mucho mayor.

—¿Mañana estaría?

—No, imposible. Hasta el lunes nada. —Se toqueteó el pendiente—. Mañana es festivo, el día de Santiago, y después es fin de semana. En el local vamos a estar a tope.

—Eso es mucho. ¿Y si directamente me lo entrega la persona que va a encargarse de hacerlo?

—Me temo que en la casa del Señor también van a estar atareados con las misas de estos días.

Lo miré sin saber a qué se refería.

—La partida de nacimiento te la va a falsificar un cura —aclaró—. ¿No te lo había dicho?

¿Un cura y un proxeneta? El dinero era capaz de unir hasta el agua y el aceite.

—De acuerdo. El lunes.

*

11:30

Tras la charla con Nuria, a Aia le costó ver centrado a su hermano. Tenía ganas de saber cómo había ido la conversación, pero el trabajo y la presencia de los Verano dificultaban cualquier acercamiento.

—Acaban de llegar los resultados de las búsquedas en el ordenador y la tablet de Cecilia —dijo Martín, abriendo un email—.

La mujer está suscrita a varios diarios digitales.

Hum, hum —emitió mientras leía para sí—.

El informático advierte en una nota que los equipos están muy limpios y solo ha podido acceder a las búsquedas más recientes.

Cine, literatura…, hum, cultura en general y… —Se quedó callado.

—¿Y? —preguntó Julio.

El oficial miró a sus compañeros.

—Y cómo sabotear una furgoneta. Un sinfín de trucos para pinchar neumáticos.

—Pero ¿qué le pasaba a esta mujer? —dijo Aia—. Alguien la seguía y estaba al tanto. Por eso la pistola táser y las búsquedas en internet.

—Esperad, que hay algo más. Parece un enlace de Instagram —informó al tiempo que lo abría. Martín, incrédulo, se quedó petrificado ante la pantalla. ¿Por qué? ¿A qué venía eso? Tragó saliva y disimuló.

—¿Qué pasa? —preguntó Maitane.

—Nada, nada. —Lo cerró de un clic—. Es el perfil de un periódico.

—¿De cuál? —dijo ella.

—De uno de esos a los que está suscrita —mintió para ganar tiempo—. Uno cántabro.

El equipo lo observaba como si no estuviera conforme con su respuesta.

—¿Estás bien? —preguntó Aia. Su hermano había perdido el color de las mejillas.

—Necesito un café. Dadme unos minutos.

Salió del despacho compartido y avanzó por el pasillo con inestabilidad, como si caminara sobre el hielo marino del Ártico. Llegó hasta la máquina y metió unas monedas. ¿Era cierto lo que acababa de ver? ¿Cómo iba a abordar la nueva información? Debía hablar con la subcomisaria.

—¿Qué te pasa, Tintxo? —Su hermana le puso la mano en el hombro y él se sobresaltó—. ¿Es por Nuria?

Martín le clavó los ojos, turbado. Cuando estaba a punto de abrir la boca, le sonó el teléfono. Lo extrajo del bolsillo. Era de su contacto en la Policía Nacional.

—Dime, Charo.

—(…).

—No, pero suéltalo ya.

—(…).

—Repítelo, por favor —pidió a la par que capturaba el móvil entre el hombro y la oreja.

—(…).

Martín lo anotó en una servilleta de papel.

—¿Y cómo puede ser?

—(…).

—Okey —dijo, volviendo a escribir—, gracias. Nos ponemos con ello. Envíame todos los detalles, por favor. Te llamo en un rato.

Colgó y miró a Aia.

—El cotejo de las huellas dactilares de Cecilia Martínez de Gomar acaba de poner sobre la mesa otra identidad. Una tal María del Carmen Rodríguez García.

—Pero…

—La primera coincidencia ha saltado enseguida, como la anterior vez que cotejaron sus huellas dactilares. Pero en esta ocasión han aguardado frente a la base de datos para asegurarse y es entonces cuando ha aparecido la segunda identidad.

—Una pistola táser y dos identidades. ¿Quién se esconde detrás de esta mujer?

—El DNI se expidió en los setenta en la provincia de Alicante. Volvamos al despacho —dijo, dejando olvidado el vaso de café en la máquina.

Los cuatro trabajaron codo con codo y contrastaron las dos identidades.

María del Carmen Rodríguez García nació en Villajoyosa y se hizo su primer DNI en 1976, con quince años, aunque no lo renovó nunca.

Habían buscado en todas las bases de datos y no habían encontrado ningún tipo de rastro, a excepción de una denuncia por desaparición que sus propios padres interpusieron en 1981.

Toda su familia procedía de Villajoyosa.

Cecilia Martínez de Gomar nació en Zaragoza a finales de 1961.

En 1980, cuando contaba con dieciocho años, se hizo su primer DNI en Santander, ciudad donde residía desde entonces y donde se sacó el carnet de conducir, se compró una vivienda y un local donde montó un pequeño negocio a pie de calle.

La mujer mantenía todo el papeleo en regla, sin deudas con la Seguridad Social, la Agencia Tributaria, etcétera y, a diferencia de María del Carmen, el equipo no había dado con ningún familiar.

—¿Ha estado viviendo con dos identidades todo este tiempo? —dijo Aia, asombrada.

—Más de cuarenta años —murmuró Maitane—. ¿Cómo es posible? ¿Robó una de ellas?

—En aquella época se podían comprar pasaportes falsos en Madrid —explicó Martín—, pero, según Charo, mi contacto en la Policía Nacional de Irún, había otras formas de hacerte una segunda identidad sin que te pillaran.

Por ejemplo, bastaba con conocer a alguien en el juzgado para que te falsificara una partida de nacimiento y después presentarla en una comisaría para que te expidieran un carnet de identidad.

Era sencillo, porque muchos de los documentos se rellenaban a mano.

—Claro —convino Aia—. Si no, habría sido imposible lo de los bebés robados en España. Hace poco leí que se estima que, entre 1940 y 1990, sustrajeron más de trescientos mil niños y niñas al nacer.

—Exacto. En los noventa se digitalizó el DNI y entonces se dieron cuenta de que había muchos errores en los emitidos en el pasado. Fue un auténtico follón.

—No dejo de darle vueltas a algo —intervino Julio—. El segundo DNI se lo expidieron en 1980, con dieciocho años. ¿No era obligatorio hacérselo antes de los catorce, como en la actualidad?

—Sí, pero si ibas más tarde ni te multaban ni te ponían ninguna pega.

Daos cuenta de que hubo muchísima gente que estuvo años viviendo exiliada en el extranjero y luego regresó —aclaró Martín—.

Ahora la cuestión que habría que resolver es si la identidad de María del Carmen es verdadera o también falsa, como sospechamos que es la que está a nombre de Cecilia.

Volvió a recordar una de las búsquedas en internet que había realizado aquella mujer, la del enlace de Instagram, y se le encogieron las tripas.