Donostia-San Sebastián
Miércoles, 23 de julio de 1980
Esa misma tarde volví a salir de casa. Los planes que había madurado durante semanas tenían que abandonar mi cabeza y materializarse. Si quería seguir sobreviviendo, no me iba a quedar más remedio que ponerlos en práctica.
Y así, espoleada por el miedo, caminé hasta el barrio obrero de Sagüés, en el extremo oriental de San Sebastián, junto a las empinadas laderas del monte Ulía.
Pasé junto a la explanada donde entre 1885 y 1976 se había alzado el matadero municipal.
Juantxo me había dicho que desde su derribo el barrio había ganado en salubridad y también el mar, al que durante décadas habían ido a parar los restos de los animales sacrificados.
Ahora en aquella zona había un terregal irregular lleno de charcos, utilizado como aparcamiento.
Ningún coche era nuevo y algunos estaban destartalados.
Me adentré en las calles del barrio. La calidad de la construcción de las casas dejaba mucho que desear.
Las fachadas, desconchadas y cubiertas de manchas de humedad, hablaban de abandono y precariedad.
Era un lugar al que no llegaban los planes municipales de mejora, y durante años muchos habrían preferido demolerlo para reorganizar el entorno urbano desde cero.
Qué lejos quedaban de allí la arquitectura burguesa y la aparente prosperidad de la ciudad.
Localicé a una prostituta y me acerqué a ella. Vestía un top y una falda que apenas le cubrían el cuerpo. Estaba flaca, desnutrida, y llevaba el cabello más decolorado que yo.
Me miró de arriba abajo cuando me vio aparecer. Supongo que el embarazo y mi aspecto de muñeca no encajaban en ninguno de los grupos de personas con los que trataba a diario en la calle.
Me paré enfrente de ella.
—¿Y a ti qué mosca te ha picado? —preguntó, dando una calada y echando el humo hacia el cielo. Calculé que tendría unos treinta años.
—Necesito tu ayuda.
Ella se carcajeó, enseñando unos dientes manchados de nicotina, café o ambos.
—A buena has acudido tú… No creo que yo pueda hacer nada por ti.
—Deja que lo intente.
Di un paso para susurrarle al oído lo que buscaba, pero ella se retrajo. De toda la chusma que se le acercaría a diario me temía a mí. Con mis labios abultados, el paño en las mejillas, el avanzado embarazo y el vestido con canesú.
—¿Qué haces, chavala?
—Por favor, solo escúchame.
Tragó saliva y volvió a mirarme de arriba abajo. Le había echado unos treinta, pero hallé una juventud en el brillo de sus ojos, y en su miedo, que me obligó a barajar otra fecha de nacimiento. ¿Y si tenía mi edad?
Con un gesto me dejó aproximarme a ella. Olía a pachuli y a tabaco negro.
Adelanté los labios y comencé a hablarle a media voz.
—(…).
—Yo no sé nada de eso. —Se apartó y se quedó callada un rato—. Pero quizá mi jefe sí.
—¿Y dónde puedo encontrarlo?
—En el club. ¿Tienes dinero? Sin eso él no mueve un dedo —aseguró mientras apuraba el pitillo.
—Claro.
—Y yo… —exhaló el humo—… tampoco.
—Entiendo.
Tiró la colilla y la pisoteó. Llevaba unas sandalias de tacón fino.
—¿En qué quedamos? ¿Hay trato o no hay trato?
—Claro, siempre y cuando consiga lo que busco. No voy a pagar por nada.
La chica me dio la espalda y echó a andar. Tenía un culo raquítico y el contorno de las piernas parecía el de mis brazos. ¿Heroína? Su consumo no dejaba de crecer y estaba causando muchos estragos, sobre todo entre los más vulnerables.
—Anda, acompáñame —dijo, girándose y moviendo la mano antes de alejarse del todo—. Pero haz el favor de fingir que no vas conmigo.
La seguí mientras me preguntaba qué la habría llevado a prostituirse.
¿La adicción? No éramos tan diferentes. Las dos habíamos comerciado con nuestro cuerpo.
¿Sería ella libre de salirse de ese camino cuando quisiera?
¿O una vez que entrabas en la prostitución no podías dejarlo, como me pasó a mí en el Proyecto Luciérnagas?
En cualquier caso, ahí estábamos las dos, rumbo al club en el que se escondía su proxeneta.
Tardamos más de media hora en llegar. El local estaba en la Parte Vieja y tenía aspecto de bar, aunque de esos en los que no elegirías colarte. Se llamaba El Caprichito y tenía una puerta y un ventanal que no permitían ver el interior. ¿Otra vez me estaba metiendo en la boca del lobo?
La chica me pidió que esperara fuera antes de entrar. Tardó en volver apenas un par de minutos.
—Ven.
A mis ojos, que acababan de pasar de una tarde soleada a un garito iluminado por cuatro bombillas rojas, les costó acostumbrarse y distinguir el espacio longitudinal, con algún sofá de escay, una barra, varios taburetes altos y paredes de espejos llenos de sombras.
El aroma que dominaba el local era una mezcla de desinfectante, pachuli y ambientador de baño.
La prostituta me agarró del brazo y me acercó a una puerta que abrió.
La luz de un fluorescente me cegó. Parpadeé.
Era una habitación pequeña atestada de cajas de diferentes marcas de tabaco y alcoholes.
Había un hombre sentado en un sillón mullido frente a un escritorio.
Tenía unos cincuenta años, un pendiente en la oreja izquierda y el pelo rubio, decolorado.
Al parecer, los tres compartíamos el mismo tono color pollito.
—Es ella —me presentó la chica.
Él se me acercó y dio una vuelta para observarme desde todos los ángulos.
—¿Buscas trabajo? Tengo algún cliente que pagaría muy bien por pasar un rato contigo.
Me llevé las manos a la tripa y lamenté no tener ocho patas para proteger mi huevo como las arañas.
—No te quedes con la chavala, Caprichoso.
—¡Shhh! —Me guiñó un ojo—. Aquí nos encargamos de cumplir los sueños de muchos. ¿Qué tiene eso de malo?
—Capri… —insistió la chica.
—Qué aguafiestas eres, Trini. Anda, lárgate a buscar algún cliente. —Mientras se lo decía colocó una caja grande delante del escritorio—. Pero antes cómete un pintxo. O un helado. Lo que sea. Cada día estás más flaca, joder.
Trini murmuró algo indescifrable antes de marcharse.
—Siéntate —me ordenó él, señalando la caja— y hablemos.
Cuando estaba a punto de hacerlo, me cogió del brazo para detenerme. Yo me agarré la panza y me tensé de pies a cabeza.
—No irás a romper aguas, a mearte o algo así, ¿no? Es tabaco de importación. Espera un poco. —Retiró la caja y colocó otra llena de botellas de alcohol tan pesada que le costó moverla—. Ahora.
Me sentí como una pobre vaca de granja. Angie y Quin me habían sometido y explotado —como a ellas—, y aquel individuo no esperaba otra cosa que aprovecharse de mí.
Esa gentuza no estaba capacitada para tratar a nadie con respeto.
Solo los movía el dinero. Entre aquel proxeneta y la pareja de hermanos apenas había diferencias.
—¿Y bien? —Impaciente, se acomodó en su sillón.
—Necesito una nueva identidad.
—Eso me ha dicho Trini.
—¿Podrías ayudarme?
—No es fácil conseguir algo así, ni barato.
—El dinero no es problema —le aseguré. Me miré las manos. Las tenía manchadas de tinta de periódico.
Él jugueteó con el aro que le atravesaba el lóbulo. A continuación, se levantó y cerró la puerta de la estancia con una llave que se guardó en el bolsillo del pantalón.
—Tengo un conocido… —murmuró tras de mí. Estaba tan cerca que lo oí tragar saliva—. Podría preguntarle si le interesa echarte un cable.
Me puso la mano sobre el hombro y creí sentir su nariz en mi cabello. ¿Se había arrimado para olerme o eran imaginaciones mías?
—¿Y cuándo sería eso? —quise saber. Mi sistema nervioso estaba a punto de reventar en mil pedazos. Me señalé la tripa—. Como ves, no dispongo de mucho tiempo.
Dio un paso atrás y yo respiré aliviada.
—No sé de qué huyes, niña, pero es una maniobra muy arriesgada.
Si la policía te descubre, lo primero que sospechará es que perteneces a ETA.
—El proxeneta bajó el tono al mencionar al grupo terrorista, como a Juantxo le había visto hacer.
Se acomodó en su sillón—. Y algo así no te conviene. Eres consciente, ¿no?
—Eso no va a pasar —musité mientras me frotaba la punta de los dedos para borrar la sombra negra.
—Y les importará tres narices tu estado. —Negó en silencio—. Por mucho menos he visto a un madero encañonarle la cabeza a un adolescente. No son buenos tiempos, niña. Los ánimos están muy crispados.
Su preocupación no era sincera. Volvió a recordarme a Angie y a Quin.
—¿Cuánto quieres?
Caprichoso se crujió los nudillos.
—Ven mañana a esta misma hora.
*
11:00
La hizo pasar al despacho del oficial al que estaba sustituyendo sin poder mirarla a los ojos. Nuria llevaba un traje de chaqueta y pantalón impecable que le quedaba como un guante y el cabello cobrizo recogido en un moño bajo. La invitó a que se sentara, pero ella prefirió quedarse de pie.
—¿Quién te crees que soy? No he venido a que me tomes declaración.
—Haz lo que te dé la gana —contestó él, acomodándose en el sillón.
A ella le sorprendió su respuesta. Estar en su territorio lo envalentonaba y eso no le gustaba ni un pelo.
—Baje esos aires de grandeza, oficial.
—¿A qué has venido? —Por fin la miró. Nuria intentaba disimular su preocupación y vulnerabilidad a base de prepotencia, pero ambas cantaban a kilómetros al igual que sus ojeras bajo el maquillaje—.
No puedes presentarte aquí así. Estoy trabajando.
A mí jamás se me ocurriría plantarme en la notaría para hablar de nuestros problemas.
—¿Y qué querías que hiciera? —Se aproximó a la mesa y apoyó las manos sobre ella—. Has pasado la noche fuera de casa.
—Te pedí tiempo y me comprometí a llamarte durante el día. —Contempló sus dedos. Estaban rígidos de la presión que ejercía sobre ellos—. Pero tú ni siquiera me lo has concedido.
—¿Qué buscas? ¿Que te ponga contra la pared? —preguntó, exaltada—. ¿Aquí? ¿Es eso?
—Hostia, Nuria. ¿Crees que todo va de lo mismo? —se quejó. Sin embargo, su propuesta había desatado la química y el deseo. Sus hormonas y feromonas estaban a su merced.
—¿Es por tu hermana? Acabo de cruzarme con ella en el pasillo.
Martín Oiasso se levantó. Debía zanjar todo aquello.
—Nuria, te pido que te vayas y que esperes a que termine la jornada. Ahora mismo estoy intentando resolver un caso complicado.
—¿Volvéis a hablaros? —Sus iris oscuros se encendieron—. ¿Te está comiendo el tarro?
—Esto ya es el colmo… No sé quién de los dos está en una órbita diferente, pero me cuesta mucho conectar contigo. —Pasó por su lado para alcanzar la puerta.
—¿Dónde has dormido, Martín?
El oficial no contestó.
—¿Eh? ¿Tanto te cuesta decirme eso?
—En casa de mi madre.
Nuria torció el gesto.
—Eres un embustero. Ayer le escribí para preguntarle qué tal estaba del tobillo. Al despedirnos me dijo que te diera un beso de su parte. ¿Por qué mientes?
—¿Y te acordaste de decirle que has destrozado el chándal de Jacinto? —preguntó, cabreado—. Mira, Nuria, me estás asfixiando. Vete, por favor. —Tiró del pomo—. Mi equipo me espera.
Ella se puso a pocos centímetros de él. La barbilla alta, retadora. Los labios gruesos. Las cejas arqueadas. Y ese olor suyo tan característico y sexual.
—«Mi equipo» —se burló Nuria. Se recolocó el bolso en el hombro.
Martín pensó que era su lamia, que la amaba como a ninguna otra mujer y que claro que quería que lo pusiera contra la pared.
—Te llamo a última hora de la tarde. —Esta vez fue él quien intentó disimular sus sentimientos bajo un tono de voz severo y, sospechó, poco convincente.