La última luciérnaga Donostia-San Sebastián
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Donostia-San Sebastián

Miércoles, 23 de julio de 1980

Era pleno verano y el escaso turismo de la ciudad nada tenía que ver con el de Alicante.

El clima tampoco. Solo en el mes de junio había llovido durante dieciocho días y había hecho una temperatura media de dieciocho grados.

Y julio no estaba siendo mucho mejor. En otro tiempo me habría pelado de frío.

Mi piel estaba acostumbrada a otra calidez, pero el embarazo me tenía asfixiada.

Como me negaba a comprarme un abanico para no parecerme a mi madre, balanceaba el periódico que más cerca tuviera para mover el aire.

Era media tarde y todavía no había bajado a por la prensa. Juantxo había insistido en cogérmela él por la mañana, antes de ir a trabajar, pero había preferido encargarme yo para tener un motivo que me obligara a salir de casa.

Me impulsé para ponerme de lado en la cama y me levanté despacio.

El volumen de mi barriga era como el de un balón hinchable de esos azules que las avionetas de Nivea lanzaban a las playas.

Resoplé sentada en una esquina del colchón.

Tenía los pies hinchados y me picaban horrores.

Agradecí haber engordado solo ocho kilos.

Cerré la puerta y me monté en el ascensor. Entre los labios abultados, el paño que me había salido en las mejillas y el vestido con canesú, creí estar viendo una muñeca al otro lado del espejo.

Caminé sin prisa hasta el kiosco, pegada a los edificios para resguardarme del sol. Quisiera o no, estaba en la recta final del embarazo. Me aterraba parir o que me rajaran el abdomen para sacar a la criatura, pero no podía quedarse dentro de mí para siempre.

Las últimas semanas habían sido raras. A finales de junio cumplí diecinueve años y uno desde que me marché de casa.

Mi madre me había empalagado tanto durante mi vida que jamás pensé que la fuera a necesitar como ahora.

Me hacía falta que cargara con parte del torbellino de miedos y tormentos que me rondaba.

Deseaba con toda mi alma contar con su compañía y experiencia en la aventura de ser madre.

Sin ton ni son, había regresado ese vínculo que perdí en la adolescencia.

Qué pena no tenerla, pero mucho más no poder decírselo.

Le habría hecho una ilusión inmensa sentirse necesitada, aunque lo del embarazo sé que no le habría hecho tanta gracia, al menos de primeras.

¿Y a mi padre? ¿Y a Estrella? Se me humedecieron los ojos.

Odiaba que las hormonas me mantuvieran en una permanente borrachera de melancolía.

Mi cómplice de los periódicos me entregó el surtido diario. Al ser miércoles, El Caso no estaba en el lote.

—Ya te queda poco —dijo, serio.

Una revista sobre la maternidad me miró desde el mostrador con ojos golosos. En la portada ponía algo así como que con el segundo todo sería mucho más fácil. El mensaje me horrorizó. ¿Qué pondrían con el tercero?

—Sí, pronto saldré de cuentas.

Le pagué y esperé el cambio. Después, di la espalda a aquella revista que se nutría de las luciérnagas.

Me comí un helado de camino a casa y me desplomé en el sofá con la prensa sobre el regazo. Leí el contenido en compañía de múltiples bostezos. Me costaba mantener los ojos abiertos.

La sorpresa me aguardaba al final. Era una pequeña columna en El País.

La tercera luciérnaga había muerto. Todo indicaba que se había caído del balcón en un aparatoso accidente. Esa era la hipótesis que barajaba la policía. El periodista remataba el artículo con una frase errónea y poco afortunada.

La mala suerte que han corrido las tres jóvenes hace que nos planteemos si seguirían vivas de haber permanecido en la ratonera de donde la policía las rescató.

Los dedos, teñidos de negro por la tinta, empezaron a temblarme.

Solo quedaba yo.

*

10:30

Mientras Aia y Martín esperaban a que los Verano regresaran de la incineración de Marco Aizpurua, la mañana llenó de actividad el despacho compartido.

Por un lado, había llegado el informe preliminar del forense y, por otro, habían averiguado que Cecilia Martínez de Gomar, además de ser propietaria de dos locales y una vivienda, poseía un vehículo, un Ford Puma color gris antracita.

Si la mujer se había trasladado con él desde Santander, tenía que estar aparcado en Donostia.

Habían solicitado la colaboración de la Guardia Municipal para encontrarlo con la esperanza de que su hallazgo arrojara nuevas pistas.

El oficial Oiasso imprimió el informe de Javi y le dio una copia a su hermana para estudiarlo juntos.

—Entonces, murió tal cual lo encontramos, sentado en la silla —dijo Aia—. El cadáver presentaba livideces fijas en glúteos, parte baja de la espalda, tercio inferior de piernas y pies, manos…

—Intentó liberarse de las ataduras —observó Martín—. La postura del torso y las abrasiones en las muñecas así lo indican.

—¿Y esto? ¿Lo has visto? —Aia se levantó y señaló algo en la copia de su hermano.

Él comenzó a leer en voz alta.

—Presentaba pequeñas heridas en la nuca, con una quemadura leve alrededor, similares a las que deja… —miró a Aia— una táser.

La repentina entrada de los Verano los detuvo. Su expresión fúnebre anegó el despacho de emociones opresivas.

A Aia los labios le supieron a sal. Lágrimas y mar.

—Ha sido duro —dijo Maitane suspirando mientras tomaba asiento—. Un chico tan joven… Os podéis imaginar…

A Martín Oiasso volvió a asaltarlo la imagen de él huyendo de roca en roca. Unos segundos, un parpadeo. A veces era así de breve el lapso que separaba la vida de la muerte.

—¿Habéis observado algo que os haya llamado la atención?

—Nada. Hemos hablado con sus amigos más íntimos, pero la consternación ha impedido que detectáramos si nos han dicho la verdad o no —contestó Julio.

Por lo general, llevaba ropa amplia y deportiva, pero hoy había elegido una más sobria.

Pantalón negro y jersey del mismo color.

Su cuerpo cincelado se intuía bajo la vestimenta—.

Todos han coincidido en que la tarde del sábado no estuvieron con él.

Si había relación entre Marco y la agresión a Cecilia, se la llevó con él al fondo del mar.

—Se tiró del cuello del jersey y boqueó, como si la prenda lo ahorcara.

—¿Han llegado las grabaciones del centro comercial? —quiso saber la Verano.

El oficial negó con la cabeza antes de resumir los nuevos avances.

—O sea, que la señora Martínez de Gomar aplicó la descarga al desconocido del local y después lo ató a la silla —dijo el agente.

—O al revés —repuso Martín.

—¿Con qué fin? —preguntó Maitane—. Según el informe preliminar, el cadáver no presentaba signos de defensa. ¿Se dejó atar? No me cuadra.

Tres pares de ojos lo miraron esperando respuesta.

A Martín se le secó la boca. Sus juegos sexuales lo estaban trastornando. Solo él se dejaba engrilletar sin oponer resistencia.

—Olvidadlo. —Movió la mano para quitar importancia a su comentario.

—¿Por qué? A mí me interesa tu opinión —insistió ella.

—Me refiero a que no podemos dar por sentado lo evidente. Quizá se conocían y accedió.

—¿Lo amarró con su consentimiento y luego le metió la descarga? —preguntó el Verano con recelo, volviendo a tirar del cuello del jersey—. ¿Una cita amorosa que salió mal? Joder, cómo se las gastan las maduritas…

—Ya te vale, Julio. —Su compañera chasqueó la lengua.

—Lo siento. Necesito descargar la tensión que he pasado hace un rato. —Levantó los brazos y se sacó el jersey con un movimiento rápido. Debajo llevaba una camiseta de manga corta negra que se le ajustaba a los bíceps—. ¿Nadie más tiene calor?

El oficial Oiasso estaba a punto de ordenarle que se fuera a tomar el aire cuando le sonó el teléfono.

—Dime.

—(…).

«Lo que me faltaba», pensó. Cerró los ojos y se restregó la cara con la mano libre.

Nuria acababa de entrar en comisaría.