Donostia-San Sebastián
Martes, 5 de diciembre de 2023
07:30
Se despertó temprano y lo primero que hizo fue echar un vistazo a los teléfonos.
El móvil personal estaba inundado de llamadas de Nuria, también de wasaps que ella misma había enviado y después borrado.
La ristra de «Mensaje eliminado» era más larga que un día sin pan. No quiso imaginarse su contenido.
El oficial tenía un problemón encima. La había querido como a nadie, pero a este paso iba a conseguir que la detestara. No podía acosarlo así. ¿Sería consciente de que se estaba comportando como si hubiera perdido el norte?
Bajó los pies al suelo y se quedó sentado en la esquina de la cama.
—Vaya mierda —susurró.
Al menos había dormido bien. La víspera había sido un día colmado de trabajo y emociones. Un tándem que lo fulminó en cuanto se acostó.
El olor a café recién hecho se coló por la puerta entreabierta.
Se puso un vaquero y una sudadera, y abrió la ventana para que se ventilara el dormitorio durante unos minutos.
La acera, los bancos y el pretil del río estaban empapados, y la gente caminaba resguardada bajo el paraguas.
A la bruma de los días previos se le había sumado un sirimiri de esos incansables.
Cerró para que no entraran el agua y el frío, y salió de allí.
En la encimera de la cocina, cerca de los fuegos ya apagados, reposaba una cafetera italiana de aluminio, de las de toda la vida. Aquel recipiente y el aroma que impregnaba la estancia le recordaron a la niñez. En el piso de sus padres nunca faltaba una, ni cuando estaban juntos ni al separarse.
En su casa —o más bien en la de Nuria, porque estaba a su nombre— tenían una automática de última generación que a ella se le antojó, un capricho caro que pagaron a medias.
Martín no tenía vivienda propia y apenas ahorros debido al tren de vida que llevaban: viajes en primera clase a todos los rincones del mundo, ropa de marca, muebles de catálogo…
, lujos con los que nunca había comulgado, pero que para Nuria resultaban indispensables.
Detuvo los pensamientos de golpe para no agobiarse con el percal.
—Huele como cuando éramos críos —dijo, inundando los pulmones con aquel aroma nostálgico.
Su hermana estaba de espaldas lavando unos arándanos.
Llevaba un vaquero tobillero, un jersey amplio de punto y el cabello recogido en una coleta.
Era guapa y buena persona. Eso fue lo primero que Martín pensó al verla.
Si seguía adelante con lo del embarazo, ese bebé sería muy afortunado de tenerla.
—¿Qué tal has descansado? —preguntó ella.
—Muy bien. Espero que tú también y que mi presencia no te haya causado problemas o comeduras de cabeza. Lo importante es que tú te encuentres bien con…, ya sabes —añadió, señalándole tímidamente la tripa.
—Todo sigue en su sitio, tranquilo. Siéntate, anda. —Aia colocó un plato con frutas variadas sobre la mesa, galletas y café—. No tengo la menor idea de lo que te gusta.
—Así está perfecto, gracias.
Mientras desayunaban hablaron sobre el caso y los dos coincidieron en que agradecían no tener que presenciar la incineración de Marco Aizpurua. Los Verano hoy saldrían a regañadientes de entre las sábanas. Se compadecieron de ellos.
—Tengo que hacer unos recados antes de ir a comisaría —anunció Aia al finalizar—. Nos vemos allí, ¿de acuerdo? Te he dejado una llave en el mueble del recibidor para que entres y salgas cuando lo necesites. Y en el baño tienes toallas limpias.
—Te agrade…
—No vuelvas a darme las gracias —lo cortó—, te lo pido. Soy tu hermana, qué menos.
Ya en la calle, Aia puso el motor en marcha y condujo hasta el centro ginecológico al que la matrona la había derivado, aunque aún no tenía cita.
Detuvo el coche cerca de la puerta. Al otro lado de la carretera, dos mujeres hacían guardia pancarta y rosario en mano.
Rezamos por el fin del aborto, ponía en letras grandes.
Hasta hacía algo más de un año, las «forofas de la vida», como se autodenominaban, se tiraban doce horas allí plantadas, acosando a las mujeres que acudían con frases como «No peques, rezaremos por ti y por tu bebé» o increpando a los trabajadores al grito de «¡Asesinos!»
. Pero, desde que en abril de 2022 el Senado aprobó una reforma del Código Penal que incluía como delito concentrarse a las puertas de los centros sanitarios donde se interrumpían embarazos, estos grupos antiabortistas, vinculados a sectores de la ultraderecha, actuaban con más cautela.
—Ninguna mujer aborta por gusto, joder —susurró Aia. Pensó en el último wasap de Adrián y le indignó que todos se emperraran en tomar la decisión por ella.
Era libre de hacer lo que quisiera, pero no de evitar que esa enorme lupa la acorralara para observarla y juzgarla.
Recordó a las Once de Basauri, detenidas en 1976, diez de ellas por interrumpir sus embarazos y una por practicarlos.
Aquellas mujeres tuvieron que soportar un largo proceso penal que se prolongó durante casi nueve años.
El caso alcanzó una enorme repercusión dentro y fuera de las fronteras gracias al impulso del movimiento feminista de Euskadi, y aquella presión social fue decisiva para que ninguna entrara en prisión y para que, años después, en 1985, el aborto comenzara a despenalizarse en España.
Habían pasado casi cuarenta años desde entonces.
Aia bajó la ventanilla del coche. Las finas gotas de lluvia se colaron y le humedecieron la cara.
—¡Eh! —Les mostró su placa—. Desfilad si no queréis que llame a mis compañeros. Os recuerdo que os pueden caer entre tres y doce meses de cárcel.
Las dos mujeres la miraron con indignación.
—¿Desde cuándo rezar es un delito? —preguntó la más mayor—. No hacemos daño a nadie. ¡Ellos! —gritó, señalando hacia el centro ginecológico con el dedo tembloroso—. ¡Los de los negocios abortorios sí que los cometen!
Ropa y peinado recatados. Muy dignas e íntegras. Fervientes y beatas. Seguro que estas Navidades no faltaba en la mesa de ninguna de las dos un cordero lechal al que desmembrar a golpe de cuchillo y tenedor. Su especismo les manchaba las manos de sangre. Que se dejaran de dar lecciones de nada.
La irrati se llevó el móvil a la oreja y vio por el rabillo del ojo cómo comenzaban a recoger sus bártulos.
Cuando se largaron, metió primera y se incorporó a la carretera, sabiendo que regresarían cuando les diera la gana.