Donostia-San Sebastián
Domingo, 1 de junio de 1980
La soledad que me había envuelto todo este tiempo se había llenado de preciosas grietas por las que ahora, por desgracia, se accedía a mi vulnerabilidad. Tenía que protegernos a mí y al bebé, y eso me debilitaba.
La muerte de las dos luciérnagas había sido un duro golpe con el que no contaba. Y me irritaba no disponer de los avances de la investigación.
Llevaba casi un mes sin salir apenas, trazando miles de planes en mi cabeza y devorando la prensa con más atención que nunca.
—¿Qué puedo hacer para robarte una sonrisa?
Estábamos sentados a la mesa, desayunando. Juantxo estiró los dedos y me acarició la muñeca. Yo rodeaba con las manos un vaso de zumo y miraba a la nada. Tenía que esforzarme por disimular. Así no podía seguir.
—No he dormido muy tarde. —Bebí un sorbo de zumo y solté el vaso—. Me cuesta girarme de lado en la cama y conciliar el sueño bocarriba.
—Si pudiera, cargaría con ese gordito para que descansaras por las noches.
—¿Solo por las noches? —Puse los brazos en jarras y las comisuras de los labios se me elevaron con sinceridad.
—¡A todas horas! Cuando nazca lo haré. Te lo prometo.
Yo no dudaba de que lo haría. Juantxo era un regalo con el que el universo me había obsequiado para compensar todo el tormento vivido en el chalet.
Llené la bañera y le eché un chorrito de gel.
Teníamos todo el domingo por delante y lo íbamos a aprovechar comiendo en algún restaurante, paseando por la playa y yendo al cine.
Me relajé tanto en el agua que a punto estuve de dormirme.
Al salir, encontré sobre el sofá todos los periódicos que encargaba a diario.
Ya no era ningún secreto que leía la prensa con avidez.
—He aprovechado para recogerlos —dijo Juantxo—. Así no tienes que ir tú hasta la Parte Vieja.
Los miré de reojo. Los titulares se abalanzaron sobre mí y llenaron la sala de palabras como una plaga de hormigas en su vuelo nupcial. Reprimí el impulso de revisar las noticias con urgencia.
—Gracias. ¿Y cómo lo has hecho? El kiosquero no te conoce y ni siquiera sabe mi nombre.
—Pues ahora sí. Le he pedido todos los periódicos que le encarga Carmen, una chica rubia que está embarazada. No ha hecho falta nada más.
Después de Juantxo, era la persona a la que más veía en mi día a día. Aunque no sabía apenas nada de él. Ni él de mí.
Había elegido ese establecimiento porque no estaba en el barrio. Era importante mantener las distancias, ser precavida.
—Me ha preguntado si estabas bien. Y me ha dado esto para ti. —Sacó una piruleta de fresa del bolsillo y me la entregó.
—¿Seguro que te ha dicho que era para mí?
Juantxo arrugó la frente.
—Claro. «Dale a Carmen esto de mi parte», esas han sido sus palabras. ¿Por qué lo preguntas?
Yo le conté la historia y mis teorías, y Juantxo se carcajeó de buena gana.
—Ya me quedo más tranquila —bromeé mientras abría la piruleta y me la metía en la boca—. Siempre han sido para mí y no sabes cómo me alegra.
Juantxo se acercó y me dio un beso en la mejilla.
—Anda, ojea la prensa antes de irnos.
—No corre prisa. Ya lo haré a la vuelta.
Él elevó las cejas. Me conocía de sobra. No insistí más. Cogí el taco de periódicos y me encerré en la habitación para revisarlos tumbada en la cama.
Mi velocidad lectora había mejorado en estos meses. Y por eso no tardé demasiado en descubrir que no había nada nuevo respecto a Quin, Angie y las luciérnagas.
—Cuando quieras —dije, abriendo la puerta—. Yo ya estoy lista.
Juantxo se plantó frente a mí.
—Le he estado dando vueltas y me preocupa que estés así por… las muertes.
Le clavé los ojos. ¿Y si sabía todo desde el principio? Sentí un pequeño vahído, pero enseguida me recompuse. No, no podía estar refiriéndose a las luciérnagas.
—No te entiendo. ¿Qué quieres decir?
—El mes pasado fue complicado…
Mi cabeza trabajó a pleno rendimiento hasta que até cabos.
El 8 de mayo una chica de dieciséis años había aparecido muerta y violada en San Sebastián, en una ladera del Alto de Zorroaga, y su novio estaba gravemente herido en el sendero que conducía desde ese lugar hasta los cuarteles de Loiola.
Se rumoreaba que la organización terrorista de ultraderecha Batallón Vasco Español había reivindicado el crimen.
Siete días después, un etarra había matado a tiros a tres policías nacionales mientras desayunaban en un bar de San Sebastián.
—Hace varias semanas que apenas sales —murmuró. Chasqueó la lengua—. Y tu obsesión con… la prensa ha aumentado. Me da miedo que te canses de tanta violencia —reconoció él—. Tú vienes de una zona alejada del conflicto.
—Claro que estoy harta de tanta muerte —reconocí con tristeza—, pero no creo que más que tú.
¿Cómo explicarle que a todos esos atroces crímenes perpetrados en la ciudad se me sumaban los de dos chicas que habían estado secuestradas conmigo? ¿Cómo confesarle que los autores posiblemente me estarían buscando para silenciarme a mí también?