La última luciérnaga Donostia-San Sebastián
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Donostia-San Sebastián

Domingo, 4 de mayo de 1980

Con el buen tiempo, la ciudad —aún extraña para mí— empezó a mostrarse distinta.

Los cielos azules me alumbraban el alma.

Su luz me alimentaba. San Sebastián llevaba siendo amable conmigo desde que migré en noviembre, pero yo no lo aprecié hasta que sentí el calor de los rayos del sol al comienzo de la primavera.

El embarazo avanzaba sin contratiempos. El cuerpo no me había cambiado en exceso, solo el tamaño de la tripa, que se había acentuado.

La criatura, de la que había preferido no saber su sexo, cada día me arreaba más pataditas.

Estaba siempre ahí, conmigo, tan presente que abrumaba.

Me costó aceptarlo y acostumbrarme tanto como a la ciudad.

La maternidad nunca había entrado en mis planes y observaba a todos los niños con los que me cruzaba en la calle como buscando una formación intensiva.

Necesitaba estar preparada para cuando llegara el mío y así hacerlo lo mejor posible.

En esa contemplación diaria enseguida descubrí lo llorones y obstinados que son, pero también el amor que profesan a las madres, una especie de universos de las que iban cogiditos de la mano.

Sus botes salvavidas en aquel cruel océano.

Yo lo llamaba «confianza instintiva» y era en eso y en aquel cariño en lo que pensaba cuando me entraba el pánico.

Me miré en el espejo. Quería adecentarme un poco antes de bajar a la calle a comprar El Caso y el resto de los diarios.

Tenía el peinado a lo Brigitte Bardot algo abandonado.

No me atrevía a decolorarme el cabello para no causarle ningún daño al bebé, y las raíces castañas se ensanchaban en mi cabeza como carreteras recién asfaltadas.

Para evitar las estrías me hidrataba cada mañana después del baño, como me había enseñado Angie, pero elegía solo cremas de olor neutro: los florales seguían revolviéndome el estómago.

La odiosa influencia de Angie permanecía en mí.

¿Habría sido la causante de que no quisiera saber si esperaba una niña o un niño?

A veces sentía que seguía siendo su acólita.

Que me manipulaba desde las sombras. Que en cualquier momento regresaría para arrebatarme a la criatura.

Cuando esto ocurría, me veía a mí misma arrancándole la yugular a mordiscos como una salvaje.

La mirada perdida y la sangre chorreándome desde la comisura de los labios hasta el escote.

Pasaba de obedecerla a matarla en décimas de segundo. No me la quitaba de la cabeza.

Tampoco a mi madre. La recordaba mucho, aunque nunca con rencor; todo lo contrario.

Había días que me tumbaba bocarriba en la cama y me imaginaba que era ella y que el bebé que crecía en mi vientre era yo.

Un ejercicio disparatado que acortaba la distancia que nos separaba.

Como si solo existiera un cordón umbilical único y común a todas las mujeres. Universal.

¿Pensaría en mí tanto como yo en ella?

Me acaricié la barriga y noté cómo se movía el bebé.

El cascarón de soledad que llevaba tiempo recubriéndome se había empezado a agrietar.

Ahora transitaba por el mundo con un ser en mi interior y era al único al que le había confesado todos mis secretos.

La primera vez que le hablé de ellos en voz alta, me pareció increíble que hubiese pasado por eso y, pese a que por unos segundos me sentí como una impostora, de lo inverosímil que sonaba todo, me sentó bien exteriorizarlos.

Me levanté, me puse una chaqueta de punto y salí de casa.

El kiosquero de la Parte Vieja preparó mis ejemplares en cuanto me vio a lo lejos.

Ya formaba parte de su clientela habitual.

Esa a la que, el primer domingo de cada mes, regalaba una piruleta.

El hombre, de unos cincuenta años, no era muy hablador.

Él vendía y yo compraba, nada más. Esa falta de comunicación debió de hacerle creer que la prensa era para mi marido.

«Pregúntele si le gusta de fresa o prefiere otro sabor», me dijo un día.

«Así está bien, gracias», respondí. En cuanto le di la espalda, abrí el envoltorio y me la metí en la boca.

Saboreé con placer el dulzor y mi hijo me dio un puntapié.

Me pregunté entonces si el kiosquero se refería a él.

Caminé hasta la costa para deleitarme con el azul en todo su esplendor. Allí, donde el cielo conspiraba con el mar, me sentía en mi hogar. Era mi horizonte favorito, porque podía ser cualquiera, incluido el de Villajoyosa. Me senté en un banco y ojeé los periódicos.

Estaba saturada de leer todos los días artículos sobre crímenes macabros, política exterior e interior, deportes, economía y terrorismo.

De pronto me topé en El País con un suceso que había tenido lugar en Alicante.

Dos de las tres jóvenes que el pasado noviembre la policía había rescatado de un chalet de la provincia habían muerto.

El periodista que firmaba el breve artículo explicaba que se estaba investigando si los hechos tenían relación entre sí. No ponía nada más.

Abrí El Caso. Allí la noticia estaba más desarrollada. Las dos chicas habían fallecido en extrañas circunstancias. Una a causa de un atropello, con la posterior fuga del conductor, y la otra, que estaba embarazada de seis meses, tras caer por unas escaleras en plena calle.

Angie y Quin, la pareja de hermanos que las secuestró en el pasado, aún permanecen en prisión, por lo que gozan de una coartada sólida.

La policía está realizando las pesquisas necesarias para averiguar si se trata de dos fatales accidentes sin conexión entre ellos o si, por el contrario, nos hallamos ante un doble asesinato y un delito de aborto.

Me levanté del banco, me llevé las manos a la tripa y miré en todas las direcciones. Tenía los hombros tan encogidos por la tensión que sentí un pellizco en las vértebras del cuello. Habían matado a esas pobres luciérnagas, yo no tenía ninguna duda. Y a mí me estarían buscando para hacerme lo mismo.

¿Angie y Quin se habrían encargado de coordinar desde la cárcel aquellos viles asesinatos? ¿O habían sido Sandemetrio y Lefèvre? ¿Cuántos médicos del Hospital General de Dios estaban implicados en aquel turbio proyecto de FIV que la prensa no mencionaba?

Quise llamar a la policía para ponerlos sobre aviso. Tenían que proteger a la última luciérnaga, a la valiosa testigo. ¿O es que no se daban cuenta?

De repente toda la gente que había alrededor me pareció sospechosa. Hasta una viejecita que acariciaba a un perro entre las orejas.

Recogí la prensa que había dejado sobre el banco y caminé a buen ritmo hasta casa para ponernos a salvo al bebé y a mí.

*

23:00

María por fin había caído rendida en el sofá y Brianna aprovechó para meterse en su dormitorio e intentar desconectar de sus malditas exigencias y toxicidad.

Llevaba todo el día machacándola, pidiéndole explicaciones…

Ella no sabía qué había pasado en el local.

Solo que había abierto la puerta y se había encontrado con el percal.

¿Acaso sospechaba que lo había matado? Era delirante.

Ojalá durmiera toda la noche y hasta bien entrada la mañana para que la dejara en paz.

Se metió en la cama y le escribió a Nacho para contarle todo lo sucedido. Después, hizo una última búsqueda en internet, por si habían publicado alguna noticia nueva. Hasta ahora todo lo que había encontrado era breve e inconcluso.

La Ertzaintza investiga las circunstancias que rodean el hallazgo de un cadáver atado de pies y manos en Donostia, en un local de la calle Nueva. Según fuentes policiales, el cuerpo todavía no ha sido identificado.

El texto iba acompañado de una fotografía del establecimiento precintado y poco más.

Siguió mirando, aunque los ojos se le cerraban del sueño que tenía.

La noticia enlazaba a otra, la del chico ahogado.

Había leído por encima el suceso. Lo extraño era que había ocurrido al día siguiente del apuñalamiento, en el encendido de luces.

La pinchó para leerla antes de apagar el teléfono.

Amplió la imagen que venía junto a la noticia y vio algo. No podía ser. ¿Iba en serio?