Donostia-San Sebastián
Domingo, 10 de febrero de 1980
Compartimos la noticia con la familia de Juantxo en febrero, un mes y medio después de contárselo a él.
Los padres eran una pareja moderna, privilegiada.
Eran dentistas y tenían un gabinete privado en el que ejercían.
Los dos se habían criado en la ciudad y a ninguno le había faltado de nada.
Vivían en un piso amplio de la avenida de la Libertad.
Mi relación con ellos era correcta, aunque mentiría si dijera que no me hacían sentir insuficiente para su hijo. Rezumaban un tufillo a clasismo que para mí no pasaba desapercibido. Que me llamaran «querida», como hacía Angie en el pasado, no ayudaba mucho.
La hermana de Juantxo, que se encargaba de la recepción de la clínica dental, era mi aliada en las reuniones familiares y tendía a sentarme a su lado. Se llamaba Mirentxu, tenía un corazón de oro idéntico al de Juantxo y me trataba como a una igual. Lloró de alegría al enterarse del embarazo.
Respecto a los padres, no sé si les agradó o no. Juantxo intentó convencerme de que sí, pero yo no lo tenía tan claro.
¿Dudaron sobre la paternidad? Si fue así, no se atrevieron a preguntar.
La pareja presionó para que nos casáramos, pero nos negamos.
Lo había hablado con Juantxo y de momento era algo que no entraba en mis planes.
Él me apoyaba en mi decisión y les dijimos que no necesitábamos hacerlo.
Que presumieran de lo adelantados que eran me ayudó en este trance y no insistieron más.
Por la tarde, ya en casa, ojeé El Caso que había comprado a media mañana y guardado en el bolso. El semanario de sucesos no mencionaba a los hermanos.
Lo puse sobre la pila de periódicos que amontonaba en una balda y fui a la sala a buscar a Juantxo.
Hacía un par de semanas que las náuseas habían sido sustituidas por un deseo sexual impaciente que nos tenía exhaustos.
Él al principio tuvo sus reticencias. El temor a hacerme daño a mí o a la criatura estaba ahí. Me costó convencerlo de que no nos pasaría nada.
Mis años en el taller de costura me habían enseñado muchas cosas sobre la vida y la feminidad, y era lo único que echaba de menos de la profesión.
Pese a que mi madre era muy puritana y le costaba soltarse, no podía evitar que las mujeres hablaran sin tapujos mientras les tomábamos medidas o probábamos las prendas.
Allí fue donde me enteré de que el embarazo era un periodo en el que aumentaban las hormonas en el organismo y de que el feto no corría ningún peligro al practicar el acto sexual.
Cuántas confesiones intercambiaron. Cuánto aprendí de ellas.
En otro tiempo nos habrían quemado por brujas. Por pecadoras. Ahora tan solo nos juzgaban y señalaban.
La religión seguía con ese peso inmisericorde, con esa vigilancia extrema que, por lo general, solo recaía sobre las mujeres.
*
21:15
Hicieron una última parada en la comisaría para hablar con los Verano y ponerlos al día. Los cuatro se sentaron en el despacho compartido con un café e intercambiaron informaciones. Ellos tampoco se explicaban qué había detrás de toda esa amalgama de acontecimientos.
—No tenemos nada nuevo —informó Julio tras crujirse el cuello—. Hemos seguido al tipo que forzó la puerta del local de Cecilia a través de varias cámaras, pero le hemos perdido el rastro a la altura de la plaza Cataluña.
—Te corrijo —lo interrumpió Maitane Agosto—: a la tipa. Juraría que es una mujer. Igual me equivoco, pero llegué a esa conclusión por cómo se movía y por la forma de su cuerpo.
El oficial lo anotó.
—¿Ha llegado el análisis preliminar del forense? —preguntó. Con tanto ajetreo se le había olvidado presionar a Javi—. Los de la científica iban a presentarse en el anatómico forense para coger la necrorreseña de la víctima.
—Aún no han mandado nada.
Envió un mensaje a Javi para no postergarlo más.
—Por cierto, mañana por la mañana tendrá lugar la incineración de Marco Aizpurua —dijo Maitane, apurando su café—. Julio y yo estaremos presentes e intentaremos hablar con sus amigos.
—¿Habéis revisado las grabaciones para corroborar si los padres del chico dijeron la verdad cuando contaron que en el momento del apuñalamiento estaba con ellos?
—Sí, pero en las de tráfico no se aprecia si iba en el coche o no —contestó ella—. Estamos a la espera de las del centro comercial.
El teléfono del oficial emitió un pitido. Era la respuesta del forense. La leyó en voz alta.
A primera vista, quitando las abrasiones que tiene por las cuerdas, no he hallado signos de violencia
Descarto la estrangulación, sofocación, etc.
He enviado varias muestras para el análisis toxicológico, por si lo han envenenado o se ha intoxicado con cualquier sustancia
Pero sospecho que la etiología es natural de probable origen cardiaco, porque en la parte superior del tórax, el cuello y los hombros tiene livideces en esclavina
Mañana a primera hora os enviaré el informe preliminar
Ya sabes que no puedo establecer infarto de miocardio como causa de la muerte hasta tener el estudio histopatológico del corazón. Ten un poco de paciencia
Eso te lo confirmaré en cuanto reciba los resultados
—Dos muertos, una mujer herida y ningún asesino al que detener —dijo Julio—. No entiendo qué ha desatado toda esta violencia.
—¿Cómo sigue Cecilia? —se interesó Aia.
—La subcomisaria nos ha dicho que más o menos como ayer. —Al agente le sobrevino un bostezo que no pudo reprimir—. Grave, pero estable.
—Bien. Por hoy hemos hecho suficiente. —El oficial Oiasso se levantó—. Si mañana nos llega todo lo que hemos solicitado, nos espera un día movidito. Intentad descansar.
Antes de salir de la comisaría, Martín entró en el vestuario y vació la taquilla. Por suerte, estaba llena de ropa que evitaría que tuviera que pasar por casa. Cualquier cosa con tal de esquivar los hechizos de Nuria.
Cenaron un par de sándwiches que acompañaron con una bolsa de patatas fritas y remataron el menú con unas onzas de chocolate. No tenían el cuerpo para otra cosa.
«Mañana vuelvo a mis platos calientes de cuchara», pensó ella.
Los hermanos habían vivido juntos más de dos décadas, hasta que Aia se independizó, pero volver a estar bajo el mismo techo se les hizo raro. Agradecieron que el cansancio que llevaban encima mitigara la incomodidad.
—No voy a quedarme aquí mucho tiempo, te lo prometo —dijo él mientras metía los platos en el lavavajillas—. Solucionaré todo en unos días.
—Tintxo, por favor. Mi casa y yo estamos para lo que necesites. No tengas ninguna prisa. Me conoces bien para saber que te acojo de mil amores.
—Eskerrik asko, Aia. —Dio un paso hacia ella y estuvo a punto de abrazarla, pero no lo hizo—. Voy a llamar a Nuria.
—Claro. Suerte.
Martín se metió en su nueva habitación. Tenía lo justo.
Una cama, un armario y una mesilla. Todo blanco.
Mobiliario de Ikea y de segunda mano que la mejor amiga de su hermana le había dado antes de mudarse a Londres.
A Nuria le horrorizaría semejante donación.
Nunca le había faltado de nada. Todo lo que desde cría había llegado a sus manos era a estrenar.
Se sentó en la esquina del colchón y consultó los dos teléfonos. Su novia había seguido insistiendo. No acostumbraba a que la ignoraran. El rechazo tampoco lo llevaba nada bien.
Marcó su número.
—¿Dónde te has metido? —preguntó, nerviosa.
—Nuria, estoy agotado. He tenido un día de locos. ¿Eres consciente de las veces que me has llamado?
—¿Y qué querías? Me levanté de madrugada y no estabas en casa. ¿Cómo habrías reaccionado tú? Haber contestado antes, joder. —En su voz había enfado, pero también cierto temor.
—Ayer te pasaste tres pueblos.
—Eso no es verdad.
Se la imaginó con uno de sus camisones. La melena limpia y sedosa. Las muñecas perfumadas.
—Hostias, Nuria. Me duele todo el cuerpo.
—Te follé como a ti te gusta y encima te quejas. ¿De qué vas?
—Mira, vete a la mierda. Podías haberme partido cualquier hueso. Una cosa es que me engrilletes, pero lo de anoche…
—¡Cállate, anda! ¿Sabes el estrés que me ha generado no saber de ti? A mí sí que mañana me va a doler todo. ¡Y con razón!
Martín se llevó la mano a la frente.
—Contigo no se puede hablar.
—Por teléfono desde luego que no. Este tipo de conversaciones son para tenerlas cara a cara, no así. ¿Dónde estás?
No contestó y esperó unos segundos antes de proseguir.
—Hoy no voy a ir a dormir a casa.
—¿Cómo? ¿Y eso por qué? ¿Por trabajo?
—No, claro que no. ¿Has escuchado algo de lo que te he dicho? Se nos ha ido de las manos y no puedo más.
—¡¿Estás loco?! ¿Por qué juegas conmigo?
—Por favor, Nuria.
—¿Dónde estás? —insistió.
—Te pido que me dejes tranquilo unos días. Necesito estar solo y descansar.
—Tu sitio está aquí, conmigo. No puedes largarte así, sin más. ¿Has conocido a otra? ¿Es eso?
—No, claro que no. Pero nuestra relación no puede continuar así. ¿Entiendes eso?
—¿Qué coño estás diciendo?
—Nuria, dame unas horas, ¿vale? Mañana te llamo y volvemos a hablarlo.
—Te quiero en casa en treinta minutos —exigió.
—No, Nuria.
—¿Te has olvidado de las represalias? Si me haces daño, habrá consecuencias.
—Esperaba que entendieras que…
Pero no lo dejó acabar, porque colgó.
Martín tiró el teléfono de mala gana sobre la cama y dio unas vueltas por la habitación. ¿Y ahora qué? No iba a regresar.
—¿No tendrás un cepillo de dientes de sobra? —dijo, saliendo.
Aia estaba en la sala viendo un capítulo de Friends. Le dio al Pause y se levantó.
—¿Qué tal te ha ido?
—No muy bien. Mañana volveré a llamarla.
—Vaya, lo siento. —Le pasó la mano por la espalda y notó cómo sus músculos se tensaban.
—Ahora solo quiero lavarme los dientes y acostarme —repuso, suspirando.
Aia lo adelantó para darle espacio. Quería consolarlo, pero no sabía cómo. Entró en el cuarto de baño y rebuscó en una cajonera.
—Aquí tienes.
—Gracias.
Lo dejó a solas para no incomodarlo más y se sentó en el sofá.
—¿Sigue siendo tu favorito? —preguntó, señalando la televisión con el cepillo de dientes.
En la pantalla había un primer plano congelado de Ross.
—Claro.
Los hermanos se sonrieron, cómplices.