La última luciérnaga Donostia-San Sebastián
56%

Donostia-San Sebastián

Domingo, 23 de diciembre de 1979

El invierno acababa de entrar y me costaba mantener la casa caliente. El frío húmedo se adhería a las paredes y era algo a lo que mi Mediterráneo no me tenía acostumbrada.

Las tardes en las que Juantxo trabajaba se me hacían eternas.

Que anocheciera tan pronto ralentizaba aún más el paso de las horas.

Por suerte, hoy era su último día. Se había cogido vacaciones y no se incorporaría al hospital hasta después de las Navidades.

Se acercaban unas fechas duras en las que mi familia estaría muy presente en mis pensamientos.

Tenía ganas de que pasaran. Seguir avanzando sin que el dolor me estrujara.

Juantxo todavía desconocía que estaba embarazada. Había conseguido guardar el secreto durante un mes entero, pero ya no podía ocultarlo más y menos a partir de ahora, que lo tendría zumbando por casa a todas horas hasta después de Reyes.

Lo esperé con la comida servida. Dejé que cenara, que me contara las anécdotas de la jornada y decidí soltárselo cuando estábamos apurando el postre.

—Tengo que contarte algo. —La alegría de su mirada se apagó. Creo que le daba miedo que le dijera que me iba a Madrid o algo peor.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

Había pensado tomarle las manos, pero no lo hice.

—Estoy… embarazada.

Me miró petrificado y se tiró así una eternidad. Yo temí todas las preguntas que vendrían después, cuando se recuperase de la noticia.

No iba a contarle lo de la violación, pero, si me preguntaba si él era el padre de la criatura, reconocería que no estaba segura. Tenía meditadas todas las respuestas. También había asimilado que me iría si así me lo pedía.

—¡Carmen! —reaccionó por fin—. ¿En serio?

—Sí —contesté. Mis emociones se habían recogido como el mar antes de un tsunami.

—¿Sí? —Se levantó y avanzó hasta mí. Se arrodilló a mi lado. Le brillaban los ojos—. ¿Sí?

Afirmé con la cabeza. La prudencia me bloqueaba. ¿Juantxo no iba a preguntarme nada?

—¿Eh? ¿Sí? —insistió, emocionado. A él las olas llevaban un rato golpeándolo.

—Sí —dije, dejándome llevar. Sonreí—. ¡Sí!

—¡Por eso estabas tan rara! Ya empezaba a preocuparme. —Me tocó el vientre y después recostó la cabeza en él. A mí se me escaparon un par de lágrimas.

—Ojalá supieras lo mucho que te quiero —le confesé.

—No seas tonta. ¿Por qué dices eso? —Se puso de pie. Me tendió las manos para que se las tomara. Yo me levanté y nos fundimos en un abrazo—. Y tú, ¿lo sabes?

Me retiré. No, no lo sabía. Ojalá fuera suyo. Lo miré a los ojos y esperé a que prosiguiera.

—Lo mucho que yo te quiero —explicó—. Lo sabes, ¿no?

Le recorrí la cara con los dedos y los hundí en la espesura de su cabello oscuro.

—¿Y qué pasa con… con lo de Madrid?

Me encogí de hombros.

—Que tendrá que esperar.

Al margen de si seguía o no con el embarazo, el sueño de ser actriz se había esfumado hacía semanas, el día que hui de Angie y de Quin con un millón cuatrocientas mil pesetas en la bolsa de viaje.

Pensarlo fríamente me pellizcó el corazón. Me dije que el paso del tiempo igual me brindaba otra oportunidad. Que ahora tenía cosas más importantes de las que preocuparme. Que tuviera paciencia.

—¿Estás segura? Hay… opciones. Me refiero a…

—Estoy segura.

Lo besé en los labios, sin prisa. Él no pretendía obligarme a que fuera un bicho de luz. Su consideración me halagó tanto que supe que mi sitio estaba ahí, que juntos podríamos con todo. Deseé que nada ni nadie me arrebatara ese sueño.

—Tal vez deberíamos… casarnos —propuso—. No sé, antes de que se te empiece a notar.

—Ahora mismo me resulta un poco abrumador. Es algo que no tenía… previsto. Déjame que lo piense, por favor. —Busqué aprobación en sus ojos y después me enganché a su cuello.

—Claro, Carmen, no tienes que hacer nada que no te apetezca. Para mí no es ningún problema. Sabes que no me importa el qué dirán.

¿Merecía un hombre tan bueno y comprensivo? Lo arrastré hasta la cama e hicimos el amor, y, por primera vez desde que estaba en San Sebastián, volví a sentir un inmenso placer en los brazos de Juantxo.

*

19:00

A las siete de la tarde, y tras hablar con el resto de los vecinos, los hermanos Oiasso dieron por finalizada la jornada en Santander y caminaron hasta el coche con más incógnitas que pistas.

Aunque todo lo que rodeaba a Cecilia era opaco, tenían la esperanza de que los dispositivos electrónicos guiaran la investigación a buen puerto.

Había anochecido en la capital cántabra y las temperaturas habían caído de manera abrupta.

Se detuvieron junto al vehículo y ambos consultaron los teléfonos.

El de Martín estaba inundado de mensajes y llamadas de Nuria.

Su novia había entrado en un bucle insano.

Leyó alguno por encima. Estaba histérica.

No la conocía. El miedo superó al cabreo que el oficial llevaba encima.

Aia, sin embargo, solo tenía un mensaje de Adrián. Era corto y directo como un disparo a bocajarro.

Ya tienes cita para abortar?

¿De qué iba aquel payaso? No contestó.

—Joder —oyó que se lamentaba su hermano.

—¿Qué ha pasado? —Lo miró. Tenía el rostro contraído—. ¿Estás bien?

—Sí, no es nada.

—¿Cómo no va a ser nada? —dijo, aproximándose.

—Ha sido al quitarme la cazadora. —Se masajeó el hombro—. He hecho un mal gesto y se me ha quedado encasquillado.

Aia lo ayudó a desprenderse de la chaqueta. La dejó en los asientos traseros.

—¿Dónde te duele exactamente?

—Aquí. ¡Puto hombro! —se quejó—. Tira del brazo. A ver si entre los dos lo desanquilosamos.

Aia lo agarró de la muñeca y Martín volvió a quejarse. Ella recordó las laceraciones. Mierda.

—Perdona, perdona —dijo, soltándolo de golpe—. ¿De aquí bien? —Le señaló el codo.

—Sí. Ejerce presión hacia abajo, por favor.

Ella tragó saliva antes de hacerlo y oyó un clac que le puso la piel de gallina de la dentera que le dio.

—¿Mejor? —preguntó, preocupada. Martín tenía la frente perlada en sudor.

—Sí, gracias.

—Anda, vete al asiento del copiloto. Conduzco yo.

El oficial Oiasso arrastró los pies hasta allí, rendido, avergonzado y con un dolor que le irradiaba hasta el cuello.

No supo por qué —imaginó que para mantener la cabeza de su hermano en otra parte—, pero, ya en la carretera, Aia le contó todo sobre el embarazo. Nombre del padre incluido.

—¿Con ese? —preguntó aún más jodido de lo que ya estaba. Lo conocía muy bien porque llevaba un tiempo trabajando como patrullero en la comisaría de Zarautz.

—Fue un polvo. Nada más. ¡Y utilizamos preservativo!

—Vaya, lo siento. —Se masajeó el hombro—. «¿Ya tienes cita para abortar?». Pero ¿cómo se puede ser tan miserable?

Martín tenía razón. Adrián era una ruina de tío.

—Bueno, ¿y tú qué me cuentas? —explotó ella—. Estás pateado, joder. ¿Quieres decirme qué está pasando?

Su hermano volvió la cabeza y perdió la mirada a través de la ventanilla durante diez minutos largos.

Allí el cielo estaba despejado y la luz de la luna le permitió ver los montes recortados en el horizonte.

Aprovechó para contemplar el firmamento, ya que, en cuanto llegaran a Donostia, la bruma se lo impediría.

—Nuria y yo tenemos problemas —dijo sin moverse ni un milímetro.

Aia frunció el ceño.

—¿De qué tipo?

—¿Pues de qué va a ser? De pareja.

—Tintxo…, no me jodas. He visto las marcas.

Otros diez minutos largos devoraron el interior del coche.

—Es consentido.

—¿Y por qué estás tan triste?

El oficial Oiasso chasqueó la lengua.

—No es un tema para hablarlo con una hermana.

—¿Qué tontería es esa?

—¿Te importa si de aquí a Donosti vamos en silencio?

La irrati apretó el volante.

—Vale, con tu hermana no, pero ¿acaso lo estás hablando con alguien?

—Aia, por favor.

—Me preocupas, tío.

—Estoy bien, en serio. Es un juego que tenemos Nuria y yo. ¿Por qué me obligas a contártelo?

—¿Tienes miedo de que me escandalice o algo así?

—Para el coche.

—¿Cómo voy a parar en medio de la autopista? ¿Estás loco?

—Me estoy agobiando.

—Aguanta hasta la próxima gasolinera.

Martín cerró los ojos y resopló.

Recorrieron varios kilómetros sin dirigirse la palabra, aunque en sus cabezas se amontonaban como ropa sucia.

—Cuando empezamos a salir fue lo que me enganchó a ella —susurró al rato—. El sexo con Nuria es diferente. Yo lo acepté desde el principio, porque me hizo traspasar fronteras y descubrir placeres que no conocía.

Aia meditó. Debía decirle algo certero. Sin avasallar.

—Todo está bien, Tintxo. Si es consentido, no hay nada malo en ello.

—El problema es que ha empezado a sobrepasar ciertos límites que a mí…

—¿Y se lo has dicho? —Esta vez no le dio tiempo a reflexionar la pregunta.

—Lo he intentado, pero entra en ese juego de dominación y no logro conectar con ella. O su fuerza me arrastra, no lo sé. Yo aguanto el dolor hasta cierto punto. —Se remangó la sudadera y levantó las muñecas—. Pero ir marcado y magullado hasta el tuétano se pasa de castaño oscuro.

Aia miró de reojo y las marcas volvieron a impresionarla. Odiaba a esa cabrona. Como no dejara en paz a su hermano, la patearía. ¿De qué iba?

—Sí, claro. Opino lo mismo.

—Llevo todo el día dándole esquinazo. No he contestado a ninguno de sus mensajes y llamadas. Creo que intuye que anoche se pasó, pero eso le da más mecha. No recula. Está desatada. Me quiere a su merced y punto.

Aia tragó saliva.

—Si estuviera dispuesta a escucharte, ¿qué le dirías?

—Que necesito tiempo para pensar. Que así no podemos seguir. Que tiene que respetar mis límites, no solo en la cama, sino también fuera de ella.

—Díselo hoy mismo.

—No es tan fácil. Sabe cómo darle la vuelta para ponerme a sus pies. Es entrar en casa y…

—Pues llámala. O habladlo en una zona neutral.

—No puedo, joder…

—¿Por qué? —preguntó con angustia.

Martín tardó en contestar.

—Sin ella no valgo nada —murmuró, hundido—. Le debo todo lo que soy. En estos diez años me ha espoleado para que alcanzara mis sueños. Yo solo no lo habría logrado.

—Tintxo, nadie te ha regalado nada.

—¿Y si no sé vivir sin Nuria?

—Vamos a ir por partes, ¿de acuerdo? Dile que necesitas tiempo y, mientras, decides dónde quieres que estén los límites. No es una ruptura. No adelantes acontecimientos. —Aia vio un cartel de refilón. Redujo la marcha—. Hay una gasolinera a tres kilómetros. ¿Necesitas bajarte del coche?

—No.

—Continúo, entonces —dijo, acelerando.

—La primera vez que intenté cambiar los roles y ser yo quien sometiera…

—murmuró, visiblemente avergonzado—, se pilló un cabreo de aúpa.

Me dijo que no volviera a hacerlo si no quería recibir un castigo ejemplar.

Sus palabras no me asustaron y a las semanas volví a la carga.

—Carraspeó—. Para mí era un juego. Nos divertíamos. Experimentábamos…

—Claro. Era de mutuo acuerdo. —Aia cambió de marcha.

—Ella no tolera la sumisión. Me avisó de que pagaría por haberla humillado. La vez que tú y Tessa la visteis con otro tipo fue su forma de darme una lección. No le bastaba con ponerme los cuernos sin más, qué va, lo hizo a lo grande, delante de vosotras.

—Pero ¿por qué nos hizo partícipes?

—Para ridiculizarme y, de paso, crear un conflicto entre nosotros tres. Nuria sabía que Tessa fue el último rollo que tuve antes de iniciar una relación con ella y siempre la ha tenido atravesada.

—¿Se puede ser más retorcida? —se indignó Aia.

—Lo peor de todo es que yo se lo perdoné.

Acaté sus normas porque me mataba la sola idea de perderla.

—Tomó aire—. Es celosa y posesiva. Ha traspasado todas las líneas rojas y ya no puedo más.

—Martín la miró a los ojos por primera vez en lo que llevaban de trayecto—.

¿Tienes sitio para mí en tu casa? Será algo temporal. Hasta aclararme.

—Eso ni se pregunta. —Soltó el volante para darle un apretón en el hombro, pero detuvo la mano a pocos centímetros—. No sé ni dónde tocarte —reconoció.

Él volvió a perder la mirada por la ventanilla.