La última luciérnaga Donostia-San Sebastián
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Donostia-San Sebastián

Domingo, 25 de noviembre de 1979

Esa mañana no me sorprendió no hallar más información sobre Angie y Quin en el semanario de sucesos ni en el resto de los diarios.

Sabía que a partir de ahora sería así, por mucho que me jodiera.

Ellos estarían en prisión y era posible que ni siquiera me enterase de nada más.

¿Se celebraría un juicio? ¿Qué condena les caería? ¿Y a Sandemetrio y Lefèvre?

Las preguntas se me amontonaban en la cabeza. Como si allí fueran a encontrar respuestas.

No podía atormentarme con nada de eso. Ahora estaba en San Sebastián, con Juantxo. Tenía que pasar página. Aceptar que una vida nueva se desplegaba delante de mí y que otra comenzaba en mi útero.

Llevaba tres días sopesando cómo afrontar el embarazo. Hacía apenas mes y medio que había abortado de manera natural y las emociones aún seguían revueltas. La pérdida me había dolido. Cuánto, no lo sabía. Me habían pasado muchas cosas, pero no me había dado tiempo a procesarlas.

Seguir adelante con el embarazo sin tener la certeza de quién era el padre era muy duro.

Estaba la opción de abortar, pero que no fuera legal complicaba aún más las cosas, sobre todo teniendo en cuenta el caso de las Once de Basauri, de tan rabiosa actualidad.

El suceso había comenzado tres años atrás, en 1976, cuando estas mujeres vascas fueron detenidas por abortar y puestas en libertad a la espera de un juicio que no dejaba de aplazarse.

Por suerte, contaban con mucho apoyo: movilizaciones masivas con el lema «Nosotras parimos, nosotras decidimos», solicitudes de amnistía para ellas y peticiones para legalizar el aborto.

Ojalá todas esas protestas evitaran que entraran en prisión.

Nunca en toda mi vida había estado tan informada como ahora.

Los datos que poseía me habían hecho entender que los tiempos estaban demasiado revueltos como para arriesgarme. No po­día permitirme una detención ni, mucho menos, salir del anonimato.

Con la decisión tomada de no abortar, me pregunté qué haría cuando el bebé naciera. Yo nunca había sentido el llamado instinto maternal, pero la sola idea de entregar a la criatura me atenazó de los pies a la cabeza. Los hermanos ya habían jugado a eso conmigo.

Yo no quería ser la luciérnaga de nadie.

*

16:30

El piso de Cecilia era acogedor y estaba decorado con personalidad.

Los muebles y los colores rezumaban un aire retro que lo diferenciaba de los catálogos modernos, donde imperaba el estilo minimalista.

La cocina tenía electrodomésticos redondeados y de tonos pastel; el cuarto de baño, sanitarios color rosa pálido.

En el salón comedor predominaban los ocres y los marrones; en la habitación, el turquesa y el blanco.

Los terciopelos, el tocadiscos, un teléfono verde menta de los años sesenta, así como los suelos de un barniz brillante, completaban su hogar.

Aia se detuvo delante de una enorme librería que llegaba hasta el techo.

Tenía puertas acristaladas y tiradores de cerámica con estampado floral.

Reconoció a varias autoras que admiraba entre las novelas que ocupaban las estanterías.

No era una casa, sino una fantasía. Quiso deshacerse de todos sus muebles para sustituirlos por aquellos.

Revolvieron entre sus cosas. Ropa, papeles, libros, prensa antigua y moderna…, y una misteriosa maleta preparada con lo indispensable. El frigorífico estaba repleto de comida fresca. ¿Cecilia estaba en Donostia de paso? ¿Cuándo pensaba volver a casa? ¿Y por qué no se había llevado el equipaje?

Había dos dispositivos electrónicos, un ordenador portátil y una tablet, en los que entrarían para avanzar en la investigación.

Todo estaba limpio y ordenado, pero algo no acababa de encajar.

Los hermanos lo mencionaron y le dieron varias vueltas, hasta que Aia dio con el detalle.

—Los recuerdos. No hay recuerdos.

Martín giró sobre sí mismo. Era cierto. Más que una casa, parecía un decorado de película.

¿Dónde estaban las fotos? Los diarios, los cuadernos.

Las figuras de porcelana y los suvenires horribles, pero de gran valor sentimental.

Todo era coherente pero impersonal. Nada se salía del tiesto.

Imposible lograrlo cuando se trata de un hogar.

—¿Has mirado dentro de este armario empotrado? —preguntó Aia.

—No, aún no.

Al abrir la puerta descubrieron que no se trataba de un armario, sino de un obsoleto cubículo oscuro lleno de material fotosensible para revelado fotográfico. También había pinzas y cuerda para colgar negativos, cubetas y una buena colección de cámaras antiguas y modernas.

Martín se las llevó a la mesa de la cocina para revisarlas.

Se apretó la parte alta de la nariz y estiró con cuidado los hombros.

Al dolor muscular se le sumaban el sueño y el cansancio.

También el agobio. Tenía un porrón de llamadas y mensajes de Nuria.

Había leído alguno por encima. Le preguntaba que dónde se había metido, que a qué hora se había ido de casa.

En el último le exigía que respondiera. Él no quería.

Estaba enfadado y, pese a que ya le daban igual las consecuencias, toda esa tensión lo estaba rompiendo.

Había insistido tanto intentando contactar con él a través de los dos teléfonos que la había tenido que bloquear en el del trabajo.

No podía permitirse el lujo de silenciarlo, como había hecho con el móvil personal.

El sonido del timbre sobresaltó a los hermanos.

—Tú sigue con las cámaras, yo me encargo —dijo Aia, dirigiéndose a la entrada. Abrió la puerta.

—¿No está Ceci? —Una anciana menuda hizo amago de entrar en el piso, pero se detuvo al percibir la energía de la desconocida.

—Buenas tardes. ¿Es usted familiar de Cecilia?

—No. Soy su vecina desde hace años. Vivo ahí enfrente. —Señaló una de las puertas del rellano—. Llevo días sin oírla y me ha extrañado mucho.

—Cecilia está ingresada en un hospital de Donostia.

—Pero ¿qué ha pasado? —La mujer se llevó las manos al pecho—. ¿Se encuentra bien?

—¿Sabe si tiene algún familiar con quien pueda hablar?

—¿Quién es usted?

—Soy policía, señora. Me gustaría contactar con el entorno de Cecilia para informar de lo sucedido, pero nos está costando localizar a alguien. Toda ayuda es bienvenida.

—¡Ay, por Dios!, pero dígame que se encuentra bien.

—Está en buenas manos, no se preocupe.

—Yo solo les puedo decir que Cecilia es una mujer muy amable. No tiene hijos y es soltera. No sé si tiene familia o amigos. Creo que nació en Zaragoza. ¿Han buscado allí?

Sus compañeros habían seguido sus raíces, pero todo eran callejones sin salida. No había ni un ápice de información acerca de ella ni de sus padres en la capital aragonesa.

—Tenga nuestra tarjeta. Si recuerda algo que pueda facilitarnos localizar a personas de su entorno, llámenos, por favor.

La mujer sacó unas gafas del bolso y se las puso.

—Er… tza… Ertzanin…

—Somos de la Ertzaintza, la policía vasca.

—¡Dios Santo! —Miró a Aia con curiosidad. Las gafas se le deslizaron hasta la punta de la nariz. Eran estrechas y sin montura—. Claro. Eso haré.

—¿Cómo se llama usted?

La mujer le facilitó todos sus datos y pidió que le diera recuerdos de su parte.

—De Pepita, ¿vale? Y deséenle que se recupere muy pronto.

—Descuide. —Tras despedirse de la señora, Aia cerró la puerta y se giró—. Tintxo, ¿has encontrado algo relevante?

Su hermano la miró como si lo hubiera llamado un fantasma. Trabajar varios días con él había rescatado aquel mote al que tanto cariño tenían.

—Nada. Están vacías —reconoció por fin—.

A mí todo esto me mosquea mucho. Y no deja de complicarse.

Hieren de gravedad a una mujer —recapituló—, ven a un chaval huyendo del lugar de los hechos que acaba engullido por las olas al día siguiente, aparece un cadáver maniatado en un local que pertenece a la primera víctima…

—Lo chocante es todo lo que rodea a esta mujer. Llevaba una táser encima, en su piso oculta un cuarto oscuro sin una sola foto y parece no tener raíces ni recuerdos.

Su hermano sacó el teléfono y marcó un número.

—Buenas tardes. Soy Oiasso. ¿Podríais volver a cotejar las huellas de Cecilia Martínez de Gomar con la base de datos de la Policía Nacional?