Donostia-San Sebastián
Jueves, 22 de noviembre de 1979
Tras el domingo en el que no encontré nuevas noticias sobre Angie y Quin, las náuseas empezaron a repetirse día sí y día también.
A mí, que las preocupaciones jamás me habían quitado el apetito, ahora lo hacían, y de qué manera. Mi estómago estaba quejicoso y delicado como los pétalos de una amapola.
Mi obsesión con la pareja de hermanos estaba acabando conmigo y ya no solo compraba el semanario de sucesos, sino todos los diarios que encontraba a la venta. El Correo Español, La Gaceta del Norte, el ABC, El País, El Diario Vasco…
¿Dónde se había metido Carmen la Vila? Mi antigua yo habría llenado el bolso con las revistas ¡Hola! o Semana.
Aquel jueves, después de recoger la prensa en un kiosco de la Parte Vieja donde había empezado a encargarla, me detuve delante de una farmacia.
Llevaba varias mañanas disimulando las náuseas delante de Juantxo para que no se preocupara.
Mi malestar podía deberse al estrés por el que estaba pasando, pero había otras posibilidades a las que ya no podía seguir dando la espalda.
Empujé la puerta y entré.
Miré al frente y localicé lo que buscaba. En el eslogan lo ponía muy claro: «La primera en saberlo eres tú». Y eso es lo que yo quería.
Compré un test de embarazo y me fui a casa.
Mientras esperaba el resultado, me ovillé en la cama sin ni siquiera prestar atención a la prensa.
Qué sola me sentía. ¿Dejaría en algún momento de sentirme así?
Llevaba años caminando por el desierto. Sola luché por mis sueños.
Sola me defendí ante los que me acusaron injustamente de ladrona.
Y sola hui de mis secuestradores y violadores.
Mis padres y las indeseables de mis compañeras de piso habían contribuido a mi aislamiento. A que cayera en una mala casilla del tablero.
Angie y Quin aprovecharon que nada protegía mi vulnerabilidad para echarme las redes.
Yo contra todos.
Era agotador.
Y ahora me encontraba ahí, encogida como un gato enfermo, preocupada, pendiente de un resultado que solo, y solo quizá, le atañía a Juantxo.
Me asomé titubeante al cuarto de baño. Clavé los ojos en el test.
Estaba embarazada. Otra vez.
*
10:00
La alarma del móvil le recordó de golpe que tenía cita con la matrona. Al ir a apagarla vio dos wasaps de su madre. Al parecer, ella no se había olvidado y le preguntaba a qué hora quedaban.
—Mierda —se lamentó.
—¿Pasa algo?
Su hermano y ella acababan de salir de la comisaría para poner rumbo a Cantabria.
—En treinta minutos tengo consulta en el ambulatorio. Con tanto jaleo se me había pasado por completo.
—Hay tiempo, no te preocupes. Yo te acerco. —Abrió las puertas del coche con el mando—. Seguro que llegamos a Santander y aún no tenemos la orden.
—La ama quería acompañarme —explicó, acomodándose—. Es por lo del embarazo, ya sabes.
—Llámala y dile que nos espere en la parada de taxis del Boulevard.
Media hora después, madre e hija estaban sentadas en la consulta. Aia le había explicado a la matrona que aún no sabía si seguir adelante o no. Que tenía mil dudas.
—En efecto, el test ha dado positivo —dijo la mujer, consultándolo. Antes de poner el protocolo en marcha, le había pedido que se hiciera la prueba de embarazo para asegurarse.
Inés le tomó la mano a su hija bajo la mesa y le sonrió con cariño. Aia sabía que la apoyaría tomara la decisión que tomara. Tenía los dedos calentitos y le transmitieron una seguridad y un amor que no tardaron en recorrerla de arriba abajo.
La matrona le explicó cuáles eran los métodos habituales para la interrupción voluntaria del embarazo.
Al estar de pocas semanas, era probable que fuera a través de un tratamiento farmacológico, aunque cabía la posibilidad de que tuvieran que hacerle una aspiración.
Eso lo valorarían tras un estudio en profundidad.
También le habló de los riesgos, de las clínicas disponibles y de las gestiones.
La naturalidad de la especialista la hizo sentirse cómoda y aliviada.
—Tramitaré la solicitud para que puedas acudir al centro sanitario privado sin que tengas que asumir el coste. Osakidetza se hace cargo.
Aia almacenó la información en la cabeza y los papeles en el bolso. Su madre la abrazó en la calle. Su cabello corto y rizado le hizo cosquillas en el rostro. No, claro que no estaba sola en esto. «Bendita familia», pensó.
—Lo vas pensando de aquí a la cita —susurró—. Y, si sigues con dudas, espérate a la consulta. Seguro que allí lo ves todo más claro.
Tras dejar a su madre en el Boulevard, los hermanos tomaron la AP-8 y llegaron en algo más de dos horas a Santander.
Como sospechaban, la orden aún no estaba emitida y aprovecharon ese impasse para comer algo en un bar de barrio atestado de clientela.
Se sentaron junto a un ventanal por el que se colaban los rayos del sol.
Agradecieron que la bruma no los hubiera seguido hasta tierras cántabras.
Aia habría saboreado de buena gana un plato de cuchara, pero no había ni rastro de ellos en la carta.
Se conformó con una hamburguesa de Heura acompañada de patatas gajo y ensalada, al igual que su hermano.
Pensó que, desde hacía unos años, la comida rápida era lo que más abundaba en los establecimientos.
Todo era inmediatez y velocidad, una sucesión constante de estímulos.
Estrés. Maldito estrés. Ella más que nunca quería vivir despacio, a sorbitos.
¿Tendría algo que ver esa necesidad con sus cuarenta y tres años o con el embarazo?
Martín se llevó su hamburguesa a la boca y, al hacerlo, los puños de la sudadera se le subieron, dejando a la vista unas marcas feas en las muñecas. A Aia le recordaron a las laceraciones que presentaba el cadáver del local de Donostia y se le quitó hasta el apetito.
—¿Y qué te han dicho en el médico? —Su hermano se había percatado, no cabía duda, y lanzaba aquella pregunta para correr un tupido velo.
Aia le explicó la situación, pero evitó desvelar quién era el padre de la criatura, porque lo conocía.
En los ojos de su hermano vislumbró cierta curiosidad; también vio que se contenía para evitar intimar más de la cuenta.
A Martín le convenía seguir parapetado tras ese tabique en el que ocultaba sus secretos.
—Sé que llevamos años distanciados —dijo, para sorpresa de ella—, pero me tienes para lo que necesites.
—Te lo agradezco. —Aia cogió una patata y la mordisqueó. ¿Cómo acercarse sin ser invasiva? Le daba miedo espantarlo, pero su rostro albergaba tanta tristeza…—. Tú también puedes contar conmigo. Lo sabes, ¿verdad?
Las pupilas de Martín brillaron como las ráfagas de un faro costero.
—Claro.
A Aia se le puso un nudo en la garganta. Era ahora. Tenía una oportunidad. ¿Por qué esas marcas en la piel? ¿Por qué tanta melancolía y hermetismo? ¿Por qué me gustaría abrazarte y no puedo? Pero calló.
Bebió un trago de agua para disipar la presión que la ahogaba. Ella no fue consciente de que las pupilas que ahora brillaban eran las suyas, pero Martín sí.
Después de un incómodo silencio, apuraron el menú mientras recapitulaban el caso y, durante el café, les llegó el mensaje de que ya podían reunirse con la Policía Nacional cántabra para entrar en el piso de Cecilia.